El camino en el auto había sido incómodo, estaba deseando bajarme. Agradecía la ayuda que me había brindado, pero interactuar con él era... No sé cómo explicarlo, me ponía nerviosa, quizás porque era mi profesor o por su personalidad fría. No lo sé.
El maldito cinturón se resistía a desabrocharse, sentí el corazón en la boca cuando el señor Morris se inclinó hacia mí y lo soltó con facilidad. Su perfume quedó flotando en el aire, olía increíblemente bien. Suspiré aliviada cuando se apartó, porque sentía que mi corazón iba a estallar.
Es verdad que tenía modales de anciano, como había mencionado Dylan, ya que se apresuró a bajarse y abrirme la puerta como todo un caballero. Eso me sorprendió, ya que no esperaba ese tipo de atención de su parte.
—Gracias —dije tímidamente una vez afuera—. ¿Le puedo ofrecer algo para secarse?
Él negó con la cabeza. A pesar de estar mojado, mechones de su cabello castaño, que ahora parecía negro, caían sobre su frente y sus ojos parecían más claros bajo la luz de la luna. Era lo más agradable que lo había visto hasta ahora, no parecía tan tenso.
—Estoy bien, tengo un cambio de ropa en mi auto. Mejor entre usted rápido o enfermará.
—Está bien. Buenas noches, profesor Morris. Muchas gracias de verdad —dije con toda la sinceridad que pude reunir. Él solo asintió, lo cual me dejó más que satisfecha, así que le di la espalda para dirigirme a mi casa, cuando de repente su voz ronca me detuvo:
—Gianna —mi nombre. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre y no por mi apellido, sentí las piernas temblar—. Sobre los ensayos, puede... puede entregarlos a mitad de semana. No se preocupe.
Me giré sorprendida, era lo último que esperaba escuchar.
Él no esperó a que reaccionara; hizo una pequeña reverencia despidiéndose y se marchó rápidamente en su auto. Me quedé unos segundos allí parada sin saber qué hacer. ¿Acaso lo que vi en las mejillas del profesor era rubor? ¿Acaso estaba tímido y acababa de actuar de manera tonta? No, no podía ser; debía ser mi imaginación o tal vez el frío estaba afectándome.
El auto de mi padre se estacionó frente a casa y él bajó mirándome con expresión extrañada.
—Oh, hola papá... —dije con sorpresa.
—¿Quién era ese? —preguntó seriamente.
—Era el señor Morris —respondí sin problemas—. Me trajo a casa porque me caí y perdí el último autobús.
Su ceño se frunció. Parecía disgustado.
—La próxima vez toma un taxi, Gianna —su tono era serio; ¿por qué parecía molesto?
—Solo me hizo un favor, papá. No es para tanto...
—Sí, sí lo es. Aléjate de él por favor, no me da buena espina.
—Es mi profesor, no es tan fácil... —respondí con evidencia.
—Entonces deberías cambiar de clase —sentenció.
—¿Qué? Papá, ¿de qué hablas? Estás exagerando.
Él tomó aire profundamente, luego me miró un momento y noté algo extraño en su mirada, algo que nunca antes le había visto.
—Tienes razón. Lo siento cariño —dijo finalmente—. Vamos adentro; estás hecha un desastre y hace demasiado frío.
Asentí, confundida y parpadeé. Mi padre pasó su mano por mi hombro y entramos juntos a casa. ¿Por qué hoy todos estaban actuando extraño?
***
Al día siguiente me levanté temprano. Quería llegar a tiempo a mi primer día de trabajo. En el café me pusieron a hacer cosas sencillas al principio, como preparar el pan y organizar la zona de mesas. Luego, me enseñaron a preparar diferentes tipos de café y a atender a los clientes con una sonrisa. A medida que pasaba el día, me fui sintiendo más cómoda y menos nerviosa. Al final de mi turno, me sentía bastante cansada, pero satisfecha por mi día de trabajo. Estaba emocionada de poder ganar mi propio dinero por primera vez. Me fui caminando a casa porque quedaba muy cerca, esa era la mejor parte. Ya era de noche, pero gracias a Dios no estaba lloviendo como el día anterior. Negué con la cabeza cuando la imagen del señor Morris con el pelo húmedo, ojos brillantes y mejillas rojas pasó por mi mente. Sentía que pensar en él era una especie de delito.
El callejón camino a casa, era más oscuro y más tenebroso de lo que pensé que sería, mis pasos resonaban y una sensación de inquietud empezó a crecer en mi pecho. Los faroles apenas iluminaban el lugar y parpadeaban, así que comencé a caminar más rápido. De repente, un crujido detrás de mí me hizo detenerme en seco. Me giré rápidamente, pero no vi a nadie. El corazón me latía con fuerza en el pecho mientras intentaba controlar mi respiración acelerada. Una corriente de aire frío me erizó la piel y un escalofrío recorrió mi espalda, como si alguien estuviera observándome en la oscuridad.
—¿Hay alguien ahí? —me atreví a decir. No hubo respuesta alguna. Sin embargo, no era tan tonta como para quedarme ahí parada, comencé a correr sin parar hasta llegar agitada a casa. Mis padres aún no habían llegado, ni mis hermanos tampoco. Recordé que irían a ver una película y que seguramente no llegarían en un buen rato. La sensación de estar siendo vigilada continuaba, así que cerré las cortinas y pase llave a todas las puertas, había visto demasiadas películas de terror como para no tomar precauciones. De repente el timbre sonó y sentí que se me iba a salir el corazón del pecho. Me acerqué sigilosamente a la puerta, y el timbre sonó una segunda vez. Mire por el visor de la puerta y abrí la boca en sorpresa al ver de quién se trataba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté a Dylan mientras sostenía el marco de la puerta.
—Así que sí vives acá —dijo con una sonrisa dando un paso hacia adelante observando alrededor—. Bonita casa.
—¿Cómo demonios sabes dónde vivo? —la desconfianza en mi tono era evidente, él hizo una mueca de disgusto al notarlo.
—No soy un acosador o un creepy, ¿de acuerdo? Lucas me dijo dónde quedaba tu casa, necesito los apuntes de las clases a las que he faltado, y nadie más que tú, podría pasármelos.
—¿Tenías que venir hasta mi casa? Podías llamarme...
—Mi teléfono se dañó, ¿por qué crees que no te he escrito? —pusó los ojos en blanco—. Si te incomodo tanto, solo me iré. Lo siento...
—No, no, perdón, no es eso. Estoy un poco asustada, eso es todo.
—¿Por qué estás asustada? —preguntó alzando una ceja.
—Es que de camino me sentí un poco perseguida. Pero tal vez solo fue mi imaginación. No lo sé.
—Hmmm —él entrecerró los ojos—. Igualmente, ten cuidado, ¿okay? En las calles hay mucha gente mala —me pareció vislumbrar una pequeña sonrisa burlona en su rostro. Luego con confianza se dirigió a la sala de estar y se sentó con las piernas cruzadas en el mueble—. Y entonces... —comenzó a decir ladeando la cabeza—. ¿Estamos solos? —y sonrío seductoramente guiñando un ojo.
—Déjate de tonterías —puse los ojos en blanco —. Espera un minuto ahí, subiré por los apuntes.
—¿Cómo así? ¿No me vas a invitar a subir a tu habitación? —casi parecía ofendido.
—No, por supuesto que no —sonreí negando con la cabeza.
—Oh, no. Que pena, me entusiasmaba la idea —chasqueó con la lengua—. ¿Ni siquiera me vas a ofrecer algo de beber? ¿En serio quieres tanto que me vaya ya?
Al día siguiente me levanté temprano. Quería llegar a tiempo a mi primer día de trabajo. En el café me pusieron a hacer cosas sencillas al principio, como preparar el pan y organizar la zona de mesas. Luego, me enseñaron a preparar diferentes tipos de café y a atender a los clientes con una sonrisa. A medida que pasaba el día, me fui sintiendo más cómoda y menos nerviosa. Al final de mi turno, me sentía bastante cansada, pero satisfecha por mi día de trabajo. Estaba emocionada de poder ganar mi propio dinero por primera vez. Me fui caminando a casa porque quedaba muy cerca, esa era la mejor parte. Ya era de noche, pero gracias a Dios no estaba lloviendo como el día anterior. Negué con la cabeza cuando la imagen del señor Morris con el pelo húmedo, ojos brillantes y mejillas rojas pasó por mi mente. Sentía que pensar en él era una especie de delito.
El callejón camino a casa, era más oscuro y más tenebroso de lo que pensé que sería, mis pasos resonaban y una sensación de inquietud empezó a crecer en mi pecho. Los faroles apenas iluminaban el lugar y parpadeaban, así que comencé a caminar más rápido. De repente, un crujido detrás de mí me hizo detenerme en seco. Me giré rápidamente, pero no vi a nadie. El corazón me latía con fuerza en el pecho mientras intentaba controlar mi respiración acelerada. Una corriente de aire frío me erizó la piel y un escalofrío recorrió mi espalda, como si alguien estuviera observándome en la oscuridad.
—¿Hay alguien ahí? —me atreví a decir. No hubo respuesta alguna. Sin embargo, no era tan tonta como para quedarme ahí parada, comencé a correr sin parar hasta llegar agitada a casa. Mis padres aún no habían llegado, ni mis hermanos tampoco. Recordé que irían a ver una película y que seguramente no llegarían en un buen rato. La sensación de estar siendo vigilada continuaba, así que cerré las cortinas y pase llave a todas las puertas, había visto demasiadas películas de terror como para no tomar precauciones. De repente el timbre sonó y sentí que se me iba a salir el corazón del pecho. Me acerqué sigilosamente a la puerta, y el timbre sonó una segunda vez. Mire por el visor de la puerta y abrí la boca en sorpresa al ver de quién se trataba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté a Dylan mientras sostenía el marco de la puerta.
—Así que sí vives acá —dijo con una sonrisa dando un paso hacia adelante observando alrededor—. Bonita casa.
—¿Cómo demonios sabes dónde vivo? —la desconfianza en mi tono era evidente, él hizo una mueca de disgusto al notarlo.
—No soy un acosador o un creepy, ¿de acuerdo? Lucas me dijo dónde quedaba tu casa, necesito los apuntes de las clases a las que he faltado, y nadie más que tú, podría pasármelos.
—¿Tenías que venir hasta mi casa? Podías llamarme...
—Mi teléfono se dañó, ¿por qué crees que no te he escrito? —pusó los ojos en blanco—. Si te incomodo tanto, solo me iré. Lo siento...
—No, no, perdón, no es eso. Estoy un poco asustada, eso es todo.
—¿Por qué estás asustada? —preguntó alzando una ceja.
—Es que de camino me sentí un poco perseguida. Pero tal vez solo fue mi imaginación. No lo sé.
—Hmmm —él entrecerró los ojos—. Igualmente, ten cuidado, ¿okay? En las calles hay mucha gente mala —me pareció vislumbrar una pequeña sonrisa burlona en su rostro. Luego con confianza se dirigió a la sala de estar y se sentó con las piernas cruzadas en el mueble—. Y entonces... —comenzó a decir ladeando la cabeza—. ¿Estamos solos? —y sonrío seductoramente guiñando un ojo.
—Déjate de tonterías —puse los ojos en blanco —. Espera un minuto ahí, subiré por los apuntes.
—¿Cómo así? ¿No me vas a invitar a subir a tu habitación? —casi parecía ofendido.
—No, por supuesto que no —sonreí negando con la cabeza.
—Oh, no. Que pena, me entusiasmaba la idea —chasqueó con la lengua—. ¿Ni siquiera me vas a ofrecer algo de beber? ¿En serio quieres tanto que me vaya ya?
—Toma algo de la nevera si eso quieres, llorón —cuando se trataba de Dylan, yo actuaba de una manera que normalmente no haría, sentía la necesidad de ser sarcástica y relajada.
Él se rió ante mi comentario y yo subí las escaleras apresuradamente hacia mi habitación. Busqué los apuntes que necesitaba. Los encontré en mi carpeta de literatura y bajé las escaleras con ellos en la mano. Al llegar a la sala, Dylan estaba tomando jugo de naranja con toda la comodidad, parecía que estaba en su propia casa.
—Aquí están los apuntes —dije, extendiéndoselos. Él los tomó con una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias, Gianna. Eres un ángel salvador —bromeó, y yo no pude evitar sonreír.
—No te acostumbres. Debes tomar tus propios apuntes e ir a clases —advertí.
Dylan asintió y se levantó del sofá. Se acercó a mí. Sus ojos azules me miraban intensamente, y mi corazón se aceleró.
—¿Sabes? —dijo en voz baja dándole un sorbo a su jugo—. No vine solo por los apuntes.
—¿Ah, sí? —sonreí—. ¿Y por qué más viniste entonces? —entrecerré los ojos.
—Quería verte a ti. Te extrañaba —confesó y mi corazón dio un vuelco.
—Ah... Ya —balbuceé, sintiéndome atrapada en su mirada, hasta que el sonido de la puerta me trajo a la realidad. Mi familia había llegado.
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