Cena con los Roberts, narrada por el profesor Morris:
—¡No puedo creer que empieces con tu mierda! —le grité furioso.
Él simplemente sonrió, como si todo esto le resultara divertido, mientras tenía la mirada ausente, y estaba sentado en el mueble de cuero rojo de mi oficina, con su copa de vino en la mano. Moría de ganas de rompersela en la cabeza.
—¡Te estoy hablando! —le recordé.
Él volteó los ojos y asintió.
—Sí —admitió—, y no es tu maldito problema.
—¿No es mi maldito problema? —pregunté, sentía mi rostro arder—. ¡Es mi estudiante!
—Aja, tu estudiante, no de tú pertenecía. Parece que te importa más de lo apropiado...
—¡Dylan! —mascullé—. Tú sabes la razón de mi preocupación. Te dije que no la involucraras...
—No le pasara nada, Lucas. Te lo prometo.
—No te creo, no es la primera vez que haces esto. Y ambos sabemos como terminan esas pobres chicas después de que se meten contigo.
—¡Solo es mi amiga! —expresó, con una de sus típicas sonrisas inoportunas—. Aparte eres tú quien se está involucrando más con ella que yo, ¿no es así? Eres tú quien irá a cenar hoy con su familia, no yo.
—¡Mis motivos son totalmente diferentes a los tuyos! —defendí—. Y no tienen nada que ver con ella.
—Según yo todo esto es por su padre, ¿verdad? Creo que eso tiene que ver mucho con ella.
Mi paciencia estaba en el limite, y ya llevaba varios minutos de atraso. Así que tomé un gran sorbo de aire y cerré los ojos con fuerza, mientras sobaba mis sienes. Tendría que dejar esta discusión para después.
—¿Sabés qué, Dylan? —lo miré con gravedad—. Largate de aquí. No quiero verte cuando vuelva.
—Auch, Lucas —me miró con fingida tristeza—. ¿Vas a echar a tu hermanito...?
—Sí —me apresure a contestar, con una sonrisa de boca cerrada—. ¡Largate! —y señalé la puerta.
Él suspiro y se levantó lentamente dejando la copa ya vacía en mi escritorio. Sonrió y tomó su abrigo antes de irse. ¡Por fin!
Ahora tenía que dirigirme lo antes posible a la casa de los Roberts. Tuve que tomar un vaso de whisky antes de poder salir de casa, porque estaba demasiado estresado. No podía creer que después de todo lo que habíamos pasado Dylan volviera a sus andanzas, las cuales también me perjudican a mí y a mi propósito. Al menos mantenía la esperanza de poder obtener un poco de información en la cena de esta noche. Claro, si llegaba a soportarla.
El camino fue más tormentoso. Para mi mala suerte se me había pinchado una llanta a unas siete cuadras de llegar. Pensé que tenía que ser una mala broma del destino. Moví el auto con fuerza bruta para que quedara bien estacionado, y al terminar tuve con la estúpida botella de vino en la mano, dirigirme caminado a la casa de los Roberts.
Tenía una buena condición física, por supuesto, pero siete cuadras era demasiado, y como consecuencia comencé a sudar —y sudar es de las cosas que más odiaba en el mundo—. Ya en la puerta estuve a punto de devolverme, me sentía fatigado, sudado, cansado y sinceramente irritado, podría llegar a comportarme como un idiota por el simple echo de estar ya de malhumor. Pero necesitaba hacerlo, necesitaba poder indagar un poco sobre Montilla, y sus secretos, que nadie más que el señor Roberts sabía con mucho detalle.
Intenté recuperar un poco mi respiración, y activar mis capacidades sociales al sonreír con amabilidad, y sostener la botella pegada a mi pecho, mientras el sudor recorría mi frente —eso me estresaba aun más—, puede que ese acto saliera como una mueca, o que en realidad nunca lo hiciera y sólo pasara en mi mente.
Toqué la puerta una vez. Todo se hizo silencio, pensé que podrían no estar y haber olvidado nuestra cena, y en cierto punto eso me emocionaba, ojalá lo hubieran olvidado. Pero casi por instinto toqué una segunda vez más. Y para mi desgracia, abrieron.
—Buenas noches —saludé de inmediato, sin siquiera percatarme de quien abrió—. Disculpen la tardanza, tuve un problemilla con el auto —expliqué en cuanto los señores Roberts aparecieron.
—No se preocupe, señor Morris. Ni siquiera nos dimos cuenta, los minutos pasaron volando. Adelante —dijo la señora Roberts, en un tono tranquilo, y la señorita Roberts abrió más la puerta invitándome a pasar.
Era una casa bastante agradable, pero de muchos colores pasteles.
—Bonita casa —halagué y me adentré más, hasta llegar al comedor.
Todo estaba impecable, y ordenado. Me gustó a primera vista, hasta que después de invitarme a sentar empezarán a servir. ¡Era pollo! No es algo de mucho agrado para un hombre vegetariano como yo, aunque sabía que era mi culpa por haberle mentido en la reunión anterior diciéndole que me había gustado su comida, cuando ni siquiera la probé, ni pensaba hacerlo.
Mientras miraba con cierto desagrado el pollo que empezaban a despedazar la señora Roberts y servir; sentí una especie de contacto o una pesadez; levantando los ojos, vi a la señorita Roberts que me miraba con cierto reproche y timidez. No pude evitar mirarla de arriba a abajo, pues hasta ese momento me di cuenta que lucía encantadora. Su vestido de seda rosa hacía parecer más cremosa su piel, con una pequeña cadena color oro adornando su cuello, y su largo cabello castaño suelto. Parecía una hada. Era una joven preciosa, de admirable belleza. No lo podía negar —entendía a Dylan—, pero era demasiado observadora para mí conveniencia.
—¿Acaso no cenara con nosotros, señorita Roberts? —pregunté, antes de que mi pequeña mirada le resultará incomoda. Ella asintió y se acercó un poco temblorosa, y se sentó al frente de mí. Muy astuto de su parte, así podría observarme mejor. O tal vez solo estaba paranoico.
—Así que es cierto los rumores de que era amigo cercano, del noble señor Montilla ¿no? —preguntó de repente el señor Morris, interrumpiendo mi intento de separar el pollo y solo comerme los vegetales, aunque me resultaba imposible y me limitaba a beber.
—Y usted también, ¿no? —devolví la pregunta, él arrugó la frente y me miró un poco sorprendido.
—Amm... ¿Por qué usted supone eso? —contestó con otra pregunta—. No me lo tope más de cinco veces...—quiso excusarse, pero le interrumpí:
—Que extraño ¿Solo mas de cinco veces, incluso siendo su abogado de cabecera...? —dejé la pregunta en el aire con una sonrisa.
—¿Cómo que su abogado? —preguntó rápidamente la señorita Gianna.
—Sí —contesté girando mi cabeza para mirarla—. Desde hace unos... Uff, ¿siete años? —y miré al señor Roberts en busca de su confirmación.
—Sí, más o menos —me concedió, con una mirada gacha tomando su jugo.
—No tenía ni idea —admitió la señorita Gianna, parecía muy sorprendida—. ¿Por qué no me lo habías dicho papá...?
—No creí que fuera necesario —se apresuró a decir.
—Supongo que se está encargando de sus bienes, ¿no es así? —continué, en cuanto noté que la señorita Gianna no replicaría más nada.
—Naturalmente, es un proceso algo... —empezó a decir, pero se detuvo bruscamente, y en su rostro apareció una expresión de astucia—. Por cierto, me da tanta curiosidad saber de dónde usted y Montilla se conocían. Le veo muy joven para poder tener amistades con hombres ya mayores... ¿Debe tener cuanto...? ¿Unos treinta y algo...?
—No —le interrumpí con una sonrisa—. Menos de lo que dice, y más de lo que piensa. Apenas estoy en mis veintiséis.
—Eso sí que es sorprendente —dijo—. Usted tan joven, profesor, y amigos de personas tan influyentes...
—Hmm, ni se imagina —respondí con los ojos entrecerrados, y una sonrisa que intenté que fuera amable, pero tal vez no lo fue—. Pero como sea, estoy acostumbrado a que duden de mí personas que piensan que las experiencias o la sabiduría, están ligadas a la edad.
—No quise ofenderle —aseguró el señor Roberts.
—No lo hizo —respondí—. Y permitame decirle, señora Roberts —la miré—, que la comida estuvo deliciosa.
Y me levanté de la mesa, sin despedirme y salí de ahí. Sentí un gran alivio al sentir la brisa fresca de afuera. Todo había sido una pérdida de tiempo porque era evidente que con su familia reunida el señor Roberts jamás revelaría nada. Es que ni siquiera su propia hija sabía que él era el abogado del señor Montilla, ¿por qué se lo habría ocultado? Lo descubriría pronto, y delataría todos sus secretos... Pero por ahora tendría que ir caminando a mi auto, y cambiar la maldita llanta.
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