Capítulo 7: ¿Verdad?

La mañana había amanecido ennegrecida, y al tiempo que llegué a la puerta lista para salir de casa, la lluvia había comenzado a bañar la ciudad. De modo que tuve que dar pasos atrás a mi habitación y buscar un paraguas, y un buen abrigo en mi armario; mis ojos se toparon con ese rosa de estampados florales y sonreí mientras lo pasaba por mi cabeza, ya que aún tenía un leve olor a su perfume.

El aire azotaba mi paraguas, y las pesadas gotas hacían estruendosos sonidos al caer, me aferre a él para que no se soltara de mis manos, y caminé con más rapidez para entrar por fin a la universidad. Lo sacudí ligeramente y lo cerré, y al alzar mi vista me encontré con Lily, la cual tenía las manos en su cintura, y me miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Ayer enfermaste? —curioseó inmediatamente, antes de que pudiera siquiera saludarla.

Reí por lo bajo y negué con la cabeza.

—No; solo se me hizo sumamente tarde y decidí no venir.

—Hmmm, no suena a algo que tú harías...

—Aja sí, luego te cuento, pero justo ahora tengo que entrar a clase —puse los ojos en blanco, y pasé por su lado caminando rápidamente.

—¡Más te vale! —me advirtió en un grito mientras yo corría por el pasillo.

—Aja —le respondí riendo.

Instintivamente los primeros ojos que vi al entrar al salón fueron los de Dylan, él sonrió e hizo un movimiento con su cabeza para que me acercara.

—Hola —saludé cuando ya estuve al frente de él.

—Te ves bien —declaró con ojos brillantes, mirándome de arriba a abajo.

Sabía que no podía ser cierto, porque mi cabello tenía que ser un enredado desastre por la lluvia.

—¿Sí? —entrecerré los ojos—. Probablemente es por esta sudadera que le he robado a Barbie...

Él soltó una risotada y meneo la cabeza.

—Sí, probablemente es por eso —me concedió, y mordió sus labios.

—Buenos días —se escuchó la voz firme y alta del señor Morris al entrar por la puerta, con un cafe en mano, y dejando su maletin con fuerza en su escritorio.

—Adiós —susurré a Dylan, con una sonrisita, mientras empezaba a dirigirme a mi asiento junto a Abby.

El profesor Morris se sentó y empezó a sacar sus materiales, y dejarlos en la mesa, para luego mirar a todos los estudiantes —como hacía habitualmente antes de comenzar la clase—, pero esta vez cuando sus ojos se posaron en mí lo hizo unos segundo de más, como si me escaneara, con el ceño ligeramente fruncido, para seguido voltearse y mirar a Dylan de una forma rara. Haciendo que no pudiera comprender ese singular acto.

—Saquen sus cosas, y tomen asiento, jóvenes —indicó, con la mandíbula apretada, sin todavía quitar los ojos de Dylan, mientras éste último tenía una expresión inescrutable.

—Hey, Gia —la voz de Abby me devolvió a la realidad, cuando me tocó el brazo, haciendo que me girará hacia ella con cierta morosidad—. Como no viniste ayer, y supongo que por una razón importante (que por cierto me debes contar en el almuerzo)—empezó a decir—, ayer estuve atenta, y sí escribí los apuntes para que lo pudieras traspasar.

—¡Oh, vaya! —dije sonriendo—. Gracias.

—No te preocupes —le restó importancia con una mueca—. Tú lo harías por mí, ¿no es así?

—Sí, claro —me limité a contestar, y cuando me giré para volver a centrar mi atención en Dylan y el señor Morris, ya todo se había acabado y cada uno seguía con sus deberes, pero con una rigidez extraña.

A la hora del almuerzo, en la cafetería no encontré a Dylan por ningún lado. Era raro ya que siempre se reunía con nosotros. Pero el tiempo pasó mientras me quede con las chicas y les contaba mi aventura con él, por supuesto omitiendo los detalles como que es el hermano del señor Morris o la pérdida de sus padres —ya que pensé que no era algo que me correspondiera a mí decirles—, y un rato después, se hizo la hora de irnos. Y me fui a casa con una pequeña decepción por no haber podido pasar un rato con Dylan, ya que me agradaba tanto hacerlo.

(...)

—¿¡Este sábado!? —exclamó mi madre hablando por el móvil desde la cocina—. Pero... Mi personal está libre este fin de semana, porque no pensé que tuviéramos un pedido tan repentino... —se detuvo—. ¡Diez mil! Amm... Bueno, creo que si es así pudiera hacer una excepción con mucho gusto —se escucho su risita nerviosa, y luego un profundo silencio.

Por otro lado, yo yacía en el mueble junto con mis hermanos, viendo una película que había elegido George. No estaba entendiendo lo que pasaba y por qué el protagonista era tan estúpido.

—¡Ay, vamos! ¿Por qué demonios no usa sus poderes? —me quejé, volteando los ojos, al tiempo que me llevaba una buena mano de palomitas a la boca.

—¡Exacto! —me apoyó Grant—. Es igual de tonto que el que eligió la película.

—Hey —protestó George—. No es tonto... Solo se le olvida hacer unas cositas...

—¡Tonto! —gritamos riendo al unísono Grant y yo, al ver que el chico de la película se golpeaba con una pared mientras corría mirando hacia atrás.

—¿Sabés que? Iré a buscar unas papas —informé mientras me levantaba—, es la única forma de que ver esta película sea agradable.

—Me traes más gaseosa —dijo Grant, y asentí.

—¿Y a mí me traes unas galletas? —preguntó George.

—No —le contesté de inmediato—. No te mereces nada, por elegir películas tan malas —bromeé, Grant rio con maldad, y George solo resopló.

—¿Estás libre este fin de semana, cariño? —dijo mi madre, inmediatamente apenas me miró entrar a la cocina, como si la pregunta hubiese estado esperando en sus labios.

—Am..., no, yo no creo —titubeé, vacilando en darme la vuelta y salir de la cocina.

—Por favor... —suplicó, dando unos pasos hacia mí—. Le diría a tu hermano, pero la última vez que lo lleve para que me ayudara, rompió unas copas, es un poco torpe —susurró—. Y escribí al personal pero solo están disponibles tres, no serán suficientes incluso contigo, pero al menos serás de alivio...

—¡Mamá! Sabes que no me agrada esa gente toda estirada a las que hay que servirles...

—¡Lo sé! Pero solo esta última vez, lo prometo, no te lo pediré más.

—¿Lo prometes? —pregunté con los ojos entrecerrados.

—Lo prometo. Aparte es una reunión entre profesionales, amigos cercanos, muy pequeña. Eso me dijeron y pagan muy bien.

Suspiré y mordí el interior de mi mejilla mientras lo consideraba.

—Esta bien —dije por fin.

Ella saltó entusiasmada y se lanzó a abrazarme, mientras repetía:

—¡Gracias, cariño! ¡Gracias!

(...)

El viernes Dylan ni siquiera fue a clases, no pude evitar pensar que tal vez estaba en el bar, pero esa posibilidad me molestó un poco, porque si era así no me había llevado.

Y cuando llego el sábado mi madre me levantó a las seis de la mañana, para que pudiera alistarme, y ayudarla a terminar de empacar los aperitivos.

Mis ojos pesaban mientras iba en el asiento de atrás del auto, intentado no dormirme.

—¡Hey, no te duermas! —me advirtió mamá—. Ya casi llegamos.

Resoplé, y saque mi celular para intentar distraerme y así no dormirme. Y me emocioné al ver un par de mensajes.

Número desconocido:

«Buenos días, bonita, ¿qué tal? » 6:02 am

«Por cierto, soy Dylan <3 » 6:03 am—aclaró en un segundo mensaje.

Sonreí cómo tonta, y me sentí despertar un poco más, mientras le contestaba:

«Holis, buenos días, todo bien, ¿qué tal tú?» 7:04 am.

«Hey, ¡despertaste! Por un momento pensé que responderías al mediodía, ya que siempre llegas tarde ;) » 7:06 am.

«Me han despertado contra mi voluntad :/» 7:07 am.

«¿Por qué? ¿Quién lo ha hecho? -.-» 7:07 am.

«Mi madre, creo que no te he dicho, pero es chef y presta su servicio para eventos, pero no tiene mucho personal, así que... La ayudaré en un evento de hoy, pero muero de sueñooo» 7:08 am.

Después de ese último mensaje duró un poco más en responder, yo miraba el teléfono con cierta ansiedad, hasta que finalmente respondió:

«No seas perezosa :) » 7:12 am.

No creí tener una respuesta para ese último mensaje, pero si tenía otras preguntas en mente que quería formularle, como ¿por qué no ha estado en la cafetería ni en la clase, y que ha estado haciendo estos días? Hasta incluso, ¿quién te ha dado mi número? Pero mi madre paró el auto, indicando que ya habíamos llegado, así que tuve que dejar eso para después. Nos bajamos y nos encontramos al frente de una mansión... En serio, una mansión. Era de dos pisos, color perla, con un espeso y floreado jardín en el sector delantero, y unas hermosas fuentes de agua que regaban el lugar.

Ya allí nos esperaban tres trabajadores de mamá, dos hombres que vestían camisa blanca lisa, pantalón de vestir, chaleco negro de 3 botones, con bolsa frontal; la mujer igual, solo que con falda negra, y así venía vestida también yo. Nos adentramos a la casa por la puerta trasera que era la que habían dejado abierta para los encargados del Buffet, o sea, mi madre y su equipo, conmigo incluida.

Mamá se desató en la cocina y preparaba todo con emoción. Yo no podía seguirle el ritmo. Me di cuenta que en realidad no me necesitaba tanto, y que si no hubiera ido, igual se la hubiera podido amañar por sí sola.

Mi ayuda empezó a ser necesaria cuando tuvimos que colocar las bandejas para buffet —de acero inoxidable, un poco pesada para mi gusto—, en éstas se servían los platillos; también chafers, que ayudaban a mantener la temperatura de los alimentos, unos soportes y mostradores, que permitían aprovechar al máximo el espacio de la mesa, y por último unos pequeños carteles, que servían para indicar el tipo de comida, así los invitados sabrían qué platillo estaba dentro de las chafers. Y finalmente las personas podrían tomar de la mesa expositora todo lo que desearan comer.

Antes de que llegarán, mamá dijo que podía tener unos cuantos minutos libres, así que llevé un taburete y me senté detrás de una de las fuentes, saqué mi celular y respondí un mensaje a Lily diciéndole que habíamos llegado hace rato, y que entre poco llegarían las personas. Luego cuando estaba a punto, de por fin escribirle a Dylan, y preguntarle lo que quería, una voz reconocida pronunció unas palabras a mi espalda.

—Señorita, ¿no debería estar usted trabajando?

Era el profesor Morris, no lo podía creer, me levanté bruscamente, y lo mire confundida, él no parecía estar muy sorprendido al verme. Solo se acercó más, y dijo:

—Creo que su madre la está buscando, necesita de su ayuda.

Se veía tan diferente, venía más casual que de costumbre, con un jean, una camiseta básica azul cielo, unas converse, y su castaño cabello alborotado.

Sentía las palabras estancadas en mi garganta, y de mis labios entreabiertos no salía ni un sonido. Él suspiró al ver que no dije nada, me miró de arriba a abajo, dio la vuelta y se fue.

«—¿Qué demonios significaba esto? —pensé—. ¿Qué hace él aquí?»

Atravesé el jardín aún un poco aturdida, y me dirigí a donde estaba mi madre. Efectivamente sí necesitaba mi ayuda, habían llegados los invitados, y las bebidas ya comenzaban a acabarse. Así que me dejó a cargo mientras ella buscaba algunas cosas en la cocina, todo lo que yo debía hacer era decirle los ingredientes por si eran alérgicos, o las calorías de cada plato, y luego ellos mismos se servían. La mayoría eran personas mayores, incluso reconocí más de un par de profesores de la universidad, y supuse que esa era la razón de que el señor Morris estuviera aquí. Pasaba rato y mamá no llegaba, ya la comida se acababa, y algunos se iban.

—Cariño —mi madre llamó mi atención, llegando por fin, parecía emocionada—. Acabo de conocer al dueño de la mansión, el que nos contrato —la mire con atención y ella siguió—. Es muy apuesto, también muy joven... Bueno para que te lo digo —golpeó mi hombro—, eso ya lo debes saber.

—¿Por qué lo sabría? —pregunté, confundida.

—¿Cómo qué por qué? Es tu profesor de literatura, me dijo que se encontraron hace un momento, y se saludaron, ¿por qué no me lo habías dicho? Ay, cielo, el mundo es tan pequeño, ¿no es así?

Mis ojos se abrieron como platos inmediatamente.

—Y la mejor parte es que amó la comida —mi ceño se frunció, ¿como que le había amado la comida, si ni siquiera se había acercado aquí a probarla? —. Así que le dije que cuando quisiera podría ir a cenar a casa...

—¿¡Qué tú qué...!?

—Que le dije que podía ir a cenar a casa —repitió.

—¡Mamá! —chillé, volteando los ojos, y pasándome la mano por el cabello—. ¿Cómo se te ocurre invitar a mi profesor a cenar!?

—Pero, ¿Qué tiene de malo, si es todo un encanto? —respondió vivamente

Me di una palmada en la frente y negué con la cabeza, mientras resoplaba.

—Y mañana irá —añadió.

—¡Mamá!

(...)

No hablé de nuevo con mamá en todo el camino a casa. No estaba enfadada, pero sí un poco disgustada.

Al llegar fui directamente a mi habitación, y me di una prolongada ducha, porque en serio deseaba quitarme ese olor a comida que traía encima. Al terminar me lancé en mi cama, mientras razonaba, y poco a poco fui tomándome más a la ligera que el señor Morris viniera a cenar a casa, ya que recordé la carta del señor Montilla, y decidí prometerme darle una oportunidad como persona. Y de igual manera, no podía ser tan malo, ¿verdad?

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