Al día siguiente al bajar a desayunar aún persistía la indiferencia para conmigo de mi madre. Quise hablarle, pero al recordar que no había argumentos capaces de modificar su enojo, al menos de momento, decidí dejar que se le pasará, naturalmente, poco a poco.
Llegué a tiempo a clases, ¡gracias a Dios! Porque el señor Morris parecía haberse despertado como un grano en el trasero. ¡Estaba insoportable! Y hasta las respiraciones ruidosas les molestaban. Pero todo se sentía aún peor, por el simple hecho de que Abby no había ido.
—Hoy calificaré los apuntes —anunció súbitamente.
Los gritos ahogados de terror de los estudiantes fueron inmediatos. Ninguno esperaba eso. La mayoría no lo tenía corregido, y por mi parte ni siquiera lo había hecho. Se suponía que teníamos unos días más, me había confiado, y ahora sudaba frío, mientras observaba las manos temblorosas de mis compañeros dejar sus trabajos en el escritorio del profesor.
Sabía que si no lo entregaba al profesor no le importaría ni un poco. Pero a mí sí. A mí sí me preocupaba no entregarla.
Entonces, mis ojos, casi inconscientemente, se posaron en donde se encontraba Dylan. Sentado tranquilo en su asiento, y mirándose las uñas distraídamente, como si estuviera pensando —¡solo pensando!—, no preocupado porque a su frente se encontrará un profesor y hermano gruñón corrigiendo trabajos.
—¡Dylan! —siseé, él se giró enseguida y me miró con una sonrisa lánguida, como si ya hubiera estado esperando que la escena ocurriera—. ¿¡Qué vamos a hacer!? No hicimos apuntes...
—¿De qué hablas? —susurró con una ceja alzada—. ¡Por supuesto que lo hicimos! —y con una sonrisa hizo resbalar por el piso hacia mí una carpeta rosa.
Fruncí el ceño, y él hizo un ademán con la cabeza indicando que la recogiera, así que me agaché y lo hice.
—¿Qué es esto? —pregunté desconfiada, mientras volvía a mi asiento con la carpeta en la mano.
Él se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No lo sé. Eras tú quien me contaba sobre tus apuntes y lo mucho que te gustó el libro, ¿no?
—¿Qué? —la confusión empezaba a reemplazar el miedo anterior.
—Solo ábrelo —susurró de nuevo, poniendo los ojos en blanco, antes de darse vuelta y mirar al frente.
Mis manos instintivamente soltaron las gomas que cerraban la carpeta. Mi boca se abrió de sorpresa. Eran los apuntes, ¡la tarea! Supuse que estaba escrita por él. En una caligrafía impecable, con una imitación perfecta a la mía. Era imposible que alguien se diera cuenta que no lo había escrito yo, incluso las palabras eran las que yo usaría.
Cuando alcé la cabeza para mirarlo, aún estupefacta, me encontré con que ya no estaba en su asiento, sino al frente del profesor Morris, junto con otra multitud de estudiantes, entregando una carpeta blanca. Ese debía ser su trabajo. Entonces, ¡había hecho ambos! Y aunque me sentía agradecida, también me empecé a sentir preocupada, cuando pensé que tal vez había realizado los dos trabajos iguales. Sin embargo, de inmediato me volví consciente de que Dylan no era tan estúpido como para que los apuntes parecieran una copia del otro. Se tenía que haber esforzado, y hecho un trabajo doble, para que parecieran dos perspectivas distintas. ¡Y ahí me sentí terrible!
Aún así, hice un esfuerzo, y me levanté a llevar ese trabajo por el cual yo no me había trasnochado, sino el pobre Dylan. No había forma de que me sintiera peor. Tendría que hacer algo por él, tendría que recompensarcelo pronto.
Cuando estuve frente al profesor Morris, ya varios alumnos se habían sentado, incluso Dylan, solo quedaban unos cuantos. Y, cuando estaba a punto de ser mi turno, empecé a sentir pánico de que él sí pudiera darse cuenta de que no lo hice. Había que tener en cuenta que era su hermano, podía conocerlo tan bien al punto de saber que él lo hizo. Pero no tuve tiempo de temer más nada, cuando el profesor me jaló con brusquedad la carpeta de las manos, y la dejó en la montaña de trabajos en su escritorio, para darle paso al siguiente detrás mío. Sin ni siquiera mirarme.
Me di la vuelta sin dudarlo, y me dirigí a mi asiento. Las manos me temblaban, y el corazón me latía con rapidez. Hasta que la tibia mano de Dylan se posó con cuidado en mi hombro, y me sonrió, mientras se sentaba a mi lado, dónde se suponía que debía estar Abby. Al parecer eso me había sido suficiente para calmarme, hasta el final de la clase, que fue unos minutos más tarde.
***
—¿Puedes ya decir algo, por favor? —me rogó Dylan, después de un camino silencioso hasta la cafetería.
Suspiré sonoramente, antes de contestar:
—Gracias.
—¿Gracias? —frunció el ceño—. ¿Por qué?
Volteé los ojos.
—No te hagas el tonto.
—Ah, ya, ¿te refieres a lo de la tarea? —sonrió, y se le formó un marcado hoyuelo en la mejilla derecha
—Sí...
—¿Y por qué pareces molesta, y no agradecida?
—No estoy molesta, Dylan. Lo siento si te di esa impresión —dije, avergonzada—. Solo estoy un poco apenada contigo por todo el trabajo que tuviste que hacer, y asustada con la posibilidad de que el profesor se de cuenta de que...
—Oh, nah, nah, nah, de eso nada —negó interrumpiendome, y poniendo dos dedos en mis labios entreabiertos—. No digas estupideces. Lo he hecho yo, no hay forma de que se de cuenta, mi trabajo de imitación es intachable. Nunca me pongas en duda, querida..
—Pero, ¿y si...? —quise reponer pero su mirada de seguridad me hizo callar—. Okey... —suspiré—, está bien, confiaré en ti.
—Buena chica —pronunció, sonriendo ampliamente, para seguir tomar mi mano y llevarme hasta nuestra mesa habitual.
Allí se encontraba Lily, comiéndose una hamburguesa, junto con Ted. Parecían muy animados, reían, y tonteaban entre sí. Pararon en cuanto nos vieron, y nos saludaron mientras nos les uníamos.
La comida de la cafetería no era de mis favoritas, así que siempre llevaba de que comer. Saqué de mi mochila la bolsa de papel donde tenía un sándwich de pollo. Entusiasmada a punto de darle un mordisco la mirada divertida de Dylan me detuvo.
—¿Qué? —pregunté nerviosa.
—Pareces una conejita a punto de comerse una zanahoria —dijo ladeando la cabeza, fruncí el ceño y él echó una risita—. Quiero decir que te ves dulce.
Mientras me sonrojaba y sonreía, miré por el rabillo del ojo a Lily y Ted. Gracias al universo no habían escuchado, porque seguía distraídos en sus asuntos de coqueteo.
—¿Acaso sabes cómo se ve una conejita a punto de comerse una zanahoria? —pregunté estúpidamente.
—Sí —contestó sonriendo—. Como tú.
Negué con la cabeza, y reí, haciendo que está vez sí voltearan a mirarnos Ted y Lily.
—¿Nos cuentan el chiste? —Bromeó Ted, mirándonos a ambos con curiosidad.
—No, métete en tus asuntos Teddy —le respondió Dylan, y Lily y yo nos echamos a reír, a ver la cara de indignación de Ted, por como lo había llamado.
—¡No me llames así! —se quejó sacándole el dedo de en medio.
—¿Por qué? Si así lo hace tu madre.
Ahora Ted se puso rojo, pero también reía.
—¡Cállate idiota! —clamó, volviendo a sacar el dedo.
Un rato después, cuando estábamos a punto de terminar, Lily pareció darse cuenta de la ausencia de Abby y también de Bill.
—¿Será que ambos han enfermado? —sugirió, mirando a todos con preocupación—. O tal vez sí tuvieron la conversación que le dijimos, y las cosas no salieron bien —me miró con los ojos entornados—. ¿¡Y somos las causantes de que acaben su relación!? —añadió desesperada.
—No, no —le tranquilice—. Seguro Lily tiene un resfriado por la tarde del lago de ayer. El frío era insoportable. Y probablemente él se quedó a cuidarla. No te alarmes.
Ella suspiró y asintió con la cabeza.
—Tienes razón, aunque deberíamos llamarla.
—O mejor vamos a su fraternidad después de clase —propusé de vuelta, y ella asintió animada.
—¡Aja, eso haremos!
En cuanto salimos de la universidad, Lily empezó a despedirse cariñosamente de Ted, tanto que Dylan y yo nos apartamos incómodos.
—Y se supone que aún no son novios —aludí riendo, y Dylan asintió divertido.
Transcurrido unos segundos, Lily y Ted se acercaron, ambos rojos como tomates y con ojos brillantes.
—¡Hora de irnos! —me anuncio Lily con una sonrisa.
Ted ayudó a Lily a montarse en el auto (bastante innecesario), y le susurró algunas cosas. Volqueé los ojos, y tomé la manija del auto, a punto de abrir la puerta y entrar para así poder conducir, cuando Dylan me detuvo, pronunciando mi nombre.
—¿Qué? —le pregunté sonriendo, y él se acercó más.
—Si necesitas algo —empezó a susurrar, con voz seria—, lo que sea —puso énfasis abriendo muchos sus ojos azules—, solo llámame —y concluyó gravemente.
—Esta bien... —cedí confusa, y el suspiró aliviado. Y me monté en el auto, aún sin entender lo susodicho por Dylan.
—Adios —nos despedimos de los chicos al unísono, y no pude evitar sentir una extrañeza por la expresión de Dylan. Demasiado serio para parecer él.
Acto seguido, arranqué, y me dirigí con Lily hasta la fraternidad. Dónde sin esperarlo, la sorpresa y la tragedia nos esperaría.
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