Morris:
Había sido un día aburrido, tuve que dar clases todo el día y las imprudencias de Dylan con su trabajo me tenían estresado. Cada vez que arruinaba algo tenía yo mismo que resolverlo, como con el joven Bill, ya habían pasado dos semanas y aún estábamos teniendo problemas con esa situación, porque no habíamos logrado conseguir ninguna información y Hans estaba enloqueciendo. Y para completar, a Dylan se le había dado la gana de faltar casi todos los días a clases. Aún no tengo idea de por qué se inscribió en la misma universidad en la que yo iba a trabajar, seguramente para molestarme, o tal vez Hans quería tenerme vigilado. Como sea su ausencia había mantenido a la señorita Roberts bastante decaída. Y eso que según él no eran tan cercanos y solo eran amigos, que maldito mentiroso.
Al terminar la clase ya estaba ansioso por irme, pero me abstuve al ver que la señorita Roberts se acercó a mí con mirada temerosa.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —pregunté.
Ella pareció temblar al escucharme. No me agradaba que reaccionara a mí de esa manera. Pero lo ignoré y la seguí mirando esperando una respuesta.
—Quería hablar con usted —dijo y me interesé. ¿De qué querrá hablar conmigo? ¿Será del tonto de Dylan? —. Quería saber si existe la posibilidad de que me dé unos días más para entregar los ensayos, realmente no tendré tiempo este fin de semana y...
—¿Y eso es asunto mío? —la interrumpí rudamente, pero por dentro agradecía que no se tratara de Dylan.
—No, por supuesto que no. Lo siento mucho, es solo que... —ella parecía un perrito asustado, suspiré.
—Como le dije una vez, usted tiene un complejo de protagonista, señorita Roberts. Muchos de sus compañeros también tienen actividades o problemas los fines de semana, ¿acaso ve a alguno pidiendo una extensión? —la miré con firmeza y con tono de autoridad, o espero que haya sonado así.
—Tiene toda la razón, lo siento —dijo, y su cara se puso roja. Se dio la vuelta y se fue sin decir nada más.
Llevé mis manos a las sienes. Reconocí haber sido demasiado contundente; suspiré arrepentido y recogí mis pertenencias.
Fue entonces cuando noté la tormenta. Desplegué mi paraguas, siempre presente en mi maletín, y me encaminé hacia mi vehículo. A pesar de la brisa y oscuridad, logré divisar a lo lejos a una joven corriendo con su mochila sobre la cabeza. Al instante reconocí a la señorita Roberts. No tardó en tropezar aparatosamente y caer al suelo embarrándose por completo. Dudé en acercarme, pero al verla restregarse la rodilla lastimada decidí acudir en su auxilio; su larga cabellera castaña se hallaba empapada al igual que su vestido adherido a su figura. Coloqué mi paraguas sobre ella sin titubear, sin importarme mojarme en el proceso; ella parecía apunto de llorar, observó mis zapatos, arrugó el ceño y alzó la mirada hacia mí.
—¿Por qué siempre que nos encontramos está usted llena de lodo, señorita Roberts? —pregunté, sonriendo sabiendo que ella no podría verme del todo.
La lluvia era ahora más fuerte, y la señorita Roberts me miró con sorpresa. Su cabello goteaba, y sus ojos reflejaban sorpresa y algo más. ¿Qué era? ¿Vulnerabilidad? ¿Necesidad?
—¿Está herida? —pregunté, viendo la rodilla que se había lastimado en la caída.
Ella negó con la cabeza, pero su expresión decía lo contrario. Extendí mi mano para ayudarla a levantarse, ella lo dudó un segundo, pero finalmente aceptó mi ayuda.
—Gracias —dijo en voz baja.
—Por nada —respondí acercando más el paraguas a ella, pero de inmediato ella lo empujo hacia mí.
—No lo haga, se está mojando usted...
— No importa —aseguré, volviendo a poner el paraguas sobre su cabeza.
—Insisto —y la terca joven arrimó de nuevo el paraguas hacia mí.
Resoplé y negué con la cabeza, y en un movimiento rápido la jale del brazo y la pegue a mí.
—Ahora ambos estamos bajo el paraguas, ¿contenta? —dije, sus mejillas estaban muy rojas y agacho la cabeza—. ¿Necesita que la acerque a casa...?
—No, no —dijo con rapidez—. Voy a la parada de bus...
—Oh —dije ladeando la cabeza—. Si sabe que el último bus pasó hace unos 5 minutos, ¿no? Es uno de los problemas de los que más se quejan los estudiantes, siempre deben correr apenas salen de clases para alcanzar a irse, usted no parece muy... advertida de eso...
—No, no lo sabía. Nunca me he ido en el bus antes, solo en mi propio auto, que tonta... —negó con la cabeza reprochandose a sí misma—. Tomaré un taxi, entonces...
—¿A esta hora con esta lluvia? —negué con la cabeza a lo absurdo de su idea—. Le saldrá demasiado caro, ni siquiera lo piense. Además, es sumamente peligroso. Vamos —la tomé de nuevo del brazo y comencé a caminar hacia mi auto.
—No quiero ser una molestia —escuché que dijo mientras yo abría la puerta y la hacía entrar.
—No, no lo es. No se preocupe —le aclaré y cerré la puerta. Rodeé el auto y entre al asiento del conductor. Ella parecía querer decir algo más, pero finalmente se rindió y suspiro.
Todo el camino estuvimos en silencio. Claramente, no teníamos nada de que hablar. Llegamos rápido por lo cerca que era, ella se apresuró a desabrochar el cinturón como si muriera por bajarse, pero por el afán no era capaz de hacerlo. Así que me incliné hacía ella, ella se sobresaltó por mi aproximación y yo sonreí. Un click sonó cuando solté el cinturón y me volví a mi lugar, ella respiró aliviada.
Ya la lluvia había parado, así que me baje antes de que ella lo hiciera y le abrí la puerta. Ella se sorprendió un poco—por alguna razón todo lo que hacía la sobresaltaba y sorprendía—, ¿de verdad parecía tan malo como para que la mínima decencia fuese impresionante viniendo de mí?.
—Gracias —dijo tímida—. ¿Le puedo ofrecer algo para secarse?
Negué con la cabeza.
—Estoy bien, tengo un cambio de ropa en mi auto. Mejor entre usted rápido o enfermará.
—Está bien. Buenas noches, profesor Morris. Muchas gracias, de verdad —su mirada era sincera y brillante. No sé por qué, pero eso encendió mis mejillas.
Asentí y ella se dio vuelta para entrar a su casa. Y sentí la necesidad:
—Gianna—ella se detuvo en seco al escucharme—. Sobre lo de los ensayos, puede... puede entregarlos a mitad de semana. No se preocupe.
Cuando se volteó su mirada era de sorpresa y sus mejillas estaban sonrojadas, tal vez era por el frío. Pero se veía hermosa. Tragué con fuerza.
De repente me sentí extraño y tonto. Hice una pequeña reverencia en forma de despedida y me monté en mi auto antes de que ella pudiera incluso decir algo.
***
Cuando llegue a mi casa me di una ducha fría de inmediato a pesar del clima, sentía que la necesitaba. Porque por alguna extraña razón, sentía el cuerpo entero hirviendo. Cuando salí ya me sentía mejor, enredé la toalla a mi cintura y pase mis dedos por mi cabello mojado. Y por mi mente pasó el recuerdo de la pobre señorita Roberts empapada con su cabello aplastado por el agua y sus ojos cristalizados. Suspiré y apreté los ojos para despejar la mente. Cuando salí a mi habitación dispuesto a buscar una pijama para ponerme, me alarmé al ver una figura masculina sentada en mi cama bajo la oscuridad, bufé con fastidio al notar que se trataba de Dylan.
—¿Qué demonios haces aquí?
Él se levantó y ahora al estar más cerca de la luz la sangre claramente no suya, se reflejaba en su rostro y en sus manos
—¿Qué hiciste esta vez? —dije en un suspiro exhausto, pasandome las manos por el rostro.
Aquí vamos de nuevo...
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 29 Episodes
Comments