Empecé a caminar con Dylan hacia la cafetería, sin que ninguno mencionara una palabra, él parecía estar sumido en sus pensamientos, así que no le interrumpí. Cuando al fin llegamos me acerque a la mesa donde estaban mis amigos y él mismo se presentó con educación.
—Hola, mucho gusto, soy Dylan Granger —dijo, mientras le estrechaba las manos a uno por uno, al tiempo que ellos tambien se presentaban.
No pude evitar sentir cierta curiosidad respecto a su apellido, no compartía el mismo con el señor Morris, a pesar de que lo llamó hermanito, tal vez mal intérprete la situación y no se refería a ese tipo de hermano sino más un amigo cercano —pero tampoco creía que el señor Morris tuviera una relación amistosa con un joven como Dylan—, pero intente disipar esos pensamientos, para poder escuchar con atención el gran discurso de lo maravilloso que era nuestra universidad y todo lo que tenía para ofrecer, que estaba empezando a narrar Abby a Dylan, mientras él la escuchaba con seriedad y se limitaba a asentir.
Sentí un poco de vergüenza al ver que Abby no paraba de hablar y fatigar al pobre chico, así que le interrumpí diciendo que sería fantástico si también dejara hablar a Dylan sobre sí mismo.
—Oh, lo siento mucho —lo miró apenada—. ¿Hablé demasiado? Me pasa todo el tiempo, no quería ser mal educada, lo juro...
—No, no, no —Dylan le interrumpió—. No te preocupes, la verdad es muy interesante lo que dices, aunque ya eso lo sabía —sonrió—, esta universidad es bastante conocida como para no saber todo lo que respecta a ella.
—Sí, es verdad —le apoyó Bill—. Por cierto Dylan, ¿de donde es que dijistes que venías? Porque tu acento es muy refinado para ser de por aquí —le preguntó mientras se llevaba una papita frita a la boca.
Lily lo miró como reprendiendolo por lo mal educado que había sonado, pero Dylan pareció no tomarle mucha importancia, y respondió con tranquilidad:
—De Londres, apenas llevó poco tiempo viviendo por acá.
—Otro británico más —dijo Bill, riendo, y esta vez fui yo quien lo miró con severidad.
—Y Londres es un lugar muy bonito, ¿verdad? —le pregunté, tratando de que no se sintiera incómodo, él giro su cabeza para mírame y relamió sus labios antes de contestar.
—Efectivamente, es un lugar precioso.
—¿Entonces que te trae por aquí? —volvió a intervenir Bill, pero esta vez fue Abby la que no lo aguanto más y le apretó el brazo, mientras lo miraba con los ojos muy abiertos, en señal de advertencia.
—Pues, en realidad era por la soledad, tengo algunos seres queridos más importantes en este país justo ahora, así que me tocó sacrificarme —respondió con una leve sonrisa.
—Oh, ¿te refieres a familiares? —le preguntó Lily, con amabilidad.
—Algunos, sí.
Tuve que hacer un gran esfuerzo, para contenerme a mí misma y no hacer referencia alguna al Profesor, y comprobar si él era unos de los familiares a los que se refería.
Charlamos durante un rato más, y él no habló sobre sí mismo de nuevo, pero sí estaba interesado en escuchar a los otros. Y así al terminar nos dirigimos a nuestras siguientes clases, que lamentablemente no compartía ninguna más con él.
(...)
Los siguientes días de la semana transcurrieron sin novedad alguna, no tuve de nuevo literatura hasta el viernes, y al terminar la clase Dylan nos acompañó a la cafetería de nuevo y se quedó charlando con nosotros. También nos invitó a una fiesta, una que haría su amigo Ted y él, como motivo de su bienvenida a la ciudad, todos aceptamos entusiasmados y él se despidió como siempre sonriente.
Finalmente el sábado por la noche, me mire una última vez en el gran espejo de mi habitación, apreciando como mis curvas resaltaban con el vestido negro que había decidido ponerme, mis ojos marrones parecían más claros por el lindo y simple maquillaje que me había realizado y mi cabello lucia más abundante gracias a los rizos en las puntas que me había echo mi madre.
Me sentía más que satisfecha por cómo me veía, así que tomé mi cartera y empecé a bajar las escaleras mientras le respondía un mensaje a Abby avisándole que ya iba saliendo, pero en realidad fue después de besos, halagos y advertencias de mis padres y mis hermanos, que pude salir de casa.
Esa noche no quería tener el peso de no poder beber más de la cuenta porque «era la que le tocaba conducir», así que por eso decidimos irnos en taxi. Uno ya me esperaba afuera, dentro ya venía Abby con su hermano menor Daniel, y Bill.
—Hola —saludé, mientras entraba al auto, estaban todos en la parte de atrás, parecían no querer sentarse en la parte delante con el conductor, y la verdad yo tampoco, pero por esa razón íbamos muy apretados, y eso que aún faltaba buscar a Lily, y que conocía tanto que estaba segura de que también se sentaría atrás, con tal de no tener ese incómodo silencio que se crea cuando te sientas al lado del taxista.
Efectivamente Lily se montó atrás con nosotros, ahora casi no podíamos respirar, el calor comenzó a surgir, y el aire acondicionado empezaba a no ser suficiente, pero ninguno hizo ímpetu de abrir las ventanas. El taxista nos miraba desde el espejo, como si estuviéramos completamente locos, pero la verdad es que sí, lo estábamos, así que no nos importó demasiado.
Cuando al fin llegamos nos bajamos apresuradamente y agradecimos poder respirar aire fresco de nuevo. La casa de Ted era grande y hermosa, de un color marfil, con un lindo jardín y bonitas ventanas de madera oscura. Como siempre Abby se adelantó y tocó la puerta y eficazmente la abrió Ted.
—Hola, chicos —nos saludó, con entusiasmo—. Bienvenidos —y abrió la puerta invitándonos a pasar.
Al entrar de inmediato Ted nos tendió una cerveza a cada uno, pero yo la rechace porque no me apetecía en ese momento. Habían solo algunas personas dentro, bailaban y bebían, algunos chicos no traían camisa y tenían el cabello húmedo. Y me pareció realmente raro que fueran tan pocos, pero no dije nada al respecto.
—Están que arden, chicas —nos halagó Ted, mirándonos con una sonrisa, Abby y yo solo agradecimos, pero Lily se sonrojó como un tomate—. Bueno, ahora, ¿quieren que los lleve a la parte VIP? —nos preguntó con voz seria, lo miramos confundidos y él al notarlo soltó una carcajada—. Bromeó, no hay parte VIP, solo iremos a la parte de atrás de la casa, ah por cierto —me miró—, Dylan esta allí esperándote.
¿Dylan me esperaba? Sonreí como tonta y asentí con la cabeza.
Ted nos dirigió a la sala de estar, allí estaba un enorme ventanal de vidrio que daba al patio trasero y antes de abrirlo nos miró y nos dijo:
—No creo que toda esa ropa les sea necesaria ahí —todos abrimos mucho los ojos y él se apresuró a decir—. ¡Me refiero a que hay una piscina!
—Aaaah —dijimos todos al mismo tiempo.
Él rio y abrió la puerta por fin.
Era un patio suficientemente grande, ahí sí habían bastante personas, habían algunos en la piscina y otros alrededor de ella mientras también bebían, bailaban, reían o simplemente hablaban.
—Hey, Gia —me susurró Ted—, ahí está Dylan —y señaló con su cabeza al extremo de la piscina.
—Ya vuelvo —le dije a los chicos.
Me dirigí a la piscina, y habían tantas personas debajo del agua que no podía distinguir quien era Dylan, así que me quedé de brazos cruzados esperando, naturalmente empezó a salir del fondo del agua unos segundos después y se apoyó alrededor de la piscina. Me sorprendí al notar el gran tatuaje de un lobo que tenía en la mitad de su pecho; su cabello parecía oscuro por la húmeda, y gotas de agua recorrían su torso desnudo. Parecía todo un Dios...
—¿Qué miras? —preguntó, con una sonrisa burlona, sacándome de mí ensoñación.
—¿Ah? —pregunté, alzando la vista a sus ojos y fingiendo no entender a qué se refería.
—Nada —dijo, sonriendo y negando con la cabeza—. Que te ves preciosa —y me miró de arriba a abajo con una sonrisa coqueta.
—Gracias —contesté, y sentí que mis mejillas ardían, señal de que me había sonrojado.
—Ah, por cierto, siento mucho haber olvidado decirles que tenían que traer trajes de baño, a veces parece que omito los detalles... importantes.
—Sí, me di cuenta —dije, riendo y al mismo tiempo que lo hacía se acercaron Abby, Bill y Daniel, y empezaron a saludarlo.
Él volvió a disculparse por el tema de los trajes de baño.
—Esta bien, no te preocupes —dijo Abby—. Hoy por casualidad sí me puse ropa interior.
Todos reímos y ella prosiguió a sacarse el vestido por la cabeza y lanzarse a la piscina e intenté cubrirme cuando la mayoría del agua me chapoteo a mí.
—¡Lo siento! —exclamó Abby, mirándome, mientras flotaba en la piscina—. Te tenías que apartar, para que no... —y se sumergió en el agua.
Dylan inmediatamente se salió de la piscina y se paró frente a mí, y no pude evitar sentirme un poco intimidada ya que su altura me superaba por mucho.
—Ahora te tienes que meter o te refriaras —me dijo, con voz preocupada, yo sonreí y negué con la cabeza.
—No te preocupes, buscaré algo para secarme.
—No me odies por esto —susurró, con una sonrisita maliciosa, lo miré con recelo y al tiempo me agarró por la cintura, yo proteste, pero ya era demasiado tarde, cuando me di cuenta ya estábamos dentro del agua.
Al sacar mi cabeza del agua casi por instinto me sostuve de su cuello y enrede mis piernas a su cintura.
—¿¡Acabas de hacer lo que acabas de hacer!? —exclamé.
—Acabo de hacer lo que acabo de hacer —afirmó riéndose.
—¡Dylan! —chille.
—¿¡Qué!? —chillo Dylan de vuelta.
—¡Dure una hora haciéndome este maquillaje!
—En mi defensa —empezó a decir—, ya Abby te lo había arruinado.
—No es gracioso —dije, seria.
—Sí, sí que lo es —replicó a la vez que me revolvía con la mano el pelo mojado y sonreía.
En ese momento me di cuenta lo cerca que estábamos el uno del otro, y pude apreciar sus brillantes y largas pestaña, sus labios entreabiertos y sus precioso ojos azules, también pude notar que tenían motas verdes y marrones, y mientras más los observaba más me recordaba a esas imágenes de la galaxia. Pero al instante me volví consciente de que tenía que estar pareciendo una loca mirándolo de esa forma, agaché la mirada al mismo tiempo que me sonrojaba y susurré en un tartamudeo:
—T-tengo frío.
Él salió de la piscina junto conmigo y me ofreció subir a su habitación para así buscarme algo con que secarme, acepte y me guió hacia la sala de estar llevándome de la mano, nos encontramos a Lily y a Ted quienes hablaban y reían sentados en un sillón, Lily alzó las cejas de forma graciosa y me guiño un ojo, y yo negué con la cabeza para que entendiera que no íbamos a su habitación a nada malo. Empezamos a subir las escaleras y caminamos por un pasillo, ya que su cuarto estaba en el fondo, él abrió la puerta y me invitó a entrar primero y encendió la luz detrás de mí.
Era una habitación espaciosa y simple, no tenía ventanas, era totalmente blanca y no tenía posters ni cuadros en las paredes, solo estaba el armario, la mesita de noche junto con una lámpara y la cama, seguramente porque acababa de mudarse y no había remodelado.
Él se dirigió a su armario y rebusco en su ropa para luego sacar una enorme sudadera rosa con un estampados de flores y ofrecermela. Lo miré dubitativa y pregunté:
—¿Es tuya?
—Sí, no preguntes, solo pontela —dijo, sonriendo y lanzándome la sudadera, la atajé y tambien sonreí.
—Es bonita.
—Lo sé —se encogió de hombros—. Ese es el baño, te puedes vestir ahí —dijo, señalando una puerta que estaba a mi lado.
—Vale, gracias —me di la vuelta para ir al baño.
—Espera —dijo—, casi lo olvidaba —volvió a revisar en su armario—. Te tienes que poner algo seco abajo, ten —me tendió un boxer, entorné los ojos.
—Wow, ¿no sabía que teníamos tanta confianza como para compartir nuestra ropa interior? —bromeé—. Oh espera, ¿es una costumbre de tu país..?
—¡Gianna! —exclamó, con una risita vibrante y contagiosa—. Así que eres la graciosa del grupo, ¿eh?
—No, esa es Abby —le aclaré—. A propósito de eso —señalé el bóxer—, no creo que sea mi talla y ¿no tendrás uno rosa? Ya sabes, para ir combinada...
—Mire, señorita graciosa —me interrumpió, con una sonrisa, dando pasos hacia mí—, este es el más pequeño que tengo y el único que te quedaría, nunca me lo puse porque nunca me quedó y respecto al rosa... —se acercó aun más y dio un golpecito con su dedo en la punta de mi nariz—, ese jamás te lo prestaría, porque es mi favorito.
—Que pena, me hubiera encantado ponermelo —dije en un fingido suspiro triste, y me dirigí al baño, dejándolo ahí riendo otra vez.
El baño era igual de simple, limpio y blanco que la habitación. Me quite el empapado vestido y la ropa interior, para luego secarme con la única toalla que encontré dentro, la cual estaba un poco húmeda y no pude librarme de los pensamiento de que seguramente él la había usado hace poco, me lave el rostro para quitarme el desastre de lo que se había echo mi maquillaje y me coloqué el bóxer de Dylan —que me quedó sorprendentemente bien—, me pasé por la cabeza la enorme sudadera rosa, que me quedaba tan larga que parecía un vestido, y por último tomé un cepillo y me peiné un poco.
Cuando salí del cuarto de baño Dylan estaba sentado en su cama, ahora tenía puesta una camiseta negra y un jean claro. Y se despedía de alguien en una llamada telefónica.
—Esta bien, esta bien, yo te aviso, adiós —dijo con cierto fastidio, antes de colgar.
Se levantó al notar mi presencia y me miró de arriba a abajo igual que lo había hecho hace poco en la piscina, y con una sonrisa dijo:
—Te ves preciosa.
Y de nuevo me sentí sonrojar.
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