Capítulo 1: El comienzo del final.

Algunos meses atrás…

El sol de la mañana se empezaba colar por mi ventanal cuando me levante cuidadosamente hacia la puerta y coloque mi oreja en ella, para así poder escuchar con mucho placer que por fin se despedía mi tía Lydia, por supuesto, sin antes recalcar lo disgustada que se sentía por no haber alcanzado despedirse —por lo temprano de su partida—, de mis hermanos y de mí, a lo que mis padres amablemente la persuadieron de irse sin preocupación alguna, ya que ellos mismos nos explicarían la situación y porqué se tuvo que marchar unas horas antes de lo previsto. Y así seguidamente, la puerta sonó al cerrarse señalado que por fin se había ido.

—¡Buenos días familia! —escuche exclamar a mi hermano George—. Es un hermoso día, ¿no creen?

Abrí la puerta y salí de mi habitación sonriendo.

—Un día precioso, sin tías Lydia rondando por la casa —le apoyé, ambos  sonreímos y chocamos cinco.

Bajamos por las cortas escaleras, y ahí estaba mi madre mirándonos con severidad y los brazos cruzados, preguntó:

—¿Estuvieron despiertos todo este tiempo?

—Desde las 5:40 am —contestó George, con una amplia sonrisa.

—Yo desde las 5:30 —contesté también.

—¡Yo desde las 5:00! —gritó mi pequeño hermano Grant, saliendo de su habitación con una linda sonrisa y sus pijamas de dinosaurios.

Todos reímos con excepción de mi madre.

—Cariño, relajate —le susurró mi papá, sonriendo, y masajeando sus hombros, haciendo que su expresión dura se suavizara un poco.

—Es su tía —dijo mamá, con ojos tristes—. No sean así, la pobre se fue mortificada sabiendo que no pudo despedirse de ustedes.

Mi madre tiene verdadera gratitud y respeto hacía mi tía Lydia, pero todo eso parece que le ciega de fijarse que mi tía tiende a ser bastante impertinente, latosa, controladora y orgullosa. De modo que, independientemente del motivo por el que venga —incluso cuando nos visita para cuidarnos cuando enfermamos—, debemos aceptar sus deseos.

—Esta bien, esta bien, lo sentimos, no volveremos a hacerlo, lo prometemos —dijo George, acercándose a mamá y dándole un beso en la mejilla para luego irse a la cocina.

—¡No hables por todos! —replicó indignado Grant, siguiéndolo, con su colita de dinosaurio que salía de la parte de atrás de su pijama moviéndose de un lado a otro.

Me reí de la situación junto con mis padres, para  posteriormente dirigirnos también a la cocina, y así poder desayunar por fin.

(...)

Más tarde ese día, me encontraba en la casa de mi amiga Lily, mientras ésta lanzaba ropa desde su armario por toda la habitación, en busca de algo perfecto que ponerse.

—¡Dios mío! —dijo—. Esto es terrible —se volvió hacia mí, con las manos en la cabeza—. No hay nada, absolutamente nada, bueno en mi armario. —se lanzó en la cama y suspiró agotada.

—Creo que exageras un poco —dije, riendo—, tienes prendas muy bonitas ahí, de hecho, hasta algunas sin estrenar y creo que…

—¡Sin estrenar! —exclamó, levantándose de la cama, como si acabará de recordar algo y adentrándose de nuevo en el armario—. ¡El vestido que tengo sin estrenar! —empezó a revisar en las gavetas, haciendo estruendosos sonidos—. ¡Lo encontré! —gritó, y se giró, agitando emocionada un hermoso vestido rojo de seda.

—¡Es hermoso! —chille, sonriendo, y ella saltó entusiasmada.

Dos horas después, ambas estábamos listas, solo nos dábamos unos últimos retoques de maquillaje entre sí, mientras escuchábamos música muy alta, tan alta que la señora Wayland —su madre— nos reprendió y nos hizo bajarle un poco el volumen.

Llegamos a la fraternidad Pussy-Ass, en la que la pequeña reunión de fin de vacaciones tendría lugar. Nos recibieron: Abby y Bill, ambos son amigos nuestros de la universidad, son novios y  forman parte de la fraternidad, no era la primera vez que veníamos puesto que, a veces nos juntábamos a hacer trabajos aquí. Dentro había personas bailando, no era un montón, por supuesto, la mayoría nos conocíamos, con excepción de más de un par que fueron invitados por algunos de nuestros amigos.

Hicimos karaoke, bebimos —bueno, yo no tanto— bailamos hasta cansarnos. Luego nos quedamos acostados todos en el piso mirando al techo sin ninguna razón aparente mientras moríamos de la risa por nada en concreto. Giré la cabeza en medio del ataque de risa, y vi a Lily, estába susurando cosas con Ted, un jugador de fútbol, que tiene toda una lista de fans del primer año enamoradas de él, incluyendo a Lily, al parecer. Ahora entiendo la razón de querer verse tan bien esta tarde.

Mi teléfono vibró y me di cuenta que se trataba de mi alarma, la que me recordaba que ya era  hora de ir a casa, ya que el día siguiente empezarían las clases. Me precipite a levantarme y tirar del brazo de Lily, ésta se quejo, pero me siguió, ya ella sabía lo que significaba. Nos despedimos deprisa de todos y nos fuimos. Cuando estuvimos al frente de su casa, le advertí antes de que se bajara:

—Ya sabes, mañana vengo por ti, ¡puntual! —ella asintió con lentitud, y sonrió.

Estaba exhausta cuando llegué  a casa, encontré a mi padre sentado en el sillón en su computador, alzó la vista en cuanto me escucho entrar y se levantó.

—Buenas noches, cariño —me saludó con un abrazo—. Espero que hayas sido prudente a lo hora de beber alcohol, ya que tenías que conducir… —empezó a decir, con una voz preocupada, supongo que apestaba un poco a alcohol.

—Por supuesto, papi —le aseguré, él se inclino dándome un casto beso en la frente.

—¡Bien, Gianna —dijo—, muy bien!

Subí a mi habitación, me di una agradable ducha y me coloqué mi pijama. Al terminar hice una lista de prioridades para el día siguiente y también indicaciones y atajos que me habían dicho los chicos de la fraternidad, para que se me facilitará encontrar los salones de clases, ya que tiendo a perderme mucho —a pesar de que ya llevo algunos meses estudiando allí—, pero en mi defensa apenas podía recordar las calles de mi ciudad y si no fuera por el GPS no podría llegar ni siquiera a casa sola.

Esa noche, después de asegurarme que había colocado las cinco alarmas con diez minutos de diferencia cada una —quería asegurarme que me despertaría— logre dormir plácidamente.

(...)

La mañana siguiente me desperté de buen humor e hice algunas cosas, como correr, leer un poco e incluso desayunar sin ningún apuro —nunca había tenido una mañana tan productiva—. Salí de casa y busque a Lily, ella me esperaba con un semblante feliz, mientras se comía una manzana, se monto el auto y me saludó de un beso en la mejilla.

Al llegar al campus nos despedimos cuando cada una se dirigió a su respectiva clase. Entré al enorme salón, y encontré mi lugar al lado de Abby.

—Hola —le saludé, sonriendo, mientras me sentaba.

—Hola —contestó dándome un fuerte abrazo, me tomo por sorpresa, pero le correspondí.

Abby  comenzó a hablar sin parar —mientras esperábamos que comenzará la clase—, de todos los chismes que había acumulado en ese tiempo, y también de la lamentable noticia que nos sacudió a todos en vacaciones; la de que uno de nuestros profesores, el profesor Montilla, se había quitado la vida, ella parecía tener muchos más detalles de los que se sabía por boca de cualquiera, ya que el profesor era amigo cercano del padre de un amigo cercano de ella. Al parecer tenía algún tipo de problema mental que le hacía creer que diablo le perseguía, empezó a tener alucinaciones y creía que todo el mundo le quería hacer daño, al punto de volverse sumamente violento; todo eso se le atribuyó a la reciente muerte de su esposa —porque por supuesto que para todos hasta después de muertas las mujeres son las culpables de las estupideces de los hombres—, lo encontraron muerto en su sala de estar, se había cortado siete dedos de los pies y disparado en la cabeza, no hubo duda de que fue un suicidio ya que los estudios forenses así lo indicaron.

—… y sí, toda una locura, quién diría que los profesores tenían más depresión que los estudiantes —dijo a modo de broma y yo la reprendí con la mirada.

—No es gracioso, Abby, es una verdadera pena, que un buen profesor como él ya no se encuentre entre nosotros.

—Te prometo, Gianna, que tu noble corazón se sentirá satisfecho con el profesor que le reemplazará, dicen que es uno de los mejores en su rama y al parecer noble, se rumorea que tienen algunos cincuentas años, eso quiere decir que no tendrá buen oído ya, y así no nos podrá escuchar cuchichear.

—¡Abby! —le reprendí de nuevo, y ella soltó una fuerte carcajada haciendo que todos los ojos en el salón se posaran en ella por un momento.

—Lo siento, solo bromeo —aclaró—. Lo que de verdad quería decir es que al parecer ese hombre  era de toda la confianza del profesor Montilla, su nombre es… am —hizo un gesto pensativo—. ¡Thomas Morris! Nativo de Inglaterra al igual que el profesor Montilla, debe tener un acento encantador —sonrió—, lastima que es un anciano —concluyó volteando los ojos.

Estuve a punto de replicar algo, pero el silencio repentino de toda la clase me hizo girar mi cabeza hacia el escritorio, donde había de espalda un hombre alto vestido de traje, escribiendo con letras grandes y elegantes en la pizarra «Thomas Lucas Morris - licenciado en literatura inglesa y filosofía», escrito eso se dio vuelta lentamente, y miró a toda la clase, sus ojos eran de un verde grisáceo y sobrios con una pesadez impresionantes, sonrió ácidamente, coloco su maletin en la mesa y tomó asiento sin quitar la vista de todos.

—Buenos días —habló por fin, su voz era profunda y autoritaria y su acento muy marcado.

—Buenos días —respondió toda la clase al unísono.

—Soy el Profesor Thomas Morris, seré su profesor de literatura —se presentó y se escucharon algunas expresiones de sorpresa, ya que todos esperaban a un cincuentón, no a un hombre de apenas unos treinta, él escucho, las ignoró y prosiguió—. Como supongo que ya saben lo ocurrido con su anterior profesor, no me veré en la molestia de explicárselo —dijo, con una mueca de fastidio y pasándose la mano por su alborotado cabello castaño, acción que lo hizo lucir como todo un jovencito y no como un profesor—, solo me queda decir que espero que sean una buena clase, que sean respetuosos y todo eso, ah y que de verdad quieran aprender, ¿entendido? —asentí con la cabeza, y creo que toda la clase también lo hizo, porque el profesor pareció satisfecho.

La clase fue relativamente buena, nos explicó temas generales de la literatura, y un poco de cuál era su plan de trabajo y de los temas que quería tratar en el transcurso del semestre, más que una clase, fue una presentación de él como profesor. Si no fuera por su actitud hostil, amargada y arrogante, hubiera mantenido todo ese agrado que había obtenido de los estudiantes al principio de su llegada —que había sido atribuido a su físico, por supuesto—, pero lamentablemente lo que tenía de guapo lo tenía de insoportable. Reprendió a los estudiantes por el minimo sonido que saliera de sus bocas, al no ser que él mismo le hubiera pedido hablar. Tuve suerte que Abby, se había quedado tan sorprendida al verle, que se mantuvo callada toda la clase, y no fue parlanchina como suele serlo.

(...)

—Pero al menos esta bueno, ¿no? —dijo Lily, mientras le daba un mordisco a su sandwich.

Estábamos sentados en el césped del campus, mientras almorzabamos, y Abby se encargaba de contarle todo lo sucedido con el profesor de literatura, a Bill y a Lily.

—Sí, al menos, pero no creó que sea suficiente para que no llegue a detestarlo —contestó Abby, poniendo los ojos en blanco—, con lo mucho que me gusta hablar, y ese profesor guapeton lo prohíbe.

—¡Hey! —chilló su novio Bill, lanzandole un poco de césped, ella rio y se lanzó hacia él.

—Sabes que te amo, y que aunque hay, muchos, muchos, muchos, hombre más guapos que tú, yo te elegí a ti y siempre lo haría, ¿ok? —Le tranquilizó Abby, Bill sonrió cómo tonto mientras se sonrojaba, para luego besarla.

—Que pareja más rara son estos dos —dijo Lily, mientras reía y los miraba con confusión.

—Concuerdo —dije, riendo.

—Callense, par de solteronas —replicó Bill en broma,

mientras paraba de besar un segundo a Abby.

—¡Hey! —protestamos al mismo tiempo.

—Eso está muy bajo de tu parte —dijo Lily.

—Exacto, ambas acabamos de salir de relaciones tediosas hace poco, no tiene nada de malo que queramos estar solteras, aun superamos el trauma, idiota —dije, y le lanze la cajita casi vacía de jugo que tenía en la mano.

—Eso es cierto, tonto —apoyo Abby, dándole una palmada en la cabeza, acompañada por unas pequeñas piedras que le comenzó a lanzar Lily.

—Ok, ok, ok, lo siento —dijo apresuradamente Bill, mientras se tapaba la cara y reía —. No volveré a decir otra estupidez.

—Eres hombre, no es así de fácil, eso viene en tu ser —dijo Lily, yo reí y asentí con la cabeza demostrando que estaba de acuerdo —. Pero te perdonamos, pero si vuelve a ocurrir te aniquilaremos, hay más de donde viene eso —señaló las piedras que ella le había lanzado.

Bill asintió como un perrito regañado con la cabeza, y todas reímos.

(...)

Al llegar a casa ayude a preparar la cena junto con mis padres, y mis hermanos sirvieron la mesa —bueno, lo intentaron—, mamá tuvo que reacomodar.

—¿Y qué tal su día, chicos? —preguntó papá.

—Bien —dijo Grant, bebiendo un sorbo de jugo—, la profesora Leonilde nos enseñó a dividir por dos cifras.

—¿Y cómo te fue? —le preguntó mamá.

—Muy bien, saque ocho, pero la profesora olvidó poner la otra mitad del ocho, y me dio pena decirle que se había equivocado, así que puse el otro círculito y lo acomode yo mismo —sonrió orgulloso, y se comió una cucharada de pure de papas.

Mis padres entonaron los ojos, y George y yo casi escupimos el jugo intentando no reír.

—Ay, cielo, creo que… —empezó a decir mamá, mientras Grant la miraba con una sonrisa inocente—. ¡Creo que es fantástico! —exclamó mi madre con una sonrisa fingida.

—¿En serio? —la miró sorprendido—. ¿Entonces hoy puedo ver tele hasta las nueve…?

—No —se apresuró a decir mi papá.

—¿¡Entonces de que sirve tener buenas notas!? —exclamó Grant, enfurecido.

—Se lo dices tú, o se lo digo yo —me susurró George.

—Callate —le respondí, riendo—. Dejalo en paz.

—Ok, ok, solo porque al menos le ahorrará el dinero de la universidad a mis padres —bromeó, y no pude evitar reír aún más.

(...)

La mañana siguiente no fue igual de productiva que la anterior, apenas me pude tomar un café como desayuno. Me había levantado tarde, las alarmas solo habían servido como la música de fondo de mis sueños. Primero corrí por el campus para llegar al aula, mis piernas dolían y moría de hambre, los pasillos parecían largos y eternos, pero finalmente llegué, me apoye de la puerta, estabilice un poco mi respiración y entré.

—Así que el amor y la muerte… —se detuvo bruscamente el profesor Morris al verme entrar, no me dijo nada, pero me siguió con la mirada hasta que me sente.

—¿Señorita…? —dijo, entrecerrado los ojos, esperando que completara con mi apellido.

—Roberts.

—Roberts, ¿Está consciente que la clase empezó hace más de diez minutos? —preguntó, con un tono serio al igual que su mirada, trague fuerte y asentí—. Muy bien, ahora, ¿usted tiene complejo de protagonista o algo parecido? —lo mire confundida y él prosiguió—. Porque todos llegaron a tiempo, con excepción de usted, ¿acaso se cree especial? —todos rieron en el salón y él los miró con severidad, haciendo que se callaran —. ¡No permitiré que nadie más llegue tarde a mi clase…! —empezó a gritar, dirigiéndose a todos, pero se interrumpió cuando la puerta se abrió de nuevo repentinamente y entró un joven por ella.

—Hola —saludó el recién llegado—. ¿Llegó tarde, profe? —preguntó, con una sonrisa torcida.

El semblante de el señor Morris se alteró de inmediato, lo miró con una clara sorpresa durante un segundo, pero luego cambió su expresión, y pareció fingir indiferencia, para después decir con voz grave:

—Muy tarde, adelante y busque asiento.

El joven le sonrió, entró, caminó sin preocupación y se sentó en un puesto de la primera fila, que son los que la mayoría evita, para no quedar tan a la vista de los profesores. El profesor Morris pareció olvidarse de mi existencia, o que me estaba reprendiendo hace un momento, y solo se dirigió a su escritorio, sin decir nada más. Pasaron un par de minutos de silencio, hasta que él profesor pareció recuperarse y continuó con la clase.

Desde mi asiento podía ver con claridad al nuevo chico, traía puesta una chaqueta de jean, con una camiseta clara, sus dedos estaban repletos de pequeños y delicados anillos, su piel era blanca pálida y hacía un hermoso contraste con sus rizos color oro; no podía verle bien los ojos, pero parecían azules claro o algún color parecido. Parecía prestar suma atención a cada movimiento y cada palabra que decía el profesor Morris como para ponerlo incómodo, y también parecía funcionar, ya que el señor Morris tenía las facciones apretadas mientras hablaba, y lo miraba de reojo a lo que éste le sonreía con un aire de burla.

La clase se terminó por fin y gracias a Dios ya no tenía que soportar esa tensión en el aire, que parecía ser yo la única que podía notarlo. Caminaba por el pasillo tranquila, para dirigirme a la cafetería.

—Gianna —llamó mi atención Abby y me gire para mirarla—. ¿Vistes que el chico nuevo no salió de la clase? Se quedó con el profesor...

—Sí, lo note —dije—, todo lo notamos fue bastante obvio.

—Sabes que quiere decir eso, ¿no? —preguntó, sonriendo con lástima, la miré confundida y negué con la cabeza—. Pues que seguramente él se quedo después de clase para poder darle una explicación al señor Morris del porqué llegó tarde, para así no tener ningún tipo de problemas más adelante —explicó, y seguí sin entender—. ¡Que tú también debías quedarte porque ambos llegaron tarde! —gritó ahora, como si fuera lo más obvio del mundo.

Elevé las manos por encima de mi cabeza, en una especie de desesperación muda, y le pregunté con rapidez:

—¿Creés que tendré problemas si no voy?

—Muchos —contestó, y eso fue suficiente motivación para que saliera corriendo como flash al salón.

(...)

De nuevo me encontraba agitada en la puerta de ese salón, a punto de abrirla, pero las voces que venían de adentro me hicieron parar y asomarme por el pequeño espacio que dejaba la puerta entreabierta mientras la sostenía.

—Te ves tan patético con ese traje —dijo el chico de chaqueta de jean, al profesor Morris—. Pareces todo un anciano.

—¡Callate! —replicó el señor Morris, con voz ruda—. Te pregunté qué demonios haces aquí, no empieces con tus estúpidos jueguitos.

—Pues a visitarte, ya sabes, ayudarte a enterarme como ibas con tu nuevo trabajo —le contestó, sonriendo aún con ese aire sarcástico—. Solo me preocupo por mi hermanito...

Al escuchar lo último, ahogue un sonido de sorpresa tapandome la boca, pero gracias a eso solté la hendija de la puerta con un movimiento repentino que hizo que se abriera.

Ambos giraron la cabeza para mírame de inmediato, haciendo que me quedara estupefacta y sin saber que decir.

—¿Señorita Roberts? —preguntó el Profesor, con el ceño fruncido.

—S-sí, señor —tartamudeé—, venía... A discúlparme por haber llegado tarde...

—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —me preguntó, con los ojos entrecerrados.

—Casi nada, acabo de llegar —mentí.

—Bueno, esta bien, no se preocupe, por esta vez se la dejaré pasar, pero que no vuelva ocurrir, ¿de acuerdo? —dijo, sin mucho interés mientras se sentaba en su escritorio y miraba de nuevo a... ¿su hermano? Indicando que ya me podía ir.

Así que suspiré y me di la vuelta para irme.

—Hey —me paró el chico de la chaqueta de jean—. No me he presentado, soy Dylan, ¿cuál es tu nombre? —me tendió la mano.

—Gianna, mucho gusto —dije, al tiempo que le estrechaba la mano y sonreía con cortesía.

—Gianna, disculpa, es que como sabes es mi primer día aquí, y no se donde encontrar la cafetería, ¿me podrías guiar? —pidió con una amplia y preciosa sonrisa, y asentí rápidamente.

—Sí, claro —dije.

Él sonrió, y se giro hacia él profesor.

—Bueno, profesor —le dijo Dylan, acentuando la palabra profesor con cierto sarcasmo—, creo que ya está conversación acabo, nos vemos en la próxima clase —y se despidió, lanzandole un beso con la mano, me sorprendió y tuve que evitar sonreír, el señor Morris parecía no causarle gracia y fingió no darse cuenta.

—Hasta la próxima clase —nos dijo serio, para luego sentarse en su asiento y abrir su computador, con evidente molestia y tensión.

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