Capítulo 14: Sí. Es él.

Lágrimas brotaban de mis ojos, mientras Abby sollozaba dolorosamente, apoyada en mi hombro. Mi consuelo no haría cesar su dolor, sufría como nunca.

***

Dos horas antes, cuando habíamos llegado a la fraternidad, nos sorprendió encontrar patrullas de policías alrededor del lugar. No entendíamos que pasaba así que nos acercamos. Pero no nos querían dejar entrar, preguntamos el porqué y vagamente nos respondió uno de los oficiales que había ocurrido un suicidio, para seguido volvernos a decir que nos alejaramos. Pero no hicimos caso, cuando reconocimos un grito de dolor de Abby desde adentro.

Ignorando lo dicho por el oficial, apenas se distrajo hablando con otro, pasé por debajo de la cintas amarillas. Lily no se atrevió a hacerlo, pero me cuidó la espalda mientras yo lo hacía.

Entré con cautela y me mezcle entre la gente, estaban todos en lo suyo, tanto que ni siquiera se percataron de mí.

No tuve que adentrarme mucho en casa, porque apenas en la sala de estar pude encontrar a Abby sentada en el piso. Se me heló la sangre en las venas. Noté que había ocurrido algo espantoso, cuando vi que su camiseta blanca estaba teñida de sangre fresca, y sus manos temblorosas también, tapaba su rostro mientras gimoteaba.

Me acerqué precipitadamente, y me arrodillé ante ella para quedar a su altura. Sus ojos despavoridos se encontraron con los míos, un suspiro pesado salió de sus labios junto con un sollozo antes de abrazarme con fuerza.

—¿Estás bien? —pregunté con voz temblorosa—. ¿Qué te ha pasado.. ?

—No, no, yo no... —intentó contestar, pero se volvió a romper en llanto y se aferró con más fuerza a mí.

—¿Tú no qué? —repusé confundida.

Pasarón unos segundos.

—Bill —dijo por fin—. Bill está muerto —y sus ojos desolados viajaron detrás de mí, donde dos hombres bajaban del piso de arriba, una camilla en la que una bolsa negra tapaba un bulto grande.

—¿Ese es Bill? —le pregunté asustada de que la respuesta fuera afirmativa.

—Sí. Es él —confirmó, volviendo a perderse en mi hombro para sollozar.

***

—Un amigo, un compañero, y un estudiante. Bill Francis Miller. Hoy lo despedimos con tristeza, demasiado pronto, y de una forma trágica —narró con solemnidad el sacerdote encargado de la misa funeraria.

Se hizo un silencio respetuoso durante unos segundos. Giré mi cabeza y Abby seguía

sentada a mi lado, rígida, sin ninguna expresión descifrable, como había estado durante toda la ceremonia. Tomé su mano intentando que reaccionara, y ella solo suspiró.

Después de la ceremonia, tuvo lugar la reunión en el cementerio. Abby se había acercado a su madre, y ella la consolaba, mis padres también lo hacían, ya lo habían enterrado y solo aceptaba condolencias de los invitados.

De Bill nunca me hubiera imaginado que pudiera llegar a acabar con su vida. Lo conocía desde hace poco, pero lo suficiente como para sentirme terriblemente mal, y segura de que él no parecía alguien que pudiera hacer algo semejante. Era mi amigo, nuestro amigo, y ahora lo habíamos perdido.

Aún no se comprendía con exactitud cual había sido la razón, la mayoría decía que podía haber sido algún tipo de depresión secreta y silenciosa. Sin embargo, Abby estaba convencida de que no era cierto, y que él estaba completamente bien. La tarde que fuimos al lago cuando llegó a casa no encontró a Bill allí, así que, supuso que estaría con unos amigos. La mañana siguiente, como había supuesto, se despertó con un pequeño resfriado y decidió quedarse en casa, aunque no había llegado Bill aún. Así paso el día enferma, hasta que en la tarde se sintió mejor y se volvió consciente de que todavía no había llegado. Lo llamó sin parar, y él no respondía, pero luego escucho el tono de su celular, lo siguió mientras repicaba y la guío hasta arriba, en una habitación que siempre estaba solo llena de cosas, como un ático, y ahí encontró el cuerpo de Bill tendido en el piso con sus muñecas sangrado y un cuchillo en su mano derecha, y el tono de su celular sonando con su música favorita.

—Hola —un susurró ronco a mi espalda me devolvió a la realidad.

—Dylan —le saludé con una sonrisa triste y abrazándolo con fuerza.

Estaba vestido de traje, era de color negro con una corbata del mismo color, y con el cabello decentemente peinado hacia atrás, aunque se escapa un mechón rubio en su frente. Era la primera vez que lo veía así, y lucía estupendo, pese a que el momento era lamentable.

—¿Cómo está Abby? —preguntó sobando mi mandíbula y acercándome a él, su perfume me hizo exhalar con calma—. ¿Cómo estás tú?

—Abby está destrozada —suspiré mirando en dirección a ella—. Y yo... ammm, no exactamente bien que se digamos, pero intento apoyarla...

—¿Qué hay de los padres de Bill? —interumpio otra voz, miré sobre el hombro de Dylan y me encontré con la alta y elegante presencia del profesor Morris—. Porque no me parece ver alguno que parezca o tenga actitud de ser su familiar cercano —continuó, mirando a todos en el lugar como un detective.

Fruncí el ceño, ¿qué podía él hacer aquí? Ni siquiera conocía a Bill. Aunque habían algunos profesores de la universidad allí, la mayoría era que le habían dado clases alguna vez.

—No tenía muy buena relación con ellos —expliqué, alejándome inconscientemente de la cercanía de Dylan—. Creo que no se veían desde hace años.

—Mhmm—pronunció, tornando sus ojos en mi dirección—: ¿Incluso después de muerto? ¡Que clase de familia son! —concluyó despectivamente, negando con la cabeza.

—Tu hermano es extraño —confesé sin pensar—. Lo siento... —me llevé la mano a la boca apenada.

—Sí, no te preocupes, lo sé —contestó con simpleza y una sonrisa mientras me abrazaba de nuevo.

Suspiré aliviada.

—Es que no entiendo que hace aquí...

—Tiene modales de anciano. Piensa que debe asistir a los velorios de todas la personas que tengan aunque sea la mínima relación con él, ser profesor de la novia del muerto supongo que es suficiente razón para él creer que debe venir.

—Entiendo —asentí, sin darle mucha más importancia.

Cuando por fin terminó Abby de agradecer a todos los que vinieron, Lily y yo nos acercamos a ella, pero decididamente nos dijo que no nos preocupáramos, que estaría con su madre. Aunque no aceptamos a la primera, al final accedimos, ya que era lo que ella quería.

—Pero, nos llama para cualquier cosa que necesites, ¿okey? —le advertimos antes de que se montará en el auto, y ella asintió con una sonrisa triste.

—¿Crees que estará bien? —me preguntó Lily cuando ya el auto había arrancado.

—No, no lo estará...—admití.

—Pero, aprenderá a vivir con ello —completó Lily, pasándome el brazo por los hombros.

—Exacto.

***

Habían transcurrido dos semanas y Abby no había puesto un pie en la universidad. Intentábamos visitarla cuando podíamos, pero por alguna razón nos evitaba, y no podíamos hacer nada al respecto. En cuanto a mi relación con Dylan, no avanzaba; faltaba más que nunca a la universidad y casi nunca iba a la cafetería.

Una fría mañana de viernes, me sentía muy aburrida para asistir a la clase del señor Morris, especialmente ahora que no tenía ni a Abby ni a Dylan para distraerme. A pesar de todo, entré al enorme salón de clases y me senté en mi lugar. En todas las clases con el señor Morris me había contenido de preguntar por Dylan y el motivo de sus ausencias, ya que habría sido muy incómodo.

—Hoy solo veremos algunos cortometrajes y deberán escribir un ensayo sobre cada uno —anunció el profesor—. Deben entregarlo el lunes —al escuchar eso, todo el salón se quejó en silencio.

Suspiré con fuerza. La situación no podía ser peor, ya que este fin de semana sería uno de los más ocupados que tendría en años: comenzaría mi trabajo de medio tiempo en un café y tenía trabajos atrasados de otras clases. Con pesar, al finalizar la clase, me acerqué al profesor Morris. Levantó su mirada intensa hacia mí y arqueó una ceja.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —preguntó.

Al escuchar su voz, sentí cómo mi cuerpo temblaba.

—Quería hablar con usted —empecé y él pareció interesado—. Quería saber si existe la posibilidad de que me dé unos días más para entregar los ensayos, realmente no tendré tiempo este fin de semana y...

—¿Y eso es asunto mío? —me interrumpió con voz seria.

—No, por supuesto que no. Lo siento mucho, es solo que...

—Como le dije una vez, usted tiene un complejo de protagonista, señorita Roberts. Muchos de sus compañeros también tienen actividades o problemas los fines de semana, ¿acaso ve a alguno pidiendo una extensión? —su mirada era firme y su tono sonaba muy enojado; no gritaba, pero su voz resonaba lo suficiente en el vacío del salón.

—Tiene toda la razón, lo siento —admití avergonzada. ¿Quién me creía para pedir beneficios especiales por encima de los demás? Bajé la cabeza y me di la vuelta para salir.

Al llegar afuera ya era de noche y una terrible tormenta me esperaba. Suspiré y cerré los ojos con fuerza; tenía ganas de llorar, me sentía avergonzada y estresada, y ahora estaría empapada ya que no había traído el auto (lo estaban reparando) y tendría que caminar lo suficiente hasta la parada del autobús para empaparme; además, ni siquiera tenía nada con qué cubrirme excepto mi mochila. La puse sobre mi cabeza y comencé a correr. El suelo estaba resbaladizo y todo estaba muy oscuro; apenas podía ver.

Tropecé con algo que no alcanzaba a distinguir; asumí que era una piedra dentro de un charco de lodo. Me sujeté la rodilla cuando ya estaba en el suelo; llevaba un vestido lo cual empeoraba las cosas, ahora estaba toda sucia y lástimada. Sentía cómo la lluvia caía sin cesar sobre mí y solté un bufido de enojo, cuando de repente paró; al mirar hacia arriba vi al señor Morris allí parado; lo reconocí por sus zapatos elegantes y su paraguas que me protegía de la tormenta.

—¿Por qué siempre que nos encontramos está usted llena de lodo, señorita Roberts? —preguntó, y juré escuchar una pizca de sarcasmo en su voz.

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