Conduje a casa con algo de cansancio por haber despertado tan temprano esa mañana. También un poco afectada por haber leído ese último correo del señor Montilla, y para completar enigmada por lo que me había dicho Dylan, ¿Qué demonios quería decir, con qué se divertiría mucho conmigo? No sonaba a algo bueno, y indudablemente debería ser una razón para alejarme de él, pero en el fondo sabía que no lo haría.
Subí las escaleras con cierta pereza. Y lo primero que hice al entrar a mi habitación fue lanzarme a mi cama. No sé en qué momento me había quedado dormida, pero de un segundo a otro desperté por las sacudidas de mi madre, gritando que despertara. Porque de nuevo mis alarmas habían sido la banda sonora de mis sueños.
Me esforcé en conducir lo más rápido que pude para llegar a tiempo. Ahora de nuevo el campus estaba vacío, pero por todas las razones contrarias de ayer, esta vez era porque había llegado sumamente tarde.
Corrí hacia la enorme puerta de la universidad, y a punto de abrirla una pequeña risa me detuvo.
—¿Tarde? —preguntó Dylan, sentado en el césped y recostado a la pared, con sus típicos ojos burlones.
—Sí —contesté—, al igual que tú al parecer —y puse los ojos en blanco.
—No; yo no voy tarde —indicó frunciendo los labios—, no se puede llegar tarde a un lugar donde no se piensa ir.
Di un respingo de inmediato y después fruncí el ceño.
—¿No piensas entrar a clase?
—Nop —respondió sencillamente.
—¿Por qué? —pregunté, girando mi cuerpo hacia su dirección.
—Porque no quiero, no me provoca —contestó, levantándose del césped y sacudiéndose el jean—. Iré a un lugar más divertido, ¿vienes?
—¿¡Estas loco!? —exclamé entornando los ojos—. No puedo perder la clase, ni tú tampoco deberías. El señor Morris es demasiado estricto...
—Exacto —me interrumpió como si acabará de descubrir la razón—, es demasiado estricto, si entras te hará pasar más vergüenza que si no lo haces.
Me quedé en silencio meditando su punto, y él empezó a caminar de espalda mirándome con los brazos abiertos, y diciendo con una sonrisa:
—A veces es mejor no llegar, que llegar tarde.
(...)
No se por qué demonios había accedido pero ahora estaba montada en su auto, dirigiéndonos a no sé donde.
Él conducía centrado en el camino, mientras tarareaba la música que sonaba de la bocina, que por cierto la había puesto sumamente alta.
—¿Puedes bajarle el volumen? —le pedí en un grito para que pudiera oírme, él sonrió y negó con la cabeza.
Resoplé con fastidio, y me acerque a la ventanilla para sacar la cabeza, para ver si el sonido se minimizaba. Así pude ver como dejábamos atrás la cuidad.
—¿A dónde vamos? —interrogué con el ceño fruncido, y al no escuchar bien mi pregunta tuvo que bajar el volumen.
—¿Qué? —preguntó inclinándose ligeramente hacia mí.
—¿A dónde vamos? —repetí.
—Ay, no seas tan curiosa —contestó con una mueca de fastidio, para luego volver a mirar al frente.
—No es curiosidad, es prevención, quién sabe si me estas llevando a un bosque para asesinarme —dije, él soltó una carcajada y echó hacia atrás la cabeza.
—¡Pero que melodramática, mujer! —exclamó—. Solo iremos a un lugar que me gusta.
—Aja, está bien, ¿pero dónde está ese lugar? —volví a indagar.
Él suspiro con poca paciencia y dijo:
—A un bar, es bastante divertido...
—¡A un bar! —le interrumpí—. ¿¡Iremos a un maldito bar, siendo menos de las nueve de la mañana!?
—¡No es cualquier bar! —clamó ofendido—. Es un bar divertido.
—¿¡Cuál es la estúpida diferencia!? —grité.
—¿Que es divertido...? —inquirió cómo si fuera lo más obvio del mundo.
Suspiré rendida, y apoyé con fuerza mi cabeza al asiento. No podía hacer más nada al respecto, ya estaba ahí montada, y devolvernos significaba llegar a la universidad, y por extraño que parezca no me provocaba volver en ese momento.
Unos quince minutos después estacionó, irónicamente, el auto al frente de un establecimiento en medio de un bosque. El lugar por fuera lucía como una cabaña antigua, con un cartel viejo que decía borrosamente el nombre.
Me bajé del auto mirando a mi alrededor con confusión, se sentía frío, con humedad, y los árboles le daban una oscura iluminación a todo. Me giré para mirarlo y él tenía una sonrisa mientras miraba a su alrededor, pero con ilusión. Parecía realmente encantado.
—Es precioso —susurró para sus adentros.
—¿¡Estas bromeando!? —solté enseguida.
—Shhh —indicó colocando su dedo índice en sus labios—. Escucha el cantar de los pájaros, ¿acaso no te da paz? —sonrió, y se acercó para tomar mi mano—. Vamos, adentro es igual de hermoso.
Lo seguí con un resoplido, y él soltó una pequeña risa.
Ya adentro entendí a lo que se refería, no era el lugar más hermoso del mundo, pero algo en él desprendía paz. Todo era de color madera oscura, con un olor a incienso y alcohol, y era más cálido que afuera por una agradable chimenea. Solo habían unas cuantas personas, tomándose una cerveza o leyendo mientras lo hacían. Nunca había visto algo así.
Nos recibió un hombre robusto, mayor, pelirrojo con algunas canas, junto con su esposa, una señora castaña, de piel oscura y sonrisa sumamente dulce, quienes nos guiaron hasta la barra. Y parecían muy felices de ver a Dylan. Él me presentó, hablaron un rato, y luego nos dejaron solos.
—Parece que te aprecian mucho —comenté en cuanto se fueron.
—Todo el que me conoce lo hace —contestó con una sonrisa, meneando su copa de vino antes de darle un sorbo.
Di una profunda inhalación y solté una pequeña risa. No podía creer que este chico fuera tan vanidoso.
Mis ojos empezaron a analizar más el entorno, y a las personas en él. El hombre que había visto leyendo al principio, ahora estaba escribiendo en hojas de papel. Parecía sumamente inspirado y concentrado.
—¿Te gusta? —preguntó Dylan de repente, refiriéndose al lugar.
Lo miré y asentí con suma sinceridad.
—Es muy bonito —dije—, solo que aún no le encuentro lo divertido. Solo es pacifico.
—Ah, es que no has visto la mejor parte —explicó, y mordió su labio inferior—. Ves a ese hombre, el que mirabas hace poco, el que está escribiendo —susurró, asentí varias veces y él continuó—. Es un famoso escritor, y muy bueno, he leído algunas de sus obras. Siempre viene aquí, de hecho casi siempre está aquí —soltó una pequeña risita—. El punto es que, siempre que escribe, hace o expresa cosas graciosas. Y no sólo él, hay muchos otros. También vienen algunos hombres sabios que al emborracharse dan los mejores consejos de la historia, y cuentan anécdotas super graciosas. No hay mejor lugar que este, no todavía. De hecho hace poco llego un hombre, que...
Él continuó y continuó, y yo sólo me limité a observar con fascinación la forma en que sus ojos más hermosos que el mar brillaban al hablar.
—¿Acaso me estas escuchando? —preguntó divertido, pestañeé varias veces y respondí afirmativamente.
—Sí, por supuesto que lo hago.
—No pareciera —dijo—, pero como sea —le restó importancia alzando un hombro—. Creo que ya he hablado mucho, probablemente te he hostigado...
—No, no, no —dije rápidamente—. Enserio que no, de verdad te escuchaba.
—Bueno, igual, es tu turno de hablar, no quiero ser maleducado.
Volqueé los ojos ante su terquedad y le di un trago a mi bebida antes de hablar:
—¿Qué quieres que te diga? Ya te he contado mi peor decepción romántica. No creo que puedas saber algo más interesante de mí.
—Sí, tienes razón, fue muy interesante esa noche, ¿verdad? —inquirió con una sonrisa un poco sarcástica, con un obvio doble sentido, y continuó—. Pero de igual forma, se que hay más. No has dicho nada de tu familia por ejemplo, ¿qué tal son?
—Ammm... —suspiré por la nariz y mordí mis labios—. Nada de otro mundo, solo tengo unos buenos padres, y un par de hermanos menores, varones, y corrientes.
—¿Varones corrientes? —dijo riendo—. ¿Qué quiere decir eso...?
—Que son chicos desordenados, clichés, ¿sabes? Varones desastrosos, que dejan la tapa del inodoro abierta... —deje las palabras en el aire por una risa—. Nada nuevo, ya te lo he dicho, no hay nada interesante que puedas descubrir..
—¿Por qué nunca romantizas tu vida? —preguntó, inclinándose a mí con los ojos entrecerrados—. ¿Siempre hablas de ti como si fuera lo más banal del mundo...?
—No —contesté, con el ceño ligeramente fruncido—, bueno... No lo sé... ¿lo hago? —concluí dudosamente.
—Un poco, sí. Y no deberías, porque estoy seguro que eres sumamente extraordinaria. Solo que hablas de ti muy por encima, como si evitarás que sonará interesante.
—Al menos hablo por encima de mí, tú ni siquiera hablas de ti, solo se que eres de londres —repliqué, con una sonrisa de boca cerrada.
Él soltó una carcajada, y se echó hacia atrás en la silla. Negó con la cabeza y volvió a inclinarse hacia mí, y con un suave susurro dijo:
—Pregunta lo que quieras, querida —y se alejo un poco para tomar más de su copa, luego me miró e hizo un movimiento con su mano alentando a que preguntara algo.
—Seré justa, te devuelvo todas las preguntas que me has hecho.
—Que suerte que hasta ahora solo te he hecho preguntas decentes —se agradeció a sí mismo, poniéndose la mano en su pecho—. Entonces, la primera fue tu nombre, ¿no es así? Bueno... —estiró su mano hacia mí—, mucho gusto, Dylan Granger...
Volteé los ojos y reí —. Sabes a las que me refería, no seas tonto.
—Ah, bueno, ok, ok, —dijo riendo también—. Mi mayor decepción, ¿no? —yo asentí y él prosiguió—. Bueno, supongo que amorosa, porque tú dijistes una amorosa...
—No, cualquiera —le advertí y el negó con la cabeza.
—No, imitare tus respuestas, eso sí que es justo. No diré mi mayor decepción en otro ámbito que no sea ese.
Jadeé irritada, y asentí con la cabeza para que continuará. Ya que al menos respondería a algo.
—Bueno, de esos no tengo —confesó.
Solté una risa irónica.
—Que hábil, por eso querías esa pregunta...
—No es mi culpa no tener decepciones amorosas —manifestó con una sonrisa inocente—. Yo las provocó, no las tengo.
—Ay, por Dios —exclamé en una carcajada—. ¿Cómo puedes andar por la vida siendo tan creído? Eso debe ser una especie de patología, o algo así...
—No, ya le pregunté a mi psiquiatra, dijo que no —bromeó.
Tape mi rostro mientras moría de la risa. Tanto que tuve que tomar una buena bocanada de aire para calmarme, y poder volver a hablar:
—Bueno, bueno, continúa, ¿sí? Pero por favor con un poco más de seriedad, no quiero que piensen que estamos locos...
—¿Qué importa lo que piensen los otros? —replicó rápidamente con una sonrisa—. Es muy probable que todo el mundo sea un robot que se apaga automáticamente cuando dejamos un lugar. Nada nos asegura que lo que vivimos es real.
—¿Entonces asumes que eres un protagonista, y el mundo solo vive por ti?
—Por supuesto, las otras personas solo son extras. Si no lo deseo no les doy un verdadero papel en la película de mi vida.
—Me gusta tu filosofía —asumí.
—Y a mi me gustas tú —argumentó.
Reí de inmediato, y él solo me miró, arrugué mi frente, pestañeé varias veces, y espere a que dijera algo más, o que se riera junto a mí, o aclarara que era una broma. Pero, no, no lo hizo.
—No bromeo, Gianna —dijo por fin, y mis mejillas ardieron, hablaba en serio, mi mente colapso—. No te pongas nerviosita, solo dije que me gustas. No te estoy pidiendo matrimonio, ni te estoy diciendo que estoy enamorado de ti. Solo me gustas y me gusta que sepas que me gustas.
—Oh, yo... ¿Qué se supone que debo decir? —pregunté tímida.
Él carcajeó profundamente y luego me miró con dulzura.
—Nada —dijo—, no digas nada.
—Ok —respondí, agachando la cabeza tratando de ocultar mis mejillas sonrojadas, pero de inmediato él tomó mi mandíbula y alzó mi rostro.
—Te dije que no te pongas nerviosa, ¿continuamos con la siguiente pregunta? —asentí y él sonrió—. Perfecto. Es sobre la familia, ¿no?
—Sí —contesté, tragando con fuerza.
—Bien, mis padres murieron cuando yo tenía unos siete u ocho años.
Mordí mis labios y me maldije.
—Lo siento, si hubiera sabido, no te habría... —empecé a decir apenada.
—No te preocupes, esta bien. Era muy pequeño ni siquiera los recuerdo, solo mi hermano lo hace, se como eran por las palabras de él, de lo contrario apenas supiera sus nombres.
—¿Hermano? —pregunté curiosa.
—Sí, y tú sabes quien es, no te hagas la tonta. Se que nos escuchabas a través de la puerta —reveló, con una sonrisa torcida al tiempo que se tomaba la última gota de su vino.
Mi sorpresa fue instantánea, y mi vergüenza también.
—Te juro que fue error —me excusé de inmediato.
—Lo sé, no te angustie —dijo, con voz tranquila, mientras se rellenaba de nuevo la copa con el vino que le habían dejado en la barra.
—¿Y son cercanos? —me atreví a preguntar, y él hizo un mohín con el rostro llevándose la copa a los labios.
—No demasiado —confesó.
Quise preguntar por qué pero supuse que sería un poco atrevido, y que era más apropiado si respetaba lo que no decía, porque debía tener una razón. Así que cambié el tema como si lo anterior no fuera tan importante, y comenzamos a hablar de nuestros gustos musicales, y eso lo animo mucho.
—¡Prince sí es un verdadero poeta! —declaró orgulloso.
Yo reí y negué con la cabeza.
—Aún no has escuchado con el alma rota las canciones de Ed Sheran —aseguré.
Él volcó los ojos, chasqueo la lengua y dijo:
—Prince es iconico, Ed sheran es moda.
Abrí la boca sorprendida y lo mire ofendida.
—Ok, haré como que no escuché eso —dije, dándole un largo trago a mi margarita, y él sonrió.
—Esta bien, lo siento —arrastró las palabras—, solo quería molestarte, sí que es bueno.
—¡Lo sabía! —exclamé, dándole un pequeño golpecito en el hombro que lo hizo reír.
—¿¡Pero que demonios estoy haciendo!? —gritó de repente el hombre que recientemente estaba escribiendo mientras rompía la hoja de su escrito en pedacitos, haciendo que Dylan y yo nos sobresaltaramos, para seguido levantarse e irse, cerrando la puerta con fuerza detras de él.
Entorné los ojos, y giré mi cabeza lentamente hacia Dylan, haciendo que enseguida ambos estallamos de risa.
(...)
Decidimos volver al campus para buscar mi auto antes de que fuera la hora de salida de mis amigos porque no quería que me empezarán a interrogar.
—Adiós —le dije a Dylan, al tiempo que me montaba en mi coche.
—Adiós, conduce con cuidado —contestó sonriendo, mientras me cerraba la puerta y metía su cabeza por la ventana—. Ah, le puedes decir a tu madre que hubo una degustación de vinos en la universidad. Es una buena excusa para justificar tus mejillas encendidas —sugirió, y no pude evitar reír, antes de arrancar.
Mis padres como era de suponer no estaban en casa aún, solo estaban mis hermanos y la señora Linda, la niñera de mi hermano menor —bueno de ambos, solo que George no se atrevía a asumirlo—, deje mi mochila en el mueble, y me meti en la cocina, tenía mucha hambre. Así que preparé un pollo al curry y lo acompañe con arroz —sí, cuando estaba de buen humor me gustaba cocinar, pero a veces era difícil preparar algo en mi casa, cuando se tenía a una madre chef que no le gustaba que tocarán su cocina—, le ofrecí a Linda y a mis hermanos. Nos sentamos en el comedor y comimos juntos, mientras Grant hablaba de su día, primero que nadie.
—Entonces me dijo estúpido, le dije a la profesora, y ella le dijo a su madre, y ahora no podrá ver caricaturas por una semana —contó Grant, riendo.
—Espero que no hayas mentido, y lo hayas acusado para que le castiguen —le dije, mirándolo acusativa.
—Nooo, ¿qué clase de niño crees que soy? Jamás haría algo así —se defendió, pero supe que mentía cuando sonrió con culpabilidad, y no pude hacer mas nada que reír.
Al terminar subí a mi habitación, hice algunas tareas, acomode mi librero, y me lancé en mi cama, mientras escuchaba música con mis auriculares, recapitulando todo lo pasado ese día, y sin poder evitarlo una sonrisa se dibujó en mis labios.
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