A la mañana siguiente desperté mucho antes de que sonará la alarma. Así que de inmediato me levante de la cama, y me metí en la ducha, intentado que el agua fresca despejara mi mente de algunos pensamientos que aún permanecían en ella. Después de vestirme bajé a desayunar y mi familia ya estaba en la mesa.
Me obligué a comer mis huevos revueltos y mis tostadas, digo obligué porque en realidad no tenía mucha hambre, pero mi madre me dijo que podría enfermar si no comía bien. Así que le hice caso.
Cuando llegué el campus estaba casi vacío, no habían muchas personas, Lily no había llegado, ni Abby, ni siquiera el tonto de Bill. Así que supuse que estaban en clases, me dirigí al aula, esperando que ya estuviera Abby dentro o cualquier otro alumno. Pero me llevé una enorme sorpresa, no había nadie, excepto por el profesor Morris, al parecer había llegado demasiado temprano, él estaba sentado en su escritorio, tenía puesta su típica camisa blanca, solo que arremangada, y dejaba a la vista ligeramente, un tatuaje en su brazo izquierdo, pero no se distinguía bien que era. También llevaba unas gafas negras, no se la había visto antes, de hecho nunca lo había visto ni siquiera sin el chaleco de su traje, ¡y tenía un tatuaje! —exclamé mentalmente—. Él giró su cabeza y posó su mirada en mí. Si no lo hubiera hecho habría dado la vuelta y me habría quedado afuera esperando a que llegarán algunos estudiantes. Pero me había visto, y iba a parecer estúpida si me iba.
—Buenos días —dije con educación y una leve sonrisa, mientras entraba.
—Buenos días —contestó, con su predeterminada voz seria e indiferente, para luego volverse a centrar en su computador.
Ya en mi asiento, mordía y soltaba el interior de mi mejilla intentando distraerme. El único sonido que hacía eco en el salón era el de las teclas del computador del profesor —que por cierto ya se había abotonado las mangas de su camisa y puesto su chaleco—. Así que saqué mi cartuchera y me decidí por hacer garabatos en la parte de atrás de mi cuaderno, para así hacer pasar el tiempo, pero de mi cuaderno pasé a mi mano y luego de mi mano a mi brazo, y al cabo de unos segundo ya estaba haciéndome pequeños dibujos con marcadores de colores en los brazos. Pero sentía una leve sensación de inquietud, así que alcé mi vista lentamente, para encontrarme así con los ojos del profesor Morris, mientras éste ladeaba cabeza y me miraba con mucha atención.
—¿Qué hace? —preguntó.
Abrí la boca para responder, pero al instante la cerré porque de verdad no tenía una respuesta lógica.
—¿Que, qué hace? —repitió, con un poco más de severidad.
Empecé a balbucear.
—Am... Yo, eh...
—¿Se está rayando los brazos, como una niña de ocho años? —sonó más como si respondiera por mí, que a una pregunta.
Negué con la cabeza y lo mire con el ceño fruncido, mientras él me sostenía la mirada, haciendo que por alguna extraña razón me ruborizara.
—No, solo intentaba distraerme...
—¿Rayandose los brazos como lo haría una niña de seis años? —volvió a responder por mí.
Bufé, lo mire un poco molesta, y repliqué:
—Ya le dije que no, solo intentaba distraerme.
—Pues saque el libro, y revise la página veintitrés. Analice el tema, de eso hablaremos hoy. Es un forma más madura de distraerse, ¿no cree? —pronunció esas palabras de una manera tan arrogante que hizo que mis mejillas ardieran.
Él sonrió agriamente de lado, con un aire de superioridad, para luego volver a mirar la pantalla de su computador.
Volteé los ojos y resoplé, al tiempo que sacaba el libro de literatura y lo dejaba con fuerza en la mesa. El sonido hizo que él volviera a mírame y sonriera, pero esta vez como si algo le hiciera gracia.
Solo pasaron un minutos más y el salón empezó a llenarse de estudiantes. Me sentí tan aliviada cuando vi a Abby entrar por la puerta, y sentarse a mi lado. Y seguido de un par de estudiantes más entró Dylan, su mirada conecto con la mía enseguida y me sonrió antes de tomar asiento.
—Lily me dijo que se dieron besos apasionados —dijo Abby con picardia, me giré para mirarla y entorné los ojos.
—¿Qué?
—Que Lily me contó que tú y Dylan se besaron en la fiesta pasada —mencionó más alto.
—¡Abby! —exclamé en un susurro—. Shhh...
—¿Es un secreto? —preguntó con el ceño fruncido.
—No, no es un secreto —contesté—. Solo no lo digas tan alto, porque te podrían escuchar...
—Eso suena como un secreto —analizó, con los ojos entrecerrados.
—No, no, es un secreto, ya te dije... —bufé, dejando las palabras en el aire, y ella rió.
Al instante, gracias al cielo, el profesor comenzó a dictar la clase y Abby no dijo más nada. Pero se quedó con una sonrisa divertida el resto de la clase, mientras alternaba los ojos en Dylan, el pizarrón, y en mí.
Apenas terminamos me levante de mi asiento y salí del aula antes de que Abby o Dylan pudieran decirme algo o acercarse a mí. Me dirigí a mi siguiente clase. Y finalmente a la hora del almuerzo —cuando se suponía que debía ir a la cafetería—, me metí en el baño. Por suerte no había nadie dentro. Después de darme una charla mental y darme cuenta que estaba actuando de una forma tonta y exagerada, salí del baño, con la intención de por fin dirigirme a la cafetería. Pero por fortuna me encontré con la señora Fernández, de administración, quien llevaba una gran caja y parecía necesitar ayuda ya que su vientre de unos siete o ocho meses de embarazo le hacía un poco difícil el trabajo. Era mi excusa perfecta para seguir aplazando lo inevitable. Me ofrecí para ayudarla a llevarlo, ella declinó la propuesta de inmediato, pero le insistí una última vez, y cedió.
—Esta bien, gracias, gracias, la verdad es que, sí necesito una ayudadita —admitió con una sonrisita, mientras dejó caer la caja en mis brazos, casi la ataje en el aire, y al instante me di cuenta que en realidad no pesaba tanto como parecía, solo era un montón de papeles y algunas carpetas—. Las carpetas de arriba hay que llevárselas a la profesora Philips —señaló con su dedo índice al fondo del pasillo—. Y los papeles y hojas abajo tienes que llevarlos al contenedor azul del papel y cartón, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza, dándome vuelta para enseguida comenzar con mi nueva tarea. Le entregué las carpetas indicadas a la profesora Philips y sencillamente me agradeció.
Luego me dirigí afuera a los contenedores de basura, e incline la caja para así vaciarla. Pero a consecuencia de la brisa unas hojas se fueron volando muy cerca.
—Mierda —mascullé, mientras las atajaba de un salto, y tomaba otras que caían en el piso.
Finalmente cuando las tuve todas en mis manos me acerqué de nuevo al contenedor. Alcé la tapa y deje caer las hojas, al tiempo que me fijaba que algunas eran viejas facturas, y viejas copias de correos. Pero a punto de cerrarla un par de nombres en una de las hojas de papel resaltó entre todas, y la tomé para así leerla.
«De : Profesor Frederick Montilla.
Fecha : 12 de abril 2020 00:36.
Para : Director Kobayashi.
Asunto : recomendación de mi querido amigo, para ser mi nuevo sustituto.
Querido señor Kobayashi:
Espero de todo corazón que se encuentre bien. Como sabe estos últimos meses han sido muy difíciles en mi vida personal, por motivo a la pérdida de mi querida esposa Rose. Y me temo que ya no existe en mí la misma necesidad y placer que enseñar me producía. La debilidad se apodera de mí cada día y como a usted lo reconozco como a uno de mis amigos cercanos—permitame expresarle mi agradecimiento por su bondad y amistad todos estos años—, me atrevo a confesarle que estoy sinceramente perdido, y el rumbo de mi vida se ha roto. Me aterroriza la idea de volver a la universidad y mirar a mis estudiantes y no sentirme preparado para ello. Por eso he tomado la decisión de no regresar este semestre. Espero que me pueda comprender. Pero por supuesto no dejaré a mis queridos estudiantes en la deriva, tengo pensado una recomendación perfecta para mi reemplazo. El profesor Thomas Morris. Hace un tiempo llegó a ser mi estudiante y destacó entre todos. Ahora con su título de profesor me doy el placer de recomendarlo como uno de los mejores que puede usted encontrar, así que...»
Suyo sinceramente, como siempre, Fred M.
Y ahí terminaba la carta, evidentemente faltaba una buena parte de ella. Probablemente esa era la razón de que la desecharan, y lo más seguro es que fue un fallo en la impresora. Pero ese poco fue suficiente para sentir mi corazón arrugado. El pobre señor Montilla había estado tan desgraciado. «La debilidad se apodera de mí cada día», era un inconsciente grito de auxilio, porque sin duda había intentando minimizar su verdadero dolor entre esas letras haciéndolas lo más breve posible, con la intención de no ser salvado.
Y naturalmente la resumida manera en la que se había referido al profesor Morris, había sido suficiente para que me sintiera un poco mal por haberlo juzgado de esa forma, al punto de dudar su supuesta amistad con el señor Montilla, simplemente por su personalidad, ya que había quedado claro en ese correo, que sí lo conocía y que también le tenía aprecio. No había forma de que me sintiera peor.
—Gianna —me sobresalté en cuanto reconocí ese acento y esa voz melodiosa que acababa de pronunciar mi nombre a mis espaldas.
Giré sobre mis talones con lentitud, y en efecto me encontré con la presencia de Dylan. Le miré y él esbozó una sonrisa burlona, pero parecía ligeramente decepcionado y preguntó:
—¿Me está evitando?
Reí casi por inercia, y negué con la cabeza repetida veces, al tiempo que decía:
—No, no, claro que no.
El suspiró y dio un par de pasos hacia mí.
—No soy tonto, sé que lo haces —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Y obviamente es por el beso de la fiesta.
No me sorprendió que lo supiera, ya que como dijo él, era bastante obvio.
—Esta bien, sí —confesé, encogiendome de hombros—. Es que apenas nos conocemos, estábamos bebiendo, y creo que fue un error de parte de ambos.
Él suspiro por la nariz y sonrió de lado.
—Querida, de lo único de lo que no me arrepiento son de mis errores —murmuró, mirándose los anillos vagamente, para seguido continuar—, y si tú me consideras un error, tampoco deberías arrepentirte de los tuyos.
Quede un segundo en silencio, mirandolo con los ojos entrecerrados y una cara de confusión, pero enseguida solté una carcajada al comprender lo que acaba de decir.
—¿Te parece gracioso? —inquirió, dando más pasos hacia mí con una sonrisa de lado.
—Sí, por supuesto, es gracioso que te tengas tan en alta estima.
–Es que sé que mis besos son los mejores —dijo con una sonrisa egocéntrica.
—¿Qué sabes tú de eso si nunca te has besado? —repuse.
—Buen punto —admitió, asintiendo con su dedo índice—. Entonces sólo un centenar de chicas y tú, son las únicas que pueden confirmarlo. Y ya ellas lo hicieron. Eso quiere decir que es tu turno...
—No voy a admitir nada, no seas tan presumido —contesté, volteando los ojos.
—¿Ah, no? —dijo, acercándose más y más hasta quedar cara a cara conmigo—.¿Segura?
Por todos los cielos, ¿por qué tenía que oler tan bien y verse tan jodidamente sexi en ese momento? Mordí mis labios intentando contener cualquier acción repentina que pudiera surgir de mi interior, haciendo que él bajara su mirada hasta ellos.
—¿Asustada Roberts? —preguntó, ennarcando una ceja.
Respiré con pesadez, y negué, antes de contestar:
—Callate. Por supuesto que no.
Él esbozó una sonrisa torcida, al tiempo que cerraba sus ojos, luego mordió sus labios, y asintió musicalmente con su cabeza.
—En serio, ni te imaginas, cuanto me divertiré contigo —dijo, con voz ronca, para consiguiente darse la vuelta e irse. Dejándome ahí con una pequeña taquicardia. Y lo único que pude hacer fue dar una gran bocanada de aire, intentando recuperarme.
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