Capítulo 8: ¿Qué demonios había pasado?

Me observé una vez más en el reflejo de la ventana, mi vestido rosa de seda y mi cabello suelto me hacían lucir simple, acompañado con una delgada cadena de oro, y unos bajos tacones —aunque mi madre quería que me pusiera algo más elegante—, pero así me sentía cómoda.

—Si existiera alguien que respirara solo por el trasero... ¿Jamás se podría sentar? —reflexionó Grant, con los ojos entrecerrados como si su mente estuviera en un gran debate, mientras mi madre estaba arrodillada al frente de él y le ajustaba su corbatin.

—Por Dios, cariño, ¿de donde sacas esas preguntas? —contestó mamá, casi en un suspiro, mientras se levantaba—. Ve a ponerte los zapatos, ¿sí? —le indicó, él asintió, y se subió corriendo por las escaleras—. ¡No corras...! —sus palabras quedaron en el aire cuando ya él había desaparecido, y entrado en su habitación.

Mi madre resopló, y volteó los ojos, para luego darse la vuelta y examinar minuciosamente por enésima vez, la mesa, como si buscará alguna imperfección en el hermoso mantel color crema, las finas servilletas textiles, los ordenados platos, y los brillantes cubiertos

—Cielo —empezó a decir, girando su cabeza a mi dirección—, ¿crees que se ve bien? —su mirada estaba llena de dudas, y su ceño fruncido.

—Esta hermosa mamá —le respondí de inmediato, con una sonrisa tranquilizadora.

Mi respuesta pareció darle un poco más de confianza, haciendo que respirara más calmada. Todo ese asunto de la cena con el señor Morris la habían puesto un poco paranoica, había despertado muy temprano para empezar a preparar la comida, y a limpiar cada rincón de la casa. De hecho toda mi familia estaba un poco loca ese día, era como si pensaran que íbamos a cenar con el presidente, o algo así, tanto que incluso mis hermanos se habían duchado sin ningún problema, y eso sí que era una novedad.

El tiempo pasó con terrible lentitud mientras esperábamos la llegada del profesor Morris. Se suponía que llegaría a las 7:00, pero la puerta sonó a las 7:15.

—¡Cariño! —susurró mamá con los ojos muy abiertos—. Abre la puerta, estás más cerca...

—No, no, no —me apresuré a decir, y al instante la puerta volvió a sonar, haciendo que diera un saltito, y me dirigiera a abrirla mientras me quejaba.

—Buenas noches —saludó el señor Morris, con una botella de vino en mano, mientras grandes gotas de sudor perlaban su frente, y respiraba entrecortadamente, que fastidio, hasta así lucía fantástico—. Disculpen la tardanza, tuve un problemilla con el auto —explicó, mirando detrás de mí ya que habían aparecido casualmente mis padres.

—No se preocupe, señor Morris. Ni siquiera nos dimos cuenta, los minutos pasaron volando. Adelante —dijo mi madre, en un tono tranquilo, y con un extraño acento, al tiempo que yo abría la puerta invitándolo a pasar.

Él miró a su alrededor y asintió varias veces.

—Bonita casa —halagó, y empezó a caminar hacia la mesa, con confianza.

Mis padres le siguieron y le invitaron a sentarse.

Me quedé parada sin decir nada, mientras observaba a mis hermanos presentándose, y mis padres sirviendo la comida con suma alegría. Mientras el señor Morris miraba todo con dureza y crítica. Eso me molesto. Mi familia se había esforzado tanto, y él solo actuaba de forma indiferente, como si las atenciones dadas no fueran suficientes para su importante presencia.

Pareció sentir que lo miraba, porque puso sus ojos en mí, y detalló mi cuerpo de cabeza a pies y, por un momento, no dijo nada.

—¿Acaso no cenara con nosotros, señorita Roberts? —preguntó, asentí, y con piernas temblorosas, me senté al frente de él.

La cena comenzó, y estaba transcurriendo tranquila, mis padres conversaban con él y le hacían preguntas simples. Pero todavía no tenía un tema de conversación fijo.

Noté que el señor Morris bebía más de lo que comía, apartaba el pollo y se comía los vegetales, con una pequeña cara de disgusto. Agradezco que mi madre no se diera cuenta, porque se hubiera sentido muy mal.

—Así que es cierto los rumores de que era amigo cercano, del noble señor Montilla ¿no? —le preguntó mi padre en un intento de buscarle conversación.

—Y usted también, ¿no? —le devolvió la pregunta, mi papá frunció el ceño y lo miró atónito.

—Amm... ¿Por qué usted supone eso? —respondió—. No me lo tope más de cinco veces...

—Que extraño —le interrumpió el señor Montilla—. ¿Solo mas de cinco veces, incluso siendo su abogado de cabecera...? —dejó la pregunta en el aire con una sonrisa.

Mi ceño se frunció y mire a mi padre con confusión.

—¿Cómo que su abogado? —formulé la pregunta con rapidez antes de que pudieran cambiar el tema.

—Sí —me miró el señor Morris—. Desde hace unos... Uff, ¿siete años? —y miró a mi padre que éste le confirmara la respuesta.

—Sí, más o menos —le concedió mi padre, con mirada gacha tomando un sorbo de su jugo.

—No tenía ni idea —confesé—. ¿Por qué no me lo habías dicho papá...?

—No creí que fuera necesario —se apresuró a decir.

No me sentí conforme con su respuesta, pero no replique nada.

—Supongo que se está encargando de sus bienes, ¿no es así? —continuó el señor Morris.

—Naturalmente, es un proceso algo... —empezó a decir mi padre, pero se detuvo bruscamente, y en su rostro apareció una expresión de astucia—. Por cierto, me da tanta curiosidad saber de dónde usted y Montilla se conocían. Le veo muy joven para poder tener amistades con hombres ya mayores... ¿Debe tener cuanto...? ¿Unos treinta y algo...?

—No —le interrumpió con una sonrisa—. Menos de lo que dice, y más de lo que piensa. Apenas estoy en mis veintiséis.

—Eso sí que es sorprendente —calmó mi padre—. Usted tan joven, profesor, y amigos de personas tan influyentes...

—Hmm, ni se imagina —respondió con los ojos entrecerrados, y una sonrisa arrogante, que me recordó de inmediato a Dylan, nunca les había visto algún parecido hasta ese momento—. Pero como sea, estoy acostumbrado a que duden de mí, en especial las personas que piensan que las experiencias o la sabiduría, están ligadas a la edad.

—No quise ofenderle —dijo mi padre.

—No lo hizo —respondió él—. Y permitame decirle, señora Roberts —miró a mi madre, haciendo que ella se sonrojara levemente—, que la comida estuvo deliciosa.

Y dicho eso se levantó, sin mirar a nadie más, se acercó a la puerta, la abrió y la cerró detrás de él. Todo pasó tan rápido que nos quedamos en una especie de pausa, haciendo que la habitación se quedara en un profundo silencio. Estaba segura de que todos podíamos escuchar el sonido de nuestros corazones. ¿Qué demonios había pasado?

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