Capítulo 18

La luna finalmente volvió a decorar el cielo de Buenaventura, casi todos en la villa se encontraban durmiendo a excepción de los guardias. En el segundo piso se podía ver una habitación iluminada, la de Celeste. Allí reunidos estaban la señora de la mansión, una bruja y su pupilo. Como era habitual a estas horas, Celeste bebía una taza de té; Leneria le acercó una a Danilo quien esperaba nervioso en una silla antes de comenzar la reunión.

–Empecemos por las presentaciones. Este joven de aquí se llama Danilo y es un aprendiz de brujo.

Danilo al escuchar mencionar su nombre asintió con la cabeza en dirección a Celeste, quien levantó una ceja al ver que el niño podía localizarla en la habitación. –¿Realmente estas ciego?

–Si…lo estoy– La voz de Danilo flaqueaba con cada palabra y sus manos no soltaban la camisa que le había dado. Antes de la cena Celeste mandó a arreglar a Danilo y que lo vistieran decentemente, ya que hasta el momento no llevaba nada diferente a unos harapos. Por otro lado, Lene había recibido su uniforme de sirvienta, a pesar de las advertencias del mayordomo principal de no volver a contratarla.

–Tengo muchas dudas, pero empecemos por la primera. Lene, me dijiste que me contarías tu verdadera historia.

–Es cierto, pero antes me gustaría dejar algo en claro. Todo lo que diré a partir de ahora es verdad, sin embargo, hay una parte que no puedo contarle a nadie.

Celeste arqueo la ceja enojada al escuchar lo último. –Me prometiste que me contarías todo, ¿te retractas ahora?

–Si quieres te lo puedo contar, pero en el momento que las palabras salgan de mis labios ambas moriremos. – Leneria se sentó en el borde de la cama, mirando a los ojos de Celeste directamente.

–¿Dices que si me cuentas vendrán a matarnos?

–No, simplemente caeremos muertas. Danilo también si escucha mis palabras.

–Eso es estúpido, ¿Cómo diablos alguien puede morir de la nada? Ni los magos más poderosos conocen una magia capaz de hacer eso.

–Tienes razón. Ni el mago más poderoso de la torre, ni el heraldo de la Santa Orden sería capaz de hacer algo así. La razón es sencilla, no es obra hecha por humanos.

–Bien, voy a confiar en ti y creer todo lo que me has dicho. Es algo tan inverosímil que difícilmente lo usarías para mentirme. ¿Acaso la brujería es tan peligrosa?

–Yo también tengo dudas sobre eso, maestra. Hasta ahora no siento que ganara mucho por el pacto.

–¿Maestra? ¿Pacto? – Celeste preguntó llevándose los dedos al entrecejo para frotarlo ya que aún no conocía al detalle la relación entre ambos.

–Ya llegaremos allí, pero antes de hablar sobre mí, quiero que entiendas lo seria que soy al respecto.

–No es necesario, como dije, confío en ti.

–No, necesito que sepas lo que manejo. Quiero que sepas el costo y lo peligroso que puede ser; una de las muchas razones por lo cual nunca quise hablarte sobre el asunto.

Celeste asintió en silencio, mientas Lene sacaba de sus medias una larga aguja metálica. Suavemente la presionó contra su dedo pulgar para hacer que este sangrara, antes que el suelo se manchara recitó las siguientes palabras. –Ofrezco un poco de mi sangre para sellar un pacto que durará hasta que el alba se asome por la ventana. Que cada mentira dicha en esta habitación sea una hoja que lacere mi brazo dejando un estigma sobre la piel. – Al terminar de pronunciar la última palabra, la sangre que recorría ya toda su mano comenzó a evaporarse hasta no dejar rastro ninguno. –Di una mentira, Celeste.

–Esto no será un truco de feria, ¿verdad?– La duda no abandonaba el rostro de la joven noble. Había visto muchos estafadores montar trucos parecidos. –Bien aquí va el primer intento, no me gusta dormir hasta tarde en las mañanas.

En tan solo unos segundos una herida en la mano de Leneria se abrió y un hilo de sangre se extendió por su brazo. Celeste se sorprendió un poco, pero no podía estar segura ya que se trataba de un hecho sabido por todos. Así que esta vez intentó con solo algo que ella supiera.

–Tenía 10 años cuando conocí a mi padre. – Esta vez ninguna herida apareció en el brazo de Leneria, Celeste se acercó para ver incrédula la mano a detalle. Esto sucedió antes que Leneria llegara al Ducado y difícilmente lo supiera. –¿Cómo funciona esto?

–¿Te lo pondré más fácil? Todo lo que te dije anteriormente es mentira; la persona que tengo delante es a quien odio más en el mundo; nunca pensé en regresar luego de marcharme, no…

–¡Detente!– Celeste agarró el brazo de Leneria mientras levantaba su voz, con cada palabra que la bruja decía una herida se abría paso sobre su piel. Al terminar la última oración su brazo estaba lleno de cortes y bañado en sangre. Celeste la agarraba temblando al ver lastimada a la persona que más amaba debido a su propia incredulidad, Leneria se detuvo en seco ya que no deseaba que se culpara. –¿Me entiendes ahora? El peligro de la magia que practico.

–Sí, ya basta. Déjame curarte ahora, si no lo hacemos rápido quedarán cicatrices en tu piel.

Leneria tomó de la mano a Celeste antes que se alejara, haciendo que cayera sentada sobre la cama, justo delante de ella. –No te preocupes, solo toma de mi mochila un frasco con contenido de color rosado. Si sales a buscar vendaje llamarás la atención de las demás sirvientas.– Celeste rebuscó en el maletín que estaba a sus pies hasta encontrar el frasco. La bruja extendió el brazo fuera de la cama para no ensuciarla, por delante de Celeste. –Ahora vierte el contenido sobre él.– La joven destapó el frasco e hizo como se le indicó, dejando que todo el contenido se vertiese sobre el brazo de la bruja. El efecto fue casi instantáneo, en solo segundos las heridas habían desaparecido sin dejar ninguna cicatriz.

–Es mucho mejor que los ungüentos que venden en el mercado.

–Por eso no tienes que preocuparte, siempre que pueda acceder a mi maletín soy casi inmortal.– Lene dijo a modo broma mientras abrazaba a Celeste por detrás y la atraía hacia su pecho.

–Lo entiendo, pero quiero que jamás vuelvas a hacer algo parecido a esto.

–Cumplir eso me sería muy difícil, mi magia se basa en ofrecer algo a cambio.

–Entonces quiero que me prometas que no usaras la brujería tan despreocupadamente.

La bruja la abrazaría con un poco más de fuerza, mientras hundía su rostro en el cuello y se dejaba enamorar de nuevo por ella. No podía prometerle que no usaría la brujería, pero saber que se preocupaba por ella era todo lo que necesitaba. –Celeste, gracias. No sabes lo mucho que me ayuda tenerte junto a mí.

–Dudo mucho que tú tampoco sepas lo importante que eres tú en mi vida.

El sonido de un carraspeo interrumpió la escena, tanto Celeste como Lene se habían olvidado que Danilo estaba esperando en la habitación. A pesar de no poder ver nada, podía asumir que estaba ocurriendo al saber que ambas se encontraban demasiado cerca una de otras; además que la propia conversación era sugestiva. –Maestra, no quiero interrumpirla…pero me gustaría escuchar lo otro que nos iba a contar.

SI las miradas matasen la de Lene hubiera asesinado a su pupilo unas cien veces seguidas, pero decidió terminar lo que tenía planeado hacer desde un inicio. –Muy bien, acomódense que voy a narrarles una breve historia.

Y así la bruja se dejó caer por completo sobre la cama, apoyando su cabeza contra una almohada. Celeste reposó su cuerpo junto al de ella y la historia tomó forma.

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