Capítulo 2

–Pequeños, verdes y escurridizos. Una abominación que encarna el mal en su estado más puro…y ¿me dices que tenemos una plaga de trasgos en Buenaventura? – Apoyada en la ventana de su carruaje, con un rostro pálido que parecía haber perdido medio litro de sangre, Celeste le preguntaba al capitán de una patrulla de soldados. Hasta el momento no le había llegado la notificación de que la región estuviese afrontando una plaga de aquellas criaturas, y desconocer esto la ponía de mal humor.

Hace un par de horas Celeste, acompañada de su sirvienta Lene, habían abandonado la villa en un carruaje rumbo al oeste. El objetivo era la Ensenada de las Almas, sitio mortuorio del reino. El lugar se encontraba en en la costa sur del reino; pero antes de abandonar la región de Buenaventura fueron detenidos por una patrulla del ejército.

–Mi señora, no se preocupe. Se ha desplegado parte del ejército para eliminar a las alimañas, pero no podíamos dejar ir a la hija del Duque sin un mínimo de protección de nuestra parte– El capitán antes de interceptarlos se había fijado que no viajaba ningún caballero con ellas, solo algunos sirvientes que portaban armas.

–Si prescindir de su generosa ayuda significa tener esas criaturas fuera de mi vista de manera más rápida, me gustaría que apoyara a la fuerza punitiva. Vamos a ensenada y los trasgos no se acercan a las zonas costeras.

–Aun así, que hombre podría dejar a una noble dama vagar sin al menos un guardia. El ejército purgará a esas criaturas pronto, este o no yo.

El capitán tenía un gran deseo de escoltar el carruaje hacia su destino, Celeste conocía las razones detrás de tanta insistencia. El capitán llevaba los colores de las tropas del Duque de las Tierras Ponientes, su padre. Si fuera parte del ejército real se podría entender como un acto de caballerosidad, pero era una manera de obtener el reconocimiento del propio Duque. A Celeste le molestaba que la utilizaran de esta forma, bastante tenía con que lo hicieran su padre y su amante, para que un simple oficial quisiera ganar favores a costa suya. Aún dado su estado de ánimo, estaba el peligro de realmente encontrarse con una banda de trasgos. Debido a que se dirigían a un entierro no le había dicho a Lene que cargara con sus armas, pero conociéndola debía llevar alguna oculta; tampoco quería poner en riesgo la vida de sus sirvientes que malamente sostenían el arma con equilibrio.

–Entonces aceptaré vuestra compañía– Con estas palabras cerró las ventanas del carruaje y se acomodó en su asiento con los labios fruncidos. El sonido del látigo y una leve sacudida anunció que se encontraba nuevamente en movimiento.

–Si haces eso te saldrán arrugas en las comisuras– Pronunció Lene quien se había mantenido en silencio hasta el momento, sentándose junto a su ama. –No sé por qué le das tantas vueltas a los trasgos, no son un gran problema.

–Cuando se vive tras una muralla, no, no lo son. Pero la villa no tiene protección alguna y el pueblo tampoco tiene una fuerza armada mayor que la milicia.

–El ejército de tu padre se hará cargo de ellos en un día o dos. No te preocupes no pasará nada en la villa, aunque no tengamos un ejecito personal nadie en la villa dejará que te pase algo. Yo no permitiré que pongan un dedo sobre ti.

–Espero que tengas razón y esto no termine en un tema mayor– Celeste apoya su cabeza sobre el hombro de Lene, dejando caer sus sedosos cabellos dorados a su lado. –Despiértame cuando llegamos, aún debe faltar un buen tramo por recorrer.

Los funerales en Valencia diferían mucho de los países vecinos. Se reunían en la Ensenada de las Almas, donde se hallaban una serie de túneles tortuosos que al subir la marea eran sumergidos. Allí se depositaban los cadáveres sobre un altar de piedra y cada participante pronunciaba palabras en honor al difunto, luego se abandonaba el sitio para que el mar se llevara el cuerpo. Se creía que el camino hacia la próxima vida había que ganárselo tanto de vivo, como de muerto y que el cuerpo abandonara la cueva al bajar la marea era señal que lo había logrado. Por otro lado, enterrar un cuerpo bajo tierra solo se realizaba con criminales, ya que impedía el camino a la resurrección.

–Muchas gracias por venir a despedirte de mi hijo– El carruaje había llegado sin contratiempo alguno y el funeral había ido sin interrupciones. En estos momentos se encontraban sobre la ensenada, en unos riscos que conducían a la carretera. Muchas personas iban forradas con ropajes de piel, ya que la brisa fría de invierno en la costa le podía pasar factura hasta a cualquier guerrero.

–Su hijo fue un buen compañero en la academia, es una tragedia lo que sucedió– Celeste se encontraba hablando con la madre del difunto, la señora de Leones quien había presidido el acto por completo.

A pocos pasos de ella, Lene se encontraba viendo como la marea comenzaba a subir a la par que el sol se ponía en el horizonte. Deseaba que el cuerpo se quedara estancado en aquellas grutas por la eternidad, pero debía mantener la fachada y mostrarse adolorida por el suceso.

–Me alegra escuchar que fue querido por las personas de la academia. Su padre y yo sabíamos que era un chico problemático, pero desconozco qué monstruo pudo hacerle algo así…

–Lo siento señora de Leones, no estoy al tanto de la naturaleza de la situación, aunque no creo que quiera detallarme sobre el asunto…

A pesar de la angustia por la que estaba pasando, el rostro de la baronesa se mantuvo estoico. Para nada era la expresión de una mujer que acaba de perder a su hijo, se parecía más al de un sabueso buscando una presa. –Fue asesinado por la espalda y me encargaré que el cobarde que se atrevió a hacer esto sufra un destino peor que la muerte.

Aquellas palabras captaron el interés de Lene, quien se acercaba a su ama realizando una reverencia hacia ambas nobles. –Mi señora, debemos partir hacia la villa. No sería cortes hacer esperar tanto al capitán que se brindó a escoltarnos.

–Deberían regresar, la noche está cayendo y sus tierras quedan bastante lejos, espero reunirme nuevamente con usted…tal vez en un ambiente más agradable.

Ciertamente estaba al caer la noche, pero por lo general los actos fúnebres se extendían hasta bien pasada la madrugada. Por esa razón Celeste no podía marcharse sin que la anfitriona la despidiera directamente, sería un acto muy descortés por parte de ella. Lene por otra parte, había decidido sacar el tema, ya que sería aprobado como preocupación por su joven señora y en todo caso Celeste no le castigaría por esa osadía. Finalmente se encontraban de regreso en el carruaje y rumbo a Buenaventura. Delante viajaba el capitán portando una antorcha alumbrando el camino, mientras que dos sirvientes cabalgaban a ambos lados del carro. La preocupación de la guardia no era tanto los trasgos como una emboscada por bandidos. Afortunadamente la travesía cursó sin ningún percance y se podía ver el pueblo de Buenaventura a lo lejos.

–Señora, algo está pasando en el pueblo. Hay hogueras que se pueden ver desde aquí– Gritó el conductor del carro sin detener los caballos.

En condiciones normales el pueblo no se podía ver desde lejos en la noche, ya que al ser un pueblo rural no había muchas luces que denotaran su situación. Pero esta noche había una enorme pira en la plaza y varias antorchas moviéndose en las afueras. Al llegar el carruaje a la plaza, Celeste salió apresurada hacia el alcalde. –¿Qué ocurrió?

–Trasgos, atacaron el pueblo al caer la noche. Pudimos defendernos evitando grandes bajas, pero se llevaron a algunas mujeres y niños.

–¿Hay un grupo de búsqueda? Hay que ser rápidos para encontrarlos, sino será…

–Lo siento mi señora, es imposible rastrearlos en la noche. Sus pisadas son muy livianas y apenas dejan marcas sobre el terreno– El alcalde se llevó ambas manos a la cabeza mientras miraba la enorme hoguera, allí ardían el cuerpo de todos los trasgos que habían asesinado en el pillaje.

–¡Será tarde si esperamos al amanecer, las mujeres serán violadas y los niños devorados!

Discutir con el alcalde era solo perder el tiempo, ya que él tampoco podía mandar a los aldeanos a vagar por el bosque poniéndolos en riesgo. Por otro lado, el corazón de Celeste se quería salir, desde que habían mencionado los trasgos en la mañana tenía aquel presentimiento que algo malo iba a suceder. Su padre había dejado estas tierras a cargo de ella como prueba, debido al invierno la principal fuente de ingreso estaba detenida, la cosecha, por lo que no habían podido mejorar el equipo de la milicia. Celeste sabía que su padre no aceptaría tal excusa, la situación actual sería apuntada como un fallo y la herencia de estas tierras podía escabullirse de sus manos. Sin perder más tiempo se lanzó rumbo a la villa.

–¡Prepárense para salir al bosque! Tomen las armas del almacén y las antorchas, vamos a…

–No iremos a ningún lugar, mi señora. No puede salir de esta villa en la noche a perseguir trasgos, como no tenemos soldados capacitados para realizar la búsqueda. – Lene la cortó las palabras colocándose frente a ella.

–¡Te atreves a insubordinarte! ¡No creas que por ser tú te librarás del castigo!

Era la primera vez que los sirvientes de la villa veían a Lene llevándola la contraria a su ama, al igual que ver a Celeste amenazándola. Muchos sabían la locura que era salir al bosque en estas horas, con la posibilidad que los trasgos ya se encontraran en sus túneles. Sin embargo, nadie era capaz de objetarle a la hija del Duque, estaba en juego su propio cuello al hacerlo.

–Mandar a los sirvientes a ciegas solo empeoraría la situación. Viene de un largo viaje ¿Por qué no va primero a su estudio para decidir qué hacer?

Celeste miró a su sirvienta sin parpadear, sus ojos reflejaban ira capaz de devorarle. Pero seguir en aquel lugar y montar una escena no era muy inteligente. –Tú, vienes conmigo– Con estas palabras se marchó rápidamente al estudio.

Lene, inexpresiva se giró hacia el mayordomo. –Selecciona 10 hombres y que patrullen en grupos los terrenos de la villa, lleven silbatos y úsenlos si ocurre algo. Los demás continúen con lo que hacían. –El mayordomo asintió sin oponerse a las órdenes de la sirvienta. Un escalofrió le recorrió su columna al verle los ojos, totalmente fríos como los de un pez. Tenía una fuerte sensación que negarse a ella significaría morir en el acto. Al ver que todo estaba en marcha, Lene se dirigió al estudio, allí esperaba Celeste de pie mirándola.

–Acércate– Lene en silencio se aproximó a ella, hasta estar a menos de un metro, entonces vio el movimiento venir hacia ella. La mano de Celeste impactó contra su mejilla, lo había visto venir de lejos, sin embargo, no se inmutó en esquivarlo. Al verla a penas parpadear, Celeste se enojó aún más, pegándole en la otra mejilla. –¿Seguirás sin decir nada?

–¿No es este mi castigo por oponerme a su orden? Si es así lo aceptaré en silencio.

Celeste levantó su mano para darle un tercero, pero se detuvo a medio camino. –Sabes que esto no terminará aquí, ¿verdad? No puedo dejarte libre después de una conducta como esta.

–Lo se

–¿Entonces por qué?

–Porque si manda a sus sirvientes al bosque y los pierde, le demostraría a su padre incompetencia. Dejándola fuera de la herencia con certeza, no puedo ver como lanza su trabajo por los aires de esta manera.

–Si no salvamos a los ciudadanos, mi padre lo verá como incompetencia. No voy a quedarme sentada viendo como pierdo todo, si tengo que vagar por ese bosque de arriba abajo, lo haré.

–No, no lo hará. No voy a dejar que te pongas en peligro por tal insensatez.

–¿Tienes una propuesta mejor? Has estada callada todo este tiempo de regreso, es el momento de contarme tu gran plan maestro.

–No lo tengo, después de todo solo soy una sirvienta, pero…– Lene bajo su cuerpo, realizando una reverencia como nunca la habia hecho. –Si elige confiar en mí prometo hacer todo lo posible para salvar a esos ciudadanos.

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estoy ocupada

estoy ocupada

No creo que la baronesa
Pueda con ella

2021-07-21

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