Capítulo 5

En la mañana todos los sirvientes se encontraban reunidos en el salón principal de la villa, el mayordomo los había convocado por orden de la señora del lugar. Todos permanecían en silencio a la espera en una perfecta fila; se corría el rumor que se pensaba aplicar un castigo a la sirvienta personal de Celeste. Todas habían visto en la noche como se insubordinó y a pesar de no haber recibido castigo en el momento dada la situación, era impensable que se libraría por completo. Ninguno se atrevía a cotillear en aquel momento ya que podían llamar la catástrofe hacia ellos también, pero miraban de reojo a la culpable de tanto disturbio.

Lene se encontraba en el salón al igual que los demás, ignoraba la mirada de todas y trataba de mantener su vista al frente. Una fachada serenidad y templanza, pero se arrepentía de no haber escapado cuando tuvo la oportunidad. Poco pudo dormir en la noche, a pesar de estar agotada y adolorida por la incursión nocturna; la mirada de Celeste al terminar la conversación no abandonaba su mente. Esa mirada solo se la había reservado a aquellos que más odiaba cuando vivía en la capital, a aquellos que no le importaba si aparecían muertos en una zanja. Lene lo sabía, no había manera que ella dejara pasar el hecho de tener una bruja dentro de su hogar. No solo se ponía en riesgo con la orden de caballeros más radical de la región, sino que difícilmente existiera alguien que tolerara la presencia de una bruja. Ellas eran la mayor representación del miedo de la humanidad, hacían pactos con criaturas demoniacas para satisfacer sus deseos, a menudo sacrificando a otros de por medio. Eran tan odiadas a tal punto que fueron aniquiladas hasta casi hacerlas desaparecer del Valle de las Tormentas. Aun así, pese a que su cabeza gritaba que escapase de allí, había escogido quedarse.

La espera en el salón no fue larga, en pocos minutos Celeste descendió por la escalera central. Era una rara vista encontrar su cabellera dorada tan descuidada como en aquel entonces, pero era algo entendible ya que esta mañana ninguna sirvienta la había podido asistir. –¿Están todos presentes? – Preguntó dirigiéndole la atención al mayordomo.

–Faltan solo los encargados de los establos y los jardineros. ¿Mi señora desea que les llame?

–No será necesario, solo necesito presente a los de servicio– Al asegurarse que las sirvientas y cocineros estaban presentes, se movió hacia el centro del salón. –Primero que nada, quiero informarles como terminaron los eventos de la noche pasada. Los secuestrados pudieron ser puestos a salvo por la milicia, quienes en una muestra de valentía decidieron adentrarse en el bosque por la noche. Lo hicieron a sabiendas que podían ser atacados por los grupos de trasgos y causar una mayor tragedia. No solo mostraron coraje, sino que lograron su objetivo; por lo que todos los presentes aquí deberíamos estar orgullosos de los habitantes de Buenaventura– Se escucharon algunos murmullos dentro del grupo de sirvientes, todos sabían que el jefe del pueblo tenía miedo de aventurarse al bosque en la noche. Todavía la información pertinente a la incursión nocturna de la milicia no había sido revelada del todo, la historia oficial hasta el momento era que encontraron a los secuestrados siendo atacados por una manda de lobos.

Lene sabía que esa historia no duraría tanto, no solo estaban los testimonios de los secuestrados sobre una persona involucrada, si no que la misma milicia la debió de ver atacada por un lobo. Afortunadamente no recordaba a nadie fijándose en su rostro que pudiera reconocerla, pero era fácil juntar cuentas cuando Celeste informara de su escapada nocturna.

–Pero esta no es la verdadera razón por la que fueron convocados aquí hoy. No importa que tan humilde sean los orígenes de las personas presentes, sean campesinos o nobles menores, solo se les pide dos cosas. Lealtad y coraje, es algo que todos mis sirvientes deben estar dispuestos a dar…Leneria, camina hacia el frente.

En silencio, la chica caminó hasta quedarse a pocos pasos de Celeste, sin apartar la mirada ni un ápice de sus ojos. Si iba a ser entregada lo haría con dignidad, no mostraría debilidad alguna delante de nadie y menos de la persona a la cual amaba.

–No solo ignoraste mi orden ayer, sino que sobrepusiste tu autoridad, inexistente por cierto. Mostraste el mayor acto de cobardía al ignorar a las personas que se encontraban en necesidad, violando así los dos grandes valores que conllevan el título de mi familia. ¿Me equivoco?

–No lo hace– Lene se limitó a responder en un tono seco, tenía miedo de tartamudear o de demostrar alguna inseguridad.

–Por dicha conducta se te castigaría con 20 latigazos…pero me has servido por mucho tiempo y siempre has obrado honrando a mi familia. Así que el castigo será menos severo, desde este momento prescindo de tus servicios y te expulso de esta villa…– Celeste hizo una breve pausa antes de anunciar su veredicto, su voz, mostraba tristeza y dolor. Los ojos de Lene se abrieron hasta más no poder al escuchar que Celeste había decidido esconder su secreto, pero su pecho sintió como si una cuchilla lo perforase. A pesar de estar dispuesta a aceptar su destino, albergaba la esperanza que se barriera todo y fuera perdonada con un poco de trabajo extra. En el fondo nunca esperó ser abandonada, así que quedó allí en silencio mientras todos regresaban a sus tareas y Celeste se alejaba de ella.

Como un cuerpo sin alma se arrastró hacia su habitación, tomando la maleta que escondía debajo de su cama. No tomó más nada, ni la ropa que tenía en el armario, ni sus bienes, solo arrastró su gruesa maleta hacia la salida de la villa. Miraba de reojo hacia atrás, esperando que su amada la llamara de regreso y cambiara su decisión, pero ese momento nunca llegó. Lene abandonó la mansión en silencio, rumbo al pueblo mientras su corazón sangraba más que la herida que tuvo la noche pasada.

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Mayreen

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2021-11-04

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