El pueblo de Buenaventura no había cambiado mucho desde la última visita de Lene, tampoco es que hubiera estado por mucho tiempo fuera, pero al menos la chica esperaba cierto temor por parte de los aldeanos debido al último ataque. En su lugar el mercado estaba abarrotado de personas ya que una caravana de mercaderes se instaló en el lugar. El invierno casi estaba llegando a su final, pero aún quedaba aproximadamente otro mes más y las reservas de alimentos comenzaban a acabarse. Esta fecha era la favorita para los mercaderes ya que traían comida desde la capital, al igual que otros productos de interés domésticos.
–Al parecer esta caravana llegó en la noche pasada, ¿no estaba usted aquí? – Jean preguntaría al ver la mirada de Lene vagar con curiosidad sobre los mercaderes.
–No vivo en este pueblo, de hecho, me gustaría alquilar una habitación en la posada. –Lene aún podía sentir sospecha en cada pregunta que le lanzaba el templario, pero decidió ignorarlo y acercarse a un mercader que tenía en su mostrador algunos trabajos de cristalería.
–Mirando la cantidad de mercaderes dudo mucho que queden habitaciones libres, creo que decidió llegar en un momento poco oportuno.
Lene dejaría caer un pequeño saco con monedas sobre el mostrador de madera y señalaría un par de frascos de cristal. La razón principal por la cual regresó al poblado era conseguir comida, pero con Jean cerca de ella sería algo difícil. Comprar tanta cantidad de comida y perderse nuevamente en el bosque levantaría sospechas; lo peor de todo era que el templario no se separaba de ella.
–Señorita Daniela, si no tiene inconveniente podría darle mi habitación en la posada. Yo podría acampar cerca del pueblo.
–¿Cómo podría pedirle a un caballero de la iglesia que entregue su habitación? Solo me haría quedar como una mujer de poca virtud.
–¿Cómo podría dejar a una dama en desamparo? Solo me haría quedar como un hombre sin honor– Jean replicó mientras reía, encontraba los argumentos de la chica interesantes. Las damas con las cuales tendía a encontrarse eran mayormente egoístas y mimadas, siempre esperaban que el caballero se sacrificara por el bien de su comodidad. La mujer frente a él por otra parte, no requirió desde el inicio de ningún favor suyo; en su lugar parecía que tanta amabilidad le molestaba.
–El honor puede ser salvado siempre, mientras que la virtud una vez mancillada no tiene salvación. Agradezco su buena intención, pero debo rechazar su oferta. Sin embargo, no se preocupe por mi seguridad. A menudo viajo por los rincones del valle en busca de plantas raras para mis estudios, por lo que acampar en el exterior no es algo nuevo para mí.
–¿No hay manera de que acepte mi oferta?
–No la hay.
Jean suspiró a la rotunda negativa de Lene, pero no podía hacer nada. –Entiendo, no insistiré más. Lamentablemente me debo marchar ya que me esperan; pero, ¿podría decirme donde planea acampar? Más tarde me aseguraré que el área sea completamente segura.
–Creo que me quedaré en la rivera del rio, cerca de la salida del pueblo.
–Entiendo, sin duda estaré allí cuando termine mis asuntos.
Jean realizó una pequeña reverencia antes de marcharse de la plaza, rumbo a la casa del Alcalde. Lene finalmente sintió un alivio al verlo desaparecer de la plaza; quedarse mucho tiempo en el pueblo podía volverse peligroso con Jean cerca. Asegurándose que se hubiera marchado en realidad, se apresuró hacia los puestos de comida. Pensaba comprar trigo y carne seca para conservar en la caverna, al igual que algunos vegetales para preparar algo en cuanto regresara. Lo que no esperaba es que una mano la detuviera por su brazo. Al girarse sorprendida vio a Celeste frente a ella.
–Disculpa, pensé que era otra persona– La noble se frotó las cejas con sus dedos al ver que la persona frente a ella no era quien buscaba. –Mi vista debe haber empeorado en estos días.
–No tiene que disculparse, es un error que cualquiera puede cometer–
¿Cómo pudo ver por un momento a través de mi disfraz? El tónico me debió dejar totalmente irreconocible y cambió mi voz ligeramente…
–Por cierto, no recuerdo haberla visto antes en el pueblo. ¿Es una viajera?
–Soy una sanadora ambulante, llegué a la región de Buenaventura en busca de algunas plantas para completar mi investigación, pero hasta el momento no he tenido suerte…
–Es una pena, si mi sirvienta estuviera aquí seguramente la podría ayudar. Tiene un gran conocimiento sobre herboristería.
–Me gustaría conocerla de ser así, a lo mejor podría ahorrarme tiempo de vagar por el bosque.
Lene obviamente sabía sobre quien estaba hablando, solo quería molestarla un poco y escuchar la opinión que tenía Celeste sobre ella. La manera en la que fue corrida había sido una herida de la cual aún sentía brotar sangre. Sentimientos se mesclaban con respecto a Celeste: odio, rencor, temor, amor y perdón; todos se mezclaban y daban lugar a un resultado que Lene no podía identificar. La naturaleza de la chica quería ponerle fin a su ex-amante, así se libraría de todos sus temores y pagaría la vergüenza que le hizo sufrir; pero no podía hacerlo, otra parte dentro de ella se lo impedía.
–Lamentablemente…no podrá ser– El flujo de pensamientos de Lene se vio interrumpido al ver la expresión de Celeste. Esperaba ver indiferencia en su rostro, pero en su lugar solo había miedo; fue entonces cuando notó las gruesas bolsas oscuras debajo de sus ojos, señal de insomnio. Con esas palabras, la señorita de la mansión le dio espalda y se marchó de la plaza.
¿Por qué tienes esa mirada cuando hablas sobre mí? ¿Acaso temes que venga a por ti?
Lene mordió su labio mientras la veía marcharse, no sabía que esperaba encontrar al regresar; pero algo era claro, odiaba el resultado. No sabía en qué momento había comenzado a escuchar más a su corazón en vez de a su instinto, no recordaba en que momento había dejado de ser una hoja afilada.
–Te daré una verdadera razón para que me temas, Celeste…
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