–Maestra, huele como si se hubiera revolcado en ceniza caliente.
–Es la tercera vez que me lo dices. No puedo hacer nada hasta que lleguemos a la mansión.
–Presentarse en la villa de la hija del duque…nos correrán cuando nos vean, más si hueles a pollo quemado.
–Hablas mucho para haber estado a punto de morir como un sacrificio, ya te dije que no hay problema.
Celeste sin perder mucho tiempo había arrastrado a Danilo fuera de su escondite. El joven aún no podía guiarse a través del bosque y atrasaría su marcha, por lo que Lene lo llevaba de la mano. Luego de mucho bordear la foresta y soportar las quejas del niño sobre cuanto faltaba, llegaron al pueblo, primero saliendo a los caminos. Celeste no se molestó en ocultarse esta vez, tampoco a su pupilo ya que la venda sobre el rostro hacía difícil reconocerlo de por sí. A diferencia de su maestra, el niño estaba bastante nervioso ya que la relación con los habitantes de Buenaventura nunca había sido buena.
–A partir de ahora evita hablar y si no queda de otra, preséntate por el nombre de Javier.
–¿Lo utilizo en la villa también?
–Sí, hasta que te presenten con Celeste utiliza ese alias.
Lene evitó acercarse a la posada, tomando la ruta de los callejones que cortaban hacia los caminos secundarios. La manera más fácil de llegar a la villa hubiera sido ir a la plaza y seguir el camino principal hecho para que los carruajes pasaran; pero de hacerlo se arriesgaría a encontrarse con Jean. Celeste no le había contado nada aún, pero parecía saber quién lo envió a la región. Quería evitar encontrarlo a toda costa hasta que tuviera el asunto lo más claro posible.
–Disculpe señorita, ¿podría dedicarme parte de su tiempo?
Al escuchar aquellas palabras Lene maldijo a toda la familia del sujeto en su mente, conocía aquella voz ya que había resonado por su cabeza el día anterior. Era la misma voz que la acompañó mientras abandonaba el bosque jugando el papel de Daniela. Jean salió de otro callejón cortándole el paso. –¿Qué desea? – Lene preguntó con un aparente tono de indiferencia, a pesar de sentir la urgencia de apuñalarlo en aquel justo instante, después de todo nadie la vería hacerlo.
–¿Es usted Leneria, anterior sirvienta de la casa del Duque?
–Está en lo correcto, pero en estos momentos tengo una cita esperándome, así que le pido disculpa por no poder detenerme. – Lene apretó la mano de Danilo, quien se había mantenido callado tal como acordaron, indicándole que siguiera su paso.
–Eso no podrá ser, al menos no por el momento. Tiene un interrogatorio al cual asistir. – Jean dejó visible su blasón de la Santa Orden, mientras colocaba su brazo sobre el mango de la espada. Su atención luego se desvió hacia el pequeño, en su información no figuraba ningún niño por lo que más preguntas se formaban en su mente. –La he estado buscando por un mes entero, así que espero que me aclare ciertas dudas.
–Como dije anteriormente, tengo una cita y no es con ningún miembro de la Santa Orden. Puede ir a buscarme a la villa del Duque cuando quiera– Lene no detuvo su marcha, sabía que ocurriría a continuación y estaba preparada para ello, su única preocupación era si podría pasar de largo con Danilo.
La espada de Jean dibujó un arco a la par que abandonaba su funda, colocándose a pocos centímetros de la bruja. Este era el movimiento que ella esperaba, la gran mayoría de los caballeros daban una advertencia antes de volverse agresivos; pero si se trataba de una mujer serían más persuasivos y evitarían cortarlas. Lene giró a la par que daba un paso hacia el costado, dejando que la espada apuntara al vacío, para luego patearle la muñeca al templario. Sorprendido por el movimiento, su mano liberó el agarre sobre el arma, dándole espacio para que escaparan. Sin tiempo que perder, Lene cargó a Danilo entre sus brazos y se mandó a correr. No faltaba mucho para la villa, una vez allí el templario no podría hacer mucho; pero nuevamente fue optimista. Su carrera duró solo un par de minutos hasta que fue forzada a detenerse, de no haberlo hecho hubiera sido impactada por un rayo.
Frente a ella un trueno impactó contra el suelo, arruinando gran parte del camino. Detrás suyo se acercaba el caballero, esta vez su expresión no parecía tan relajada como antes. –Un caballero santo utilizando milagros contra un aldeano, creo que su orden ha perdido valores.
–Un aldeano no me hubiera burlado de esa manera. Lo repetiré de nuevo, acompáñeme.
La bruja suspiró mientras bajó a Danilo y lo colocó en dirección a la villa. –Corre en esa dirección y no dudes, luego iré contigo. –
Danilo no entendía la situación completamente, había escuchado la voz desconocida de Jean, pero aún Lene no le había contado sobre él. Al oír la palabra “milagro” fue cuando se estremeció ya que solo un grupo de personas podía usar el poder de dios. No quería dejar a su maestra detrás, pero le estorbaría si se quedaba. La única manera de ayudar era correr en la dirección dada y eso hizo. Jean esbozó una mueca al ver al pequeño ciego dirigirse torpemente rumbo a la villa; quería detenerlo e indagar más sobre él, pero Lene le bloqueó el camino.
–Supongo que vendrás conmigo, ¿cierto?
–Los hombres insistentes son de mi desagrado, si no puede respetar mi tiempo…tendré que hacer que entienda por las malas.
Jean no cometería el mismo error dos veces, levanto su espada manteniéndose totalmente en guardia. Da manera cautelosa comenzó a acercarse con pasos cortos. Lene por otro lado no detuvo su marcha, bajó sus muñecas para deslizar un par de dagas ocultas sobre sus manos. –No sabía que las sirvientas hoy en día usaban armas.
–Cuando existen personas como tú, las armas son necesarias para defender a quien sirvo.
La primera en atacar fue Lene, sus pies eran ágiles, lo suficiente para rodear a Jean antes de que adaptara su postura. Deslizó unas de las dagas buscando el espacio desprotegido en su axila, pero el templario logró librarse de la puñada al girar su cuerpo ligeramente. Aprovechando el movimiento, dejó caer su espada para cortarla de lado a lado, no podía ser tan gentil contra alguien que podía matarlo en un descuido. Para Lene esquivar aquel ataque era imposible ya que venía a gran velocidad, levantó su daga recibiendo el impacto e hizo que se deslizara por el filo mientras lo desviaba a un lateral. Ambos dieron un paso hacia atrás, buscando una apertura ante del próximo intercambio de golpes.
–¿Qué quiere un caballero santo de élite de una sirvienta del duque? – Mientras hacia la pregunta, Lene lanzó una de sus dagas hacia la cabeza de Jean. Para no romper su postura decidió desviarla con el borde de su espada, obviamente se trataba de una finta. Otro intento de puñalada lo asaltó, esta vez por la espada, buscado llegar a su cuello desde arriba. Ya lo esperaba por lo que lanzó un tajo a la par que se volteaba; pero Lene ya no estaba allí.
–¿Qué…?– Al regresar su mirada pudo ver a la bruja en el punto inicial, lanzando las dagas al aire y atrapándolas.
–Aún no me respondes– Lene se encogió de hombros al ver la sorpresa en el rostro de Jean.
No cae en ataques sorpresas y es capaz de responder a tiempo a las emboscadas, sin embargo, no puede ver a través de ciertas artimañas con juegos de pies. Si utilizara un poco de brujería lo podría asesinar ahora.
Cada vez la idea de matarlo se volvía más poderosa en su mente, sería la mejor solución sin dudas, lo único que la mantenía en conflicto eran las palabras de Celeste antes de marcharse. De meter la pata y lo asesinarlo podía remover el avispero más de la cuenta y ya no sería un solo templario con el cual lidiar.
–Leneria, has sido acusada de brujería. Mi labor aquí es someterte a juicio y juzgar si es cierto o no.
–Alguien que desenvaina su espada sin pruebas no tiene honor para juzgarme.
Jean frunció el entrecejo al escuchar esas palabras. Estaba dispuesto a encontrar a la bruja a cualquier costo debido al asesinato de Daniela. Una bruja que no temía a la ira de la orden y asesinaba sin tapujo estando un caballero santo en el lugar era peligrosa y debía ser eliminada urgentemente. –¿Puedo tomar esas palabras como que la acusación es verdadera y se niega al interrogatorio?
–Parece que te gusta atacar a las mujeres cuando están en lugares abandonados, ¿acaso eres el asesino de Buenaventura? ¿Quién asesinó a una joven en el rio e hizo desaparecer a otra? – Lene buscaba provocarlo burlándose de él. Lo asesinaría en el próximo movimiento, no podía contenerse más; pero para lograrlo necesitaba que viniera a por ella sin contenerse. Jean no sabía con certeza si ella era la bruja, pero lo había insultado a él y a su orden. La rabia comenzaba a primar en su mente, ya no importaba si era con un brazo menos o cortada por la mitad, se la llevaría para interrogar.
Vamos, vamos. Te voy a rajar en cuanto muevas esa espada en mi dirección. Déjate llevar por la furia y atácame. Eres rápido, pero no puedes hacer nada cuando la espada ya esté en movimiento.
La bruja inclinó su cuerpo y levantó ambas dagas al frente, la victoria se podía ver en todo su rostro, lo cual irritó más aún a Jean. Los músculos del templario se contrajeron a la par que su espada era imbuida por un resplandor dorado, esta vez atacaría usando milagros. Aquello preocupaba a la bruja un poco, pero mantuvo su postura, no podía dudar, de hacerlo su hoja perdería el filo.
Justo cuando ambos estaban a punto de saltar sobre el cuello del otro, una pequeña explosión resonó detrás de Lene y segundos después algo estalló contra la armadura del templario. Aturdida Lene miró como su rival era lanzado un metro en el aire y caía al suelo.
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