Capítulo 12

La noche finalmente llegó, pero esta era diferente a las habituales de invierno. No había nevada, solo una densa neblina que engullía todas las casas del lugar. Era totalmente imposible ver a más de dos pasos de distancia, por lo que todos en el pueblo se refugiaron en sus hogares. Algunos decían que se trataba de un mal presagio ya que una neblina en esta temporada era improbable. Solo un alma fue lo suficientemente valiente para poner un pie fuera, se trataba del único interesado en descubrir lo que se ocultaba detrás del fenómeno. Jean a duras penas lograba avanzar en la plaza del pueblo, con una antorcha en mano que de poco le servía.

–Esta niebla no es natural. Tampoco es una fecha especial que beneficie a las criaturas oscuras, no entiendo cómo es que surgió…

Sus pasos hacían eco alrededor de la plaza, lo único que podía ver era la farola que colgaba sobre la entrada de la posada. El templario la había estado utilizando para orientarse mientras hacía su ronda de patrulla. Temía alejarse del rango de esta para no perderse al no encontrar un punto conocido. A pesar de no escuchar nada más que sus pasos, no se podía quitar la sensación de inminente peligro. Desde que colocó un pie fuera de la posada, sentía que lo estaban observando; pero no importaba cuanto patrullase, nada pasaba.

–Es como si esperase que me adentrara en la niebla. No puedo encontrarlo, pero tampoco puede atacarme…– Justo con esas palabras una figura emergió desde la niebla, como si se burlara de aquellas palabras. Jean chasqueo la lengua mientras desenvainaba su espada. Aún no podía distinguir la figura, solo que tenía la silueta de un hombre. –Finalmente decides mostrarte, ¿verdad?

Carcajadas provinieron de todos los rincones de la plaza, entonces comenzaron a emerger más siluetas. En poco tiempo había decenas caminando en dirección del templario. El joven entonces pudo distinguirlas, todas eran idénticas, solo que incorpóreas. No poseían carne y su cuerpo era puramente conformado por niebla. Al ver que no se trataba de personas, Jean suspiro de alivio.

–No tendré que preocuparme por hundir mi espada en un humano entonces…

–No tendrás que preocuparte por nada nunca más– Una voz afónica resonó en la plaza, dándole inicio al asalto sobre el templario.

Las criaturas comenzaron a moverse velozmente en dirección de Jean, con cada paso que daban una sensación de peligro inminente crecía. La energía del templario se desvanecía poco, de permitir que estas se acercasen más de la cuenta sería devorado por completo. Percatándose que no tenía tiempo que perder enterró su espada en el suelo y se arrodilló. –Padre que iluminas nuestro camino, purga todo mal que se cierne sobre mí…– Solo bastó un segundo para que un fuerte resplandor brotara de la espada de Jean y cubriera toda la plaza, apartando la niebla. Al levantarse no quedaba rastro de ninguna silueta, pero la sensación de ser observado no se desvanecía aún.

–No sé qué buscas, pero márchate. Sino correrás el mismo destino que esa curandera…

Con aquellas palabras la sensación se desvaneció del cuerpo de Jean, dándole a entender que el culpable se había marchado; aunque, una nueva sensación emergió. Sin perder tiempo se apresuró a la rivera del rio. Las palabras dejadas al final habían sido muy específicas y solo una persona encajaba en su descripción. Le había prometido ayudarla cuando terminara sus asuntos, pero la niebla provocó que se olvidara de ella momentáneamente. Al llegar a la rivera pudo ver una pequeña tienda de campaña, su condición era impecable como si nada le hubiese ocurrido, pero algo estaba fuera de lugar. No había fogata encendida, ni señal de Daniela. Con cierto temor, se detuvo frente a la entrada y movió la cortina para observar su interior; en ese momento deseo no haberlo hecho. Daniela, la joven curandera que había conocido hoy, la chica que había captado su interés, se encontraba degollada frente suyo.

Lejos de la rivera, sobre el tejado de la villa, se encontraba una mujer de cabello oscuro como las plumas de un cuervo. Lene observaba con detenimiento en dirección donde se encontraba el templario. –No pensé que pudiera invocar un milagro, tampoco tengo idea quien llamó a un caballero templario tan fuerte a esta región…

No creo que se marche por el pequeño teatro que le dejé preparado, lo más probable es que decida cazarme con más furia. Quien tiene delante es una pequeña campesina en la cual apliqué el tónico, pero el odio en un hombre de fe nubla la mente. Espero que esta semilla que planté lo lleve a cometer un error, uno con el cual pueda eliminarlo…pero ahora tengo asuntos más importantes.

Con un grácil movimiento se dejó caer del tejado, aterrizando sobre la terraza que comunicaba con la habitación de Celeste. No hubo ningún sonido, había calculado a la perfección el momento en que los guardias pasaran de largo por el jardín para que no la vieran. Con sumo cuidado colocó la mano sobre el picaporte de la puerta, solo para descubrir que esta temblaba.

¿Por qué me tiemblan ahora? En todo el tiempo que llevo con este cuerpo nunca me han fallado, no lo hagas ahora. Este es el momento en que por fin romperé las cadenas que me atan.

Llenándose de determinación, su mano giró el picaporte y entró a la habitación con la cual estaba familiarizada. Nada había cambiado, la fragancia era la misma, la misma cama y muebles; y de espalda a ella se encontraba Celeste sentada frente al tocador, justo como siempre esperaba por ella, con una taza de té cerca. Al ver a Lene por el reflejo de su espejo dejó caer la taza al suelo, sin embargo, esta no se rompió, como ninguna de las dos hizo con el silencio. Lene permanecía en silencio mirando a Celeste, quien se levantó para dar unos pocos pasos hacia ella. Lene no sabía qué hacer, no esperaba este silencio incomodo; solo había venido para ver el rostro temeroso de Celeste, entonces decidiría si se marcharía para siempre o tomaría su vida. Sin embargo, no todo en la vida ocurre como se tiene planeado; el rostro de Celeste no expresaba miedo, en su lugar era de alivio.

-Gracias a dios…gracias a dios que estas bien…– Celeste se acercó hasta poder abrazar a Lene, la bruja podía sentir como sus manos la agarraba con fuerza su espalda, deseando que nunca más se alejara de estas. –Gracias a dios que regresaste…

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