La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 3
Habían pasado exactamente nueve meses desde aquella noche caótica en la casa abandonada. Nueve meses en los que continué con mi rutina de siempre, pretendiendo que mi vida era totalmente normal y sin complicaciones. El recuerdo de esa fiesta se había borrado casi por completo de mi cabeza, enterrado bajo una pila de exámenes reprobados, más noches de alcohol y la falsa ilusión de que la juventud dura para siempre. Mis únicas preocupaciones reales seguían siendo las de cualquier tipo irresponsable de mi edad: buscar una buena excusa para faltar a la clase de finanzas del profesor Benítez, convencer a Lucas para ir por unas cervezas por la tarde y evitar a mis padres cada vez que caminaban por el pasillo con cara de pocos amigos. Para mí, aquella chica de la chaqueta oversized y el perfume a vainilla era solo un fantasma lejanísimo del pasado.
Aquel sábado amaneció helado. Era una de esas mañanas grises y feísimas en las que el cielo parece estar a punto de venirse abajo en cualquier momento. La lluvia caía con fuerza sobre el techo de mi habitación, golpeando la ventana con un ritmo constante que me invitaba a quedarme pegado a las cobijas durante varias horas más. Eran cerca de las ocho de la mañana. Yo estaba profundamente dormido, enrollado como una bola entre las mantas, disfrutando del calor de mi cama y de la gloriosa sensación de no tener ningún compromiso urgente que cumplir.
De pronto, un sonido agudo y molesto cortó la paz del lugar.
El timbre de la casa sonó dos veces seguidas. Un tono fuerte, chillón, que atravesó la pared de mi cuarto y rebotó en mis oídos como una alarma de emergencia.
Cerré los ojos con mucha fuerza y me tapé la cabeza con la almohada, esperando que fuera alguna entrega equivocada o que alguno de mis padres bajara a abrir la puerta principal. Pero el silencio de la casa me recordó rápido que estaba completamente solo. Mis padres habían salido muy temprano a hacer las compras de la semana y no regresarían hasta dentro de un par de horas.
El timbre volvió a sonar, esta vez de forma más insistente.
—Ya voy, carajo... un segundo —refunfuñé con la voz rota por el sueño.
Salí de la cama a rastras, tiritando por el aire frío de la mañana. Ni siquiera me molesté en buscar unos pantalones o una chaqueta decente; me quedé en ropa interior y con una camiseta vieja y desgastada que olía a guardarropa. Bajé los escalones de madera arrastrando los pies despeinados, soltando maldiciones en voz baja a cada paso que daba. ¿Quién demonios se atrevía a tocar el timbre tan temprano un sábado lluvioso? Apuesto a que era algún vendedor molesto o un vecino despistado reclamando por alguna tontería del jardín.
Llegué al pasillo de la entrada, frotándome los ojos con fuerza para sacarme la legaña. Destrabé el seguro de la puerta de madera, giré la perilla oxidada y la abrí de golpe con ganas de gritarle a quienquiera que estuviera del otro lado.
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Sabes qué hora es...? —empecé a decir, pero las palabras se me congelaron de golpe en la garganta.
No había nadie.
El porche de la entrada estaba totalmente vacío. La lluvia caía con fuerza a pocos centímetros del escalón, levantando un vapor helado que me golpeó el rostro en forma de brisa. Miré hacia la calle, buscando con la vista a algún repartidor corriendo hacia una camioneta o a un bromista ocultándose entre los arbustos del vecino, pero la cuadra estaba completamente desierta. Solo se escuchaba el ruido del agua chocando contra el pavimento mojado y el viento moviendo los árboles de la acera.
Estaba a punto de cerrar la puerta de mala gana, pensando que se trataba de una broma estúpida de mal gusto, cuando bajé la mirada por puro instinto.
Justo en el centro del felpudo de bienvenida, cubierta apenas por el techo del porche para no mojarse con la lluvia, había una canasta grande de mimbre de color café claro.
Me quedé helado. Mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Parecía una de esas canastas antiguas que la gente usa para salir de picnic a los parques, pero esta era mucho más profunda. Dentro de ella, acurrucado con bastante cuidado entre varias capas de mantas suaves de color blanco y azul, había un pequeño bulto que se movía muy despacio.
Sentí un choque eléctrico en la columna vertebral. El corazón me dio un vuelco violentísimo en el pecho, golpeándome las costillas con tanta fuerza que por un segundo me faltó el aire para respirar.
Tragué saliva con dificultad y di un paso tembloroso hacia adelante. Me agaché despacio, con las manos temblando de forma incontrolable, y retiré el borde suave de una de las mantas que cubría la parte superior de la canasta.
Allí adentro, profundamente dormida, había una bebé recién nacida.
Era diminuta. Tenía la piel muy clara, la cara un poco rosada y un mechón finito de cabello oscuro pegado a la frente. Sus puños apretados estaban pegados a sus mejillas y respiraba de forma suave y rápida, soltando pequeños suspiros que apenas se escuchaban por encima del ruido de la lluvia. Era tan pequeña y frágil que daba la impresión de que se rompería con solo mirarla.
—No, no, no... esto no puede ser verdad. Esto es una locura. Esto es un sueño estúpido —comencé a murmurar en voz alta, sintiendo que la cabeza me daba vueltas de manera mareante.
El pánico se apoderó de mi cuerpo por completo. Sentí un sudor frío recorriéndome la espalda a pesar del viento helado que venía de la calle. Busqué con desesperación alrededor de la canasta, esperando encontrar algo que me explicara qué demonios estaba pasando.
Entre los pliegues de la manta suave, justo al lado de los piececitos de la pequeña, había un sobre de papel blanco sin ningún nombre escrito por fuera.
Tomé el sobre con los dedos temblorosos. Estaba ligeramente húmedo por el ambiente de la lluvia. Lo abrí torpemente, rompiendo el papel por el borde, y saqué una hoja de libreta arrancada con rapidez. Dentro había un mensaje corto escrito a mano con tinta azul. La letra era un poco apresurada, pero se leía con total claridad.
Acerqué el papel a mis ojos y leí en voz alta las únicas líneas que estaban escritas:
"Me diste la mejor noche de mi vida, pero no puedo cuidarla y tampoco criarla."
La hoja de papel se me cayó de las manos y aterrizó en el suelo mojado.
El mundo a mi alrededor se detuvo por completo. Todo el ruido de la lluvia, el viento congelado de la mañana y los latidos acelerados de mi corazón desaparecieron en un instante, dejando paso a un silencio absoluto y aterrador dentro de mi cabeza. Las palabras de la nota volvieron a resonar una y otra vez en mi mente como si fueran un eco ensordecedor: Me diste la mejor noche de mi vida...
Esa fiesta hace nueve meses. La casa abandonada de las afueras. El pasillo oscuro. La chica de la ventana con la chaqueta oversized y el perfume a vainilla. La habitación polvorienta. La noche que yo había olvidado tan fácilmente como se olvida una mala resaca.
Miré hacia la canasta y luego hacia la calle vacía. La lluvia seguía cayendo sin parar, borrando cualquier posible huella que alguien hubiera dejado al huir de la casa. No había nadie a quien reclamarle. Ningún rastro. Nada.
La pequeña dentro de la canasta comenzó a mover sus manitas con torpeza y soltó un pequeño gemido de incomodidad, abriendo los ojos por primera vez para mirar directo hacia el techo.
En ese preciso momento, mientras estaba de pie en ropa interior en la entrada de mi casa con una bebé a mis pies, comprendí que la vida que conocía, la vida fácil, irresponsable y sin consecuencias que había llevado durante veintidós años, se había acabado para siempre.