EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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La chica que volvio a casa
Isabella
—¡Mamá!
Apenas atravesé la puerta, solté la maleta y corrí a abrazarla.
Mi madre apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que me lanzara sobre ella, rodeándole el cuello con tanta fuerza que comenzó a reírse.
—¡Mi niña! ¡Por fin estás aquí!
—Te extrañé muchísimo.
—Yo más.
—Eso es imposible. Yo te extrañé hasta cuando estaba comiendo.
Mi madre se apartó para mirarme, sujetándome de las mejillas.
—Déjame verte.
Sonreí mientras ella me examinaba de arriba abajo, como si quisiera comprobar que seguía siendo su hija.
—Estás preciosa.
—Mamá, me viste por videollamada hace tres días.
—Las videollamadas no cuentan.
Detrás de ella apareció mi padre, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba ser seria.
—¿Y yo qué? ¿Tengo que hacer fila para saludar a mi hija?
Me reí y corrí hacia él.
Papá me levantó del suelo como cuando era pequeña, aunque esta vez protesté entre carcajadas.
—¡Bájame! ¡Tengo veintiún años!
—Y sigues pesando lo mismo que una pluma.
—¡Mentiroso!
Me besó la frente y me estrechó contra su pecho.
Por un momento, cerré los ojos.
Había extrañado aquello. Los abrazos de mi madre, las bromas de mi padre, el olor familiar de la casa y esa sensación de que, sin importar cuánto cambiara mi vida, siempre tendría un lugar al que regresar.
—¿Dónde está Mateo? —pregunté al separarme.
—Fue a buscar unas cosas. Dijo que llegaría antes que tú, pero ya sabes cómo es tu hermano —respondió mamá.
—¿Llegar tarde? Sí, lo conozco desde que nació.
Mi padre soltó una carcajada.
—¡Eso tendrás que decírselo en la cara!
No tardé ni diez minutos en estar sentada en la cocina, con una taza de chocolate caliente entre las manos y mi madre preguntándome absolutamente todo.
Quería saber cómo me había ido en los últimos exámenes, si seguía compartiendo habitación con Camila, si comía bien y si había conocido a alguien especial.
Cuando llegó esa última pregunta, casi me atraganté.
—¡Mamá!
—¿Qué? Es una pregunta normal.
—Tu hija vuelve a casa después de tres años y lo primero que quieres saber es si tiene novio.
—No es lo primero. Antes pregunté si comías bien.
Me eché a reír.
Y entonces escuchamos un ruido en la entrada.
—¡¿DÓNDE ESTÁ MI HERMANA FAVORITA?!
—¡Solo tienes una! —grité desde la cocina.
Mateo apareció en la puerta con una sonrisa enorme.
Llevaba una bolsa de comida en una mano y las llaves del coche en la otra. Me levanté tan rápido que casi derramé el chocolate.
—¡Mati!
—¡Isa!
Nos abrazamos en medio de la cocina, riéndonos como dos niños.
—Estás más alta —dijo, mirándome.
—Mentira.
—Más bonita, entonces.
—Eso sí te lo acepto.
Me besó la frente y me apretó contra él una vez más.
—Te extrañé, enana.
—Yo también.
Y no era una frase dicha por costumbre. Había extrañado nuestras discusiones, sus mensajes preguntándome si había comido, las llamadas en las que me contaba cosas absurdas y hasta sus bromas pésimas.
Había extrañado a mi hermano.
La cena se convirtió en un interrogatorio familiar.
Mi padre quería conocer todos los detalles de mis prácticas. Mi madre insistía en que debía descansar durante las vacaciones y Mateo se empeñaba en contar anécdotas vergonzosas de mi infancia.
—¿Recuerdan cuando Isabella decía que iba a casarse con un astronauta? —preguntó, sirviéndose más comida.
Me quedé inmóvil.
—Mateo, te advierto que tengo información comprometedora sobre ti.
—¿El astronauta no era Nicolás? —intervino mi padre con una sonrisa.
El silencio duró apenas un segundo.
Pero lo sentí.
El nombre cayó sobre la mesa como una piedrita lanzada a un estanque tranquilo.
Mi madre miró a mi padre, y Mateo dejó el tenedor.
Yo bajé los ojos hacia mi plato.
Nicolás.
Hacía tanto tiempo que nadie lo mencionaba delante de mí que había olvidado cómo sonaba su nombre en aquella casa.
No porque lo hubiera borrado de mi memoria.
Sino porque ya no formaba parte de mis conversaciones cotidianas.
—No era astronauta —respondí finalmente, recuperando mi sonrisa—. Era piloto. Tenía que asegurarme de que pudiera llevarme de luna de miel a cualquier parte del mundo.
Mateo soltó una carcajada.
—¡Dios mío! ¡Qué vergüenza!
—Tenía siete años. ¿Cuál es tu excusa para seguir siendo insoportable a los treinta?
—Tengo veintiséis, desagradecida.
Mi madre se rio y la conversación continuó.
Nadie volvió a mencionar a Nicolás.
Y yo agradecí que no lo hicieran.
Porque, aunque escuchar su nombre ya no me destrozaba, tampoco quería que mi regreso girara alrededor de él.
Había vuelto por mi familia.
Por mi casa.
Por los lugares que extrañaba.
Y por la oportunidad de disfrutar de una vida que había construido lejos de allí.
No había regresado para reencontrarme con mi primer amor.
Más tarde, Mateo me ayudó a subir las maletas a mi habitación.
Todo seguía prácticamente igual. Las cortinas blancas, las fotografías familiares y la pequeña estantería donde todavía descansaban algunos de mis libros favoritos.
Me acerqué al escritorio y pasé los dedos por la madera.
—Mamá no cambió nada —murmuré.
—Se lo pedimos —respondió Mateo desde la puerta.
Me giré.
—¿Quiénes?
—Papá y yo. Ella quería convertir tu habitación en un gimnasio.
Abrí la boca, escandalizada.
—¡¿Qué?!
Mateo se echó a reír.
—Es mentira, idiota.
Le lancé un cojín.
Él lo esquivó y terminó sentándose en el borde de mi cama.
Durante unos segundos, nos quedamos en silencio.
—¿Estás feliz de haber vuelto? —preguntó.
Me senté a su lado.
—Muchísimo.
—¿Y la universidad?
—La voy a extrañar. Sobre todo a Camila. Probablemente me llame mañana para contarme algo que podría resumir en dos frases, pero necesitará cuarenta minutos.
Mateo sonrió.
—Me cae bien esa chica.
—A todos les cae bien. Es imposible no quererla, aunque a veces desees encerrarla en un armario durante cinco minutos para disfrutar del silencio.
Ambos nos reímos.
Después, Mateo me pasó un brazo por los hombros.
—Me alegra que hayas vuelto siendo tú misma.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué significa eso?
—Que sigues siendo mi hermana. Solo que ahora tienes más carácter y ya no te dejas pisotear por nadie.
Mi sonrisa se suavizó.
—Aprendí algunas cosas.
Mateo asintió. No necesitaba explicar cuáles.
—Te mereces muchas cosas buenas, Isa.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Lo sé.
Y esa era la diferencia.
A los dieciocho años, habría esperado que Nicolás me dijera esas palabras para creerlas.
Ahora podía escucharlas de mi hermano y aceptarlas sin necesitar que nadie más confirmara mi valor.
Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, abrí la ventana de mi habitación.
El aire fresco entró acompañado por los sonidos conocidos del barrio.
Había pasado tres años imaginando cómo sería volver. Pensé que sentiría nostalgia, que recordaría cada rincón y que quizá me resultaría extraño reconocer las calles donde había crecido.
No imaginé que me sentiría tan tranquila.
Mi teléfono vibró sobre la cama.
Era un mensaje de Camila.
«¿Ya llegaste? ¿Tu familia lloró? ¿Tu hermano sigue siendo guapo? ¿Hay vecinos interesantes? Necesito información urgente».
Me reí y comencé a escribir.
«Sí. Sí. Sí. Y deja de buscarme marido antes de que deshaga la maleta».
Su respuesta llegó inmediatamente.
«No puedo prometerte nada».
Negué con la cabeza, divertida, y dejé el teléfono a un lado.
Después miré mi reflejo en el cristal de la ventana.
Ya no era la niña que contaba los días para cumplir dieciocho años porque creía que, finalmente, recibiría el beso que había esperado toda su vida.
Tampoco era la chica que se marchó de casa llorando, convencida de que había perdido la oportunidad de ser amada.
Era Isabella.
Tenía veintiún años, una carrera que amaba, personas que me querían y un futuro que todavía estaba por descubrir.
Y si Nicolás seguía viviendo en aquella ciudad, tarde o temprano nuestros caminos volverían a cruzarse.
No sabía cómo reaccionaría al verme.
No sabía si intentaría hablar conmigo o si fingiría que nada había cambiado.
Pero había algo que tenía muy claro.
Yo ya no regresaba para que él me eligiera.
Había regresado porque, por fin, me había elegido a mí misma.