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El Don en quien confiaba mi hermano

El Don en quien confiaba mi hermano

Status: Terminada
Genre:Mafia / Juego de roles / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:19
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Marlowe

Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.

Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.

Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.

Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.

NovelToon tiene autorización de Elena Marlowe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: Probé su labial

Ronan

Salió corriendo. Claro que salió corriendo. Oí sus pies descalzos volar por el pasillo. Oí azotar su puerta. Oí el clic del seguro. Me quedé en la cama con la verga en la mano, respirando con dificultad, mirando el umbral vacío donde ella había estado.

Ojos gris verdoso. Labios entreabiertos. Unos shorts de seda tan chicos que deberían ser ilegales. No apartó la vista. Diez segundos. Quizás quince. Se quedó ahí mirando cómo me tocaba, y ni una sola vez desvió los ojos. Terminé treinta segundos después de que se fue.

No me enorgullece el nombre que tenía en la cabeza cuando lo hice.

Había dejado la puerta abierta a propósito. No voy a mentir en eso. La había oído recoger abajo. Oí los platos. Oí sus pasitos suaves en la escalera. Y pensé: a ver qué haces, pequeña Hale. Pensé que gritaría y saldría corriendo. No lo hizo.

Ese es el problema.

El celular vibró a las 12:40. Theo.

—Tenemos un problema en Pier Nine —dijo mi primo—. El conteo de las cajas de Lisboa no cuadra. Otra vez.

Otra vez. Era la tercera vez en el mes.

—¿Wes está contigo?

—Viene en camino.

—No toquen a nadie hasta que yo llegue.

Me subí el cierre, me abotoné la camisa y salí. Pasé frente a su puerta. Por debajo seguía saliendo luz.

No me detuve.

Pier Nine era un almacén en el borde de los muelles de Vale Harbor. En el papel, pertenecía a una de nuestras navieras. Entraban contenedores. Salían contenedores. Todo legal y aburrido.

Debajo de eso, era uno de los míos. Theo estaba recargado contra una pila de cajas cuando entré, masticando un palillo como siempre. Wes estaba a su lado, con los brazos cruzados. Una docena de mis hombres formaban un círculo flojo.

En medio del círculo estaba un hombre llamado Briggs. Llevaba dos años contando nuestros envíos. Buen trabajador. Nunca llegaba tarde. Siempre sonriendo. Ahora no sonreía.

—Jefe —dijo Theo—. Mira esto.

Hizo una seña a uno de los hombres, que abrió una caja. Adentro había hileras ordenadas de cajitas. Arriba, todo se veía perfecto. Theo sacó la hilera del fondo. Vacía.

—En cada caja que él firma —dijo Wes en voz baja— faltan dos hileras. Siempre. Y los números de su hoja siempre coinciden.

Miré a Briggs.

Briggs miró el suelo.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Señor Kestrel, le juro que no sé de qué...

Lo agarré de la nuca y le estrellé la cara contra la caja. El crujido resonó por todo el almacén. Gimió. La sangre le brotó de la nariz sobre la madera. Nadie se movió. Nadie dijo una palabra.

—Te lo voy a preguntar una vez más —dije—. Y luego voy a dejar de preguntar.

Ya lloraba. Temblaba.

—Ocho meses —susurró.

—¿Quién compra?

Lo dijo. Cada nombre. Cada punto de entrega. Luego le hice mostrarme cómo lo hacía. Cómo arreglaba las hojas. Cómo movía las cajas antes de que alguien revisara. Cómo hacía que los números cuadraran tan bien que nos tomó ocho meses darnos cuenta.

Era ingenioso. Eso hay que concedérselo. Muy ingenioso.

—Esto es lo que va a pasar —le dije—. Vas a devolver hasta el último centavo. Y después vas a trabajar para mí. Tus manos. Tu cerebro. Ese truquito tuyo. Todo me pertenece ahora.

Me miró como si no pudiera creer que todavía respiraba.

—Y Briggs. —Me incliné hacia él—. Si alguna vez vuelves a mentirme, nadie va a encontrar de ti lo suficiente para enterrar.

Asintió con tanta fuerza que la sangre goteó sobre mis zapatos.

Wes me llevó a casa a las tres.

—¿Estás bien? —preguntó—. Has estado raro toda la noche.

—Estoy bien.

—¿Seguro? Le pegaste más fuerte de lo necesario.

Miré por la ventana la ciudad oscura.

—Me robó.

Wes no dijo nada más. Pero sentía su mirada encima.

Me dejó en la puerta y fue a estacionar el auto. Subí solo en el elevador.

El penthouse estaba oscuro y en silencio. Fui a la cocina y abrí el agua. Tenía los nudillos abiertos. Parte de la sangre era mía. La mayoría era de Briggs. Puse las manos bajo el agua fría y vi el rojo arremolinarse hacia el desagüe.

Entonces oí pasos. Suaves. Descalzos. Bajando la escalera.

No me volví.

—Oh —dijo ella.

Solo eso. Un sonidito. Miré por encima del hombro. Sienna estaba al pie de la escalera con la misma pijama de seda. El pelo revuelto. La cara suave y somnolienta. Llevaba un vaso vacío.

Había bajado por agua. Sus ojos pasaron de mi cara a mis manos. Al fregadero. Al agua que corría rosada sobre la piedra blanca. Esperé a que gritara. A que preguntara. A que volviera a huir.

No lo hizo. Entró en la cocina, callada como un fantasma. Dejó el vaso en la barra y lo llenó en el refrigerador. Luego abrió un cajón, sacó una toalla limpia y me la ofreció. No dijo una palabra.

Yo tampoco.

Cerré el agua y tomé la toalla. Mi pulgar rozó el interior de su muñeca. Solo un segundo. Justo donde latía el pulso. Iba desbocado. Ella también lo sintió. Vi que se le cortaba la respiración. Vi sus pupilas agrandarse, oscuras.

Estaba tan cerca. Podía olerla. Vainilla y algo dulce. Ahora tenía los labios desnudos. Ya no tenía labial, pero estaban rosados y suaves, y recordé cómo se veían con vino encima.

Recordé cómo se le abrieron cuando me miraba. Me sequé las manos despacio. No se apartó.

Dios, nunca se aparta.

—Vuelve a la cama, Sienna.

Me salió la voz más áspera de lo que quería. Parpadeó. Como si despertara de algo.

—Está bien —susurró.

Se dio la vuelta y subió la escalera. No miró atrás.

Pero olvidó su vaso.

Me quedé un buen rato en la cocina a oscuras. Su vaso seguía en la barra. Medio lleno de agua, y en el borde, de un lado, una tenue marca rosada.

Su labial. De antes. Debió de usar el vaso antes de acostarse y nunca lo lavó. Lo levanté. Lo giré en la mano hasta que la marca rosada quedó frente a mí.

Entonces puse la boca justo donde había estado la suya y me bebí hasta la última gota. No sabía a nada. Agua y un poco de azúcar.

Fue lo mejor que había probado en años.

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