ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL TALLER DE LOS SECRETOS
El camino hacia el antiguo taller parecía interminable.
Sebastián conducía con ambas manos sobre el volante, concentrado en la carretera. Valentina iba a su lado, observando las luces de la ciudad desaparecer detrás de ellos.
Ninguno había hablado desde que salieron de la mansión.
Finalmente, ella rompió el silencio.
—¿Vas a explicarme qué está pasando o tendremos que esperar a que alguien intente matarnos para que me cuentes la verdad?
Sebastián soltó una respiración cansada.
—No van a matarnos.
—Qué tranquilizador. ¿También tienes poderes para predecir el futuro?
—Valentina…
—¿Qué? ¿Prefieres que me quede callada mientras conduces hacia un lugar abandonado porque un desconocido nos amenazó por teléfono?
Él la miró brevemente.
—Prefiero que no te pongas en peligro.
—Pues debiste pensarlo antes de involucrarme en tus secretos.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Yo no te involucré. Alguien te eligió para llegar hasta mí.
Aquellas palabras borraron la sonrisa de Valentina.
—¿Qué quieres decir?
—La nota apareció en tu terraza. La llave estaba destinada a que la encontraras tú. Ese hombre sabía quién eras y conocía la relación entre nuestras familias. Todo esto está demasiado calculado.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Crees que alguien está utilizando mi relación con tu padre para obligarte a hacer algo?
—Eso es exactamente lo que creo.
—¿Y qué quiere de ti?
Sebastián tardó en responder.
—La llave.
Valentina sacó la pequeña pieza metálica del bolsillo y la sostuvo entre los dedos.
—Pues aquí está. ¿Por qué no se la entregamos y terminamos con esto?
Él frenó suavemente al llegar a una curva.
—Porque quienquiera que esté detrás de esto no quiere solamente la llave. Quiere algo que mi padre dejó escondido.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. Pero estoy seguro de que tiene que ver con su desaparición.
Valentina lo observó de perfil. Por primera vez, comprendió que Sebastián no estaba persiguiendo un simple misterio. Llevaba seis meses intentando encontrar respuestas sobre su padre, probablemente sin saber en quién confiar.
Y ahora ella formaba parte de aquella historia.
—Sebastián…
—¿Sí?
—Si descubro algo sobre mi madre, necesito que me lo digas. Aunque sea doloroso.
Él volvió a mirarla.
—Te lo prometo.
Valentina quiso creerle.
El problema era que, hasta ese momento, todos los adultos de sus vidas parecían haber construido una mentira tan grande que ni siquiera sabían por dónde empezar a desmontarla.
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El antiguo taller estaba situado a las afueras de la ciudad, detrás de una verja oxidada y rodeado de árboles.
Sebastián estacionó el coche frente a la entrada.
El edificio era enorme, con paredes desgastadas, ventanas rotas y un letrero casi ilegible que todavía conservaba el apellido Montenegro.
Valentina bajó del vehículo y se abrazó a sí misma cuando el viento frío le golpeó el rostro.
—¿Tu padre trabajaba aquí?
—Durante años. Era su lugar favorito.
Sebastián se acercó a la verja y la empujó. Esta se abrió con un chirrido desagradable.
—Ven.
Valentina lo siguió hacia el interior.
El olor a aceite viejo y metal oxidado impregnaba el lugar. Había herramientas abandonadas, neumáticos apilados y varios coches cubiertos por lonas.
Sebastián encendió la linterna de su teléfono.
—El compartimento que mencionó Alejandro debería estar por aquí.
—¿Y si Alejandro está mintiendo?
Sebastián se detuvo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque estuvo allí la noche en que tu padre desapareció. Porque te ocultó cosas. Y porque parece saber mucho más de lo que admite.
Sebastián bajó la mirada.
—Alejandro es mi mejor amigo.
—Eso no significa que no pueda mentirte.
—Lo sé.
Valentina se sorprendió al escucharlo admitirlo.
—¿Entonces confías en él?
Sebastián permaneció callado durante unos segundos.
—Quiero confiar en él.
La diferencia entre aquellas palabras no pasó inadvertida para Valentina.
Siguieron caminando hasta llegar a una pared cubierta por estanterías metálicas. Sebastián apartó varias cajas y descubrió una pequeña puerta de acero.
En el centro había una cerradura antigua.
Valentina sacó la llave.
—Supongo que hemos encontrado lo que buscábamos.
Sebastián la miró.
—Espera.
—¿Ahora qué?
—Si hay algo ahí dentro, debemos estar preparados para lo que encontremos.
Valentina sostuvo su mirada.
—No me importa lo que sea. Quiero la verdad.
Él asintió lentamente.
Ella introdujo la llave en la cerradura.
Giró una vez.
La puerta se abrió con un chasquido.
Dentro había una caja metálica, varias carpetas y un sobre amarillento con una inscripción escrita a mano:
«Para Sebastián. Solo cuando estés preparado para conocer la verdad».
Sebastián dejó de respirar por un instante.
Valentina se volvió hacia él.
—¿Reconoces la letra?
Él asintió.
—Es de mi padre.
Con dedos temblorosos, tomó el sobre.
Durante unos segundos no hizo nada. Simplemente lo sostuvo, como si tuviera miedo de que abrirlo significara aceptar que su padre quizá nunca regresaría.
Valentina se acercó.
—No tienes que hacerlo ahora.
Sebastián la miró.
—Llevo seis meses esperando una respuesta. Si está aquí, voy a leerla.
Rompió el sello.
Dentro había una carta y una fotografía.
Sebastián leyó las primeras líneas en silencio. Después su expresión cambió.
—No puede ser…
—¿Qué dice?
Él le entregó la carta.
Valentina comenzó a leer.
«Sebastián:
Si estás leyendo esto, significa que algo salió mal y que no pude explicarte personalmente lo que estaba ocurriendo.
Hay personas en las que confié durante años y que terminaron traicionándome. Cometí errores creyendo que podía proteger a mi familia de las consecuencias.
Tu madre no murió por las razones que te contaron. Antes de su muerte, descubrió algo que jamás debió salir a la luz.
Si quieres conocer la verdad, busca a la persona que aparece en la fotografía. Ella estuvo conmigo la última noche.
Pero ten cuidado, hijo. La persona que más deseas proteger puede ser también quien te oculte la verdad.
Perdóname por no haber sido el padre que merecías.
Papá».
Valentina sintió que las manos le temblaban.
—Sebastián…
Él no respondió.
Tenía los ojos fijos en la fotografía.
Valentina se acercó para verla.
En la imagen aparecían tres personas frente a un coche negro: Alejandro Montenegro, el padre de Sebastián, y una mujer que ambos reconocieron inmediatamente.
Clara.
La madre de Valentina.
Pero había algo más.
Al fondo de la fotografía aparecía un joven que Valentina no había visto antes.
Llevaba una chaqueta oscura y tenía una mano apoyada sobre el hombro de Clara.
Sebastián le arrebató la fotografía con incredulidad.
—¿Quién demonios es ese?
Valentina negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé. Nunca lo había visto.
En la parte posterior de la imagen había una fecha: dieciséis de abril.
La misma noche en que el padre de Sebastián desapareció.
Y debajo, un nombre escrito con tinta negra:
MATEO.
—¿Mateo? —repitió Valentina—. ¿Quién es Mateo?
Sebastián pasó una mano por su cabello.
—No tengo ni idea.
Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
Un golpe seco.
Ambos se volvieron.
La puerta principal del taller acababa de cerrarse.
—¿Has oído eso? —susurró Valentina.
Sebastián apagó la linterna.
—Quédate detrás de mí.
Se escucharon pasos.
Lentos.
Pesados.
Alguien estaba recorriendo el taller.
Sebastián tomó la mano de Valentina y la condujo detrás de una fila de estanterías.
Ella podía sentir los latidos de su corazón contra el brazo de él.
—¿Y si es el hombre del garaje? —susurró.
—Entonces no vamos a darle la oportunidad de escapar otra vez.
Una sombra apareció al otro lado de las estanterías.
Valentina contuvo la respiración.
La figura se detuvo frente a la caja metálica abierta.
—Llegaron antes de lo esperado —dijo una voz masculina.
Sebastián apretó la mano de Valentina.
La voz les resultaba desconocida.
—No importa —continuó el hombre—. Ya tengo lo que necesitaba.
Se escuchó el sonido de una carpeta al cerrarse.
Sebastián miró a Valentina y señaló la salida con la cabeza.
Ella negó inmediatamente. No pensaba abandonarlo.
Él frunció el ceño, pero antes de que pudiera insistir, el desconocido se volvió hacia las estanterías.
—Sé que están aquí.
Valentina sintió que la sangre se le helaba.
—Sebastián Montenegro —continuó el hombre—. Tu padre cometió el error de creer que podía esconder la verdad para siempre.
Sebastián salió de su escondite.
—¿Quién eres?
El hombre retrocedió un paso, sorprendido.
—Eso no importa.
—¡Claro que importa! ¿Qué sabes de mi padre?
El desconocido soltó una risa seca.
—Sé que sigue vivo.
El mundo de Sebastián pareció detenerse.
Valentina se llevó una mano a la boca.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Sebastián.
—Tu padre no murió, muchacho. Y si quieres volver a verlo, tendrás que dejar de hacer preguntas.
Sebastián avanzó hacia él.
—¡Dime dónde está!
El hombre sacó algo del bolsillo y lo arrojó a los pies de Sebastián.
Era un teléfono.
La pantalla se encendió.
Había una fotografía de un hombre sentado en una habitación oscura, con el rostro parcialmente cubierto por una sombra.
Debajo aparecía un mensaje:
«Tienes cuarenta y ocho horas».
Sebastián se agachó para recoger el teléfono.
Cuando volvió a levantar la cabeza, el desconocido había desaparecido por una salida lateral.
—¡Maldita sea! —gritó Sebastián, corriendo hacia la puerta.
Pero afuera solo encontraron oscuridad.
Valentina se acercó a él, todavía intentando comprender lo que acababan de escuchar.
—Sebastián, ¿crees que es verdad?
Él miró la fotografía en la pantalla.
—No lo sé.
—¿Y si tu padre está vivo?
Sebastián tragó saliva.
—Entonces voy a encontrarlo.
Valentina le tomó la mano.
—No tienes que hacerlo solo.
Él la miró, y por primera vez no intentó esconder el miedo que sentía.
—Si esto es una trampa, podrían ir contra ti.
—Que lo intenten.
—No entiendes lo que significas para mí.
Valentina se quedó inmóvil.
Sebastián pareció arrepentirse de sus palabras, pero ya era demasiado tarde.
—¿Qué significo para ti? —preguntó ella suavemente.
Él dio un paso hacia ella.
—Eres la única persona que ha conseguido que vuelva a sentir miedo de perder algo.
El corazón de Valentina se aceleró.
—Sebastián…
Él levantó una mano y le acarició la mejilla.
—Y eso me aterra más que cualquier amenaza.
Valentina no pudo apartar la mirada.
—No tienes que tener miedo de mí.
—No es de ti de quien tengo miedo.
—Entonces, ¿de qué?
Sebastián acercó su rostro al de ella.
—De lo que podría llegar a sentir por ti.
Durante un instante, Valentina creyó que finalmente la besaría.
Y esta vez no quería que se detuviera.
Pero justo cuando sus labios estaban a punto de encontrarse, el teléfono de Sebastián comenzó a sonar.
Él cerró los ojos y soltó una maldición.
Valentina se apartó, intentando ocultar su decepción.
—Contesta. Quizá sea tu padre.
Sebastián miró la pantalla.
El número era desconocido.
Aceptó la llamada y activó el altavoz.
—¿Quién habla?
Una voz femenina respondió:
—Sebastián, no confíes en la fotografía. Tu padre no es el único que está en peligro.
Él se quedó paralizado.
—¿Quién eres?
La mujer respiró con dificultad.
—Soy alguien que conoce la verdad sobre la muerte de tu madre.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
La mujer continuó:
—Y si quieres salvar a tu padre, tienes que mantener a Valentina lejos de Alejandro Ferrer.
Sebastián miró a Valentina.
Ella palideció.
—¿Por qué? —preguntó él.
La respuesta llegó en un susurro.
—Porque Alejandro sabe quién es Mateo.
La llamada se cortó.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Valentina miró la fotografía, después el teléfono y finalmente a Sebastián.
Alejandro Ferrer había estado ocultándoles algo.
Pero ¿qué relación tenía con aquel misterioso Mateo?
¿Y por qué alguien insistía en separarla de él?
Sebastián guardó la carta y la fotografía en su chaqueta.
—Nos vamos. Ahora.
Valentina asintió, aunque su mente seguía atrapada en una sola pregunta.
Si Alejandro conocía la identidad de Mateo y había estado con el padre de Sebastián la noche de su desaparición, quizá la persona en quien más había confiado era también la que más tenía que ocultar.
Y mientras abandonaban el taller, sin saber que alguien los observaba desde una ventana rota, Valentina tomó una decisión.
Al día siguiente hablaría con Alejandro.
Y esta vez no aceptaría evasivas.
Porque estaba empezando a comprender que enamorarse de Sebastián Montenegro podía ser peligroso.
Pero descubrir la verdad sobre él podía destruirlos a los dos.