ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL PRECIO DE UNA MENTIRA
El corazón me golpeaba tan fuerte que apenas podía escuchar el rugido de los motores.
Los automóviles de Sebastián y Mateo atravesaban el circuito a una velocidad aterradora. Los faros cortaban la oscuridad y las ruedas levantaban polvo en cada curva. Desde donde estaba, podía distinguir el coche negro de Sebastián intentando adelantarse, mientras el deportivo rojo de Mateo le cerraba el paso una y otra vez.
Pero yo no podía dejar de pensar en el mensaje.
«Alejandro no solo sabe qué ocurrió con el padre de Sebastián. Fue quien provocó el accidente. Si quieres que Sebastián sobreviva esta noche, no dejes que cruce la última curva».
Leí las palabras varias veces, esperando que cambiaran. Que apareciera una explicación diferente. Que todo fuera una broma de mal gusto.
No ocurrió.
Levanté la cabeza y busqué a Alejandro Ferrer entre los hombres que observaban la carrera.
Había desaparecido.
—¡Alejandro! —grité.
Nadie respondió.
Miré hacia el edificio de control, donde Mateo había dicho que estaba mi madre. Después observé la pista. Sebastián acababa de adelantar a su rival y se dirigía hacia la segunda curva.
No podía quedarme allí esperando.
Corrí hacia los boxes, esquivando herramientas, cajas y piezas de automóviles abandonadas. Necesitaba encontrar a Alejandro, averiguar si el mensaje era cierto y descubrir cómo detener aquella locura antes de que alguien terminara muerto.
Al llegar al pasillo que conducía al edificio de control, escuché voces detrás de una puerta entreabierta.
—No tenías que haberla traído aquí —dijo Alejandro.
Reconocí su voz inmediatamente.
—Tú tampoco tenías que haber ocultado lo que hiciste —respondió otro hombre.
Me acerqué despacio.
—Yo no provoqué su desaparición —insistió Alejandro—. Solo intenté evitar que las cosas empeoraran.
—¿Y eso te parece una excusa? —replicó el desconocido—. Por tu culpa, Sebastián está corriendo otra vez. Exactamente donde su padre perdió todo.
Sentí un escalofrío.
Empujé la puerta.
Alejandro estaba junto a una mesa llena de documentos. Frente a él había un hombre de cabello gris al que nunca había visto. Los dos se giraron al escucharme.
—Valentina… —murmuró Alejandro.
—¿Qué hiciste?
Él miró al hombre y después volvió a mirarme.
—No es lo que piensas.
Solté una risa amarga.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
—Escúchame, por favor.
Le mostré el teléfono.
—¿Provocaste el accidente del padre de Sebastián?
Alejandro palideció.
Su silencio me hizo sentir como si acabara de recibir una bofetada.
—Dímelo —exigí—. ¡Mírame y dime que es mentira!
—No quería que ocurriera.
Aquellas palabras me helaron la sangre.
—Entonces es verdad.
—Valentina, yo tenía diecisiete años cuando pasó todo. No sabía en qué estaba metido. Alejandro Montenegro me pidió que llevara unos documentos a un lugar y que no hiciera preguntas. Yo acepté porque confiaba en él.
—¿Qué tiene que ver eso con el accidente?
Alejandro se pasó una mano por el cabello.
—La noche de su desaparición, yo conducía otro vehículo detrás de él. Íbamos a encontrarnos con Mateo. En una curva, el coche de tu padrastro perdió el control. Yo vi cómo se salía de la carretera.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Y no llamaste a la policía?
—¡Intenté hacerlo! Pero cuando llegué, Mateo ya estaba allí. Me dijo que Alejandro Montenegro había sobrevivido y que tenía que marcharme si quería proteger a mi familia.
—¿Y le creíste?
—Tenía miedo.
—¡Sebastián ha pasado seis meses creyendo que su padre estaba muerto!
Alejandro bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. No sabes lo que es mirar a alguien a los ojos y descubrir que cada palabra que te dijo estaba incompleta. No sabes lo que es sentir que te han convertido en una idiota.
Él dio un paso hacia mí.
—Nunca quise hacerte daño.
Retrocedí.
—Pero lo hiciste.
El hombre de cabello gris aprovechó nuestra discusión para salir por una puerta lateral. Alejandro ni siquiera intentó detenerlo.
—¿Quién era ese hombre? —pregunté.
—Alguien que trabaja para Mateo.
—¿Y por qué estabas hablando con él?
Alejandro me miró con desesperación.
—Porque me ofreció una manera de sacar a tu madre de aquí sin que Sebastián tuviera que terminar la carrera.
Lo observé sin comprender.
—¿Qué?
—La carrera está amañada. Mateo no quiere ganar; quiere obligar a Sebastián a llegar a la última curva. Allí hay una zona donde la barrera está dañada. Si conduce demasiado rápido, podría salirse de la pista.
El mundo pareció detenerse.
—¡Entonces tenemos que detenerlo!
Corrí hacia la salida, pero Alejandro me agarró de la mano.
—¡Espera! Si interrumpimos la carrera, Mateo hará daño a Clara.
—¿Y si Sebastián muere?
Alejandro no respondió.
Me solté de su mano.
—No vuelvas a pedirme que confíe en ti.
Salí corriendo hacia la pista.
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Sebastián había conseguido adelantarse.
Su coche negro iba unos metros por delante del deportivo rojo de Mateo. La multitud gritaba y algunos hombres levantaban los brazos, celebrando una carrera que no comprendían.
Yo sí comprendía algo.
Sebastián estaba en peligro.
Llegué hasta la valla que separaba los boxes de la pista y comencé a gritar su nombre.
—¡SEBASTIÁN!
El rugido de los motores devoró mi voz.
Saqué el teléfono y lo llamé. La llamada no entró.
Volví a intentarlo.
Nada.
Entonces vi a Mateo levantar una mano desde su automóvil, como si estuviera saludando a un público invisible. El gesto me pareció una burla. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Y Sebastián no tenía ni idea.
Busqué desesperadamente una manera de llegar a la pista. Junto a la entrada de los boxes había un pequeño vehículo de mantenimiento con las llaves puestas. Sin pensarlo demasiado, subí, giré la llave y aceleré.
—¡Valentina, no! —escuché gritar a alguien detrás de mí.
No me detuve.
Conduje hasta una zona lateral desde la que podía ver la última curva. Allí había una señal de advertencia medio caída y una barrera metálica torcida. Más allá, el terreno descendía hacia una zanja profunda.
Alejandro no había mentido sobre el peligro.
A lo lejos, los dos coches se aproximaban.
Apreté el claxon con todas mis fuerzas.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Sebastián giró ligeramente la cabeza, intentando identificar el sonido. Por un instante, nuestros ojos se encontraron a través de los parabrisas y de la distancia.
Levanté ambos brazos y señalé la barrera.
Él comprendió.
Pero Mateo también me había visto.
Su automóvil se colocó junto al de Sebastián y comenzó a empujarlo hacia el exterior de la curva.
—¡No! —grité.
El coche de Sebastián perdió estabilidad. Las ruedas traseras derraparon y el vehículo se deslizó peligrosamente hacia la barrera dañada.
Sebastián corrigió la dirección en el último segundo.
El automóvil chocó contra una protección lateral, giró sobre sí mismo y se detuvo con un estruendo que me atravesó el pecho.
El coche de Mateo siguió adelante y cruzó la línea de llegada.
La multitud estalló en gritos.
Yo solo podía mirar el humo que salía del vehículo de Sebastián.
Bajé del coche de mantenimiento y corrí hacia él.
—¡Sebastián!
Llegué hasta la puerta del conductor y tiré de la manija. Estaba atascada.
—¡Sebastián, mírame! ¡Por favor!
Lo vi moverse dentro del automóvil.
Tenía sangre en la frente y respiraba con dificultad, pero estaba consciente.
—Valentina… —murmuró.
—Estoy aquí. Voy a sacarte.
—¿Qué haces aquí?
—¿En serio vas a preguntarme eso ahora?
Una sonrisa débil apareció en sus labios.
—Sigues siendo mandona.
Solté una risa nerviosa que se convirtió casi inmediatamente en un sollozo.
—Y tú sigues siendo el idiota más imprudente que conozco.
Con ayuda de dos hombres, conseguimos abrir la puerta. Sebastián salió tambaleándose y se apoyó en mí. Lo abracé con tanta fuerza que sentí cómo su cuerpo temblaba.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
Después, él me sostuvo el rostro entre las manos.
—Pensé que no volvería a verte.
—No vuelvas a hacerme pasar por esto.
—No era mi intención.
—Me da igual cuál fuera tu intención.
Sus ojos se suavizaron.
—¿Estabas preocupada por mí?
Lo miré, furiosa y aliviada al mismo tiempo.
—No. Vine porque quería comprobar si tu cabeza era tan dura como parece.
Sebastián soltó una carcajada que terminó en una mueca de dolor.
—Entonces supongo que has tenido tu respuesta.
Quise golpearle el pecho y besarlo al mismo tiempo.
No hice ninguna de las dos cosas.
Apoyé mi frente contra la suya y cerré los ojos.
—No vuelvas a desaparecer de mi vida —susurré.
Él dejó de sonreír.
—Valentina, yo…
Un grito nos interrumpió.
—¡Sebastián!
Mateo se acercaba acompañado de sus hombres. Su expresión ya no tenía nada de triunfal. Parecía molesto porque la carrera hubiera terminado sin que Sebastián cayera por la barrera.
—La apuesta ha terminado —dijo Mateo—. He ganado.
Sebastián se separó de mí y se puso de pie, a pesar del dolor.
—Hiciste trampa.
—Las reglas eran sencillas. Tú corrías, yo corría. Yo llegué primero.
—Intentaste sacarme de la pista.
Mateo se encogió de hombros.
—Las carreras son peligrosas.
Sebastián avanzó hacia él, pero lo sujeté del brazo.
—No —le dije—. Eso es exactamente lo que quiere.
Mateo sonrió al escucharme.
—Tu chica aprende rápido.
Sebastián se tensó al oír aquellas palabras, pero no respondió.
—Ganaste —dije, dirigiéndome a Mateo—. Ahora cumple tu parte del trato. Dinos dónde está mi madre.
Mateo sacó el teléfono y mostró una imagen.
Clara estaba sentada en una silla, con las manos atadas. Parecía cansada, pero estaba viva.
—Está en un lugar seguro —aseguró—. Si quieren verla, tendrán que hacer algo por mí.
—Dijiste que si ganabas la carrera la liberarías —respondí.
—Dije que la carrera era una prueba. Nunca prometí que sería la última.
Sebastián dio un paso adelante.
—¿Qué quieres?
Mateo guardó el teléfono.
—Quiero que encuentres a tu padre.
Sebastián lo miró desconcertado.
—¿Qué?
—Tu padre está vivo, Sebastián. Pero no quiere que lo encuentres. Y hay una razón para ello.
Mateo se inclinó hacia él y pronunció las siguientes palabras lentamente:
—La noche del accidente, tu padre no intentaba escapar de sus enemigos. Intentaba escapar de ti.
Sebastián se quedó inmóvil.
Sentí que su mano buscaba la mía, pero no llegaba a encontrarla.
—Mientes —susurró él.
—Ojalá.
Mateo sacó un sobre del bolsillo y lo dejó caer a los pies de Sebastián.
—Dentro encontrarás la última carta que te escribió. Léela y entenderás por qué desapareció.
Después se dio la vuelta y se marchó con sus hombres.
Nadie intentó detenerlo.
Sebastián recogió el sobre con manos temblorosas. En la parte delantera, escrito con una letra que reconoció inmediatamente, aparecía su nombre completo.
«Para Sebastián Montenegro. Solo debes abrirla cuando sepas la verdad sobre lo que hiciste aquella noche».
Lo miré, confundida.
—Sebastián, ¿qué significa eso?
Él negó con la cabeza.
—No lo sé.
Abrió el sobre.
Dentro había una hoja doblada y una fotografía pequeña. En ella aparecían Sebastián y su padre frente a un automóvil, varios años atrás. Ambos sonreían.
Pero en la parte posterior de la fotografía había una frase escrita con tinta negra:
«Tu hijo fue el último en verte antes de que todo comenzara».
Sebastián dejó caer la fotografía.
Su rostro perdió todo el color.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre? —pregunté, sujetándole la mano.
Él me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Valentina, creo que hay algo que mi padre me hizo olvidar.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, su teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un número desconocido.
Sebastián contestó sin apartar los ojos de mí.
Durante unos segundos solo se escuchó una respiración débil.
Entonces una voz masculina habló al otro lado.
—Hijo, si estás escuchando esto, significa que Mateo te encontró.
Sebastián dejó de respirar.
Conocía aquella voz.
Era la de su padre.
—Pero antes de que vengas a buscarme —continuó el hombre—, debes saber una cosa: la persona que te está ayudando a descubrir la verdad es la misma que te traicionó hace seis meses.
La llamada se cortó.
Sebastián levantó lentamente la mirada hacia mí.
Y detrás de nosotros, Alejandro Ferrer apareció en la entrada de los boxes, con una pistola en la mano y una expresión de terror en el rostro.
—Sebastián —dijo—. No escuches a tu padre.
Entonces se oyó un disparo.
Y todo quedó a oscuras.