México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 10 — Bajo la misma luna
El agua se cerró alrededor de Amalia.
Fría.
Mucho más fría de lo que había imaginado.
Contuvo el aliento cuando la corriente alcanzó su cintura, pero no retrocedió.
Sombra seguía de espaldas.
Inmóvil.
El agua le llegaba por encima de la cintura y el cabello negro mojado caía sobre su nuca. La luz de la luna dibujaba las cicatrices de su espalda, esas mismas que habían despertado la curiosidad de Amalia unos minutos antes.
Ella avanzó.
Un paso.
Después otro.
El fondo irregular del río la obligó a caminar despacio.
Sombra debió escucharla.
No se volvió.
Amalia llegó hasta quedar detrás de él.
Durante unos segundos no hizo nada.
Su corazón golpeaba con una fuerza absurda.
Todavía podía retroceder.
Recoger su ropa.
Regresar al campamento.
Fingir que aquella noche nunca había ocurrido.
Pero algo dentro de ella estaba cansado de retroceder.
Levantó una mano.
Sus dedos tocaron el hombro de Sombra.
Él se tensó.
Amalia sintió bajo la palma la firmeza de su cuerpo.
No dijo nada.
Deslizó lentamente los dedos sobre una de las cicatrices.
Sombra bajó la cabeza.
—Amalia…
Ella no respondió.
Apoyó la palma completa sobre su hombro.
Y tiró suavemente de él.
Una invitación.
Sombra permaneció inmóvil durante un instante más.
Después comenzó a girarse.
Despacio.
Como si estuviera dándole tiempo para arrepentirse.
Amalia no se movió.
Cuando finalmente quedó frente a ella, los ojos ámbar bajaron inevitablemente.
Y Sombra dejó de respirar.
La luna iluminaba la piel clara de Amalia. Su larguísimo cabello negro, completamente suelto, caía mojado sobre sus hombros y parte de su cuerpo. El agua ocultaba el resto bajo reflejos plateados que se movían con la corriente.
Pero no había vestido.
Ni encajes.
Ni joyas.
Ni peinado elegante.
No había nada de la hija del hacendado que él había conocido.
Sólo Amalia.
Sombra levantó los ojos inmediatamente hacia los de ella.
Su mandíbula estaba tensa.
Amalia sintió que el valor empezaba a abandonarla precisamente entonces.
Porque había esperado una broma.
Una sonrisa.
Alguna de aquellas respuestas insolentes que él utilizaba para hacerla enfurecer.
No recibió ninguna.
La forma en que la estaba mirando era peor.
Mucho peor.
Había deseo.
No necesitaba experiencia para reconocerlo.
Y descubrirlo en aquel hombre produjo un estremecimiento que nada tenía que ver con el frío.
Amalia dio otro paso.
Sombra retrocedió uno.
Ella frunció el ceño.
Volvió a acercarse.
Él volvió a contenerse.
—¿Ahora me tiene miedo de verdad? —susurró.
Sombra no respondió.
Amalia levantó la mano.
Rozó su mandíbula con las yemas de los dedos.
Él cerró los ojos durante un instante.
Ella siguió.
La mejilla.
El cabello mojado junto a su sien.
La oreja donde normalmente colgaba aquella pequeña cruz negra.
Después volvió a bajar lentamente por su cuello.
Sombra atrapó su muñeca.
No con fuerza.
Sólo la detuvo.
Sus respiraciones se mezclaron.
—No juegue conmigo.
Amalia sostuvo su mirada.
—No estoy jugando.
La mano de Sombra continuó alrededor de su muñeca.
Ella podía sentir el pulso bajo sus propios dedos.
Rápido.
Sombra también estaba nervioso.
Aquello la sorprendió.
Y le dio valor.
Amalia liberó suavemente la mano y volvió a tocarlo.
Esta vez Sombra no la detuvo.
Sus dedos recorrieron una cicatriz cerca de su hombro.
Él la observó hacerlo.
Amalia pasó la palma sobre aquella marca.
No preguntó de dónde había salido.
No aquella vez.
Simplemente la tocó.
Sombra levantó una mano.
Se detuvo antes de alcanzar su rostro.
Como si todavía esperara una señal.
Amalia cerró la distancia.
La yema de sus dedos rozó finalmente su mejilla.
Después su cabello.
Sombra retiró uno de los mechones mojados que se había pegado a su rostro y lo colocó detrás de su hombro.
El gesto fue lento.
Demasiado cuidadoso para aquel hombre.
Amalia tragó saliva.
La mano descendió hasta su cuello.
Se detuvo.
Ella podía sentir cada centímetro de aquel recorrido.
No era como observar a Rafael y Mariel.
Entonces había sido una espectadora escondida detrás de una lona, descubriendo un mundo que hasta ese momento sólo conocía a través de silencios y advertencias.
Ahora era ella.
Su piel.
Su respiración.
Su decisión.
Amalia apoyó ambas manos sobre el pecho de Sombra.
Él inhaló profundamente.
Ella levantó el rostro.
Quedaron tan cerca que sus labios casi se rozaron.
Sombra no la besó.
Amalia esperó.
Nada.
—¿Qué espera?
—Que esté segura.
Aquellas cuatro palabras deshicieron algo dentro de ella.
Porque él podía haberla besado.
Podía haber confundido su curiosidad con permiso.
No lo hizo.
Amalia respondió acercándose.
El primer beso apenas fue un roce.
Torpe.
Breve.
Se separó unos centímetros.
Sombra la miró.
Amalia volvió a besarlo.
Esta vez no retrocedió.
Sombra respondió.
Una mano llegó lentamente hasta su cintura bajo el agua y la acercó.
Amalia soltó el aire contra sus labios.
Sus brazos subieron inmediatamente alrededor de su cuello.
El beso cambió.
Dejó de ser cauteloso.
No se volvió violento.
Se volvió hambriento.
_Mm~~ah~
Semanas de discusiones.
Miradas.
Preguntas sin respuesta.
Provocaciones.
Aquella noche alrededor de la fogata.
El baile.
La mano de Sombra sobre su cintura.
Todo pareció concentrarse en ese instante.
Amalia se aferró más a su cuello.
Sombra la sostuvo.
Ella sintió el roce de su cuerpo contra el suyo y se estremeció.
Sombra se separó.
Respiraba con dificultad.
Amalia intentó volver a besarlo.
Él apoyó la frente contra la suya.
—Espere.
Ella abrió los ojos.
—¿Por qué?
Sombra cerró los suyos.
Parecía estar librando una batalla consigo mismo.
Amalia sintió una punzada de inseguridad.
Intentó apartarse.
Él no la retuvo.
Eso la hizo sentir todavía peor.
—Entiendo.
Se volvió.
Sombra abrió los ojos.
—No.
Amalia avanzó hacia la orilla.
Él la alcanzó.
Le sujetó suavemente la mano.
Amalia se detuvo, pero no se volvió.
—Suélteme.
Sombra lo hizo inmediatamente.
Aquello la desconcertó.
Giró.
Él estaba a un paso de distancia.
—¿No me quiere?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Y odió inmediatamente haberla formulado.
Sombra la miró como si acabara de decir la cosa más absurda de aquella noche.
Dio un paso hacia ella.
—Ese es precisamente el problema.
Amalia quedó quieta.
Sombra levantó la mano.
Esta vez acarició lentamente su mejilla.
—La quiero demasiado cerca en este momento.
Los labios de Amalia se separaron.
—Entonces no entiendo.
—Porque mañana puede hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Arrepentirse.
Amalia frunció el ceño.
—No decida por mí.
—No estoy decidiendo por usted.
—Parece que sí.
Sombra bajó la mirada.
—Usted ha vivido toda su vida en un mundo donde ni siquiera le permitieron entender ciertas cosas. Hace unas semanas se ponía roja porque Rafael abrazaba a Mariel.
—Todavía me pongo roja.
La respuesta casi consiguió hacerlo sonreír.
—Lo sé.
Amalia cruzó los brazos instintivamente y después recordó que estaba desnuda.
Los descruzó inmediatamente.
Sombra miró hacia arriba.
Ella lo notó.
—Puede mirarme.
Él volvió lentamente los ojos hacia ella.
Amalia sintió nuevamente aquel estremecimiento.
—Yo entré al agua —dijo—. Yo lo toqué. Yo hice que se volteara.
—Lo sé.
—Y yo lo besé.
—También lo sé.
—Entonces deje de tratarme como si no supiera lo que estoy haciendo.
Sombra guardó silencio.
Amalia añadió, mucho más bajo:
—Quizá no lo sepa todo.
Aquello fue más difícil de admitir.
—Pero sé que quería besarlo.
Sombra se acercó.
—Eso sí se lo creo.
Amalia levantó una ceja.
—Presumido.
—Usted empezó.
—¿Va a discutir conmigo ahora?
—Parece nuestro estado natural.
Ella intentó contener la sonrisa.
No pudo.
Sombra tampoco.
Y aquella pequeña ruptura de tensión hizo que todo resultara diferente.
Más real.
Amalia volvió a acercarse.
Esta vez no hubo desafío.
Apoyó la cabeza contra su pecho.
Sombra quedó quieto.
Después rodeó lentamente su espalda con los brazos.
Amalia cerró los ojos.
Podía escuchar el corazón de él.
Rápido.
—Está nervioso.
—No.
Ella levantó el rostro.
—Mentiroso.
—Tengo frío.
—El agua está igual para ambos.
—Entonces usted también tiembla por frío.
Amalia sonrió.
—Tal vez.
Sombra deslizó los dedos por su espalda con lentitud, sin prisa, siguiendo el recorrido del cabello mojado.
Ella volvió a estremecerse.
—Eso no fue frío —murmuró él.
Amalia lo golpeó suavemente en el pecho.
—Cállese.
Sombra atrapó su mano.
La llevó hasta sus labios.
Besó sus nudillos.
Aquello, inexplicablemente, la hizo sonrojarse más que estar desnuda frente a él.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Cosas así.
—¿Por qué?
—Porque…
No encontró respuesta.
Sombra besó otra vez su mano.
Amalia tiró de él y volvió a besarlo.
Esta vez fue ella quien lo hizo retroceder.
Sombra soltó una risa contra sus labios.
Amalia volvió a rodearle el cuello con los brazos.
Él la sostuvo por la cintura.
Durante unos segundos desapareció todo lo demás.
El campamento.
La hacienda.
La carta.
Su padre.
El hombre misterioso que había llegado a su casa.
La revolución.
Incluso las preguntas que Amalia llevaba semanas intentando arrancarle.
Sólo existía el río.
La luna.
Y Sombra.
Cuando volvieron a separarse, Amalia apoyó la frente contra la suya.
—No quiero volver todavía.
—Entonces no vuelva.
La respuesta la sorprendió.
—¿Así de sencillo?
—Por esta noche.
Sombra se apartó apenas.
Amalia inmediatamente sintió su ausencia.
Pero él simplemente se sumergió.
Ella rio cuando volvió a salir unos pasos más lejos.
—¿Está huyendo?
—Estoy terminando de bañarme. Alguien me interrumpió.
Amalia abrió la boca, indignada.
—¡Yo no lo interrumpí!
Sombra se pasó una mano por el cabello.
—Me siguió hasta el río, se desnudó y entró al agua.
—Cuando lo dice así suena…
—¿Como ocurrió?
Amalia le lanzó agua.
Sombra recibió el golpe directamente en el rostro.
Se quedó inmóvil.
Amalia se llevó una mano a la boca.
—Oh.
Él la miró.
—Corra.
Amalia soltó una carcajada y retrocedió.
—¡No!
Sombra avanzó.
Ella intentó alejarse, pero el agua le impedía moverse rápido.
—¡Sombra!
Él lanzó agua hacia ella.
Amalia chilló.
—¡Está helada!
—Estamos en un río.
—¡Idiota!
Le devolvió el ataque.
Durante los siguientes minutos dejaron de parecer una cautiva y su captor.
Dejaron incluso de parecer la señorita De la Vega y el hombre al que todos llamaban Sombra.
Eran simplemente dos jóvenes riendo en un río en mitad de la noche.
Amalia terminó respirando agitadamente, con el cabello pegado al rostro.
Sombra se acercó.
Ella dejó de reír poco a poco.
Él retiró un mechón de su mejilla.
Amalia no apartó la mirada.
Sombra tampoco.
Esta vez el beso fue diferente.
Lento.
Sin urgencia.
Amalia cerró los ojos.
Y comprendió que aquel beso sería el que recordaría.
No porque fuera el primero.
Sino porque ya no estaba provocado por curiosidad.
Lo había elegido.
Cuando se separaron, Sombra apoyó la frente contra la de ella.
—Deberíamos regresar.
Amalia suspiró.
—Lo sé.
Pero ninguno se movió.
—Sombra.
—¿Qué?
Amalia abrió los ojos.
Tenía una pregunta.
La de siempre.
Quién era.
De dónde venía.
Qué le había sucedido.
Por qué odiaba al hombre que había llegado a la hacienda.
Por qué la había secuestrado realmente.
Pero por primera vez no quiso romper el momento intentando obtener una respuesta.
Negó suavemente con la cabeza.
—Nada.
Sombra la observó sorprendido.
—¿Amalia de la Vega renunciando voluntariamente a una pregunta?
—No se acostumbre.
Él sonrió.
Salieron del río por lados distintos para vestirse.
Sombra mantuvo la espalda hacia ella mientras Amalia recogía sus prendas.
Ella hizo lo mismo cuando llegó su turno.
Minutos después, cuando regresaron al sendero, Amalia llevaba el cabello completamente suelto y todavía húmedo.
Caminaron uno junto al otro.
Sin tocarse.
Pero tampoco necesitaban hacerlo.
Algo había cambiado.
Los dos lo sabían.
Al llegar cerca del campamento, Sombra se detuvo.
Amalia también.
—Mañana —dijo él—, esto puede complicarlo todo.
Amalia lo miró.
Después se acercó, tomó el borde de su camisa y lo obligó a inclinarse.
Lo besó una última vez.
Breve.
Decidida.
Al separarse, sus ojos azules encontraron los de él.
—Entonces mañana nos preocupamos.
Y se marchó antes de que Sombra pudiera responder.
Él permaneció solo entre los árboles.
Observándola desaparecer.
Por primera vez en mucho tiempo, Sombra había perdido el control de una situación.
Y lo más peligroso era que no estaba seguro de querer recuperarlo.