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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:954
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 9: La Tierra Blanca y el Castillo Olvidado

Las ruedas del carruaje rodaban sobre un camino que se volvía cada vez más áspero, más salvaje, perdiéndose entre montañas que se alzaban como gigantes dormidos bajo un cielo de plomo. El viaje había sido largo, y el mundo que Harriette conocía —los campos verdes y suaves del sur, el sol que caía tibio sobre las colinas— se había desvanecido poco a poco, reemplazado por una tierra de sombras y viento, de pinos oscuros que se mecían con un lamento eterno, de un frío que no mordía, sino que abrazaba, penetrando la madera y la lana, recordándole que aquí el invierno no era una estación, sino un soberano.

Cedric, sentado frente a ella, había sido su compañero silencioso y amable durante todo el trayecto. Con palabras sencillas y relatos breves, le había contado de las tierras del norte, de su gente, de sus costumbres, y lo que al principio parecía un viaje hacia lo desconocido y aterrador, poco a poco se transformó en un camino hacia algo que, por primera vez en su vida, sentía que podría ser suyo.

—Hace frío, mi señora —le dijo una mañana, deteniendo el carruaje en un poblado de camino—. El invierno llega antes a estas alturas, y no hay nada más peligroso que el hielo desprevenido. Permitidme que os procure abrigo adecuado. No os hará daño ser cálida cuando el viento baje de las cumbres.

Harriette asintió, y cuando regresó con una capa gruesa de lana color gris lobo, forrada de piel suave y cálida, y una bufanda que olía a bosque y a lluvia, se la puso sobre el vestido de viaje, sintiendo cómo la envolvía como un escudo. No era lujo, no era ostentación: era protección. Y en ese gesto sencillo, en aquella previsión que nadie jamás había tenido con ella, sintió algo que se le anudó en la garganta: cuidado. Alguien había pensado en su bienestar antes de que ella lo pidiera.

—Gracias, Cedric —susurró, acomodándose el borde de la capa—. Nadie… nadie se había preocupado si pasaba frío.

—Aquí no se deja a nadie con frío, mi señora —respondió él con serenidad—. Y mucho menos a vos. Sois la Dama del Norte ahora. Y el norte cuida a los suyos.

Horas después, el mundo cambió. Fue primero un copo, lento y solitario, que golpeó suavemente el cristal de la ventana del carruaje, como un suspiro del cielo. Luego otro, y otro, hasta que el aire entero se llenó de ellos, danzando en una caída infinita y silenciosa. Harriette se acercó al cristal, con la respiración entrecortada, los ojos azules abiertos de par en par, maravillada. Había leído sobre la nieve en libros antiguos, había visto dibujos de tierras blancas y silenciosas, pero nada se comparaba con esto: el cielo deshaciéndose en flores blancas, cubriendo la tierra, los árboles, las rocas, todo bajo un mismo manto puro y sin mancha. Era como si el mundo hubiera sido borrado y volviera a crearse, limpio, sin pecado, sin recuerdos.

—Es hermoso —murmuró, sin apartar la vista—. Pensé que era solo un cuento para niños.

—Es el invierno, mi señora —dijo Cedric con una sonrisa que le suavizó los rasgos—. El norte recibe a los suyos con su manto más blanco. Mirad allá… esas son las tierras de Duskbringer.

Señaló hacia el horizonte, y Harriette contuvo el aliento. A lo lejos, entre montañas cubiertas de nieve, se extendía un valle entero de un blanco resplandeciente, y en lo alto de una colina, recortado contra el cielo grisáceo, se alzaba el castillo. No era elegante ni delicado como el de su padre. Era una fortaleza, un gigante de piedra oscura que desafiaba el viento y las tormentas, con torres robustas y muros gruesos, coronados de blanco, firme y eterno como la montaña sobre la que se asentaba. Y más abajo, a sus pies, se extendía el pueblo, un racimo de casas de madera con techos de nieve, delgadas columnas de humo gris elevándose al cielo, señal de hogares calientes y corazones que se preparaban para la fiesta.

—Es imponente —dijo Harriette, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de una emoción nueva, desconocida—. Parece que ha estado aquí desde siempre.

—El archiduque lo heredó de sus antepasados —explicó Cedric con un orgullo sincero, profundo, como si hablara de su propia sangre—. Es el corazón de estas tierras. Aquí la gente es fuerte, leal, y honra la palabra dada. No hay cortesanas ni intrigas aquí, mi señora. Hay trabajo, hay lealtad, y hay unión. Y ahora… también hay vos.

El carruaje atravesó las puertas del pueblo, y Harriette miró por la ventana, maravillada por la calidez que emanaba de aquellas calles. Hombres y mujeres pasaban cargando leña y cestas de provisiones, niños corrían persiguiéndose entre la nieve con risas que se escuchaban a través del cristal, y todos saludaban al paso del carruaje con gestos respetuosos, sin servilismo, sino con reconocimiento. No había murmullos, no había miradas de desprecio, no había nadie que la viera como algo que sobraba. La esperaban. Aunque no la conocieran, la esperaban.

—Se preparan para el Festival del Invierno —le explicó Cedric—. Es la noche más larga del año, y se celebra que la luz regresa. Este año será doblemente festivo: también celebran vuestra unión con el archiduque. Os reciben con el corazón abierto, mi señora. Sois su nueva señora.

Harriette bajó la mirada, acariciando el anillo de plata negra que llevaba en el dedo, frío sobre su piel.

—¿Y él? —preguntó, con voz suave, casi temerosa de la respuesta—. ¿Estará allí? ¿Lo veré hoy?

Cedric negó con suavidad, con una compasión que no le dolió, sino que la entendió.

—Me temo que no, mi señora. Las fronteras se han agitado. El enemigo ha despertado, y como comandante del ejército real, su puesto está al frente de las tropas. No puede abandonar su deber hasta que la amenaza se disipe. Recibió la noticia de vuestra llegada y envió sus saludos, pero… no podrá volver hasta que la situación se estabilice.

Harriette asintió, y una parte de ella, una parte que no se atrevió a llamar alivio, se relajó. No estaba lista. No para enfrentarlo, no para conocer al hombre al que había entregado su futuro sin haber visto siquiera su rostro. Le daba tiempo. Tiempo para conocer su hogar, para entender su tierra, para convertirse en la mujer que necesitaba ser antes de que él la viera.

—Entiendo —dijo con firmeza—. Su deber es primero. No hay prisa. Aquí estaré, esperando. Y mientras tanto… haré de este lugar un hogar digno de su regreso.

El carruaje cruzó el puente levadizo y entró en el patio interior de la fortaleza. Al detenerse, el silencio cayó sobre el lugar, y cuando Harriette descendió, apoyando la mano en la de Cedric, vio una fila de hombres y mujeres de pie, esperándola, todos vestidos con ropas de trabajo pero pulcras, todos con la cabeza descubierta, todos inclinándose al verla aparecer. Una docena de personas, desde el mayordomo hasta la cocinera, desde el jefe de guardias hasta la lavandera, todos la saludaron con una reverencia profunda, sincera, llena de una lealtad que la abrumó hasta las lágrimas. Nadie la había mirado así jamás. Nadie la había tratado como si ella importara.

—Bienvenida a casa, mi señora —dijo un hombre de cabello entrecano y porte firme, dando un paso adelante—. Soy Torvin, mayordomo de la fortaleza. Todo lo que aquí hay está a vuestro servicio. Nosotros estamos a vuestro servicio.

Harriette los miró a todos, sintiendo el peso de aquellas palabras, y por un instante quiso decirles que no, que no merecía tanta deferencia, que era solo una mujer que había huido de su casa porque no tenía otro lugar adonde ir. Pero tragó las palabras, enderezó la espalda, y habló con voz clara y serena:

—Gracias. Os pido paciencia conmigo. Aprenderé. Y trabajaré junto a vosotros para que este castillo sea un lugar donde todos podáis estar orgullosos.

—No pedimos que trabajéis, mi señora —dijo Torvin con una sonrisa respetuosa—. Pedimos que nos guiéis. Ahora, si os parece bien, después del viaje… sin duda deseáis descansar.

—Sí —asintió ella, agradecida—. Solo descansar hoy. Mañana veré qué hay que hacer.

—Permitidme que os acompañe a vuestros aposentos —dijo Cedric, haciéndole un gesto para que avanzara—. Os mostraré el camino.

Caminaron juntos por los pasillos del castillo, y Harriette, que esperaba encontrar algo opulento, lleno de sedas y oro como el castillo de su padre, se detuvo sorprendida. Era grande, sí, majestuoso en su estructura, pero descuidado. Los suelos de piedra estaban desgastados, con grietas donde el frío se colaba. Las ventanas tenían cristales rotos o empañados por el tiempo, dejando entrar corrientes de aire que agitaban las pesadas cortinas de lana. Los muros, de piedra desnuda, estaban manchados de humedad en las esquinas, y en muchas habitaciones faltaban muebles, o los que había estaban viejos y desgastados. Era un lugar hermoso pero olvidado, fuerte pero descuidado, como un guerrero que ha pasado toda su vida en el campo y ha olvidado cómo cuidar su propia casa.

—El archiduque pasa poco tiempo aquí —explicó Cedric, como si leyera sus pensamientos—. Su vida es el ejército, las fronteras, el deber. Viene cuando puede, pero nunca se queda mucho tiempo. El castillo… ha esperado mucho tiempo a alguien que le dé vida.

Harriette pasó la mano por una pared de piedra fría, sintiendo la humedad bajo sus dedos, y sonrió, no con tristeza, sino con una determinación que creció en su pecho como una flor en primavera.

—Entonces no esperará más —dijo, mirando a Cedric con los ojos brillantes de una luz nueva—. Yo me encargaré de él. Arreglaré las ventanas, los suelos, los fuegos. Haré que cada habitación esté caliente, que cada cortina cuelgue recta, que cada rincón brille. Cuando él regrese… encontrará un hogar. No solo muros y techos, sino un lugar que respira, que vive, que lo espera. Será trabajo, sí, y tiempo. Pero tengo tiempo. Y tengo voluntad.

—El castillo tiene suerte de teneros —respondió Cedric con voz suave—. Y el archiduque también.

Llegaron a una puerta de roble macizo, y Cedric la abrió dejándola pasar. Los aposentos eran amplios, con una cama grande de madera oscura cubierta de mantas de lana gruesa, una chimenea donde ya ardía un fuego alegre, un tocador de madera sencilla y un sillón junto a la ventana. El aire era cálido, y el olor a leña quemada y cera limpia la recibió como un abrazo. Su equipaje, aquel baúl pequeño que contenía todo lo que poseía, ya estaba allí, junto a la pared.

—Descansad, mi señora —dijo Cedric desde el umbral—. Mañana todo el castillo estará a vuestra disposición. Pedid lo que necesitéis, y estará aquí antes de que terminéis de hablar. Buenas noches, Archiduquesa.

—Buenas noches, Cedric —respondió ella, y cuando la puerta se cerró, se encontró sola por primera vez en días.

Se acercó a la ventana y miró hacia fuera, hacia el patio cubierto de nieve, hacia las montañas que se alzaban negras y blancas bajo el cielo nocturno que empezaba a llenarse de estrellas, frías y brillantes como diamantes esparcidos sobre terciopelo. No había nadie que la llamara, nadie que la juzgara, nadie que esperara nada de ella más que lo que ella misma decidiera dar. Se quitó la capa, la dejó sobre el sillón, y se sentó al borde de la cama, sintiendo por primera vez en su vida la paz que no sabía que existía.

No estaba allí por amor, no estaba allí por elección del corazón. Pero estaba allí por libertad. Y en esa libertad, en ese espacio vacío que tenía ante sí, vio la oportunidad de construir algo que nadie podría arrebatarle. Sería la señora de este castillo, la compañera de un hombre que no conocía, la mujer del norte. Y cuando él regresara… cuando por fin cruzara esa puerta y la viera por primera vez… no encontraría a una esposa sumisa y temerosa. Encontraría un hogar. Y encontraría a una mujer que había transformado su ausencia en algo hermoso y fuerte.

Se recostó, se cubrió con las mantas que olían a lavanda y sol, y cerró los ojos. El fuego crepitaba suavemente, y el viento soplaba fuera, pero no tenía miedo. Mañana comenzaría el trabajo. Mañana empezaría a devolverle la vida a aquel lugar que había dormido demasiado tiempo. Y mientras se quedaba dormida, una sonrisa suave se dibujó en sus labios, porque por primera vez en su vida, al cerrar los ojos, no veía sombras ni cadenas. Veía un futuro. Blanco y limpio como la nieve que caía sin cesar sobre su nuevo hogar.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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