Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 10
Cap 10: Lo que no cuadra
Siete días.
Siete días de mensajes en visto, de llamadas que se iban al buzón, de Dante desapareciendo de la conversación como si Sebastián nunca hubiera existido. Siete días en los que el último mensaje leído seguía siendo el de Dante: "Llegué. Bye." Nada más.
Todo por una frase.
Había sido en el carro, bajando de Cuernavaca, en aquella curva antes de entrar a la ciudad. El sol le daba de frente y Dante tenía los ojos entrecerrados y el cigarro a medio consumir entre los dedos. Y Sebastián, sin medir las palabras, dijo:
"El día que tengas a alguien que te guste, dime. No me gusta ser el tercero."
Lo dijo como quien suelta un dato menor. Como quien dice "cierra la ventanilla" o "falta gasolina". Pero vio el efecto. Vio cómo los dedos de Dante se endurecieron sobre el volante. Vio cómo la línea de su mandíbula se tensó como un cable a punto de reventarse. Y vio cómo, durante los últimos cuarenta minutos de carretera, Dante no volvió a hablarle.
"Tercero." Para Dante Valderrama Solís, hijo ilegítimo, producto de la aventura de Don Eduardo con Camila Solís, esa palabra era una quemadura que llegaba hasta el hueso.
Sebastián no lo supo entonces. Lo fue entendiendo en el silencio de los siete días que siguieron.
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El viernes por la noche, Dante estaba tirado en su cama con los audífonos puestos y el control en las manos. La pantalla del monitor proyectaba tonos azules y naranjas sobre su cara mientras esperaba que cargara la partida. Vale estaba en el squad, como siempre. Héctor se había conectado tarde, como siempre. Los tres en el lobby, eligiendo armas, mientras el chat de voz hacía de fondo sonoro con la música trap que Vale ponía desde su bocina.
La notificación apareció en la esquina superior izquierda:
"S solicita unirse a la escuadra."
Dante la vio. Se quedó mirándola un segundo, dos, tres.
—¡Ay, otro! —dijo Vale, y antes de que Dante pudiera reaccionar, el sonido de "solicitud aceptada" llenó los audífonos.
—Vale.
—¿Qué? Es un jugador más. Nos falta uno.
Dante apretó la mandíbula. "S". Como si no supiera quién era el único imbécil que usaba una sola letra como gamertag.
—¿Quién es "S"? —preguntó Héctor por el chat de voz. Su tono era el de siempre: directo, seco, funcional—. ¿Conocido?
—Un random —dijo Vale rápido.
—No es un random —corrigió Dante, sin explicar más.
La partida cargó. Mapa nocturno, zona industrial, cuatro contra escuadras de cuatro. Dante eligió su francotirador de siempre. Vale tomó la escopeta. Héctor, el rifle de asalto. "S" no seleccionó nada durante cinco segundos. Luego eligió granadas. Solo granadas.
—¿En serio? —murmuró Héctor—. ¿Granadas nada más?
"S" no respondió. Su micrófono estaba muteado.
Empezaron a moverse. Dante cubría desde un edificio alto, Vale flanqueaba por la izquierda, Héctor avanzaba por el centro. "S" iba solo. Se movía diferente a cualquier jugador que Dante hubiera visto en su squad: fluido, preciso, sin dudar. No corría en línea recta. No se exponía. Entraba a los edificios por las ventanas, no por las puertas, y cada vez que lanzaba una granada, alguien moría.
—No mames —dijo Vale—. ¿Vieron eso?
La notificación de kill apareció tres veces seguidas en la pantalla. "S" había eliminado a un squad entero con dos granadas lanzadas desde ángulos imposibles, calculando el rebote contra las paredes como si pudiera ver las trayectorias antes de soltar el detonador.
Héctor silbó.
—Oigan, ¿cuánto lleva jugando este tipo?
—Como una semana —dijo Dante sin pensar.
Silencio en el chat.
—¿Una semana? —repitió Héctor—. Güey, tiene trece kills y vamos en la ronda tres.
Dante no contestó. Estaba viendo cómo el personaje de "S" cruzaba el mapa a toda velocidad, esquivando fuego cruzado como si los proyectiles fueran lentos, hasta llegar al edificio donde estaba posicionado Dante. Subió las escaleras. Se detuvo frente a él.
Y soltó un objeto.
Un francotirador. Completamente equipado. Mira telescópica, silenciador, cargador extendido. El mejor rifle del juego, con todos los aditamentos que Dante llevaba semanas intentando conseguir.
"S" no dijo nada. Su personaje se quedó ahí parado, esperando.
Dante miró la pantalla. Miró el arma en el suelo. Sintió algo apretarse en el pecho, algo que no tenía nombre ni ganas de tenerlo.
Abrió su inventario. Sacó dos botiquines. Los dejó caer frente a "S".
—Uy —dijo Vale en voz bajísima.
—¿Qué? —preguntó Héctor.
—Nada, nada. Cállate y cubre el flanco.
La partida siguió. Héctor, que no tenía idea de quién era "S" ni le importaba particularmente, empezó a hablar como hablaba siempre cuando jugaba: sin filtro.
—Oye, Dante, ¿y tu huésped? El Montero ese. ¿Sigue viviendo contigo?
El dedo de Dante se detuvo sobre el gatillo virtual.
—Sí.
—¿Y qué onda? ¿Ya se pelearon otra vez o siguen en su luna de miel?
—Héctor.
—Es pregunta legítima. Vale me dijo que se fueron juntos a Cuernavaca. A una hacienda. Solos.
—No estábamos solos. Había cincuenta personas.
—Ajá. Y tú solo le prestas atención a una.
Dante iba a responder algo cortante, algo que cerrara el tema con la eficiencia quirúrgica que usaba para todo lo que le incomodaba, cuando un sonido crujió en el chat de voz.
Un micrófono activándose.
Y luego la voz de Sebastián. Tranquila. Clara. Sin un gramo de incomodidad.
—Él es muy bueno conmigo.
Silencio.
Silencio absoluto en los cuatro canales.
Vale dejó escapar un ruido que sonaba sospechosamente como una risa ahogada con una almohada. Héctor se quedó mudo por primera vez en los tres años que Dante llevaba jugando con él. Y Dante cerró los ojos detrás de la pantalla, respiró hondo, y se dijo que no, no iba a sonreír. No después de siete días de hielo.
—Ya no te enojes —dijo Sebastián entonces, con el mismo tono con el que alguien pide la sal en la mesa—. Dije algo que no debí. Lo sé.
Dante no contestó.
—¿Hay algo que pueda hacer para compensarte?
Más silencio.
—Invítame a cenar y ya deja de mamar —soltó Héctor de pronto—. Porque yo no entiendo nada de lo que está pasando, pero me está dando hambre.
Vale se rio. Dante no. Pero tampoco dijo que no.
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El restaurante quedaba en la Nápoles, uno de esos lugares sin letrero que solo conoces si alguien te lleva. Héctor llegó primero, como siempre, porque Héctor Fuentes consideraba que la impuntualidad era un defecto de carácter. A su lado había alguien que Dante no había visto antes: un tipo de su edad, cabello oscuro, rasgos angulosos, con la postura de alguien que prefiere observar antes que hablar. Llevaba una camisa negra de cuello alto y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—Dante, Sebastián —dijo Héctor sin ceremonias—. Él es Marco. Marco Luján.
Marco levantó la mano en un saludo breve.
—Hola.
—Es mi novio —agregó Héctor, con la misma inflexión emocional con la que habría dicho "es martes".
Dante lo miró. Luego miró a Marco. Luego volvió a mirar a Héctor.
—¿Desde cuándo?
—Cuatro meses.
—¿Y hasta ahorita me dices?
—No preguntaste.
Sebastián extendió la mano hacia Marco con naturalidad.
—Mucho gusto. Sebastián Montero.
Marco le estrechó la mano. Algo pasó en su expresión cuando escuchó el apellido, un parpadeo rápido que alguien menos atento no habría notado. Pero no dijo nada.
La cena fue breve. Héctor comió como si fuera su última oportunidad sobre la tierra. Marco apenas habló, pero cuando lo hacía, sus observaciones eran precisas, cortantes en su exactitud. Dante lo estudió durante toda la comida. No porque le cayera mal, sino porque cualquiera que estuviera con Héctor necesitaba pasar cierto nivel de escrutinio.
Cuando Héctor propuso ir a un salón de juegos de cartas que conocía en la Del Valle, Dante casi dice que no. Pero Sebastián dijo "suena bien" con esa voz que no pedía permiso, y de alguna forma los cuatro terminaron en un sótano iluminado con luz amarilla donde seis mesas de mahjong ocupaban el centro y el olor a cigarro y café barato lo cubría todo.
Dante no era bueno en las cartas. Nunca lo había sido. Tenía la cara equivocada para el póker y la paciencia equivocada para el mahjong. Sebastián se sentó detrás de él, un poco a la izquierda, con los brazos cruzados, y durante la primera ronda no dijo absolutamente nada.
En la segunda ronda, cuando Dante estaba a punto de descartar un tres de bambú, la mano de Sebastián le tocó el hombro. Un toque ligero. Casi imperceptible.
—Ese no —murmuró cerca de su oído—. El de la derecha te está esperando.
Dante bajó la ficha. Descartó otra. El jugador de la derecha apretó los labios.
Tercera ronda. Sebastián se inclinó otra vez.
—El señor de enfrente lleva tres turnos sin robar del descarte. Está armando una mano limpia. No le sueltes vientos.
Dante lo miró de reojo. Sebastián tenía los ojos fijos en la mesa, leyendo las fichas descartadas como si fueran un libro abierto, reconstruyendo en su cabeza lo que cada jugador tenía y lo que necesitaba.
Para la quinta ronda, Dante había ganado tres veces seguidas. El tipo de la derecha lo miraba con sospecha. El señor de enfrente se había levantado a fumar al patio. Y Héctor, que estaba en la mesa de al lado perdiendo con dignidad cuestionable, se acercó a mirar.
—¿Qué le hiciste a Dante? Ese güey no gana ni en la lotería.
Sebastián se encogió de hombros.
—Tiene buena mano. Solo necesitaba alguien que le dijera cuándo jugarla.
Dante quiso decir algo ácido. Algo que reestableciera el orden natural de las cosas, que recordara que seguía enojado, que siete días de silencio no se borraban con un francotirador virtual y tres rondas ganadas. Pero no le salió. Porque Sebastián estaba sonriendo, una de esas sonrisas apenas visibles que le cambiaban la geometría de la cara, y Dante descubrió que llevaba una semana sin verla.
"Maldita sea."
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En el pasillo del baño, Marco Luján se lavaba las manos cuando Sebastián entró. Los dos se miraron por el espejo. Marco cerró la llave.
—¿Tú también estás aquí a fuerzas? —preguntó Marco en voz baja. Sin contexto. Sin preámbulo. Como si llevara toda la noche esperando el momento de hacer esa pregunta.
Sebastián se detuvo. Lo miró.
—No.
—¿No?
—Dante no obliga a nadie.
Marco lo estudió un momento. Luego asintió, lento, como quien archiva una respuesta para revisarla después.
—De acuerdo.
Se secó las manos y salió sin decir nada más.
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La noche avanzaba. Las mesas se iban vaciando. Héctor y Marco se habían ido hacía media hora con la promesa de repetir pronto, y Dante estaba en una de las mesas del fondo contando las fichas de su última ganancia mientras esperaba que Sebastián regresara del baño.
Lo vio salir por el pasillo. Lo vio detenerse junto a la máquina de refrescos, de espaldas a la sala.
Y lo vio sacar un celular.
No el celular que Dante le conocía. No ese aparato viejo y rayado con la pantalla cuarteada que Sebastián cargaba desde que lo conocía. Este era otro. Nuevo. Último modelo. La pantalla brillante del iPhone más reciente iluminándole la cara en la penumbra del pasillo.
Sebastián revisó algo. Sus pulgares se movieron rápido sobre la pantalla, como quien responde un mensaje urgente. Luego bloqueó el teléfono, lo deslizó en el bolsillo interior de la chamarra —no en el de siempre, sino en el otro, el que quedaba más adentro— y sacó el celular viejo de nuevo, el que usaba frente a todos.
Se dio la vuelta. Caminó de regreso a la mesa con la misma expresión de siempre.
Dante no dijo nada.
Pero lo vio todo.
Un hombre que supuestamente estaba en la ruina. Que supuestamente no tenía nada. Que usaba ropa sin marca y aceptaba la mitad de una tarjeta negra ajena como si fuera su única tabla de salvación.
Ese hombre traía un iPhone que costaba más que la renta mensual de cualquier departamento en la Condesa.
Sebastián se sentó frente a él. Sonrió.
—¿Otra ronda?
Dante lo miró. Largo. Sin parpadear.
—Sí —dijo—. Otra ronda.
Pero algo se había movido. Algo pequeño, casi imperceptible, como una ficha de mahjong que no cuadra en la mano que te están mostrando. Como un número que no debería estar ahí. Como una mentira que todavía no tiene forma pero ya tiene peso.
Dante no sabía qué estaba viendo. Pero sabía que lo estaba viendo.
Y que Sebastián no quería que lo viera.