Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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10.
ELENA DUARTE
Desperté. Sentía que había dormido bien relajada. Me estiré y me giré. Al abrir los ojos pude ver a Dante, me quedé quieta. Miré alrededor. Recordé que había bebido con él. Él ya no llevaba su traje y leía un libro.
— Ya te despertaste. Dormiste como una roca —Me levanté de un solo brinco de la cama.
— Perdón. No volverá a pasar — Me senté y me puse mis zapatos
Recordé cada una de las palabras dichas. Cerré mis ojos, llevé mi mano a la cara tapando mis ojos.
— ¿Sucede algo Elena?
— No. Claro que no.
— Te agradezco por lo de hoy.
— Hice puras tonterías. Siento vergüenza.
Dante acercó su silla hacia mí.
— ¿Tonterías? Entonces nada de lo que pasó entre nosotros es verdad — me miró a los ojos.
Bajé la mirada al piso.
— Perdóneme. Nunca había tomado whisky.
— Y el beso. ¿Qué fue entonces? — preguntó directo, no disimuló — se honesta.
— ¿Qué?
— Elena. Creo que soy un tonto por creer en un momento que tú sientes algo por mí — él se alejó — Era demasiado para ser real. No te preocupes por nada. Puedes irte a tu cuarto.
— Dante. Es que yo…
— Ya te dije que no pasa nada. Haré como si esto nunca sucedió — él sonrió, pero se notaba su decepción y eso me hacía doler mi corazón porque realmente si sentía algo por él.
— No mentí. Era mi primer beso y lo recibí de la persona que me gusta. Usted me — suspiré — usted me gusta.
Dante mordió sus labios, tenía su entrecejo fruncido, bajó su mirada al piso. Era como si no lo creyera.
—¿Ya no estas borracha?
— No.
— No me mientas.
— No miento. Creo que usted me gusta y siento mucha vergüenza por como me comporté. Porque pasé esa línea. Después de todo usted es mi jefe y yo solo soy una sirvienta.
— Segura que no me mientes.
— Ya dije que no — él se acercó de nuevo.
— Aún como soy y estoy — me dolía sus palabras.
— Sí. Aun con su cicatriz, aun en silla de ruedas, usted me gusta.
Él me tomó la mano, la acarició y le dio un beso. Yo llevé mi mano a su mejilla y me acerqué a sus labios. Lo besé.
— Señor Dante — murmuré en sus labios — usted me gusta.
— Elena, esto es real — él sonrió — tú me gustas más.
Golpearon la puerta. Me levanté de la cama. Y empecé a recoger los platos.
— Soy Gabriela. La puerta está con llave.
— Ve a abrir, Elena.
— Me va a regañar. No quiero que ella se entere aún.
— Tranquila.
Abrí la puerta.
— Te he marcado varias veces. Pensé que había pasado algo malo.
— Perdón, no escuché el celular.
Recogí los platos y salí de la habitación.
DANTE SPENSCER
—¿Estás bien?
— Si hermana — ella me miró como le yéndome, descifrandome.
— mmm... Estás sospechoso. Tienes un semblante diferente. ¿Pasó algo? — ella arqueó la ceja — ¿Por qué estabas encerrado con Elena? ¿Pasa algo entre ustedes?
— No pasa nada.
— Pensaste de ir a la cena. Queda poco tiempo y no me has dicho nada.
— Siendo sincero no quiero ir. No me expongas de esa manera.
— Será en un lugar muy bonito, apartado de la ciudad, el hotel ofrece un paisaje nocturno hermoso y estoy seguro de que a Elena le va a gustar.
— ¿Por qué le va a gustar a Elena?
— Ella te gusta. Yo lo sé. Se nota en tus ojitos. Solo espero que ella te aprecie.
— Tú eres la culpable. Más que gustar creo que me he enamorado de ella. Aunque siento que no pueda llegar a ser suficiente para ella.
— Solo cuida tu corazón. No me gustaría verte sufrir otra vez.
— No le digas nada. Ella aún siente vergüenza por lo que siente. Y no quiero que se aleje de mí en estos momentos.
— No le digo nada, si me aseguras que iras a la cena.
—No me dejas de otra. Está bien.
Mi hermana salió de la habitación. Me acosté en la cama. Le envié un mensaje a Elena.
✉️ Voy a descansar. Descansa tú también. Mañana te veo.