Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 10
Capítulo 10
La intrusa
Una semana después, Sofía Delgado se había convertido en la favorita de la oficina.
No era difícil entender por qué. Tenía la sonrisa fácil, el trato amable, ese tipo de belleza suave que hacía que la gente se volteara dos veces. Pero lo que realmente fascinaba a todos —lo que nadie decía en voz alta pero todos pensaban— era su parecido con Lucía Montero.
El mismo pelo oscuro, largo, ondulado. Los mismos ojos grandes. La misma forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba, como si lo que le dijeran fuera lo más importante del mundo. Carolina fue la primera en notarlo, tres días después de que Sofía entrara al departamento de comunicación.
—¿No te parece que se parece a...? —le dijo a Valentina en la cocina, bajando la voz.
—Sí —cortó Valentina—. Me parece.
No quería hablar de eso. No quería pensar en eso. Pero era imposible no verlo: cada vez que Sofía cruzaba el pasillo, el fantasma de Lucía caminaba con ella.
El jueves, Recursos Humanos organizó una visita al Hospital Ángeles para que un grupo de empleados llevara flores y tarjetas a Carmen Montero, como gesto de buena voluntad de la empresa. Sebastián no fue —dijo que tenía juntas—, pero aprobó la lista de visitantes. Sofía estaba en ella. Valentina no.
Valentina se enteró por Carolina.
—Van a ir como diez personas. Sofía, gente de administración, el equipo de relaciones públicas... ¿Quieres que pregunte si puedes ir?
—No. Está bien.
No estaba bien.
Pero a las cuatro de la tarde, Valentina se encontró caminando por el pasillo del Hospital Ángeles con un ramo de flores que había comprado en el puesto de la esquina —no girasoles, no podía llevar girasoles a Carmen Montero— sino margaritas blancas, simples, inofensivas.
Se detuvo frente a la habitación 412.
La puerta estaba entreabierta. Adentro, Carmen estaba recostada contra las almohadas con la bata del hospital y una manta tejida sobre las piernas. Y sentada en la silla junto a la cama, con la mano de Carmen entre las suyas, estaba Sofía.
Carmen hablaba. Su voz tenía un tono que Valentina no le había escuchado jamás: suave, cálido, con esa cadencia que tienen las madres cuando le cuentan algo a una hija.
—...y Lucía tenía cinco años. Se metió al jardín descalza después de la lluvia y se resbaló en el lodo. Llegó a la cocina toda embarrada, riéndose, con un girasol en la mano que había arrancado de la maceta de la vecina. Y me dijo: "Mami, te traje un sol." —Carmen sonrió. Las arrugas alrededor de sus ojos se suavizaron y por un instante pareció diez años más joven—. Desde ese día, los girasoles fueron su flor.
Sofía le apretó la mano.
—Qué bonito, señora Carmen.
—Ay, mija, no me digas señora. Dime Carmen.
Mija.
Carmen le dijo "mija" a Sofía Delgado.
La misma Carmen que una semana antes le había dicho a Valentina "mi hija murió por tu culpa" acababa de llamar "mija" a una desconocida porque se parecía a la hija que perdió.
Valentina retrocedió un paso. Las margaritas temblaron en su mano. Sintió algo en el estómago que no era enojo ni celos —o tal vez era ambos, mezclados con algo más antiguo: la certeza de que nunca iba a ser suficiente. No importaba cuántos girasoles llevara a la tumba de Lucía, cuántas cartas dejara entre los tallos, cuántos años pasara cargando con la culpa. Carmen nunca la iba a mirar como estaba mirando a Sofía. Porque Sofía tenía la cara correcta. Y Valentina tenía la cara que le recordaba todo lo que salió mal.
Se dio la vuelta antes de que nadie la viera. Caminó por el pasillo con las margaritas contra el pecho y los ojos fijos en el piso de linóleo. Pasó junto a enfermeras, junto a camillas, junto a un niño que lloraba en brazos de su madre. No se detuvo hasta llegar al estacionamiento, donde el aire frío de la tarde le golpeó la cara como una bofetada necesaria.
Dejó las margaritas en una banca. No las quería. No las necesitaba. Nadie las esperaba.
Sacó el celular y le escribió a Andrés.
"¿Puedes pasar por mí?"
"Ya voy. 15 min."
Andrés llegó en doce. Su auto —un Tsuru viejo que él cuidaba como si fuera un Mercedes— se estacionó frente al hospital y Valentina subió sin decir nada. Se puso el cinturón, se recargó contra la ventana y cerró los ojos.
Andrés no preguntó. Condujo en silencio por Periférico hasta que el tráfico los obligó a detenerse en un alto eterno a la altura de San Ángel.
—A veces siento que soy la villana de esta historia —dijo Valentina sin abrir los ojos.
Andrés la miró. La luz del semáforo le pintaba la cara de rojo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque todo el mundo me trata como si lo fuera. Carmen me odia. Sebastián no sabe si odiarme o ignorarme. Y ahora llega una chica que se parece a Lucía y de pronto todos la quieren, todos la abrazan, todos le dicen "mija"... —Se le quebró la voz—. Y yo llevo cinco años pidiendo perdón y nadie me ha dicho "mija" ni una sola vez.
El semáforo cambió a verde. Andrés no arrancó. El auto de atrás les tocó el claxon. Andrés siguió sin moverse.
—No eres la villana, Vale. —Su voz era firme, baja, con esa certeza tranquila que solo tienen las personas que han pensado mucho antes de hablar—. Eres la que más ha sufrido.
Valentina abrió los ojos. Lo miró. Andrés tenía las manos en el volante y la vista al frente, pero la mandíbula apretada, como si estuviera conteniendo algo que quería decir desde hacía mucho tiempo.
El auto de atrás volvió a tocar el claxon. Andrés arrancó.
No dijo nada más en todo el camino a Coyoacán. Cuando llegaron al edificio de Valentina, ella se quitó el cinturón y lo miró.
—Gracias, Andrés.
—No me des las gracias. Dame de cenar.
Valentina soltó algo que se parecía a una risa.
—Tengo huevos y tortillas.
—Perfecto.
Subieron. Andrés se sentó en el banquito de la cocina mientras Valentina preparaba quesadillas en el comal. Comieron en silencio, con el noticiero de fondo y el gato callejero maullando en la azotea. Cuando terminaron, Andrés lavó los platos sin que ella se lo pidiera, se despidió con un golpecito en el hombro y se fue.
Valentina cerró la puerta. Se recargó contra ella.
A las once de la noche, su celular vibró. Un mensaje de un número que ya conocía pero que seguía sin guardar.
Era Sebastián:
"¿Fuiste al hospital."
No era pregunta. No tenía signos de interrogación. Era una afirmación. Él sabía.
Valentina no respondió.
Diez minutos después, otro mensaje:
"Mi madre no sabe lo que hace."
Y luego, casi inmediatamente:
"Pero eso no significa que tenga razón."
Valentina leyó los mensajes tres veces. Después cerró el celular y lo puso boca abajo en la mesa de noche.
Esa noche, en la residencia de Las Lomas, Carmen llamó a Sebastián desde el hospital. Su voz sonaba cansada pero con una lucidez calculada que Sebastián reconoció al instante: era la voz que usaba cuando quería algo.
—Mijo, soñé con Lucía.
Sebastián cerró los ojos.
—Mamá...
—Ella quería verte feliz. Lo sé. —Una pausa dramática—. Los Villanueva tienen una hija. Regina. Tu hermana la habría aprobado.
Sebastián apretó el celular. La imagen de Valentina sentada en su auto, diciéndole la verdad sobre la paroxetina con esa voz baja que no pedía compasión, le cruzó la mente como un relámpago.
—Buenas noches, mamá.
Colgó antes de que Carmen pudiera decir otra cosa.
Se quedó de pie en su departamento de Polanco, con las luces de la ciudad brillando al otro lado del ventanal y el fantasma de su hermana flotando entre cada decisión que no se atrevía a tomar.