Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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La primera sombra
El amanecer llegó envuelto en una extraña calma.
Los primeros rayos del sol iluminaron las altas torres del palacio imperial mientras los invitados comenzaban a prepararse para regresar a sus respectivos imperios.
Los carruajes eran cargados con documentos, mapas y provisiones.
Los soldados revisaban por última vez sus armas.
Los mensajeros aguardaban las órdenes que serían enviadas a todos los rincones del continente.
La Alianza Continental ya era una realidad.
Y ahora comenzaba el verdadero trabajo.
En uno de los salones principales, Serafis había convocado una reunión mucho más reducida.
Solo estaban presentes el emperador, la emperatriz, la exemperatriz, Edward, Simone, Dominic, Sacha, Sarai y algunos de los archimagos del Templo.
Sarai aprovechó para entregarle a Sacha un sobre dentro de este había una carta y un collar que era parte de la familia Echeverría ese collar era heredado de generación en generación y en la carta explicaban algunas cosas.
No profundizó solo le dijo esto te pertenece y le dijo que se pusiera el collar y nunca se lo quitará.
Después le dijo a seraphis que prosiguiera con lo que estaba pautado aunque todos querían saber de qué se trataba todo eso.
Nadie le preguntó.
Todos voltearon.
Sobre la mesa descansaban varios manuscritos antiguos.
Algunos pertenecían al Templo.
Otros habían sido llevados desde Asteria por orden de Sarai.
Ella pensó que por alguna razón lo iban a necesitar.
El Sacerdote Supremo abrió uno de los pergaminos con sumo cuidado.
—Durante siglos estos textos fueron considerados simples leyendas. Hoy sabemos que contienen parte de la verdad.
Uno de los magos señaló un dibujo.
Era una criatura alada con un cuerpo casi humano.
Su rostro estaba cubierto por una máscara de hueso.
—Los primeros Heraldos.
Serafis asintió.
—Según estos registros, no nacieron como monstruos. Alguna vez fueron personas.
Un pesado silencio invadió la sala.
Simone sintió un escalofrío.
—¿Personas...?
—Sí.
Respondió Serafis.
—Personas que entregaron voluntariamente su humanidad a Mephus.
Sacha observó el dibujo con atención.
Aquella criatura se parecía demasiado al Heraldo que habían enfrentado cinco años atrás.
Sin embargo...
Había una diferencia.
—Sus alas.
Todos la miraron.
Sacha señaló la ilustración.
—Estas tienen solo un par de alas.
El que enfrentamos tenía cuatro.
Los archimagos comenzaron a revisar rápidamente otros manuscritos.
Uno de ellos abrió un libro casi deshecho por el tiempo.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Aquí hay una explicación.
Serafis tomó el libro.
Leyó durante unos segundos antes de levantar la vista.
—Mientras más energía vital consumen...
Más evolucionan.
El ambiente volvió a tensarse.
Dominic cruzó los brazos.
—Entonces el Heraldo que enfrentamos hace cinco años era mucho más fuerte que los primeros.
—Exactamente.
Respondió Serafis.
—Y si han seguido alimentándose durante todo este tiempo...
Es posible que ya existan Heraldos incluso más poderosos.
Las palabras cayeron como una losa sobre todos los presentes.
Mientras tanto...
A varios kilómetros del palacio...
Un pequeño pueblo despertaba como cualquier otro día.
Los comerciantes abrían sus puestos.
Los niños corrían por las calles.
Los campesinos comenzaban su jornada.
Nadie imaginaba que estaban siendo observados.
Muy por encima de las nubes...
Tres figuras permanecían suspendidas en el aire.
Sus enormes alas negras apenas se movían.
Uno de ellos contemplaba el pueblo con absoluto desinterés.
—¿Cuántos?
preguntó una voz femenina.
El más alto respondió.
—Solo necesitamos cien.
No más.
No queremos llamar demasiado la atención.
La mujer sonrió.
—Entonces terminemos rápido.
Las tres figuras descendieron.
No hicieron ruido.
Pero lanzaron hechizos.
No destruyeron edificios.
Simplemente...
Entraron en el pueblo.
Y todas las personas se amontonaron en un solo sitio.
En el palacio imperial, la reunión continuaba en la tarde.
Sarai permanecía casi en silencio.
Todavía observaba a Sacha.
No había podido hablar con ella a sola desde la noche anterior.
La exemperatriz notó su preocupación.
—Dale tiempo.
Ella levantó la mirada.
—Lo haré.
Pero no pienso irme sin hablar con ella otra vez.
La exemperatriz sonrió.
—Eso habría dicho Sarah.
Antes de que la conversación pudiera continuar, la puerta del salón se abrió de golpe.
Un caballero del Templo entró jadeando.
Su armadura estaba cubierta de polvo.
—¡Sacerdote Supremo!
¡Acaba de llegar un mensaje urgente!
Serafis tomó el pergamino.
Apenas comenzó a leerlo, su expresión cambió por completo.
Dominic dio un paso al frente.
—¿Qué ocurrió?
Serafis levantó lentamente la vista.
—Otro ataque.
Sacha sintió un vuelco en el estómago.
—¿Dónde?
—A menos de medio día de este palacio.
Todos se pusieron de pie al mismo tiempo.
El emperador frunció el ceño.
—Eso es imposible.
Hemos reforzado toda esta región.
El caballero negó.
—No atacaron una ciudad.
Fue un pequeño pueblo agrícola.
No encontramos a nadie.
Pero los guardias siguen buscando.
Sacha apretó los puños.
Aquello ya no era una advertencia.
Los Heraldos se estaban acercando.
Y lo estaban haciendo deliberadamente.
Como si quisieran demostrar que podían atacar incluso a las puertas del Imperio.
Serafis enrolló lentamente el pergamino.
—Dominic.
Reúne inmediatamente a la Orden Imperial.
—Sí.
—Edward.
Moviliza a los magos de la Guardia Real.
—Entendido.
Serafis dirigió finalmente la mirada hacia Sacha.
—Necesito que vengas conmigo.
Ella asintió.
—¿Al lugar del ataque?
—Sí.
Quiero que veas algo con tus propios ojos.
Sacha no hizo más preguntas.
Una extraña sensación recorría todo su cuerpo.
Era la misma que había sentido cinco años atrás.
La presencia de los Heraldos.
No podía explicarlo.
Pero cada vez que ellos aparecían...
Algo dentro de ella reaccionaba.
Como si una fuerza antigua intentara despertarla.
Y esa sensación solo significaba una cosa.
Los Heraldos ya estaban demasiado cerca.