Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 9- Aplausos y espectatiba
El salón principal del hotel había alcanzado su punto álgido. Las conversaciones se entremezclaban en un murmullo constante, las copas chocaban en brindis improvisados y el ambiente vibraba con esa energía única que solo una noche antes de una gran carrera podía generar. Los corredores, patrocinadores y figuras del automovilismo se movían entre las mesas como piezas de un tablero bien engrasado.
Dylan estaba de vuelta en su mesa, acompañado de Nathan y algunos de sus compañeros de equipo. Ricardo, Hugo y Marcos seguían bromeando, pero sus miradas se desviaban de vez en cuando hacia el escenario, donde el anfitrión del evento, un hombre de cabello plateado y sonrisa profesional llamado Antonio Herrera, se preparaba para tomar la palabra.
—Señoras y señores, si me permiten un momento de su atención —dijo Antonio, alzando una mano para calmar el murmullo—. La velada está en su punto más interesante, y tengo el placer de anunciar algo que muchos de ustedes estaban esperando.
El salón se fue silenciando poco a poco. Los invitados giraron sus rostros hacia el escenario, las copas quedaron suspendidas en el aire, y una expectativa palpable llenó el ambiente.
—Como saben, esta edición de la carrera ha reunido a algunos de los mejores pilotos del mundo —continuó Antonio, con una sonrisa amplia—. Pero hay una incorporación de último momento que ha generado mucho interés entre los organizadores y los patrocinadores.
Dylan se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Nathan, a su lado, mantenía una expresión serena, aunque su mirada recorría el escenario con la atención de quien no se pierde ningún detalle.
—Esta noche, tengo el honor de presentarles a un corredor que ha llegado desde muy lejos para unirse a la competencia —dijo Antonio, haciendo una pausa dramática—. Alguien que, aunque nuevo en nuestro circuito, ya ha dejado huella en otras pistas alrededor del mundo. Una promesa del automovilismo internacional. Les presento a...
Antonio extendió el brazo hacia un lado del escenario, y las luces se dirigieron hacia una figura que emergía de entre las sombras.
—...Alessandro Rossi.
El hombre que subió al escenario era exactamente el mismo que Dylan había visto en la mesa de bocadillos. Alto, de piel clara, cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás. Pero ahora, ya no llevaba el antifaz. Su rostro quedaba al descubierto, revelando facciones afiladas y simétricas, una mandíbula bien definida y unos ojos azules tan intensos que parecían brillar bajo la luz del escenario. Era, sin duda, un hombre guapo. Atractivo de una manera que no era estridente, sino elegante, casi hipnótica.
El público aplaudió con entusiasmo mientras Alessandro caminaba hacia el centro del escenario, saludando con una leve inclinación de cabeza. Su sonrisa era cortés, profesional, pero no del todo fría. Había en ella un destello de algo más, algo que Dylan no pudo identificar del todo.
—Bienvenido, Alessandro —dijo Antonio, estrechando su mano—. ¿Puedes contarnos un poco sobre ti y qué te trae a esta competencia?
Alessandro tomó el micrófono con naturalidad, su voz suave y con un ligero acento italiano que encajaba perfectamente con el nombre que le habían dado.
—Gracias por la cálida bienvenida —dijo, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Vengo de Italia, como algunos ya habrán adivinado por el acento. He corrido en varias pistas europeas, pero esta es mi primera vez en España, y debo decir que estoy emocionado de competir contra pilotos tan talentosos como los que veo aquí esta noche.
—¿Y qué nos puedes decir sobre tu estilo de conducción? —preguntó Antonio, con el tono de quien sabe que está dando carnaza a la prensa.
Alessandro inclinó ligeramente la cabeza, como si pensara en la respuesta. —Diría que soy... impredecible. Me gusta tomar riesgos calculados. No soy de los que se quedan atrás esperando que el error de otro les dé ventaja. Prefiero crearla yo mismo.
El público aplaudió de nuevo, y algunos corredores intercambiaron miradas entre ellos. Un piloto nuevo, de Italia, con ese tipo de declaraciones siempre despertaba interés. Y curiosidad.
Dylan, por su parte, observaba con atención. El hombre que había conocido en la mesa de bocadillos ahora tenía un nombre, una nacionalidad, una historia. Y aunque todo parecía encajar, algo en su interior seguía sintiendo esa pequeña punzada de curiosidad que no sabía explicar. Quizás era el hecho de que lo había visto primero con el antifaz. Quizás era la forma en que se movía, tan seguro de sí mismo. O quizás era solo que no estaba acostumbrado a que alguien nuevo irrumpiera en el circuito con tanta confianza.
—¿Qué opinas? —preguntó Nathan en voz baja, inclinándose hacia Dylan.
Dylan se encogió de hombros, sin apartar la mirada del escenario. —Parece seguro de sí mismo. Eso siempre es interesante.
—¿O peligroso? —sugirió Nathan, con un tono que intentaba ser neutro.
Dylan lo miró, divertido. —¿Celoso, señor Liu?
—Precavido —corrigió Nathan, con una sonrisa apenas esbozada—. Hay una diferencia.
—Claro que sí —respondió Dylan, con ironía—. Como la diferencia entre "precavido" y "territorial".
Nathan no respondió, pero su mano encontró la de Dylan bajo la mesa, apretándola con firmeza.
En el escenario, la presentación continuó. Alessandro respondió algunas preguntas más sobre su trayectoria, evitando dar demasiados detalles sobre sus equipos anteriores o sus resultados más destacados. Era hábil con las palabras, Dylan tuvo que admitirlo. Sabía cómo mantener el interés sin revelar demasiado.
—Y para terminar —dijo Antonio, con su sonrisa de presentador experimentado—, ¿tienes algún mensaje para tus futuros rivales?
Alessandro tomó el micrófono, y por un instante, sus ojos recorrieron el salón como si estuviera buscando a alguien. Cuando sus miradas se encontraron con las de Dylan, por una fracción de segundo, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. Luego, volvió a mirar al público.
—Solo diré que espero que estén listos —dijo, con un tono que mezclaba confianza y un toque de misterio—. Porque no pienso hacerlo fácil para nadie.
El público aplaudió, y algunos silbidos de aprobación se escucharon entre las mesas. Alessandro hizo una leve reverencia y se retiró del escenario, perdiéndose entre bastidores mientras las luces volvían a iluminar el salón.
La conversación en la mesa de Dylan se reanudó con renovado interés.
—¿Qué opinan del italiano? —preguntó Marcos, sirviéndose más vino.
—Parece buen piloto —dijo Hugo—. Pero todos lo dicen antes de correr. Veremos mañana si tiene madera.
—Tiene pinta de creerse mucho —añadió Ricardo, con un gesto de desdén—. Ese tipo de corredores suelen estrellarse antes de la segunda curva.
—O ganar —intervino Dylan, encogiéndose de hombros—. Nunca se sabe.
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La mañana amaneció fresca en el circuito de Jerez, con un cielo despejado que prometía una jornada perfecta para la competición. El sol comenzaba a calentar el asfalto, y el aire olía a gasolina, caucho y emoción. Era el tipo de mañana que cualquier piloto soñaba: condiciones ideales, público ansioso, y la adrenalina corriendo por las venas antes de que los motores siquiera rugieran.
El paddock era un hervidero de actividad. Mecánicos corrían de un lado a otro con herramientas y neumáticos, ingenieros revisaban tablets con datos de telemetría, y los pilotos de cada equipo se movían entre sus monoplazas con la concentración grabada en sus rostros. Las banderas de los diferentes países ondeaban sobre los boxes, y el sonido de los motores de prueba resonaba de fondo, como una sinfonía que anunciaba el espectáculo que estaba por venir.
Dylan había llegado temprano, como siempre. Llevaba su mono de carreras medio abierto, con las mangas atadas a la cintura, y unas gafas de sol oscuras que ocultaban sus ojos, pero no la sonrisa que se dibujaba en su rostro al sentir el ambiente. Caminaba con paso seguro hacia el box de su equipo, el número 24 brillando en la parte trasera de su mono, cuando una voz familiar lo detuvo en seco.
—¡Dylan, desgraciado!
Se giró, y allí estaban ellos. Valeria y Lucas, de pie junto a la valla de seguridad, con sonrisas tan amplias que iluminaban todo el paddock. Valeria llevaba un vestido ligero y unas gafas de sol que le daban un aire de directora de museo de vacaciones, mientras Lucas, con su característico desorden, agitaba los brazos como si estuviera saludando a un rockstar.
—¡No mames! —exclamó Dylan, corriendo hacia ellos—. ¿Qué hacen aquí?
—¿Qué crees? —respondió Valeria, abrazándolo con fuerza—. Vinimos a verte romperla, idiota.
—¡Y a cobrarte la cena que nos debes! —añadió Lucas, dándole una palmada en la espalda—. ¿Crees que porque eres famoso te vas a librar de nosotros?
Dylan soltó una carcajada, sintiendo un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el sol. Ver a sus dos amigos después de tanto tiempo era como un respiro en medio de la presión de la carrera. No importaba cuánto éxito tuviera, ni cuántas vueltas ganara; ellos siempre serían su ancla.
—¿Cómo sabían que estaba aquí? —preguntó Dylan, mirando a ambos con una mezcla de sorpresa y gratitud.
—Lucas no dejaba de seguirte en redes sociales —dijo Valeria, con una sonrisa burlona—. Cuando vio que estabas en España, no paró hasta conseguir entradas.
—¡No fue tan difícil! —se defendió Lucas—. Mi padre tiene contactos con los patrocinadores. Y además, ¿cómo íbamos a perdernos tu primera carrera grande en Europa?
Dylan negó con la cabeza, pero no podía dejar de sonreír. —Son unos idiotas. Los mejores idiotas del mundo.
—Eso ya lo sabemos —respondió Valeria, guiñándole un ojo—. Ahora ve a hacer lo que sabes hacer. Nosotros estaremos en las gradas, gritando como locos.
—Y si no ganas —añadió Lucas, con fingida seriedad—, te vamos a cobrar el doble.
—No me lo pongan difícil —bromeó Dylan—. Ya bastante presión tengo con los otros pilotos.
Se despidieron con otro abrazo rápido, y Dylan se encaminó hacia su box, sintiendo una energía renovada. Saber que sus amigos estaban allí, viéndolo, le daba un impulso extra. No era que necesitara motivación para correr, pero tener a su gente cerca siempre hacía la diferencia.
En el box, el equipo ya estaba en pleno movimiento. Los mecánicos revisaban los neumáticos, ajustaban la suspensión y verificaban cada componente del monoplaza con una precisión casi quirúrgica. Sebastian Kovač, el jefe de equipo, estaba de pie junto al coche, con los brazos cruzados y una expresión seria que solo se suavizó cuando vio a Dylan acercarse.
—Llegas justo a tiempo —dijo Sebastian—. Los tiempos de clasificación fueron buenos, pero la carrera es lo que importa. ¿Cómo te sientes?
Dylan se quitó las gafas y las colgó en el cuello de su mono. —Listo. El coche responde bien, y el circuito lo conozco lo suficiente como para no cometer errores tontos.
—Eso espero —respondió Sebastian, con una sonrisa apenas esbozada—. Porque el italiano, Rossi, ha estado marcando tiempos impresionantes en los entrenamientos. No subestimes a los novatos.
—No lo hago —dijo Dylan, aunque el nombre de Alessandro Rossi le hizo recordar la noche anterior, la presentación, el antifaz, esa mirada que parecía ver más allá de lo evidente—. Pero tampoco les tengo miedo.
Sebastian asintió, satisfecho con la respuesta. —Esa es la actitud. Ahora ve a ponerte el casco. La carrera comienza en menos de una hora.
morí olvidada reviví intocable 🤭