✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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La brecha de la barricada se estaba convirtiendo en una tumba de piedra. Lysandra sentía los brazos pesados como el plomo. Su espada corta de acero fino estaba mellada, y la magia de luz de su mano izquierda apenas brotaba como un parpadeo débil. A su alrededor, solo quedaban treinta soldados en pie. Mael luchaba de rodillas, con el escudo partido en dos y la frente cubierta de sangre.
Una bestia acorazada de Umbralia, con cuernos de hueso y ojos morados encendidos, avanzó rugiendo hacia la princesa. Lysandra intentó ponerse en guardia, pero sus piernas no respondieron a tiempo debido al agotamiento. Cerró los ojos por un breve segundo, aferrándose al recuerdo del beso de Kaelith en la carpa, dispuesta a recibir el impacto.
¡BOM! ¡BOM!
Un sonido profundo, grave y completamente ajeno a los tambores de las sombras cruzó el cañón. Era el retumbar de grandes cuernos de guerra de bronce. El eco era tan potente que hizo vibrar las paredes de roca negra, congelando la marcha del ejército de Umbralia por un instante.
Desde la retaguardia del campamento, más allá de las colinas de piedra, una lluvia de flechas con puntas de escarcha mágica cubrió el cielo. Los proyectiles impactaron directamente en la masa de monstruos. Al tocar el humo negro, las flechas estallaron en ráfagas de hielo azul que congelaron instantáneamente a decenas de criaturas, rompiéndolas en mil pedazos de cristal oscuro.
—¡Es la vanguardia del norte! —gritó el sargento veterano, señalando hacia los senderos altos del cañón—. ¡Los refuerzos llegaron!
Por el camino secundario que conectaba con el puerto del norte, cientos de jinetes con armaduras de acero brillante y capas de piel blanca bajaron al galope. Liderando la carga, montado sobre un enorme semental blanco blindado, iba el príncipe heredero de Zephyria. El prometido de Lysandra sostenía una lanza de hielo rúnico, abriéndose paso entre las debilitadas líneas de Umbralia con una facilidad pasmosa.
En menos de veinte minutos, la caballería del norte aplastó a la retaguardia enemiga. Las criaturas de las sombras, al verse superadas en número y congeladas por la magia de escarcha, comenzaron a retirarse desordenadamente hacia el Río de Ceniza, abandonando el asedio del campamento.
La batalla había terminado. La victoria era de Aethelgard, pero el precio político acababa de cobrarse.
El silencio volvió al cañón, roto solo por los lamentos de los heridos y los pasos pesados de los caballos del norte. Los soldados de la capital comenzaron a asegurar el perímetro, instalando antorchas de hielo mágico para evitar que la niebla de Umbralia regresara.
Lysandra envainó su espada corta con las manos temblorosas. Se limpió el sudor y la ceniza de la frente con el brazo, intentando recuperar su postura real mientras el príncipe de Zephyria desmontaba de su caballo y avanzaba hacia ella. El noble no tenía ni una sola mancha de barro en su armadura plateada.
—Princesa Lysandra —habló el príncipe, quitándose el casco con un movimiento elegante que dejó ver su cabello rubio peinado con esmero—. Cuando el consejo de ministros descubrió que usted había huido del palacio en mitad de la noche, casi cancelamos el tratado. Su padre estaba desesperado. Tuve que tomar a mi guardia personal y marchar hacia el sur antes de tiempo para buscarla.
Lysandra enderezó la espalda, forzando su máscara de frialdad diplomática, aunque por dentro sentía una punzada de rabia.
—Agradezco la oportuna intervención de sus tropas, príncipe —respondió Lysandra, manteniendo la distancia formal—. Como puede ver, el cañón del sur estaba a punto de caer. Si no hubiera venido yo misma a sostener la línea, sus soldados del norte habrían encontrado solo un cementerio de ceniza y un camino libre para que Umbralia atacara su propia flota en el puerto.
El príncipe sonrió con una arrogancia condescendiente, dando un paso más hacia ella y extendiendo una mano para tocar el hombro de la princesa. Lysandra resistió el impulso de apartarse de un golpe.
—Es usted una mujer valiente, de eso no hay duda —dijo el noble, mirándola con una mezcla de admiración y posesión—. Pero su lugar no está en el lodo con la infantería. Una futura reina del norte no debe arriesgar su vida de esta manera. Los carruajes reales llegarán mañana. Regresaremos a la capital de inmediato para celebrar la boda. El imperio está a salvo gracias a nuestra alianza.
Desde la entrada de la carpa médica, oculta entre las sombras de la lona y apoyada en el hombro de Mael, Kaelith observaba la escena. Su costado izquierdo aún sangraba levemente a través del vendaje, pero el dolor estaba en sus ojos oscuros al ver al príncipe extranjero tan cerca de Lysandra.
Kaelith vio cómo el noble miraba a la princesa, como si fuera un trofeo ganado en una batalla, y sintió que el frío del veneno regresaba a su pecho, esta vez transformado en una amargura insoportable. Recordó el beso de hace una hora, las promesas susurradas en la carpa, y se dio cuenta de que el juego de la política se había vuelto a armar a su alrededor en un abrir y cerrar de ojos.
Lysandra, sintiendo una mirada fija sobre ella, giró la cabeza levemente hacia la retaguardia. Sus ojos verdes se cruzaron con los de Kaelith. Fue un segundo de pura agonía silenciosa. La princesa quería correr hacia la carpa, quería apartar al príncipe de un empujón y decirle a todo el ejército que su corazón pertenecía a su general herida. Pero sabía que si lo hacía ahora, frente a los soldados del norte, el príncipe retiraría sus tropas, el tratado se rompería y Umbralia regresaría para destruir lo que quedaba del imperio.
Tenía que seguir jugando el juego, aunque las promesas rimaran con dolor.
Lysandra bajó la mirada, retirando su hombro del contacto del príncipe de forma sutil pero firme.
—Primero debemos asegurar el traslado de los heridos, príncipe —dijo la princesa, con la voz fría como el hielo del norte—. La general Kaelith y sus hombres defendieron este cañón durante días sin refuerzos. Exijo que las medicinas de su flota sean entregadas al campamento médico de inmediato. No me iré de este lugar hasta saber que mis soldados están a salvo.
El príncipe de Zephyria arqueó una ceja, mirando hacia la carpa médica de reojo, donde Kaelith permanecía inmóvil. El noble notó la tensión en el aire, la forma en que la general sostenía la mirada con un orgullo que no se doblegaba ante su título real. El príncipe soltó una pequeña risa seca y asintió.
—Como desee, mi princesa —dijo el noble, dándole la espalda a las carpas—. Daré las órdenes. Pero empaque sus cosas. Mañana al amanecer, usted regresará al palacio conmigo. La corte la espera para coronarla.
El príncipe caminó hacia sus capitanes, comenzando a organizar el campamento según las leyes del norte.
Lysandra se quedó sola en mitad de la barricada de piedra destrozada. El sol del finalmente rompió las nubes grises, iluminando el cañón con una luz blanca que resultaba dolorosa. Miró de nuevo hacia la carpa, pero Kaelith ya se había retirado al interior, dejando la lona cerrada detrás de ella.
La princesa apretó los puños, sintiendo el papel de la carta contra su pecho. Había salvado la vida de Kaelith, sí, pero ahora la guerra se trasladaba de regreso a las Torres de Marfil, y el enemigo ya no usaba magia de humo, sino contratos firmados con oro y sangre.