Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 19
Me quedé inmóvil unos segundos.
No porque fuera famoso.
No porque fuera millonario.
Sino porque era exactamente como en las fotografías.
Más alto de lo que imaginaba.
Mucho más.
Estaba sentado al otro lado de aquella enorme mesa de cristal oscuro, con una postura relajada pero dominante, como si todo el lugar le perteneciera.
Y probablemente le pertenecía.
Su traje negro parecía hecho a la medida. La camisa blanca estaba perfectamente acomodada. El reloj que llevaba debía costar más que todo lo que yo había tenido en mi vida.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.
Verdes.
Extrañamente verdes.
De esos que parecían observar más de lo que decían.
Por un momento nuestras miradas se cruzaron.
Y no apartó la vista.
Tampoco yo.
—Bien, ya estamos todos —dijo Saúl entrando primero.
Mateo se puso de pie.
Truey también.
—Saúl, un gusto volver a verte.
—Igualmente.
Se estrecharon las manos.
Después Saúl sonrió y me señaló.
—Y les presento a mi arquitecta junior. Mi aprendiz. La persona que estará trabajando conmigo durante este proyecto.
Todos me miraron.
Intenté actuar normal.
—Mucho gusto —dije sonriendo—. Israel Martínez.
Mateo extendió la mano.
—Mateo Escalante.
Su voz era grave.
Tranquila.
Segura.
Le estreché la mano.
Su mirada seguía fija en mí.
—Un placer, señor Escalante.
—El placer es mío, señorita Martínez.
No sonrió.
Pero algo en sus ojos pareció hacerlo.
Después giré hacia el hombre que estaba junto a él.
Y entonces casi me da risa.
—¿Tú?
Truey soltó una carcajada.
—¡Isa!
Mateo levantó una ceja.
Saúl nos observó confundido.
—¿Se conocen?
—Un poco —respondió Truey divertido.
—Un poco, dice —contesté cruzándome de brazos.
—Bueno, bastante.
—Me tiraste en medio del campus.
—Y tú me culpaste.
—Porque fue tu culpa.
—Eso nunca se comprobó.
Saúl soltó una risa.
—Ahora entiendo.
Mateo observaba la escena en silencio.
—¿Son amigos? —preguntó.
—Todavía no estoy segura —contesté.
—Eso duele, Isa.
—Sobrevivirás.
Truey se llevó una mano al pecho fingiendo estar herido.
—Qué cruel eres.
—Y tú demasiado hablador.
—Eso me lo dicen seguido.
La reunión comenzó poco después.
Durante casi una hora hablaron de presupuestos, dimensiones, materiales y proyecciones.
Mateo era completamente distinto cuando trabajaba.
Serio.
Directo.
Calculador.
Cada vez que hablaba todos escuchaban.
No levantaba la voz.
No necesitaba hacerlo.
—Quiero que este hotel sea diferente a todo lo que existe actualmente —explicó mientras señalaba algunas imágenes en la pantalla—. No quiero otro edificio bonito. Quiero una experiencia.
Saúl asintió.
—Continúa.
—Quiero un centro comercial integrado.
Áreas verdes.
Restaurantes.
Jardines interiores.
Espacios que hagan sentir a las personas que están viajando sin salir del edificio.
Mientras hablaba yo tomaba notas.
Muchas notas.
Demasiadas.
Y sin darme cuenta terminé observándolo más a él que a la pantalla.
La forma en que movía las manos.
La seguridad con la que hablaba.
La forma en que todos parecían seguirle el ritmo.
Entonces ocurrió.
Mateo giró la cabeza.
Y me descubrió observándolo.
Nuestros ojos se encontraron.
Otra vez.
—Señorita Martínez.
Casi salto de la silla.
—¿Sí?
—¿Qué opina del jardín suspendido?
Todos me miraron.
Perfecto.
Qué momento para distraerme.
Enderecé la espalda.
—Creo que depende del espacio estructural disponible.
Si los cálculos permiten soportar la carga adicional podría convertirse en uno de los elementos más llamativos del proyecto.
Además generaría una sensación de exclusividad para los huéspedes.
Mateo me observó durante unos segundos.
—Interesante.
—Gracias.
—Coincido.
Saúl sonrió orgulloso.
—Por eso la elegí.
Yo bajé la vista a mis apuntes para disimular.
La reunión terminó una hora después.
Saúl recibió una llamada urgente.
—Necesito ir un momento al baño antes de la siguiente junta.
Israel, despídelos por favor.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué yo?
—Porque trabajas aquí.
—Llevo una hora trabajando aquí.
—Ya es suficiente experiencia.
Y se fue.
Lo vi desaparecer por el pasillo.
Traidor.
Cuando volví la vista estaban los dos observándome.
Mateo seguía igual de serio.
Truey estaba claramente divirtiéndose.
—Bueno... —dije—. Fue un gusto conocerlos.
Espero verlos pronto para revisar los primeros bocetos.
—Lo mismo digo —respondió Mateo.
Truey se acercó inmediatamente.
—Qué casualidad encontrarte otra vez.
—Empiezo a preocuparme.
—¿Por qué?
—Porque apareces demasiado.
—Eso significa que el destino está haciendo su trabajo.
—O que tú me estás siguiendo.
—No descartes ninguna de las dos.
Le di un pequeño empujón en el hombro.
Truey soltó una carcajada.
Después se inclinó un poco hacia mí.
—Aunque siendo sincero...
—¿Qué?
—El rubio te queda muchísimo mejor.
Rodé los ojos.
—Gracias.
—Y esos lentes también.
—Gracias.
—Y...
—Truey.
—¿Sí?
—Ya.
—Solo intento ser amable.
—Lo intentas demasiado.
—Es uno de mis defectos.
Mateo observaba la conversación desde unos pasos atrás.
Sin intervenir.
Sin sonreír.
Sin decir nada.
Pero observando.
Entonces Truey volvió a acercarse.
—¿Quieres saber algo curioso?
—¿Qué cosa?
—Cuando te vi en la universidad pensé que nunca volvería a encontrarte.
—Y aquí estamos.
—Y aquí estamos.
—La vida tiene un extraño sentido del humor.
—No tienes idea.
Mateo finalmente habló.
—Truey.
—¿Sí?
—Tenemos otra reunión.
—Ya voy.
—Ahora.
—Qué carácter.
Mateo ni siquiera respondió.
Solo lo miró.
Truey levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, jefe.
Me volvió a mirar.
—Nos vemos pronto, Isa.
—Adiós, Truey.
Después sus ojos brillaron con diversión.
—Y esta vez intenta no caerte.
—Lárgate.
—Eso sonó agresivo.
—Porque lo era.
Se echó a reír mientras caminaba hacia el elevador.
Mateo fue detrás de él.
Pero antes de entrar se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza.
Y me observó una última vez.
—Señorita Martínez.
—¿Sí?
—Tiene buenas ideas.
Parpadeé sorprendida.
—Gracias.
—Espero verlas reflejadas en el proyecto.
Y sin decir nada más, desapareció dentro del elevador.
Las puertas se cerraron.