En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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Capítulo 10
El otoño teñía los bosques de Oakhaven de un rojo que rivalizaba con la mirada de la Duquesa. En la fortaleza de Ironcliff, el ambiente ya no era de reclusión, sino de una ebullición vibrante. Con la economía floreciendo gracias a los tratados comerciales de Elowen y la seguridad garantizada por la manada de Caelum, el ducado se había convertido en el lugar más codiciado del imperio.
Alistair, en un intento desesperado por mantener una apariencia de control y espiar de cerca el "milagro del norte", envió una delegación de familias nobles leales a la corona bajo el pretexto de una "visita de cortesía de otoño". Lo que Alistair no sabía es que estaba enviando corderos al cubil de los lobos.
La recepción oficial se llevó a cabo en el Gran Salón de los Estandartes. Los nobles llegaron con sus hijas, jóvenes engalanadas con sedas capitalinas, todas con la misma idea grabada por sus padres: "El Duque es un monstruo desfigurado, pero es el hombre más rico del imperio. Sedúcelo, conviértete en su favorita y asegúranos un lugar en su mesa".
Cuando las puertas se abrieron, la expectativa era encontrar a un hombre oculto tras el platino, una figura sombría y retraída. Pero Caelum, siguiendo el consejo de Elowen, decidió que el tiempo de esconderse había terminado.
Caelum entró al salón con el paso firme de un depredador, vistiendo un jubón de cuero negro y plata que resaltaba su imponente estatura. No llevaba máscara.
Un suspiro colectivo recorrió el salón. La cicatriz estaba allí, sí: una línea plateada y rugosa que cruzaba desde su sien derecha hasta el borde de su mandíbula, pero lejos de hacerlo parecer un monstruo, le otorgaba un aire de masculinidad peligrosa y heroica. Su rostro era de una belleza ruda y esculpida, con pómulos altos y una mirada ámbar que parecía leer los pecados de todos los presentes. Era, sin duda, mucho más apuesto y varonil que el débil y pálido Alistair.
Elowen caminaba a su lado, luciendo un vestido de seda carmesí que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Ella notó de inmediato cómo las expresiones de las jóvenes nobles pasaban del horror fingido a la lujuria descarada.
—Parece que tu "monstruosidad" ha pasado de moda, mi amor —susurró Elowen al oído de Caelum, mientras se inclinaban ante los invitados—. Mira a la hija del Conde de Marlo; está a punto de desmayarse, y no creo que sea por el frío.
Caelum soltó una risa baja que vibró en el aire.
—Solo ven el oro y el poder, Elowen. Pero mi lobo solo siente el olor a perfume barato y ambición rancia. Me dan ganas de estornudar sobre sus encajes.
Durante el banquete, la baronesa de Valois (una prima lejana de Elowen que siempre la había despreciado) se acercó a la mesa presidencial con su hija, una chica rubia y de aspecto angelical llamada Seraphina.
—Excelencia —dijo la Baronesa, ignorando a Elowen con una maestría insultante—, es un milagro ver su rostro recuperado. Mi hija Seraphina ha pasado meses rezando por su salud. Ella es una experta en el laúd y en el arte de... consolar a los hombres que cargan con el peso del deber. En la capital, se dice que un hombre de su estatus no debería limitarse a una sola compañía, especialmente una tan... peculiar.
Caelum levantó una ceja, su mirada ámbar volviéndose gélida.
—¿Consolarme, Baronesa? Mi esposa no solo me consuela, sino que gestiona mis finanzas, diseña mis defensas y es la única que tiene permiso para tocar esta piel que usted tanto menciona.
¿Qué podría ofrecerme su hija que no sea un ruido de cuerdas y palabras vacías?
Seraphina intentó una mirada sugerente, dejando caer ligeramente el hombro de su vestido.
—Podría ofrecerle suavidad, mi señor. Y una descendencia que no tenga... ojos de color sangre.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Elowen dejó su copa de vino sobre la mesa con una lentitud que prometía violencia. Se levantó, rodeando la mesa hasta quedar frente a la joven. Elowen era más alta y su presencia llenaba el espacio con una autoridad que hacía que Seraphina pareciera una muñeca de trapo.
—Es curioso que hables de descendencia —dijo Elowen, su voz era como un cuchillo de hielo—. Porque para tener descendencia con un lobo, primero hay que sobrevivir a su cama. Y por lo que veo, tú te romperías antes de que Caelum siquiera se quitara las botas.
Elowen se inclinó hacia la chica, inhalando cerca de su cuello.
—Además, tu perfume contiene esencia de lirio del valle. Es una planta que, mezclada con el sudor de una mentirosa, produce una erupción muy desagradable. Si fuera tú, me iría a lavar ahora mismo antes de que mi esposo decida que tu "suavidad" es mejor para alimentar a sus perros de caza.
La chica palideció y retrocedió, tropezando con su propio vestido mientras su madre trataba de salvar la dignidad.
Más tarde, cuando los nobles se retiraron a sus aposentos con el rabo entre las piernas, Elowen y Caelum caminaron por los pasillos de la fortaleza.
—"Se rompería antes de que me quitara las botas", ¿eh? —Caelum la tomó del brazo y la empujó suavemente contra un tapiz, atrapándola entre sus brazos—. Te estás volviendo muy gráfica con tus amenazas, Duquesa.
Elowen enredó sus dedos en el cabello de él, tirando ligeramente para que la mirara.
—Me molesta la falta de originalidad, Caelum. Si van a intentar seducir a mi hombre, al menos deberían traer algo más que un escote y un laúd. Me pone de mal humor tener que defender lo que ya he marcado con mis propias garras.
Caelum enterró el rostro en su cuello, dejando un beso húmedo y caliente justo debajo de su oreja.
—Nadie puede quitarte lo que le pertenece al lobo, Elowen. Esas niñas son agua de lluvia; tú eres un océano de fuego. Pero admito que me gusta cuando sacas los colmillos por mí. Me hace sentir... muy necesitado de tu atención privada.
—¿Ah, sí? —Elowen soltó un gemido suave cuando sintió la mano de Caelum apretando su cadera con firmeza—. Pues parece que el Alfa va a tener que esforzarse mucho esta noche para compensar el mal rato que me hicieron pasar esas zorras nobles.
—Considera que el entrenamiento de esta noche será intensivo —susurró él, su voz cargada de una promesa morbosa—. No dejaré que duermas hasta que olvides incluso cómo se deletrea el nombre de esa baronesa. Quiero que solo puedas pronunciar el mío entre jadeos.
Mientras tanto, en una de las habitaciones de invitados, un espía enviado por Alistair intentaba enviar una paloma mensajera con un informe sobre la "curación" del Duque y la prosperidad de Oakhaven. Sin embargo, antes de que la paloma pudiera alzar el vuelo, una sombra se materializó en la ventana.
No era un hombre, sino un lobo de pelaje gris oscuro con ojos inteligentes. Con un movimiento rápido, el lobo interceptó a la paloma y miró al espía con una fijeza que le heló la sangre. El espía retrocedió, cayendo sobre su cama, sabiendo que en Oakhaven, ni siquiera el aire pertenecía al Emperador.
A la mañana siguiente, el espía fue encontrado en la frontera del ducado, sin un rasguño físico, pero completamente mudo y con la mirada perdida, como si hubiera visto el infierno mismo.
Alistair, en la capital, recibió el mensaje vacío. Su frustración crecía, sus fondos disminuían y el hermano al que creía haber destruido se alzaba ahora como una amenaza mayor que cualquier ejército extranjero. La estrategia de Elowen y Caelum estaba funcionando: Oakhaven no solo era invencible, sino que empezaba a devorar la paciencia del usurpador desde adentro.