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CAPÍTULO 6-Ecos del pasado.
A la mañana siguiente, la rutina del ducado se vio interrumpida por una presencia inesperada.
Un mensajero proveniente de otro imperio solicitó audiencia en la entrada principal.
Vestía con sobriedad, pero su porte dejaba claro que no era un simple portador de recados sin importancia.
Traía consigo una carta.
Una carta dirigida a la difunta duquesa Sara Echeverría.
El nombre bastó para generar un silencio incómodo.
El duque, intrigado, ordenó que se la entregaran de inmediato.
Sostuvo el sobre entre sus manos durante unos segundos, observándolo como si esperara que revelara su contenido por sí solo. El sello no le resultaba familiar. No pertenecía a ninguna casa noble cercana, ni a ningún territorio con el que mantuviera relaciones activas.
Eso lo inquietó.
Finalmente, rompió el sello.
A medida que avanzaba en la lectura, su expresión fue cambiando.
Primero, sorpresa.
Luego, desconcierto.
Y finalmente…
Inquietud.
Sara tenía una hermana.
Una hermana de la que él nunca había oído
hablar.
Según la carta, ambas habían estado distanciadas desde la muerte de sus padres, cuando aún eran jóvenes. No habían vuelto a tener contacto desde entonces.
Pero ahora…
Aquella mujer buscaba una reconciliación.
Pedía perdón.
Sus palabras estaban cargadas de arrepentimiento tardío, de añoranza… y de una intención clara de retomar el vínculo perdido.
El duque bajó lentamente la carta.
Su mente comenzó a trabajar con rapidez.
No sabía quién era esa mujer.
No conocía su posición.
No tenía idea de su estatus en ese otro imperio.
Y el mensajero, interrogado discretamente, no ofreció ninguna información adicional. Se limitó a cumplir su deber y anunció que regresaría al día siguiente para recoger una respuesta.
Luego se retiró a una posada.
Aquello no le gustó.
Nada de aquello le gustaba.
¿Y si esa mujer decidía venir?
¿Y si reclamaba algo?
¿Y si… reclamaba el ducado?
El simple pensamiento le tensó el cuerpo.
No podía permitirse riesgos innecesarios.
No ahora.
No después de todo lo que había construido.
Pasó el resto del día sumido en sus pensamientos, evaluando posibilidades, midiendo consecuencias.
Debía responder.
Pero cada palabra debía ser cuidadosamente elegida.
No podía revelar demasiado.
Ni tampoco provocar curiosidad.
Al final, optó por una verdad incompleta.
Una mentira disfrazada de sinceridad.
Informó que la duquesa Sara había fallecido a causa de la misma enfermedad que su madre, evitando entrar en detalles.
Mencionó la existencia de una hija.
Pero no cualquier hija.
Una heredera.
Afirmó que la niña estaba bajo su cuidado y protección, preparándose para convertirse en la futura duquesa, cumpliendo así el último deseo de su difunta esposa.
Nada más.
Nada menos.
Selló la carta y la envió.
Al día siguiente, el mensajero partió con la respuesta.
Y después de eso…
No hubo nada.
Ninguna otra carta.
Ninguna reacción.
Ninguna señal de aquella hermana desconocida.
El silencio regresó.
Pero no era un silencio tranquilo.
Era un silencio… expectante.
Como si algo, en algún lugar, se estuviera gestando.
Mientras tanto, dentro del ducado, las tensiones no hicieron más que intensificarse.
La nueva duquesa, lejos de olvidar los acontecimientos recientes, parecía haber desarrollado una obsesión creciente.
Buscaba cualquier excusa para atormentar a Sasha.
Cualquier error.
Cualquier oportunidad.
Una mirada fuera de lugar, un comentario mal interpretado… todo era suficiente.
El castigo nunca tardaba en llegar.
Pero Sasha…
Ya no era la misma.
Había dejado de reaccionar.
Había dejado de esperar algo de ellos.
Vivía en su propio mundo.
Uno donde el conocimiento era su única prioridad.
Y el poder… su secreto mejor guardado.
Cada noche, cuando la mansión caía en silencio y las luces se apagaban una a una, ella se deslizaba fuera de su confinamiento.
Sin hacer ruido.
Sin dejar rastro.
Había aprendido a moverse como una sombra.
El ala oeste, que antes era su prisión, ahora era solo el punto de partida.
Su destino…
La biblioteca.
Allí pasaba horas enteras.
Leyendo.
Aprendiendo.
Absorbiendo todo lo que podía.
Historia, política, economía…
Pero también buscaba algo más.
Magia.
Respuestas.
Cualquier indicio que le permitiera entender aquello que despertaba dentro de ella.
Y una noche…
Decidió ir más allá.
El despacho del duque.
Entrar allí era un riesgo.
Pero también una oportunidad.
Empujó la puerta con cuidado, asegurándose de no hacer ruido.
El interior estaba en penumbra.
Ordenado.
Impecable.
Demasiado… predecible.
Sasha comenzó a revisar.
Documentos.
Registros.
Correspondencia.
Movimiento de tierras.
Comercio.
Inversiones.
Cuanto más leía…
Más sorprendida se sentía.
El duque era eficiente.
Brillante, incluso.
No había irregularidades evidentes.
No había corrupción.
No había rastros de negocios turbios.
Todo lo que había construido…
Era legítimo.
Sólido.
Impecable.
Sasha frunció ligeramente el ceño.
Eso no encajaba.
No con la imagen que tenía de él.
No con la historia que recordaba.
—Es bueno en lo que hace… —murmuró en voz baja.
Entonces, ¿dónde estaba el problema?
La respuesta llegó sola.
En su comportamiento.
En su trato.
En ese odio irracional dirigido hacia la duquesa Sara… y hacia ella.
Algo no cuadraba.
Algo faltaba.
—Debió pasar algo… —pensó.
Algo que la historia original no mencionaba.
Algo que no estaba escrito.
Y eso…
Era peligroso.
Pero también…
Interesante.
Cerró uno de los libros con suavidad.
Miró a su alrededor una última vez.
No había guardias.
No había vigilancia real dentro de la mansión
durante la noche.
Eso jugaba a su favor.
Le daba libertad.
Movilidad.
Ventaja.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Perfecto…
Se giró hacia la puerta.
—Seguiré investigando.
Porque ahora lo tenía claro.
No solo necesitaba entender su poder.
También necesitaba descubrir la verdad.
Toda la verdad.
Incluso aquella que nadie quería que saliera a la luz.