"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 16
Mía despertó sobre la cama de seda negra. Renzo la había llevado a la cama, pero ella se había escabullido de sus brazos al alba. Ahora, mientras él se preparaba para una incursión de seguridad en los límites de la propiedad, ella lo observaba desde el umbral de la oficina, vestida con una de las camisas negras de él que le quedaba como un vestido corto.
Renzo se estaba ajustando el arnés táctico. Al verla, una sonrisa de suficiencia cruzó su rostro.
—¿Has venido por el segundo asalto, pequeña fiera?
Mía caminó hacia él, pero su mirada era de hielo. Se detuvo a un palmo de su pecho y le ajustó el cuello de la camisa con una delicadeza que lo dejó descolocado. Fue un gesto tierno, casi de esposa, pero sus palabras fueron una bofetada.
—No te confundas por lo de anoche, Cavalli. Pagué la deuda de Leo. Ni un centavo más, ni un centavo menos. No creas que por haberte dejado entrar en mi cuerpo tienes las llaves de mi voluntad. No se va a volver a repetir.
Renzo la agarró por la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y una adoración que empezaba a asustarlo.
—Eso ya lo veremos. Tu cuerpo no decía lo mismo hace unas horas.
—Mi cuerpo reacciona a la fricción, es física simple —replicó ella, dándose la vuelta—. Pero mi mente sigue planeando cómo quemar este lugar contigo dentro.
Renzo salió hacia la selva, pero se llevó grabada la imagen de Mía arreglándole el cuello de la camisa. Ese pequeño gesto, tan humano y espontáneo, se le clavó en el pecho más que cualquier bala. Se estaba enamorando de la mujer que quería matarlo.
En cuanto el ruido del motor de los Jeeps se desvaneció, Mía corrió al despacho. Sabía que Renzo dejaba su teléfono satelital de emergencia en el segundo cajón. Con el corazón en la garganta, sacó el papel que Leo le había dado.
Marcó el número. El tono de llamada sonó tres veces. Un clic.
—¿Diga? —la voz al otro lado era madura, serena, pero cargada de una tristeza infinita. Mía se quedó sin aliento. Era ella. Era su madre.
—¿Mamá? —susurró Mía, las lágrimas desbordándose finalmente.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado.
—¿Mía? ¡Oh, Dios mío! ¡Mía, tienes que salir de ahí! No confíes en Renzo Cavalli. Él no te salvó del cartel... él causó que el cartel te buscara.
—¿De qué hablas? —preguntó Mía, sintiendo que el mundo giraba.
—Renzo tiene un secreto, hija. Tu padre no era un simple mecánico. Tenía algo que el padre de Renzo quería, y Renzo está terminando el trabajo. Él te tiene ahí para protegerse a sí mismo, no a ti. Si él descubre que sabes la verdad, no te dejará salir viva de esa selva.
De repente, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Mía no tuvo tiempo de esconder el teléfono. Renzo estaba allí, cubierto de barro y sudor, con una expresión que pasó de la sorpresa a una oscuridad absoluta en un segundo. Había regresado antes de tiempo.
—¿Con quién hablas, Mía? —preguntó él, su voz era un rugido bajo que presagiaba una tormenta.
Mía apretó el teléfono contra su pecho, su ternura de la mañana desaparecida, reemplazada por un terror puro y una rabia nueva. El monstruo no solo la había comprado; la había engañado desde el principio.