Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 10: No eres especial aquí (y eso duele más de lo esperado)
El problema no era que alguien se lo dijera.
Era que, por primera vez… podía ser verdad.
—Hoy no hagas nada estúpido —dijo Maeve, ajustándose la manga del uniforme mientras caminaban hacia el aula.
Allegra levantó una ceja.
—¿Eso incluye respirar?
—Incluye hablar sin pensar.
—Entonces no puedo hablar.
—Exacto.
Allegra sonrió.
—Imposible.
Maeve suspiró.
—Solo… intenta pasar desapercibida.
Allegra se detuvo en seco.
—No.
—Allegra—
—No vine hasta aquí para desaparecer.
Maeve la miró con paciencia.
—No se trata de desaparecer. Se trata de sobrevivir.
Allegra inclinó la cabeza.
—Yo no sobrevivo. Yo destaco.
—Aquí eso no funciona.
—Entonces el problema es “aquí”.
Maeve abrió la boca para responder, pero alguien se adelantó.
—El problema no es “aquí”.
Ambas se giraron.
Lila.
Por supuesto.
Apoyada contra la pared, brazos cruzados, mirada firme.
Allegra suspiró con una leve sonrisa.
—Ah, la voz de la razón.
—Alguien tiene que serlo.
—Qué carga tan pesada.
Lila dio un paso hacia ellas.
—No eres especial aquí.
Directo.
Sin rodeos.
Maeve cerró los ojos un segundo.
Allegra no reaccionó de inmediato.
Solo la miró.
—Eso fue rápido —dijo finalmente.
—Es necesario.
—¿Para quién?
—Para ti.
Allegra soltó una pequeña risa.
—No recuerdo haber pedido consejo.
—No lo pediste.
—Entonces no lo necesito.
Lila sostuvo su mirada.
—Lo necesitas más de lo que crees.
Silencio.
Más tenso.
Más real.
Allegra ladeó la cabeza.
—¿Te molesta que no encaje?
—Me molesta que creas que no tienes que hacerlo.
—No tengo que hacerlo.
—Sí tienes.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Maeve intervino antes de que escalara.
—Ok, basta.
Pero ninguna la escuchó.
—Este lugar no gira en torno a ti —continuó Lila.
Allegra dio un paso adelante.
—Ningún lugar lo hace.
—Actúas como si sí.
—Actúo como alguien que no piensa fingir para agradar.
—No se trata de agradar.
—Entonces, ¿de qué?
Lila no dudó.
—De respetar.
Silencio.
Allegra la observó.
—Interesante.
—No lo es.
—Lo es un poco.
—No lo es.
Maeve miraba entre ambas, claramente arrepintiéndose de existir en ese momento.
—Solo… —dijo Lila, bajando un poco el tono— deja de comportarte como si esto fuera un juego.
Allegra no respondió de inmediato.
Su expresión cambió.
Muy levemente.
Pero lo suficiente.
—Tal vez lo es —murmuró.
—No lo es.
—Para mí sí.
—Porque no te importa.
Allegra levantó la mirada.
—Eso no es verdad.
Lila la sostuvo.
—Entonces demuéstralo.
Silencio.
Uno largo.
Incómodo.
Real.
Maeve habló, más suave.
—Tenemos clase…
Nadie se movió.
—No eres la única que ha tenido problemas —añadió Lila—. La diferencia es que los demás no los convierten en espectáculo.
Eso golpeó.
Más fuerte de lo que Allegra esperaba.
Pero no lo mostró.
Por supuesto que no.
—No sabía que me estabas observando tanto —dijo, recuperando el tono.
—No hace falta observar mucho.
—Qué eficiencia.
—Qué obviedad.
Silencio.
Pero ahora… distinto.
Allegra respiró hondo.
—Bien —dijo finalmente—. ¿Algo más?
Lila la miró un segundo más.
Evaluando.
—Sí.
Allegra levantó una ceja.
—Sorpréndeme.
—Aquí no importa quién eras.
Allegra sostuvo su mirada.
—Ya me lo dijeron.
—Entonces empieza a actuar como si lo entendieras.
Y se fue.
Sin más.
Maeve exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire toda la conversación.
—Eso fue… intenso.
Allegra no respondió.
—¿Estás bien? —preguntó Maeve.
Allegra tardó un segundo.
—Claro.
Demasiado rápido.
Maeve no se lo creyó.
—Allegra…
—Estoy bien.
Pero su tono ya no tenía el mismo filo.
Maeve la observó.
—Puedes no estarlo.
Allegra negó.
—No es necesario.
—No tienes que—
—Maeve.
Silencio.
Allegra bajó la mirada un segundo.
Solo uno.
Luego la levantó.
Más firme.
—Vamos a clase.
Maeve asintió, aunque no estaba convencida.
Caminaron en silencio.
Y por primera vez…
Allegra no intentó llenarlo.
La clase pasó sin incidentes.
Sin comentarios.
Sin interrupciones.
Sin nada.
Y eso…
eso fue peor.
Allegra miraba el cuaderno, pero no estaba viendo las palabras.
Estaba escuchando algo más.
“No eres especial aquí.”
Ridículo.
Obvio.
Incorrecto.
Y aun así…
se había quedado.
Como una espina.
—¿Vas a escribir algo? —susurró Maeve.
Allegra parpadeó.
—¿Qué?
—Llevas diez minutos mirando la misma página.
—Estoy pensando.
Maeve sonrió levemente.
—Eso es nuevo.
Allegra no respondió.
Porque por primera vez…
no tenía una respuesta rápida.
No tenía una frase lista.
No tenía control.
Y eso…
eso sí que era incómodo.
Cuando sonó el timbre, Allegra fue la primera en levantarse.
—Voy a caminar —dijo.
—¿Sola? —preguntó Maeve.
—Sí.
—¿Quieres que—
—No.
No fue brusco.
Pero sí firme.
Maeve asintió.
—Ok.
Allegra salió del aula sin mirar atrás.
Pasillo.
Ruido.
Gente.
Pero nada de eso importaba.
Caminó sin dirección clara hasta llegar al patio.
El aire frío la golpeó otra vez.
Pero esta vez… no le molestó.
Se detuvo.
Respiró.
Silencio.
“No eres especial aquí.”
—Qué absurdo —murmuró.
Pero no sonó convincente.
Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
Mirando al vacío.
Por primera vez desde que había llegado…
no estaba pensando en cómo verse.
Ni en qué decir.
Ni en cómo ganar.
Estaba pensando en…
si tenía razón.
Y eso…
eso sí que era un problema.
Porque si Lila tenía razón…
entonces Allegra no sabía quién era sin todo lo demás.
Y esa idea…
no le gustó en absoluto.