La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
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Castigo
Caleb Hale
Siete años después. Salem, Massachusetts, verano de 1699
El primer golpe me roba el aire.
No porque no lo esperara. Porque sí lo esperaba.
Siempre lo espero.
El cuero atraviesa mi espalda y siento cómo el dolor se extiende bajo la camisa de lino.
Aprieto los dientes.
No grito.
Aprendí hace mucho tiempo que gritar solo empeora las cosas.
—¿Cuántas veces debo repetirlo? —pregunta mi padre.
El reverendo Nathaniel Hale camina lentamente a mi alrededor. Como un juez observando a un criminal.
Como un pastor observando a una oveja enferma.
—Lo siento, padre.
El segundo golpe llega de inmediato. Esta vez mis rodillas casi ceden.
—No lo sientes.
—Sí lo siento.
—Mientes.
La correa vuelve a descender.
Cierro los ojos.
No debo llorar.
No debo gritar.
No debo quejarme.
El suelo de la iglesia está frío bajo mis botas.
Puedo oler la madera vieja. La cera derretida de las lámparas. El humo de la chimenea.
Y la ira de mi padre.
Siempre puedo oler su ira.
—¿Qué encontré bajo tu colchón?
Guardo silencio.
Sé la respuesta, porque el libro todavía está sobre la mesa. Abierto. Condenándome.
—Responde.
—Un libro.
—¿Qué clase de libro?
Trago saliva.
—Astronomía.
Su rostro se endurece aún más.
—¿Astronomía?
Como si la palabra fuera una blasfemia.
—Solo quería entender.
El siguiente golpe es tan fuerte que pierdo el equilibrio.
Termino de rodillas.
—No debes entender. Debes obedecer.
La frase cae sobre mí como una sentencia.
La misma frase que he escuchado toda mi vida.
—Debes obedecer sin cuestionar absolutamente nada —gruñe y deja caer la correa otra vez sobre mi espalda—. Dios creó el firmamento. Eso es todo lo que necesitas saber.
—Pero las estrellas...
—¡Las estrellas son obra de Dios! —Su voz resuena en toda la iglesia vacía—. No es tu deber cuestionarlas. No es tu deber estudiarlas. No es tu deber buscar respuestas donde Dios no quiso darlas.
Miro el suelo.
Porque si levanto la vista él verá el desacuerdo en mis ojos.
Y eso sería peor.
Mucho peor.
—Mañana irás al bosque.
Mi cabeza se levanta sola.
—¿Al bosque?
—Sí.
Eso solo quiere decir que la reunión de ancianos ha tomado una decisión.
—Padre...
—Las mujeres vuelven a reunirse.
Mi estómago se contrae. Todos saben de quién habla.
Las mujeres del bosque.
Las brujas.
—Quiero pruebas.
—No tenemos ninguna.
—Entonces las encontraremos.
Camina hasta la ventana.
El sol de verano atraviesa los cristales. Por un instante parece un hombre santo. Y luego recuerdo que los hombres santos no disfrutan golpeando a sus hijos.
—El demonio se esconde entre ellas.
—¿Y si no son brujas?
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
El silencio que sigue es aterrador.
Mi padre gira lentamente.
—¿Qué dijiste?
Es demasiado tarde. Ya no puedo retractarme de lo que dije.
—Tal vez solo sean mujeres.
La expresión de Nathaniel Hale cambia. Y comprendo que he cometido un error.
Uno terrible.
—Eso es exactamente lo que quieren que creamos.
Su voz desciende hasta convertirse en un susurro.
—Son peligrosas porque saben cosas que no deberían saber.
—¿Qué cosas?
—Cosas que Dios jamás entregó a las mujeres.
Algo en su mirada me hace estremecer. Porque no parece miedo. Parece odio. O quizá algo peor.
Temor.
Como si las mujeres del bosque poseyeran algo capaz de destruirlo.
—Las vigilarás.
—Padre...
—Las vigilarás.
—Sí, padre.
—Y me dirás todo lo que veas.
Asiento.
Porque siempre asiento.
Porque es más fácil obedecer.
Porque llevo diecinueve años obedeciendo. Porque todavía no sé hacer otra cosa.
Sin embargo, cuando mi padre abandona la iglesia y me deja solo, mis ojos vuelven al libro de astronomía.
A la página que quedó abierta.
A un dibujo del cielo nocturno. A cientos de estrellas brillando sobre un mundo demasiado pequeño para contener tantos secretos.
Y por primera vez me pregunto si las mujeres del bosque son realmente las únicas personas que esconden algo.