un caos en tacones
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Cap 10
¡Bienvenidos al fin de semana más largo en la historia de la mafia rusa! Si Alek pensaba que interrogar espías era difícil, es porque nunca ha intentado convencer a una miniatura de cinco años de que la brillantina no es un condimento para la sopa. El gran lobo de Siberia está a punto de ser devorado... por la ternura.
El sábado por la mañana, Alek descubrió que su mansión, diseñada con mármol frío y seguridad de vanguardia, era en realidad un parque de diversiones extremo. Katia, con la energía de un reactor nuclear, decidió que el perro de ataque de Alek —un imponente pastor caucásico— necesitaba un "cambio de imagen".
Cuando Alek bajó a la sala, encontró a su guardaespaldas más letal sosteniendo una tiara de plástico mientras la niña le pintaba las garras al perro con esmalte rosa fluorescente.
—Tío Alek, ¡mira! ¡Boris es una princesa! —gritó Katia, corriendo hacia él con las manos llenas de pegatinas de estrellas.
La Conciencia: Mírenlo. El hombre que no parpadea ante las amenazas de muerte está ahora cubierto de calcomanías de "Buen Trabajo" en su pijama de seda negra. Para el domingo por la tarde, Alek estaba tirado en el sofá, con el cabello desordenado por los juegos de "estética" y una mancha de jugo de uva en su alfombra persa de diez mil dólares. Estaba acabado. Hecho polvo. Derrotado por una risita.
—Ivan... llévame a la guerra. Es más relajante —murmuró Alek cuando su amigo llegó el lunes para llevarlos al jardín de niños.
Pero el verdadero reto apenas comenzaba. Ese lunes por la tarde era la "Clase de Integración para Padres". Alek estaba sentado en una mesa redonda, sus rodillas chocando con la barbilla, rodeado de otras madres que lo miraban con una mezcla de miedo y fascinación.
Renata entró al salón con su bata de maestra impecable y una sonrisa traviesa.
—Bien, papás y tutores. Hoy vamos a trabajar la motricidad fina. Tienen que recortar estos moldes de flores de papel crepé. Usen las tijeras de seguridad que tienen frente a ustedes —dijo Renata, clavando su mirada en Alek.
Alek tomó las pequeñas tijeras de plástico azul. Eran tan pequeñas que solo le cabía un dedo. Intentó cortar el papel, pero la punta roma no cedía. El hombre que podía desarmar un rifle en ocho segundos estaba sudando frío ante un pedazo de papel rosa
—¿Problemas, Señor Volkov? —Renata se acercó, apoyando una mano en la mesa y asomándose por encima de su hombro. El aroma a vainilla volvió a nublarle el juicio—. Veo que sus manos son excelentes para... otras cosas, pero las flores no se le dan muy bien.
—Estas tijeras están defectuosas, Maestra —gruñó Alek, con el rostro rojo de frustración—. No cortan nada. Es físicamente imposible.
Renata soltó una carcajada cristalina que hizo que Alek se detuviera solo para escucharla. Ella tomó la mano gigante de él, guiando sus dedos con suavidad sobre el plástico.
—No es la herramienta, es el ángulo, "Terminator". Tienes que ser delicado, no intentar estrangular al papel —le susurró al oído—. Pero no se preocupe, si no termina su margarita, le pondré una carita triste en su reporte.
Ivan, que observaba desde la puerta, se tapaba la boca para no estallar.
—¡Dale, Alek! ¡Tú puedes con ese pétalo! ¡Imagínate que es el cuello de un traidor!
La Conciencia: ¡Qué humillación tan deliciosa! Alek Volkov, el hombre más peligroso de la ciudad, siendo regañado por una mujer de 1.55 porque no sabe recortar una flor de primavera. Pero miren cómo la mira él mientras ella le explica... no está enojado. Está hipnotizado.
—¿Una carita triste? —Alek dejó las tijeras y la miró con intensidad—. Soy un hombre de retos, Renata. Si termino esta flor perfectamente, ¿cuál será mi recompensa?
Renata arqueó una ceja, sin dejarse amilanar por la mirada de fuego del ruso.
—Su recompensa será que no lo mandaré a la dirección. Ahora trabaje, alumno Volkov. El tiempo corre.
La Conciencia: ¡Uf! Ella tiene el control total. Pero cuidado, porque Alek acaba de aprender a usar las tijeras de punta roma... y parece que está decidido a ganar mucho más que una estrella dorada en la frente
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