El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 17: El Arco de la Traición
Los bosques de caza de los alrededores de Estambul estaban envueltos en una bruma plateada. La comitiva real se había desplazado con toda la pompa posible para el desafío propuesto por el Príncipe Kaveh. El aire vibraba con la tensión de los arcos y el relincho de los caballos.
Kaveh vestía una armadura ligera de escamas de plata que brillaba con una luz maliciosa. Se acercó a Selim, quien observaba todo desde su semental negro, con una mano siempre cerca de Dorian.
—Majestad —dijo Kaveh, su voz llena de una falsa humildad—, dicen que vuestro Consorte tiene una puntería legendaria. Me gustaría retarlo. Un duelo de tiro al blanco en movimiento. Si gano, me concederéis el honor de una cena privada con vos para discutir la paz de nuestras fronteras. Si él gana... me retiraré a Persia mañana mismo.
Selim miró a Dorian, buscando su aprobación. Dorian asintió con una sonrisa suave, la viva imagen de la serenidad. Pero por dentro, sus "Sombras" ya le habían advertido: Kaveh no planeaba ganar el duelo; planeaba un "accidente".
El desafío comenzó. Los criados soltaron una serie de halcones mecánicos y blancos de madera que cruzaban el cielo a gran velocidad. Kaveh disparaba con una elegancia felina, acertando en el centro de cada blanco. Dorian, por su parte, mantenía el ritmo, sus flechas silbando en el aire con una precisión gélida.
—Parece que estamos empatados, Dorian —siseó Kaveh mientras cabalgaban uno al lado del otro hacia el último puesto de tiro—. Pero veamos cómo manejas una distracción.
En el momento en que Dorian tensaba su arco para el último disparo, Kaveh hizo un movimiento brusco con su montura. Al mismo tiempo, una flecha "perdida" de uno de los guardias persas de Kaveh salió disparada. Dorian la vio venir. Podría haberla esquivado con facilidad, pero en un segundo de claridad diabólica, decidió que la herida valía más que la esquiva.
La flecha rozó el muslo de Dorian, abriendo un corte largo y profundo. Dorian soltó un grito ahogado y cayó de su caballo de forma teatral, rodando por la hierba.
—¡DORIAN! —El rugido de Selim desgarró el aire del bosque.
El Sultán saltó de su caballo antes de que este se detuviera, corriendo hacia Dorian con una desesperación que bordeaba la locura. Mientras Selim se acercaba, Dorian aprovechó que el Sultán estaba de espaldas y que Kaveh lo miraba con una sonrisa de triunfo oculta tras su mano.
Dorian miró fijamente a Kaveh. Con una mano oculta por su túnica desgarrada, Dorian hundió sus propios dedos en la herida abierta por la flecha, tirando de la carne para ensanchar el corte y hacer que la sangre manara con una fuerza alarmante. Sus ojos azules, fijos en el Príncipe persa, no tenían rastro de dolor; eran dos pozos de odio gélido y triunfal. Mira de lo que soy capaz para destruirte, decía su mirada.
Kaveh palideció. El horror se reflejó en su rostro al entender que Dorian se estaba mutilando a sí mismo para sellar su sentencia de muerte.
Cuando Selim llegó a su lado y lo tomó en sus brazos, la expresión de Dorian cambió en un parpadeo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su cuerpo empezó a temblar y su voz salió pequeña, rota, como la de un pajarillo herido.
—Selim... —sollozó Dorian, enterrando su rostro en el pecho del Sultán—. Me duele... No sé qué pasó... La flecha del Príncipe... simplemente voló hacia mí...
Selim estaba fuera de sí. Al ver la herida, que ahora parecía mucho más grave y sangrienta de lo que debería, su aura Alfa estalló en una onda de choque de pura violencia. El aroma a cedro quemado se volvió asfixiante, casi tóxico.
—¡MALDICTO SEAS! —Selim se giró hacia Kaveh, sus ojos ámbar encendidos con una sed de sangre genocida—. ¡Has intentado asesinar a mi Consorte en mi propia presencia!
—¡Fue un accidente, Majestad! —gritó Kaveh, retrocediendo, el miedo real ahora apoderándose de él—. ¡El arco se desvió!
—¡No hay accidentes para el acero que toca a Dorian! —rugió Selim. El Sultán desenvainó su cimitarra y, si no fuera porque Dorian se aferró a su túnica con un gemido lastimero, habría decapitado al Príncipe allí mismo.
—No... Selim, por favor... no más sangre... —susurró Dorian, fingiendo una debilidad extrema, dejando que su cabeza cayera sobre el hombro del Sultán—. Solo... llevadme a casa... tengo frío...
Selim cargó a Dorian de regreso al palacio en un galope frenético, ignorando a toda la corte. Lo llevó directo a sus aposentos privados, donde los médicos reales fueron expulsados por el propio Sultán. Él mismo quería curarlo. Él mismo necesitaba tocarlo.
La escena en la alcoba fue una mezcla exótica de cuidado tierno y lujuria posesiva. Selim despojó a Dorian de su ropa manchada de sangre con manos temblorosas. Al ver la piel blanca de Dorian contrastada con el rojo intenso de la herida en su muslo, el instinto de protección de Selim se transformó en algo mucho más oscuro y lascivo.
—Nadie volverá a tocarte —gruñó Selim, lavando la herida con agua de rosas y vino. Sus manos recorrían las piernas de Dorian con una urgencia febril.
Dorian, sintiendo el poder que su supuesta debilidad ejercía sobre el Alfa, se dejó hacer. Gemía suavemente cada vez que Selim tocaba su piel, provocando que el Sultán se volviera aún más posesivo.
—Soy vuestro, Selim... solo vuestro —susurró Dorian, rodeando el cuello del Sultán con sus brazos, su voz cargada de una seducción vulnerable—. No dejéis que me lleven...
Selim no pudo contenerse más. A pesar de la herida, o quizás excitado por la fragilidad de Dorian y el olor a sangre y casta, el Sultán lo poseyó con una ferocidad renovada. Fue una entrega explícita y cargada de una pasión prohibida. Selim devoraba el cuerpo de Dorian como si quisiera fundirse con él para que ninguna flecha pudiera alcanzarlo jamás. Sus manos marcaban la piel de Dorian, sus besos eran sellos de propiedad que cubrían cada centímetro de su pecho y cuello.
Dorian, bajo el Sultán, sonreía internamente. Mientras Selim le hacía el amor con una lascivia exótica, reclamando su cuerpo con embestidas profundas y gemidos de Alfa dominado por el deseo, Dorian sabía que Kaveh estaba siendo arrestado en ese mismo momento.
La herida en su muslo ardía, pero el placer de ver a un Príncipe caer era mucho más dulce. Dorian había sacrificado su propia sangre para asegurarse de que Selim nunca volviera a mirar a Kaveh con nada que no fuera odio.
—Ese príncipe... morirá mañana —susurró Selim al oído de Dorian, mientras alcanzaban juntos un clímax que hizo vibrar las paredes de la alcoba.
Dorian no respondió. Simplemente lo abrazó más fuerte, disfrutando del aroma del poder y la sangre.
Espero disfruten esta nueva aventura