Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
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Capitulo 17 — No me subestime.
No corrí lo suficiente, eso fue lo primero que pensé cuando me detuve, el aire me faltaba, las piernas me dolían, el cuerpo aún resentido por los golpes, pero mi mente estaba más despierta que nunca, no podía irme así, no después de escuchar lo que escuché, no después de ver lo que Gabriela hizo, no después de entender que esto no era solo contra mí, era contra todo lo que habíamos construido.
Me apoyé en un árbol, respiré, conté hasta tres y miré hacia atrás.
Podía seguir, perderme, regresar a la casa, esperar que Erick resolviera todo como siempre… o podía volver y terminarlo yo.
No lo pensé demasiado.
Volví.
No fue una decisión impulsiva, fue clara, directa, si ese hombre creía que podía desaparecerme y seguir, se equivocaba, y yo no iba a darle esa oportunidad.
Rodeé la propiedad con cuidado, no era un lugar pequeño, pero tampoco estaba tan protegido como debía, había entradas, había puntos ciegos, y yo sabía cómo observar, cómo esperar, cómo entrar sin ser vista.
—Respira —me dije en voz baja—, no cometas errores.
No había guardias visibles en la parte trasera, eso me dio la primera ventaja, avancé pegada a la pared, escuchando, cada paso medido, cada movimiento calculado, hasta encontrar una ventana entreabierta.
Entré.
El interior era el mismo que había visto antes, pasillos largos, luz baja, silencio incómodo, pero ahora sabía lo que buscaba.
Voces.
Avancé despacio, sin hacer ruido, siguiendo el sonido hasta llegar a una puerta entreabierta, no me asomé de inmediato, me pegué a la pared, escuché.
—Eres una inútil.
La voz de él.
—Yo… yo la tenía vigilada —respondió Gabriela, su voz no era firme, no como antes—, no sé cómo-
El golpe sonó seco.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, pero me quedé quieta.
—No me importa cómo —continuó él—, la dejaste escapar.
—No fue mi intención.
—Tu intención no sirve de nada.
Otro golpe.
Apreté los dientes.
—Si el duque llega aquí —añadió él—, será por tu culpa.
—No vendrá.
—Vendrá —la interrumpió—, y cuando lo haga, no habrá lugar donde esconderse.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
—Levántate —ordenó.
No esperé más.
Me asomé apenas, lo suficiente para ver la escena, Gabriela estaba en el suelo, golpeada, él de pie frente a ella, de espaldas a la puerta.
Y entonces lo vi a mi lado.
Una espada en la pared.
Colgada, accesible, sin vigilancia.
Respiré una vez, entré.
Mis pasos no hicieron ruido, él no giró, estaba demasiado concentrado en su rabia, en su control, en su error.
Tomé la espada con firmeza, la bajé sin vacilar y cuando estuve lo suficientemente cerca, hablé.
—Deberías cuidar mejor lo que dejas a tu alcance.
Giró de golpe.
Sus ojos se abrieron un instante, no de miedo, de sorpresa.
—Tú.
—Yo.
Gabriela levantó la mirada, confundida, dolorida.
—¿Volviste? —dijo él, sin apartar la vista de la espada—, eso sí que no lo esperaba.
—No vine a esconderme.
—Eso ya lo veo. Mujer tonta.
Se enderezó, su expresión cambió, menos rabia para analizar mejor.
—Te fuiste y decidiste regresar —añadió—, no cabe duda de que la estupidez lo tiene una mujer.
—Llámalo como quieras.
—Puedo matarte ahora mismo.
—Inténtalo.
Sonrió apenas.
—Te crees más de lo que eres.
—Tú me subestimas.
Eso lo hizo dar un paso al frente. Se acercó un poco más, sin miedo visible.
—¿Sabes usar eso?
—Lo suficiente.
—No me impresiona.
—No vine a impresionarte.
Su mano fue hacia su cintura, sacó su espada sin prisa, como si esto fuera un juego que ya había ganado.
—Entonces muéstrame.
No respondí, no hacía falta, ajusté el agarre, recordé cada movimiento, cada corrección, cada palabra de mi padre cuando insistía en que no bajara la guardia.
No había entrenado en años.
Pero no lo había olvidado.
—Vamos —dijo él—, no tengo todo el día.
Fue el primero en moverse. Rápido. Directo.
Lo bloqueé.
El impacto me recorrió el brazo, pero no solté la espada, di un paso atrás, medí la distancia.
—No estás preparada —dijo, avanzando otra vez.
—Eso crees.
Volvió a atacar, esta vez más fuerte, más seguro, desvié el golpe, giré, mantuve la postura.
—Te falta fuerza.
—Me sobra precisión.
Intentó cerrarme el paso, no lo dejé, me moví, no con velocidad, sino con control, buscando el momento.
—Te vas a cansar.
—No antes que tú.
Su sonrisa desapareció.
Atacó de nuevo, esta vez sin medir, ahí estuvo su error.
Giré la muñeca, desvié su espada hacia un lado, avancé un paso y golpeé su mano.
La espada cayó. No dudé. La pateé lejos.
Y antes de que pudiera reaccionar, la punta de mi espada estaba en su cuello.
El silencio cayó en la habitación.
—¿Y ahora? —dije, mi respiración controlada, mi pulso firme.
Sus ojos no mostraban miedo, pero sí algo nuevo.
—No esperé eso.
—¿No que somos estúpidas?
Gabriela seguía en el suelo, mirándonos, sin hablar.
—Podrías matarme —dijo él.
—Podría.
—Y no lo haces.
—No todavía.
Sus labios se tensaron.
—Sigues creyendo que tienes control.
—Lo tengo.
—No aquí.
—Mira mejor.
Di un paso más cerca, la espada firme, luego recogí la suya sin dejar de apuntarlo.
Ahora tenía las dos.
—Arrodíllate.
No se movió.
—No me das órdenes.
Presioné apenas la hoja contra su piel. Haciéndo que sangre.
—No es una sugerencia.
El silencio se tensó.
—Eres peligrosa —dijo al final.
—Siempre lo fui.
Sus rodillas tocaron el suelo.
—Bien —murmuré.
Y entonces, la puerta se abrió. Fue de golpe. Giré apenas la cabeza.
Erick.
Estaba solo.
No había guardias, no había ruido detrás, solo él, de pie en la entrada, con esa postura que conocía, recta, firme, pero esta vez había algo más.
Furia contenida.
Sus ojos recorrieron la escena en un instante, el noble arrodillado, Gabriela en el suelo, yo de pie, con dos espadas apuntando.
No habló de inmediato.
—Llegas tarde —dije, sin bajar el arma.