Jinxiao Gu y Lin Hao, mejores amigos y esclavos corporativos, deciden renunciar a todo tras un escándalo en su empresa. Buscando escapar de la realidad, se refugian en una novela absurda… pero un accidente termina con sus vidas.
Al despertar, descubren que han transmigrado dentro de esa historia.
Ahora, son suegro y yerno.
Atrapados en una trama llena de rivalidad, tragedia y un destino fatal que ambos conocen, deberán encontrar la manera de cambiar el rumbo de la historia… antes de repetir el mismo final.
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PROMESAS FRAGILES.
Jinxiao se quedó expectante ante el beso dado por Quian.
Algo en su interior se removió.
Era… cálido.
Diferente.
Completamente opuesto a todo lo que había sentido antes en ese cuerpo.
Por un momento, temió.
Temió lo que estaba empezando a sentir.
Con cuidado, apartó un poco el cuerpo del alfa.
—Por favor… —suplicó Quian—. Haré hasta lo imposible por mantenerte a salvo… pero no te vayas. Castigaré a quien te hizo daño… a ti y a nuestro bebé.
Jinxiao lo miró.
Directamente a los ojos.
Y entonces lo notó.
Lágrimas.
Deslizándose sin control por el rostro del alfa.
Su corazón titubeó.
Tal vez eran sus palabras…
O tal vez el peso de ocupar el cuerpo del verdadero Jinxiao.
Porque si fuera por él…
Jamás habría respondido.
Pero aun así…
—Está bien —dijo finalmente—. No me iré.
Quian levantó la mirada, sorprendido.
—Pero —continuó Jinxiao— en el momento en que uno de los dos falle… dejaremos libre al otro.
Su voz fue firme.
—Sin importar nada.
El silencio se hizo presente.
Quian asintió lentamente.
Se arrodilló sobre una pierna.
—Prometo que esta vez… no te fallaré.
Intentó acercarse nuevamente.
Buscar otro beso.
Pero Jinxiao giró ligeramente el rostro.
—Empecemos de cero… ¿qué te parece?
Quian detuvo su movimiento.
Y por primera vez…
Aceptó sin insistir.
—Tienes razón… empecemos de cero.
Pero su voz…
Estaba cargada de tristeza.
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Cuando Lin Hao regresó a la habitación, el ambiente era completamente distinto.
Jinxiao estaba comiendo.
Y Quian…
Se mantenía cerca.
En silencio.
Sin invadir.
Sin imponer.
Algo había cambiado.
—Qué bueno que ya te sientas mejor —dijo Lin, acercándose al sofá mientras dejaba caer su cuerpo con cansancio.
Jinxiao le dedicó una leve sonrisa.
Pero la calma duró poco.
—¡¿Quién te crees para amenazar a Zhao Mei?! —irrumpió Liang, gritando al entrar a la habitación.
El ambiente se tensó de inmediato.
—No le hagan caso… está demente —dijo Lin sin levantar la mirada de su celular.
—¡Papá! —insistió Liang—. ¡Se atrevió a echar a Zhao Mei del hospital!
—Primero cálmate —ordenó Quian con tono firme—. Estamos en un hospital. Ahora… dime qué pasó.
Liang respiró con frustración.
—Fui a hacer una llamada… me encontré con Zhao Mei. Vino porque en casa le dijeron que habían traído a Jinxiao aquí. Solo quería saber cómo estaba… pero Lin la echó y la amenazó.
Lin alzó la mirada lentamente.
—En primera, nunca la amenacé —respondió con frialdad—. Solo le dije que su visita no era bienvenida.
Se cruzó de brazos.
—En segunda… si la hubiera amenazado, la habría golpeado. Cosa que no hice.
Su mirada se volvió más dura.
—Y en tercera… eres un ciego. ¿En qué momento la eché? Ni siquiera la toqué.
Liang apretó los dientes.
—Se fue llorando. Algo le hiciste.
—¿Eres tonto o qué? —respondió Lin sin filtro.
El aire se volvió pesado.
—Seamos sinceros —dijo Liang con desprecio—. Estás celoso de ella.
Lin soltó una carcajada.
—¿Celoso? —repitió con burla—. ¿De qué exactamente?
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿En qué es mejor esa gata que yo?
—Retira tus palabras —gruñó Liang.
—¿Por qué? ¿Porque dije la verdad?
—¡Ella es mil veces mejor que tú! —estalló Liang—. Es linda, es bondadosa… en cambio tú…
Hizo una pausa.
Y lo dijo.
—…solo eres un omega defectuoso.
El silencio cayó como un golpe.
Pesado.
Brutal.
Quian intentó intervenir.
Pero fue demasiado tarde.
¡Paf!
Jinxiao se había levantado.
Y había abofeteado a Liang sin dudar.
—¿Tú… me pegaste? —preguntó Liang desde el suelo, aturdido.
Jinxiao lo miró con frialdad.
—Y lo volveré a hacer… si no bajas el tono.
Luego, giró hacia Lin.
Colocó una mano en su hombro.
Y fue entonces…
Cuando todo cambió.
Lin se quedó inmóvil.
Sus ojos perdieron el enfoque.
Y los recuerdos llegaron.
Violentos.
Dolorosos.
El verdadero Lin.
Humillado.
Golpeado por sus propios padres.
Obligado a conseguir dinero.
Usado.
Despreciado.
Y Liang…
Recordándole una y otra vez que era “defectuoso”.
Que no servía.
Que no podía tener hijos.
El peso fue demasiado.
Cuando sintió la mano de Jinxiao…
Reaccionó con miedo.
Se levantó bruscamente.
Y salió corriendo.
—¡Lin! —gritó Jinxiao.
Pero no se detuvo.
—Ve a buscarlo —ordenó Quian a Liang—. Y no regreses sin él.
Liang no dudó.
Salió tras él.
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—¡Lin, detente! —gritó desde las escaleras.
Pero el omega no escuchaba.
Solo corría.
Subió.
Un piso.
Otro.
Hasta llegar a la azotea.
El aire frío lo golpeó.
Y entonces…
Se derrumbó.
Se dejó caer al suelo.
Abrazó sus rodillas.
Y lloró.
Todo.
El dolor.
La humillación.
La carga.
Gritó.
Con fuerza.
Como si quisiera romper todo lo que llevaba dentro.
—…No soy defectuoso… —murmuró entre lágrimas.
Algo no encajaba.
Ese cuerpo…
Estaba sano.
Lo sabía.
Tenía que averiguar la verdad.
Cuando Liang finalmente llegó…
Lo encontró ahí.
Vulnerable.
Roto.
—Lo siento… —dijo con dificultad—. No fue mi intención…
—Sí lo fue —respondió Lin sin levantar la mirada.
El silencio se tensó.
—¿Qué…?
—Esa es tu forma de herirme —dijo Lin, levantando lentamente el rostro—. Siempre lo ha sido.
Sus ojos estaban rojos.
Pero firmes.
—No tienes idea de lo que siento cada vez que mencionas eso.
Se puso de pie.
—Ya no quiero seguir así.
Respiró hondo.
—Divorciémonos.
Liang se quedó en silencio.
—No quiero estar en la misma habitación que tú… no quiero tener nada que ver contigo.
Las palabras fueron claras.
Definitivas.
—¿Eres consciente de que, si nos divorciamos… no podré ayudarte en nada? —preguntó Liang, ahora con un dejo de tristeza.
—Lo sé —respondió Lin—. Y lo acepto.
Una pausa.
—Cada quien seguirá su camino.
Liang cerró los ojos un momento.
—Si eso es lo que quieres…
Suspiró.
—Hagámoslo.
Pero no estaban solos.
—¿Y a ustedes qué les picó para estar hablando de divorcio? —intervino una voz firme.
Ambos voltearon.
La señora Yan estaba en la puerta.
Había escuchado todo.
—Escúchame bien, Liang —continuó—. Si tú y Lin se divorcian… olvídate de que tu padre te entregue la empresa.
Liang frunció el ceño.
—Abuela, no puede prohibirnos el divorciarnos. Somos adultos.
La señora Yan sonrió ligeramente.
Pero no era una sonrisa amable.
—Parece que olvidas un pequeño detalle…
Hizo una pausa.
—El testamento de tu madre.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
Era más peligroso.
Porque algo estaba a punto de cambiarlo todo.
Resumen simple, si los despide, les tiene que pagar igual☺️
llámenme si necesitan abogada/Kiss/
motivos muy buenos🥲