TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 10
—Qué hermosa… —dijo Cassian.
Sonreí levemente.
Pensando que hablaba de la luna.
De la noche.
Pero no.
Cuando giré apenas la mirada…
lo entendí.
Él no miraba el cielo.
Me miraba a mí.
Y a quien llamó hermosa…
no fue a la luna.
Fue a mí.
El tiempo pasó.
Entre vino.
Aperitivos.
Silencios cómodos.
Hasta que, de pronto…
sus brazos me rodearon.
Con más firmeza.
Su barbilla descansó sobre mi hombro.
Relajado.
Cerca.
Demasiado cerca.
Mi rostro ardió.
Como un tomate.
Y justo cuando comenzaba a acostumbrarme…
me soltó.
Me giré.
Confundida.
Y lo vi.
Arrodillado.
Sobre una rodilla.
Frente a mí.
Sosteniendo una pequeña caja abierta.
Dentro…
un anillo.
Oro negro envejecido.
De estilo victoriano.
Filigranas finas.
Detalles de alas de murciélago y rosas marchitas.
En el centro…
una gema rojo sangre.
Profunda.
Intensa.
Rodeada de diamantes negros que brillaban como sombras.
Era elegante.
Oscuro.
Poderoso.
Antiguo.
Peligroso.
Como él.
Cassian levantó la mirada.
Directamente a mis ojos.
Se veía…
increíblemente guapo.
—Aelina…
Su voz fue firme.
Pero suave.
—¿Te casarías conmigo?
Mi corazón se aceleró.
—Vamos… levántate… —dije nerviosa, intentando hacerlo ponerse de pie.
Pero no se movió.
—¿No te gusta? —preguntó con calma—. Puede que sea viejo… es una reliquia familiar. Solo se entrega a la duquesa.
Bajó la mirada apenas.
—Si no te gusta… puedo mandar a hacer uno nuevo. Más valioso.
Negué de inmediato.
—No es eso.
Lo miré.
Con sinceridad.
—Me encanta… es muy hermoso.
Silencio.
Un instante eterno.
Respiré hondo.
—Cassian…
Mi voz tembló apenas.
—Acepto.
Su expresión cambió.
Por completo.
Una sonrisa…
real.
Genuina.
Algo que nunca antes había visto en él.
Sus ojos…
mostraban una felicidad profunda.
Como si algo dentro de él…
finalmente encontrara paz.
Tomó mi mano.
Y colocó el anillo en mi dedo anular derecho.
Y en el mismo movimiento…
rodeó mi cintura.
Y nos elevamos.
El mundo quedó abajo.
Los pétalos de cerezo comenzaron a girar a nuestro alrededor.
Flotando.
Sosteniéndonos.
Como si obedecieran su voluntad.
Como si el cielo mismo…
bendijera ese momento.
Todo era hermoso.
Irreal.
Y por un instante…
sentí que, sin importar lo que pasara después…
ese momento…
valía toda una eternidad.
.
.
.
A la mañana siguiente…
lo primero que supe…
fue la noticia.
En todos los medios de comunicación del Imperio Vampírico se hablaba de lo mismo:
Cassian Bloodthorn había tomado como prometida a una vampira plebeya.
La reacción no se hizo esperar.
Algunos lo celebraban.
Otros…
lo rechazaban abiertamente.
Y muchos más…
simplemente no podían creerlo.
En cuanto terminaron de arreglarme, salí de mi habitación sin perder un segundo.
Corrí por los pasillos.
Sosteniendo el vestido para no tropezar.
Mi corazón latía con fuerza.
Abrí de golpe las puertas de su despacho.
—¡Cassian!
Las puertas se cerraron tras de mí.
Lo encontré en su escritorio.
Revisando documentos con total calma.
Como si el mundo exterior no existiera.
—¿Ya viste el periódico? —dije, agitada—. ¡La pedida de mano! ¡Incluso una foto! Salimos en primera plana… y no solo ahí, también en otros medios de transmisión…
Mi voz se fue apagando poco a poco.
Él levantó la mirada.
Tranquilo.
Sereno.
Y luego…
sonrió.
Dejó los documentos a un lado.
—El Imperio Vampírico debe saber que me casare contigo.
Mi corazón dio un salto.
Fuerte.
Incontrolable.
El calor subió a mi rostro de inmediato.
No fue solo lo que dijo…
sino cómo lo dijo.
Con seguridad.
Sin dudas.
Como si no existiera nada en este mundo capaz de hacerlo cambiar de opinión.
Y en ese instante…
entendí algo.
Aquello ya no era una actuación.
O al menos…
ya no lo era completamente.
.
.
.
Pasaron los días… y también las noches.
El tiempo avanzaba con una calma engañosa, como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros.
Hasta que, una noche…
la puerta de mi habitación se abrió.
Cassian entró sin hacer ruido.
Como siempre.
Se sentó en el sillón, con esa elegancia natural que lo caracterizaba, mientras yo permanecía en la orilla de la cama.
Conversamos un poco.
Tranquilos.
Sin prisas.
Hasta que, de pronto, me miró.
—Quiero ver a los niños.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Aun así, asentí.
Primero saqué un talismán y lo activé, creando una barrera que impediría que el aroma de su sangre se dispersara.
Después…
deslicé el anillo.
Y los saqué.
Fenrael y Naevira aparecieron en sus formas de cachorros lobo.
Pequeños.
Suaves.
Inocentes.
Observé a Cassian con atención.
Esperando…
temiendo…
Pero él solo los miró.
Y sonrió.
No había hambre en sus ojos.
No había peligro.
Solo… calidez.
Como si realmente los viera por lo que eran.
Niños.
Adorables.
Sin importar su raza.
Algo dentro de mí se relajó.
—Transformense—les dije con suavidad.
Ambos obedecieron.
Sus pequeños cuerpos cambiaron hasta adoptar forma humana.
Cassian se sorprendió.
—¿Por qué… no tienen orejas ni cola?
Guardé silencio.
Por un instante…
recordé a Rowan Ashford.
El pasado…
No respondí.
Como si lo hubiera entendido todo sin palabras…
Cassian alzó la mano.
Un sello demoníaco apareció en el aire.
Y de él…
comenzaron a salir juguetes.
Muñecos.
Pelotas.
Y hasta artefactos electrónicos.
Los ojos de los niños brillaron de emoción.
Corrieron de inmediato hacia la montaña de juguetes.
Rieron.
Jugaron.
Y luego me miraron.
Esperando a que los volviera a meter al espacio.
—Primero den las gracias —dije.
Fenrael inclinó la cabeza con respeto.
—Gracias.
Pero Naevira…
sonrió con dulzura y dijo:
—Gracias por los regalos… nuevo papá.
El mundo…
se detuvo.
Sentí el calor subir a mis mejillas.
Y al mirar a Cassian…
él estaba igual.
Sonrojado.
Sorprendido.
Golpeado directamente al corazón.
Sin decir nada más, guardé a los niños en el anillo.
El silencio quedó suspendido en el aire.
—Son hijos con sangre real del Rey Bestia, Rowan Ashford —dije finalmente—. No serán como otros hombres bestia… que conservan rasgos animales en su forma humana.
—Ya veo… —respondió en voz baja.
Luego, añadió con una leve sonrisa:
—Son muy lindos.
Hizo una pausa.
—Sácalos más seguido… pero con el talismán.
Me sorprendí.
Pero también dudé.
El Imperio Vampírico…
no era un lugar seguro para ellos.
Cassian me miró.
Esta vez…
con una seriedad absoluta.
Y entonces dijo algo que sacudió mi corazón.
—Aelina… lo prometo.
Sus palabras fueron firmes.
Inquebrantables.
—En el futuro… no habrá discriminación entre razas.
Mi respiración se detuvo.
—Y tus hijos… podrán jugar libremente.
Algo dentro de mí…
tembló.
Porque en ese instante…
no estaba viendo a un duque.
Sino a alguien capaz de cambiar todo un imperio.
Por nosotros.