A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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El sello de la familia
Mientras Giselle se enfrentaba a las cenizas de su vida, en el ala más lujosa de la ciudad, el futuro CEO de las empresas Alcázar estaba siendo reprendido por su abuelo, don Valerio Alcázar. El aire en la mansión era pesado, cargado con el olor a tabaco caro y la autoridad de un hombre que no aceptaba un "no" por respuesta.
—Pasaste toda la noche fuera de casa, Dios sabe con qué clase de mujer —sentenció don Valerio, golpeando suavemente su bastón contra el suelo pulido de mármol.
El abuelo era un hombre rígido, un guardián del prestigio que solo vivía para que el apellido Alcázar se mantuviera en la cima. Su único nieto, Diego, había sido su mayor dolor de cabeza: un joven que parecía preferir el libertinaje y las noches sin nombre antes que centrarse en una sola mujer digna del imperio.
—Tranquilo, abuelo —respondió Diego, dejándose caer en un sillón de cuero mientras se frotaba las sienes—. Anoche conocí a mi futura esposa. Estoy seguro de que te encantará.
El rostro inexpresivo de don Valerio se transformó al instante. Una sonrisa de triunfo, casi depredadora, apareció en sus labios.
—¿Quién es ella? ¿Dónde está? ¿Por qué no la trajiste a casa de inmediato? —Las preguntas se aglomeraron, rompiendo la compostura del anciano.
Diego suspiró, clavando la mirada en un punto inexistente. Todavía podía sentir el aroma a gardenias de la joven del bar y la suavidad de su piel bajo sus dedos. Había sido una locura, una conexión eléctrica que no había sentido jamás.
—La perdí —respondió Diego con la voz apagada.
—¿Cómo que la perdiste? —preguntó el abuelo, consternado—. ¿Eres un Alcázar o un aprendiz? ¡Ningún hombre de esta familia deja escapar lo que quiere!
—Sali de la habitación, abuelo.... Cuando regrese, ella se había ido. Ni un número, ni un nombre. Solo me dejó el recuerdo de su tristeza —Diego apretó los puños—. Pero le dejé mi anillo. El sello de la familia.
Don Valerio palideció.
—¿Le diste el anillo de tu abuela? ¿Esa joya de valor incalculable a una desconocida de un bar? —El anciano rugió de furia—. ¡Podría ser una cazafortunas! ¡Podría estar ya en una casa de empeños!
—No lo es —sentenció Diego con una seguridad que lo sorprendió incluso a él—. Me contó su vida, su decepción... lloró en mi hombro con una honestidad que no existe en nuestro círculo. Le di el anillo para que tuviera algo que la obligara a volver a mí. Para que supiera que no fue una noche más.
Diego se puso en pie y caminó hacia el gran ventanal que daba a la ciudad. En algún lugar de esa selva de asfalto, ella estaba.
—Escúchame bien, abuelo. No me importa lo que cueste. Voy a contratar a los mejores investigadores del país. Voy a revisar cada cámara de seguridad de ese hotel y cada rostro de la facultad de medicina que mencionó. La voy a encontrar, y cuando lo haga, la traeré a esta casa, quiera ella o no.
Diego no sabía que, en ese mismo instante, Giselle estaba siendo repudiada por sus padres y que el anillo que él consideraba un "vínculo" era la prueba que la condenaba como una cualquiera. El cazador había comenzado la búsqueda, sin sospechar que su presa estaba huyendo no solo de él, sino de las consecuencias de la noche que los uniría para siempre.
Mientras Diego Alcázar movía cielo y tierra para encontrarla, Giselle se hundía en un pozo de ansiedad. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando, al mirar el reloj, recordó el pequeño sobre que Alicia había traído. La noche había caído, el tiempo se le escapaba de las manos y un nudo se instaló en su pecho. Salió de la cama de un salto y buscó a su amiga con desesperación.
—¿Dónde está la pastilla? —preguntó Giselle, con la voz quebrada por el pánico.
Alicia palideció. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó el blíster intacto.
—Esto es grave, Giselle... —explicó Alicia, con la voz tensa y cargada de culpa—. Han pasado demasiadas horas. A estas alturas, lo más probable es que ya no tenga ningún efecto.
—¡No me importa! Me la voy a tomar igual —afirmó Giselle, arrebatándole el sobre de las manos y corriendo a la cocina como si su vida dependiera de ese pequeño comprimido. Se lo tragó en seco, rezando para que el destino no fuera tan cruel.
Los días siguientes fueron una tortura de silencio. Giselle intentó retomar su vida en la facultad, caminar por los pasillos con la frente en alto y actuar como si su mundo no se hubiera desmoronado esa noche en el hotel. Pero la sombra de Javier Vargas no dejaba de perseguirla, acechándola entre clases como un depredador que no acepta perder su presa.
—Tenemos que hablar —dijo Javier, interceptándola en un pasillo vacío y tomándola del brazo con una posesividad que le revolvió el estómago.
—¡Suéltame! —gritó Giselle, zafándose con un movimiento violento. Lo miró con un asco tan profundo que Javier retrocedió un paso—. No vuelvas a poner tus sucias manos sobre mí, nunca.
—Eres mi novia y merezco una explicación —espetó él, recuperando su arrogancia—. No puedes simplemente borrarme de tu vida sin decir nada.
—¿Una explicación? —Giselle soltó una carcajada amarga que resonó en las paredes de la facultad—. Te escuché, Javier. Escuché cada palabra sobre tu apuesta y lo que piensas de mí. Me das asco. No soporto ni respirar el mismo aire que tú.
—Giselle, solo fue una broma entre hombres, yo...
—Para que lo sepas —lo interrumpió ella, clavándole una mirada gélida—, ya hay otro hombre en mi vida. Uno de verdad, que no me necesita para ganar una estúpida apuesta con sus amigos sin cerebro. Así que lárgate y no me busques más.
Giselle se alejó sin mirar atrás, dejando a Javier consumido por la rabia. Sin embargo, mientras caminaba, una ola de náuseas la obligó a detenerse y apoyarse contra la pared. El mundo volvió a girar con violencia. No era solo el asco por Javier; era algo más profundo, algo que la pastilla tardía no había podido detener.
Giselle se tocó el vientre con manos temblorosas, sintiendo que su sueño de ser cirujana se alejaba para siempre, mientras en su dedo, oculto bajo el bolsillo de su bata, el anillo de los Alcázar parecía pesar toneladas. La guerra apenas comenzaba.