Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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Deudas de Sangre y el Juego del Chocolate Amargo
El aire en la sección de archivos de la biblioteca era pesado, impregnado del olor a papel viejo y el rastro metálico de una tensión que estaba a punto de estallar. Damián había arrastrado a Valeria hasta allí, lejos de las miradas curiosas de los pasillos, y la había acorralado contra una de las estanterías de madera maciza. Por un momento, el silencio fue absoluto, roto únicamente por la respiración entrecortada de Valeria, que mantenía una sonrisa desafiante a pesar de sentir el calor que emanaba del cuerpo de Damián. Él no dijo nada al principio; simplemente se quedó allí, con los brazos apoyados a ambos lados de su cabeza, encarcelándola en su espacio personal. Sus ojos negros, usualmente calculadores, destellaban con una posesividad que ya no intentaba esconder. "Ese chico francés", comenzó a decir con una voz tan baja y ronca que vibró en el pecho de Valeria, "¿realmente crees que puede protegerte de lo que siento por ti?". Valeria soltó una risa seca, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. "Él no intenta protegerme, Damián. Él simplemente no tiene miedo de estar conmigo a plena luz del día". La confrontación terminó en un beso cargado de furia y necesidad, un choque de labios que sabía a castigo y a rendición mutua, antes de que Damián se apartara bruscamente, recuperando su máscara de mármol y dejándola sola entre las sombras, con los labios hinchados y el alma en un hilo.
Mientras tanto, en el otro extremo del campus, Elena se encontraba sentada bajo un roble solitario, con el sobre de papel kraft de Julián entre sus manos. Sus dedos temblaban ligeramente mientras rompía el sello. Al desdoblar el papel, la letra de Julián, usualmente descuidada, se veía esforzada y clara. «Elena, sé que soy un idiota que se esconde tras los chistes porque me aterra la idea de que veas lo mucho que me importas. No busqué a Sofía porque quisiera estar con ella; lo hice porque verte con Mateo me hacía sentir que me estaba ahogando. Te quiero, fiera. Te quiero de una forma que no sé explicar sin arruinarlo todo». Elena cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta. La carta era una rendición incondicional, una bandera blanca en medio de su guerra de guerrillas. Por un segundo, la fierecilla se calmó, pero el recuerdo de la humillación del domingo y la risa de Julián con su prima volvió a encenderse. Guardó la carta en su mochila con una determinación fría; no se lo pondría tan fácil. Si Julián quería una fiera, tendría que aprender a domarla sin redes de seguridad.
Sin embargo, el destino tenía preparado un giro cruel para el almuerzo. Horas más tarde, Valeria entró en la cafetería con la intención de buscar a Damián para continuar su juego de provocación, pero lo que encontró la dejó paralizada. Damián estaba sentado en la mesa central, rodeado por su círculo de amigos, pero lo que llamó la atención de todos fue la presencia de dos chicas, Camila y Sandra, conocidas por ser parte de la élite social del colegio y por haber orbitado alrededor de Damián durante años. Sandra, con una confianza que solo da la belleza y la falta de escrúpulos, estaba sentada directamente sobre las piernas de Damián, con sus brazos rodeando su cuello mientras le susurraba algo al oído que lo hacía sonreír de esa forma cínica que Valeria conocía tan bien.
Valeria sintió como si un balde de agua helada le recorriera la espalda. Los celos, esos que ella creía tener bajo control, estallaron en su pecho como una supernova. Caminó hacia la mesa con paso firme, pero se detuvo al ver que Damián levantaba la vista. Él la vio. Sus ojos se encontraron a través del bullicio de la cafetería. En lugar de apartar a Sandra o mostrarse incómodo, Damián hizo algo que Valeria no esperaba: rodeó la cintura de la chica con una mano y le devolvió la mirada a Valeria con una frialdad absoluta. Era su "medicina de su propio chocolate". Damián estaba aplicando la misma estrategia que ella había usado con el francés: el uso de terceros para demostrar que nadie era indispensable.
—Parece que la agenda de Damián se liberó de repente —comentó Sandra en voz alta, lanzándole una mirada triunfal a Valeria—. ¿Verdad, Dam?
—Totalmente —respondió él, sin apartar los ojos de Valeria, disfrutando visiblemente de la forma en que ella apretaba los puños—. A veces uno olvida que el orden es mucho más satisfactorio cuando no hay ruidos molestos de por medio.
Valeria sintió que la sangre le hervía. Ver a otra mujer ocupando el lugar que ella había reclamado apenas unas horas antes en la biblioteca era una humillación que no iba a perdonar. Pero lo que más le dolía no era la presencia de Sandra, sino la mirada de Damián: una mirada que decía que él también sabía jugar sucio. Los celos de Valeria se transformaron en una rabia líquida. Julián, que estaba a su lado observando la escena con la boca abierta, intentó ponerle una mano en el hombro para calmarla, pero ella lo apartó. El suspenso en la cafetería era tal que incluso el ruido de las bandejas parecía haber cesado. Valeria sonrió, pero era una sonrisa de guerra. Si Damián quería jugar al chocolate amargo, ella estaba dispuesta a darle la caja entera hasta que se atragantara. El juego de las fieras y los perfectos había entrado en su fase más destructiva, y el almuerzo apenas comenzaba.