Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 23
El regreso desde las profundidades del Reino Marino no fue el viaje accidentado y caótico de la ida. Esta vez, **Sebastián** viajaba con la escolta de honor del Rey Tritón, protegido dentro de una burbuja de aire encantada que flotaba suavemente a través de las corrientes, sostenida por la mano de **Rubí**. La sirena nadaba con una calma majestuosa, dejando atrás el abismo para escoltar a su futuro esposo hacia la superficie.
Al emerger en las costas de Helios, el sol del atardecer bañaba el mármol del palacio con un resplandor de oro viejo. Los guardias, que habían pasado días buscando al "marisco real" por orden de una histérica Aurelia, se quedaron petrificados al ver a la sirena emerger de las olas y depositar al pequeño cangrejo rojo sobre la arena de la playa privada.
—He vuelto —intentó decir Sebastián, aunque su voz seguía siendo un burbujeo metálico que solo Rubí y el viento entendían—. ¡Abran paso al soberano!
El ascenso por las escalinatas del palacio fue una procesión de asombro. Rubí caminaba con paso firme, sus pies descalzos dejando huellas de agua salada en las alfombras rojas. En sus manos, Sebastián mantenía una postura tan erguida que parecía que su caparazón iba a estallar de orgullo.
Al llegar al gran salón del trono, el aire se volvió pesado. Allí, esperándolos con una mezcla de furia y desesperación, estaba **Malaki**. El hechicero, apoyado en su báculo de madera de fresno, observaba al cangrejo con una mirada que ya no contenía malicia, sino un reconocimiento silencioso.
—Has cruzado el océano por algo más que tu propio reflejo, Príncipe —dijo Malaki, su voz resonando en las bóvedas—. Has desafiado a la naturaleza y al miedo por un lazo que tu orgullo no quería admitir. La lección está completa.
El mago golpeó el suelo con su báculo. Una explosión de luz blanca, cálida y con aroma a lluvia de verano, inundó la estancia. Sebastián sintió el estiramiento agónico y maravilloso de sus huesos. Su visión cambió, el suelo se alejó y el peso de sus músculos regresó con una fuerza abrumadora. Cuando la luz se disipó, ya no había un crustáceo sobre la alfombra.
Sebastián de Helios estaba de pie, humano una vez más. Vestía una túnica de lino blanco que se materializó con el hechizo, resaltando su porte atlético y su cabello rojo encendido. Se miró las manos, cerrando y abriendo los puños con una sonrisa de triunfo absoluto.
—Finalmente —exclamó Sebastián, su voz profunda y barítono llenando el salón—. La perfección ha regresado a su estado original.
Antes de que pudiera regodearse más en su propia imagen, un bulto negro y veloz cruzó el salón. **Sombra**, la gata que lo había acechado y casi devorado, se lanzó hacia sus piernas. Pero esta vez no hubo dientes ni garras. La felina comenzó a ronronear con una vibración que parecía un motor, frotando su cabeza contra las botas del príncipe y maullando con una devoción absoluta.
—Vaya, vaya —dijo Sebastián, agachándose para acariciar tras las orejas a la gata—. Parece que incluso las bestias saben reconocer cuándo el orden natural se ha restaurado. Bienvenida de nuevo, Sombra. Prometo que no habrá más incidentes con calderos.
El momento de paz fue interrumpido por un sollozo agudo. En el extremo opuesto del salón, **Aurelia** observaba la escena. Su vestido morado estaba arrugado y sus ojos color lavanda estaban rojos de tanto llorar. Ver a Sebastián convertido en hombre de nuevo, acariciando a la gata y mirando a la sirena con una intensidad que nunca le había dedicado a ella, fue el golpe final.
Aurelia caminó hacia el centro del salón. Ya no lloriqueaba de forma infantil; había algo nuevo en su postura, una amargura que se transformaba en una fría resolución.
—Así que esto es lo que querías, Sebastián —dijo Aurelia, su voz temblando pero firme—. Cruzar el mundo por una mujer que te trató como comida, mientras yo te esperaba con sales de baño y bayas del bosque.
Sebastián se puso en pie, recuperando su máscara de frialdad aristocrática.
—Aurelia, no pretendas que esto era por mí. Tú querías una corona y un marido predecible. Yo no soy ninguna de las dos cosas.
—Tienes razón —respondió ella, secándose una última lágrima con un pañuelo de seda que luego dejó caer al suelo—. No eres el hombre con el que me comprometí. El Sebastián que yo conocía nunca se habría rebajado a caminar por el fondo del mar por nadie. Pero tampoco soy la mujer que va a quedarse a ver cómo una sirena demente organiza el protocolo de mi palacio.
Aurelia se giró hacia sus damas de compañía, que aguardaban en la sombra.
—Preparen los carruajes. Regresamos a los Valles Púrpuras esta misma noche. Prefiero ser una soltera con dignidad que una reina por lástima en un reino que huele a pescado y locura.
Sebastián guardó silencio. Por primera vez, sintió un atisbo de respeto por la princesa de cabello morado. Ella se retiró del salón con la cabeza en alto, sin mirar atrás, dejando un rastro de perfume de lavanda que el aire del mar pronto comenzó a disipar.
Rubí, que había permanecido observando la escena con una sonrisa ladeada, se acercó a Sebastián. Sombra, en un gesto de tregua inesperada, se sentó entre los dos, observando a la sirena con ojos amarillos inquisidores.
—Bueno, Rey de Tierra —dijo Rubí, rodeando el cuello de Sebastián con sus brazos—. Ya no tienes prometida, ya no tienes caparazón y tu gata parece haber aceptado que soy la nueva jefa de la cocina. ¿Cuál es el siguiente paso en tu agenda de perfección?
Sebastián la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él. Ya no era un cangrejo pequeño, pero el "hechizo" seguía ahí, más fuerte que nunca.
—El siguiente paso —murmuró Sebastián, rozando su nariz con la de ella— es asegurarme de que nunca vuelvas a darme un chisguetazo. Y quizás, solo quizás, empezar a planear una boda que haga que tu padre y sus tridentes parezcan una fiesta de cumpleaños infantil.
Rubí rió, una risa que ya no era de locura, sino de victoria compartida.
—¿Y si me aburro de la tierra firme, Sebastián?
—Entonces construiremos un balcón que llegue hasta el fondo del arrecife —sentenció él—. Porque dondequiera que vayas, bruja abisal, yo estaré allí para recordarte que me debes una disculpa... y mil besos más por cada día que pasé siendo un marisco.
Sombra soltó un maullido de aprobación y el palacio de Helios, por fin, encontró su equilibrio. El príncipe había vuelto, la sirena se había quedado, y el reino estaba a punto de descubrir que no hay nada más peligroso, ni más eterno, que el amor entre un hombre demasiado orgulloso y una mujer demasiado intensa.