Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto I: La Pieza
Capítulo 10: La colección
—
El ático de Marcos Moncada ocupaba toda la última planta.
No era una casa. Era un museo vivido.
Madera oscura en el suelo, paredes blancas interrumpidas por cuadros perfectamente iluminados, esculturas en cada rincón como si hubieran crecido ahí. Los muebles eran pocos pero elegantes: un sofá de cuero color miel, una mesa baja con libros de arte apilados, una lámpara de diseño que proyectaba sombras suaves en el techo.
Y al fondo, una pared entera de ventanales. Madrid entero a sus pies, iluminado, palpitante.
—Pasa, siéntete cómoda —dijo Marcos detrás de mí.
—Es increíble.
—Es solo una casa.
—No es solo una casa.
Casi sonríe. Dejó mi abrigo en una butaca y señaló hacia lo que parecía la cocina, aunque todo era tan abierto que costaba distinguir los espacios.
—¿Vino? Tinto, blanco... lo que prefieras.
—Blanco, gracias.
Desapareció unos segundos. Yo aproveché para mirar, para absorber. Cada cuadro merecía una hora de contemplación. Cada escultura, un estudio.
Y entonces lo vi.
En una esquina, sobre una peana de mármol blanco, iluminada por un foco cenital.
Mi escultura.
La mujer sin cabeza. La primera que hice con mi propio cuerpo como modelo. La que vendí hacía dos años en una galería de segunda, por cuatrocientros euros, porque necesitaba pagar el alquiler de ese mes y no tenía otra cosa.
Estaba ahí.
En su casa.
El mundo se detuvo.
—¿Te gusta?
La voz de Marcos a mi espalda. Me giré. Él estaba con dos copas de vino blanco en las manos, mirándome con una expresión que no supe descifrar.
—Es... impresionante —logré articular.
—Es mi pieza favorita. La encontré hace unos meses, en una galería pequeña del Barrio de las Letras. Estaba en un rincón, mal iluminada, como si nadie supiera lo que tenía entre manos.
—¿Cuánto pagó por ella?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Marcos arqueó una ceja. Me tendió una copa. Sus dedos rozaron los míos.
—Doce mil euros.
Mi corazón dejó de latir. Doce mil. Yo la había vendido por cuatrocientos. Cuatrocientos miserables euros que se fueron en dos meses entre alquiler y comida para Blanca.
—Es una pieza única —continuó él, sin apartar la mirada de la escultura—. La artista capturó algo que no he visto en ninguna otra obra. Intimidad. Verdad. Como si hubiera esculpido su propia piel.
—¿Cómo sabe que es su propia piel?
—Porque nadie puede esculpir un cuerpo así sin conocerlo. Sin
haberlo vivido. Sin haberlo amado, quizá.
Se giró hacia mí. Sus ojos azul oscuro me atravesaron.
—Tú que pintas, Irene. ¿Lo entiendes?
—Sí —susurré—. Lo entiendo.
—
Cenamos en una mesa pequeña junto al ventanal.
Él cocinaba. Me sorprendió. No un chef, no catering, no sé qué esperaba. Él mismo preparó una pasta con verduras y un pescado que sacó del horno en el momento justo.
—No sabía que cocinaras.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
—Como qué.
—Como que mi madre me enseñó. Decía que un hombre que sabe cocinar nunca depende de nadie.
—¿Tu madre?
—Murió cuando yo tenía veintiocho. Cáncer.
—Lo siento.
—Fue hace tiempo. Pero gracias.
Bebimos vino. La ciudad brillaba abajo.
—¿Y la tuya? —preguntó—. ¿Vive?
—Sí. En Carabanchel. En un piso pequeño, con sus geranios y sus novelas del corazón.
—¿La ves mucho?
—Los domingos. Comida familiar. Siempre me pregunta si tengo novio, si voy a darle nietos, si voy a dejar ya eso del arte.
—¿Eso del arte?
—No lo entiende. Me quiere, pero no lo entiende. Cree que es una pérdida de tiempo. Una afición, como bordar o hacer punto de cruz.
—¿Y no lo es?
Lo miré. Él sonreía, pero no era una burla. Era una pregunta real.
—No —dije—. Es lo único que soy.
—
Después de cenar, me enseñó el resto de la colección.
Obras de artistas que conocía de nombre, otros que ni siquiera había oído mencionar. Todos buenos. Todos elegidos con un criterio que no era el de un coleccionista cualquiera.
—¿Cómo empezó todo esto? —pregunté—. El arte, digo.
—Por un accidente.
—¿Un accidente?
—Cuando tenía cinco años, me caí de un caballo. Estuve tres días en coma. Cuando desperté, tenía recuerdos extraños, memorias desconocidas
—¿Como qué?
—Una mujer. Morena, pelo largo, manos manchadas de pintura. Me miraba mientras dibujaba. Yo la observaba desde una mecedora viendo como trabaja. Era feliz.
—¿Un cuento que te leían de niño quizás?
—No lo sé. Puede que mi imaginación de niño. Pero desde entonces, el arte me llama. Como si buscara a alguien.
—¿Y la ha encontrado?
Me miró fijamente. Demasiado tiempo.
—No lo sé todavía.
—
Llegamos a la última pieza de la noche.
Era un óleo grande, de casi dos metros. Una mujer recostada, de espaldas, con la luz entrando por una ventana y marcando cada curva de su columna. Sin rostro. Como las mías.
—Es precioso —dije.
—Es tuyo.
—¿Cómo?
—Tu forma de pintar me recuerda a esto. A esta artista. La misma entrega, la misma verdad.
—No creo.
—¿Por qué no?
—Porque ella es... famosa, supongo.
Marcos se acercó. Ahora estábamos muy cerca. Su cuerpo, grande, fornido, a solo unos centímetros del mío. Podía sentir su calor.
—No dudo de la gran artista que vive en ti.
—
Eran más de las dos cuando llamé a Laura desde el taxi de vuelta.
—¿Sigues viva?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Cenamos. Hablamos. Me enseñó su colección.
—¿Y?
—Y tiene mi escultura, Laura.
—¿Cómo?
—La de la mujer sin cabeza. La que vendí hace dos años. Está en su casa. Pagó doce mil euros por ella.
—Doce mil... ¿La que tú vendiste por cuatrocientos?
—Esa.
—Hostia.
—Y no sabe que soy yo. Cree que es de otra artista. Me la enseñó como si fuera su tesoro más preciado.
—¿Y tú no le dijiste nada?
—No. No pude. Me quedé paralizada.
—Tienes que decirle.
—No sé.
—Irene, eso es...
—Ya lo sé.
El taxi cruzaba Madrid vacío. Las farolas pasaban como fogonazos.
—¿Y tú? —preguntó Laura—. ¿Qué sientes?
—Miedo.
—¿Solo miedo?
—Y algo más. Algo que no sé nombrar... Curiosidad quizás