Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 7: La Noche de Películas y el Gato Inesperado
La "Gran Aventura de Compras" de Max había dejado a Anastasia con una profunda sensación de agotamiento y un vago anhelo por el silencio. Había rechazado amablemente (pero con firmeza) el deportivo, la joyería y la compra de la librería. La tarjeta negra, la guardaba como un recuerdo extravagante. Lo que realmente anhelaba era una noche "normal". Una noche sin algoritmos de compatibilidad, sin retratos glorificados, sin banquetes elaborados y, sobre todo, sin compras impulsivas de multimillonarios.
Así que, con la determinación de una general planeando una invasión, Anastasia decidió organizar una "noche de películas". Una actividad inofensiva, un terreno neutral. Pensó que, al fin y al cabo, todos podrían sentarse en un sofá, ver una película y, por una vez, no competir por su atención de formas grandilocuentes.
Invitó a todos con un mensaje de texto colectivo: "Noche de películas en mi casa. Nada de dramas, nada de arte, nada de ciencia. Solo palomitas y una buena película. El que llegue con un regalo extravagante, ¡se queda fuera!"
Para su sorpresa, todos respondieron positivamente. Max envió un emoji de pulgar arriba. Caleb un "¡El cine es el espejo del alma, mi musa! ¡Cuenta conmigo!". Silas un "Análisis de la narrativa cinematográfica y su impacto en el espectador: Aceptado". Y Nico un "Llevaré las mejores palomitas de la ciudad, hechas con maíz orgánico y mantequilla de trufa." Rocky, como era de esperar, solo respondió con un breve "Ok".
Ana pasó la tarde preparando palomitas, arreglando la sala de estar con cojines y mantas, e incluso eligió una película "segura": una comedia romántica de los 90. Nada de terror, nada de gatos. Estaba decidida a tener una noche de paz.
Los hombres llegaron, uno tras otro, con una puntualidad sorprendente. Nico, como había prometido, trajo una bolsa gigante de palomitas caseras que olían a gloria. Max llegó con un proyector de última generación y una pantalla retráctil que instaló en un abrir y cerrar de ojos, transformando la pequeña sala de Ana en un cine en miniatura. Caleb trajo una manta tejida a mano con hilos de colores vibrantes, "para abrigar tu espíritu en la oscuridad del celuloide". Silas, sorprendentemente, trajo un cojín ortopédico para la columna vertebral, "para optimizar tu postura durante la proyección y prevenir la fatiga muscular". Y Rocky, siempre práctico, trajo un extintor y un kit de primeros auxilios, "por si acaso".
"Chicos", dijo Ana, sonriendo. "Esto es... mucho. Pero agradezco el esfuerzo. Especialmente las palomitas, Nico."
Se acomodaron. Ana se sentó en el centro, con Max a un lado (ofreciéndole uvas sin pepitas) y Nico al otro (alimentándola con palomitas de trufa). Caleb se sentó en el suelo, delante de ella, con su cuaderno listo para "capturar las emociones". Silas se sentó en el extremo del sofá, con su cojín ortopédico, observando la sala con su tablet. Y Rocky, fiel a su naturaleza protectora, se sentó cerca de la puerta, con el extintor a su lado, escaneando el perímetro.
La película comenzó. Era la típica comedia romántica con malentendidos, canciones pegadizas y un final feliz predecible. Ana se estaba relajando. Los hombres, sorprendentemente, estaban en silencio. Max se limitaba a susurrar comentarios irónicos sobre el vestuario de los actores. Caleb hacía bocetos de las expresiones faciales de los protagonistas. Silas anotaba la duración de cada plano y la frecuencia de los diálogos. Y Rocky, estaba...
"¿Estás bien, Rocky?", preguntó Ana, al notar que Rocky estaba inusualmente tenso, sus ojos clavados en la pantalla, pero con una expresión de creciente pavor.
"La... la escena... del gato", balbuceó Rocky, su voz un chirrido.
Ana frunció el ceño. ¡No había escenas de gatos en esta película! Estaba segura.
En la pantalla, la protagonista, en un intento de animar a su mejor amiga, le mostraba una foto de un lindo gatito que había adoptado recientemente. Era un cameo, un simple fotograma. Pero para Rocky, era el horror.
Rocky dejó escapar un grito ahogado. Su cuerpo se puso rígido. Sus ojos se abrieron como platos.
"¡El felino!", exclamó, saltando del sofá como si le hubieran disparado. El extintor, que tenía a su lado, salió volando y se estrelló contra la pared.
Max, que estaba concentrado en sus uvas, casi se atraganta. Caleb dejó caer su lápiz. Silas, en su tablet, notó un pico dramático en los niveles de estrés de Rocky.
Rocky comenzó a retroceder, tropezando con los cojines y las mantas, su mirada fija en la pantalla, donde el gatito, completamente ajeno al pánico que causaba, maullaba dulcemente.
"¡Un... un depredador! ¡Silencioso! ¡Sigiloso! ¡Con garras retráctiles!" Rocky comenzó a hiperventilar. Estaba a punto de escalar por la pared.
Ana se levantó de un salto. "¡Rocky, cálmate! ¡Es solo una foto! ¡No es real!"
Pero Rocky ya no escuchaba. Su fobia se había apoderado de él por completo. Su mente lo transportó a algún trauma felino infantil que solo él conocía.
Max, siempre el pragmático, intentó intervenir. "Rocky, te pagaré un millón de dólares si te quedas quieto. ¡Por favor, no destruyas el proyector!"
Caleb, por su parte, ya estaba dibujando. "¡La angustia del guerrero frente a su nemesis peluda! ¡Qué tragedia griega!"
Silas, con su tablet, comenzó a vocalizar instrucciones. "Rocky, concéntrate en tu respiración. Inhala por la nariz, exhala por la boca. La probabilidad de un ataque felino en un entorno cerrado y controlado es del 0.0001%."
Nico, por su parte, se levantó con una taza de té de hierbas. "Aquí, Rocky. Manzanilla y melisa. Te ayudará a relajarte."
Pero Rocky era inmune a la lógica, el dinero, el arte y el té. Sus ojos seguían fijos en la pantalla.
Fue entonces cuando, de repente, un pequeño maullido real resonó en la sala.
Todos se congelaron. El maullido vino de debajo del sofá.
Ana parpadeó. Max parpadeó. Caleb parpadeó. Silas, incluso, dejó de analizar.
Rocky, al escuchar el maullido, dejó escapar un gemido ahogado. Su expresión pasó del pánico al horror más absoluto.
De debajo del sofá, se deslizó un pequeño gato atigrado. Era el mismo gato de la cafetería, el "infiltrado felino" que había causado estragos en el concesionario. Parece que el pequeño felino había seguido a Rocky, o quizás, a las palomitas de trufa.
Al ver al gato de verdad, Rocky perdió el control. Comenzó a gritar. Y, lo que es peor, comenzó a bailar. Un baile errático, de pánico, que consistía en dar saltos, agitar los brazos y retroceder hacia la pared, intentando desesperadamente alejarse del felino.
El gato, curiosamente, parecía disfrutar del espectáculo. Se sentó en el centro de la sala, mirándolo con curiosidad, como si el enorme hombre que saltaba y gritaba fuera el entretenimiento de la noche.
Ana, a pesar de la situación, no pudo evitar reírse. Era tan absurdo. El guardaespaldas imponente, el hombre que no le temía a nada, ahora era un manojo de nervios por un pequeño gato.
Max, viéndola reír, también soltó una carcajada. Caleb, inspirado, ya estaba dibujando la escena. Silas, que había logrado suprimir su propia sonrisa, anotaba los "parámetros de la reacción felina" y la "danza de la huida". Nico, resignado, le ofrecía una palomita de trufa al gato, que la aceptó con gusto.
En medio del caos, Ana se acercó a Rocky. "Rocky", dijo suavemente, "solo es un gato. No te va a hacer daño."
Rocky, que ahora estaba acorralado en una esquina, con los ojos cerrados, balbuceó: "Sus... sus bigotes. Los veo. Me están... acechando."
Ana, con cuidado, se agachó y recogió al gato. Era suave y ronroneaba. Lo sostuvo en sus brazos. "Mira, Rocky. Es inofensivo."
Rocky abrió un ojo. Luego el otro. Miró al gato en los brazos de Ana. El gato maulló y se frotó contra el hombro de Ana.
Poco a poco, la tensión de Rocky disminuyó. Su cuerpo dejó de temblar. Su respiración se normalizó. Miró al gato, y luego a Ana.
"Es... es pequeño", murmuró.
"Sí", dijo Ana. "Y dulce."
Por un breve instante, hubo un momento de calma. Rocky, el estoico guardaespaldas, había sido vulnerable. Y Ana lo había visto. Había visto el miedo detrás de la fachada, y el lado humano que rara vez mostraba.
Pero la calma duró poco. El gato, al ver a Nico con las palomitas, saltó de los brazos de Ana y corrió hacia él, intentando robar una.
Rocky soltó un nuevo grito de pánico. "¡El... el contraataque! ¡Sabía que era una distracción!" Y la sala volvió a sumirse en el caos.
Ana se desplomó en el sofá, con una sonrisa en el rostro. Su "noche de películas normal" se había convertido en un circo. Pero, de alguna manera, no la cambiaría por nada del mundo. La vulnerabilidad de Rocky, las reacciones exageradas de los demás, el gato oportunista... Todo era parte de su vida ahora. Una vida ruidosa, caótica, pero extrañamente fascinante. Su terapeuta no estaría lista para esto. Pero ella, Ana, estaba empezando a encontrarle el gusto.
¿Qué tipo de desastroso "retiro" intentaría Ana en el próximo capítulo para escapar de este caos, solo para encontrarse con que los hombres la han seguido?.