🌙 CASADA CON EL ERROR PERFECTO
Es una novela romántica intensa que mezcla drama, pasión, traición y segundas oportunidades, donde el amor no nace de lo correcto… sino de lo inevitable.
La historia sigue a Yzzi, una brillante doctora que ha construido una vida aparentemente perfecta: una carrera sólida, estabilidad emocional y un prometido ideal, Gerald, un hombre exitoso y respetado que encaja perfectamente en el futuro que todos esperan de ella. Todo parece estar bajo control… hasta el día de su boda.
“Casada con el Error Perfecto” no es solo una historia de amor,
es una historia de identidad, elección… y del valor de enfrentarse a lo que el corazón nunca olvidó. 💔🔥
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CAPÍTULO 20 El colapso parte 2
La sirena no era un sonido.
Era un desgarramiento.
Un grito que atravesaba la ciudad sin pedir permiso, que rompía el ritmo de todo lo que encontraba a su paso, que obligaba a los autos a abrirse, a las personas a mirar, a la vida cotidiana a hacerse a un lado… como si todos, aunque no supieran por qué, entendieran que algo grave estaba ocurriendo.
Dentro de la ambulancia, el tiempo no avanzaba igual.
Se comprimía.
Se volvía urgente.
Inestable.
El cuerpo del padre de Yssi yacía en la camilla como si ya no le perteneciera del todo. Su piel tenía ese tono que los médicos conocen demasiado bien, ese que anuncia peligro, ese que dice sin palabras que el cuerpo está entrando en una lucha que no siempre se gana.
—¡Presión en descenso!
—¡Oxígeno! ¡Rápido!
Las manos de los paramédicos se movían con precisión entrenada, pero incluso en su experiencia había algo que no podían ocultar: tensión. Una tensión que se sentía en cada orden, en cada ajuste, en cada mirada rápida hacia el monitor que no dejaba de emitir sonidos irregulares.
No era solo un paciente.
Era alguien que se estaba yendo.
Y muy lejos de ahí, sin ver esa escena, sin escuchar ese pitido desesperado, Yssi lo sintió.
No como doctora.
Como hija.
Estaba en casa.
Con su madre.
Cuando el teléfono sonó.
Y en ese instante… todo cambió.
—¿Bueno?
La voz al otro lado hablaba rápido, atropellada, llena de urgencia.
Yssi no preguntó dos veces.
—¿Hace cuánto ocurrió? ¿Perdió el conocimiento? ¿Qué signos tiene?
Su mente reaccionó antes que su corazón.
Pero cuando colgó…
Ya no había separación entre ambas.
Su madre la miraba, con el miedo creciendo como una sombra inevitable.
—¿Qué pasó? ¡Yssi, dime qué pasó!
Ella la miró.
Y en ese segundo, dejó de ser solo hija.
Era doctora.
Pero también era alguien que estaba a punto de romperse.
—Papá tuvo un infarto.
El aire desapareció.
—No… —susurró su madre, llevándose las manos al pecho—. No, eso no…
—Vamos —dijo Yssi, ya moviéndose, ya tomando llaves, ya respirando rápido—. Ahora.
Salieron juntas.
Sin orden.
Sin calma.
El trayecto fue un silencio cargado de todo lo que no se podía decir. El ruido del motor, el latido acelerado de sus corazones, la respiración contenida…
Yssi miraba al frente, pero su mente no estaba ahí.
Estaba en una sala de urgencias.
En un monitor.
En un corazón que no debía fallar.
No el suyo.
No así.
Cuando llegaron al Hospital San Gabriel, la realidad dejó de ser abstracta.
Se volvió tangible.
Violenta.
Las puertas se abrieron con un golpe seco.
—¡INFARTO AGUDO! ¡PASEN!
La camilla cruzó frente a ellas.
Yssi lo vio.
Y en ese instante…
Todo su conocimiento médico se hizo pedazos.
Porque no era un caso clínico.
Era su padre.
Pálido.
Inmóvil.
Frágil.
—¡Papá! —su voz salió rota, sin control, sin técnica, sin nada que la protegiera.
Intentó avanzar.
—Doctora, no puede pasar—
—¡SOY SU HIJA! —gritó, perdiendo toda compostura, toda formación, toda barrera—. ¡DÍGANME CÓMO ESTÁ!
Pero ya no estaba ahí.
Las puertas se cerraron.
Y ese sonido…
Ese sonido fue definitivo.
Su madre se derrumbó contra ella, llorando sin control, como si cada lágrima fuera una súplica.
—No me lo quites… —repetía—. No me lo quites…
Yssi la abrazó.
Fuerte.
Pero por dentro…
Se estaba rompiendo en silencio.
Las guiaron a la sala de espera, pero no era un lugar de espera.
Era un lugar de angustia sostenida.
De pensamientos que no se pueden detener.
De segundos que pesan más que horas.
Yssi no podía quedarse quieta.
Caminaba.
Regresaba.
Volvía a caminar.
Como si el movimiento fuera lo único que la mantenía en pie.
Pero su mente…
Su mente estaba dentro del quirófano.
—Tiempo de intervención… daño miocárdico… posibilidad de paro… —murmuraba, como si decirlo en voz baja le diera control—. Tiene que responder… tiene que…
Pero su voz temblaba.
Porque sabía.
Sabía demasiado.
Su madre, sentada, abrazándose a sí misma, lloraba en silencio, cada vez más débil, cada vez más rota.
El tiempo dejó de existir.
Hasta que la puerta se abrió.
Y todo se detuvo.
El médico salió.
Yssi no se movió.
Porque ya conocía esa mirada.
—¿Familiares?
—Soy su hija. Soy doctora —dijo, con una firmeza que no venía de la calma… venía del miedo.
El doctor asintió.
—Logramos estabilizarlo… pero está en estado crítico.
Las palabras cayeron como una sentencia.
—Sea claro —pidió ella.
Y él lo fue.
—Podría no pasar la noche.
El mundo se quebró.
Su madre soltó un llanto desgarrador, cayendo sobre la silla, perdiendo completamente la fuerza.
Yssi sintió cómo algo dentro de ella se rompía…
Pero no se permitió caer.
No aún.
Porque había algo más.
Algo urgente.
Algo inevitable.
Se apartó.
Sacó su teléfono.
Y marcó.
No a John.
No a Marcus.
Porque sabía que no estaban.
Porque Ethan los había enviado a investigar algo importante… algo que ahora los mantenía lejos, incomunicados, ajenos a lo que realmente importaba en ese momento.
Por eso…
Le tocaba a ella.
—Ethan…
Su voz no era fuerte.
Pero era suficiente.
—¿Qué pasó?
—Mi papá… —respiró con dificultad—. Está en San Gabriel… está… se está muriendo…
El silencio al otro lado fue absoluto.
—Voy para allá.
Nada más.
Cuando Ethan llegó, no hizo ruido.
Pero su presencia se sintió.
Yssi lo vio.
Y ya no pudo sostenerse.
Caminó hacia él…
Y se quebró.
—No puedo perderlo… —susurró, aferrándose a él—. No puedo…
Él la sostuvo.
Firme.
Estable.
Pero su mirada cambió.
Porque entendió que lo que había iniciado… estaba tocando lo más profundo.
Yssi levantó el rostro.
Con lágrimas.
Con miedo.
Pero también con algo más fuerte.
—Necesito que me ayudes.
—Dime.
—Valmont… —su voz tembló—. Se está cayendo… todo… clientes, cuentas… si él no despierta…
No terminó.
—Se pierde —dijo Ethan.
Ella asintió.
—No puedo dejar que eso pase… es su vida… no puede desaparecer así…
El silencio fue denso.
Y entonces…
La decisión.
—Quiero que la compres.
El aire se tensó.
—¿Estás segura?
—No —respondió, con una verdad que dolía—. Pero es lo único que puedo hacer.
Una lágrima cayó.
—Prefiero perderla… a verla morir con él.
Ethan sacó el teléfono.
—Bret.
—Dime.
—Quiero un análisis completo de Valmont. Todo.
—¿Urgencia?
—Inmediata.
Pausa.
—Y prepara adquisición total.
—Entendido.
Colgó.
Y con eso…
Nada volvería a ser igual.
Cuando Yssi entró a la habitación, el mundo volvió a quedarse en silencio.
El monitor sonaba.
Lento.
Frágil.
Se acercó.
Tomó su mano.
—Papá… —susurró—. No te puedes ir…
Se inclinó.
—Aún te necesito…
Y lloró.
Sin defensa.
Sin control.
Hasta que la puerta se abrió de golpe.
—¡Yssi!
Aby entró corriendo.
Se detuvo al ver a Ethan.
Pero habló.
Directo.
—La empresa está colapsando… esto es un ataque… no van a resistir…
Ethan la miró.
—¿Qué tan grave?
—No llegan a la semana.
Silencio.
Ethan miró hacia la habitación.
Y entendió.
Esto…
Ya no era negocio.
Era guerra.
Y ahora…
Era personal.
Atente a pan y no comas cabe pues, como decimos aquí en mi país VENEZUELA 🥰