Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 9 Bruja
La mañana en la mansión Mendoza empezó con un silencio elegante.
La gran mesa del comedor estaba perfectamente preparada.
Doña Úrsula tomaba su té.
Camila revisaba su teléfono con el ceño fruncido.
Alejandro bajó las escaleras con expresión tranquila… algo que no era común últimamente.
Se sentó en su lugar.
Fernando lo observó con curiosidad.
—Te ves de buen humor esta mañana.
Alejandro tomó una taza de café.
—Dormí bien.
Camila levantó la mirada sorprendida.
—¿En serio?
Entonces…
Valeria entró al comedor con su pequeño de la mano.
El niño caminaba feliz.
Cuando vio a Alejandro, sus ojos se iluminaron.
—¡Papá!
Valeria casi se atragantó con su propio aire.
—Cariño…
Pero ya era tarde.
El pequeño corrió hacia Alejandro.
Y se abrazó a su pierna.
Alejandro suspiró divertido.
—Buenos días para ti también.
Fernando estaba conteniendo la risa.
Doña Úrsula observaba la escena con frialdad.
Pero Camila…
Camila estaba roja de rabia.
—¡Esto es ridículo!
Se levantó de golpe.
—¡Tu hijo tiene que dejar de decirle así!
Valeria se puso nerviosa.
—Lo siento, él es pequeño—
—¡No es excusa!
Camila señaló al niño.
—¡Está confundiendo a mi prometido!
El pequeño frunció el ceño.
No le gustaba que le gritaran a su mamá.
Valeria intentó mantener la calma.
—Señorita Camila, de verdad lo siento. Voy a hablar con él—
—¡No! —interrumpió Camila—. Lo que tienes que hacer es educarlo.
El niño miró a Camila.
Luego miró a su mamá.
Y algo en su pequeña cabecita decidió que no le gustaba esa mujer.
Camila dio un paso más hacia Valeria.
—Porque si vas a vivir en esta casa deberías aprender a—
De repente…
PUM.
El pequeño levantó su pierna y le dio una pequeña patada a Camila en la espinilla.
—¡Oye!
Camila saltó hacia atrás.
El niño abrazó la pierna de Valeria como un pequeño guardián.
Y gritó con su vocecita indignada:
—¡Deja a mami, buja!
El comedor quedó en silencio.
Un silencio mortal.
Valeria abrió los ojos horrorizada.
—¡Dios mío!
Fernando se llevó la mano a la boca intentando no reír.
Doña Úrsula estaba completamente rígida.
Y Alejandro…
Alejandro no pudo evitarlo.
Soltó una carcajada.
Una risa profunda que hacía años no se escuchaba en la mansión.
Camila lo miró indignada.
—¡Alejandro!
Pero él seguía riendo.
—Lo siento —dijo entre risas—. Pero eso fue… inesperado.
Valeria estaba roja de vergüenza.
Se agachó rápidamente frente a su hijo.
—¡Cariño, no se pega!
El niño frunció el ceño.
—Ella gritó a mami.
Valeria suspiró.
—Aun así no puedes patear a las personas.
El niño miró a Camila.
—Es una buja.
Alejandro volvió a reír.
Fernando ya no podía ocultarlo tampoco.
Camila estaba furiosa.
—¡Esto es inaceptable!
Valeria tomó a su hijo en brazos.
—De verdad lo siento mucho.
Pero el pequeño seguía mirando a Camila con desconfianza.
Y murmuró:
—Buja mala…
Alejandro apoyó el codo en la mesa divertido.
Y pensó algo que jamás creyó posible.
Desde que ese pequeño había llegado…
La mansión Mendoza se sentía menos fría.
Mucho menos aburrida.
El comedor seguía cargado de tensión.
Camila estaba furiosa.
—¡Esto no es gracioso, Alejandro! ¡Por Dios!
Alejandro todavía tenía una pequeña sonrisa.
Se encogió de hombros con calma.
—Lo siento, para mí sí lo es.
Camila lo miró incrédula.
—¡Ese niño me pateó!
Alejandro apoyó los brazos sobre la mesa.
—También te escuché gritarle a su madre.
Camila apretó los labios.
—Tiene derecho a defenderla.
La frase cayó como una bomba.
Valeria bajó la mirada con cierta incomodidad.
No esperaba que Alejandro la defendiera.
Entonces él volteó hacia ella.
Su mirada era tranquila.
—¿Vas al hospital hoy?
Valeria asintió.
—Sí. El doctor quiere hacerle algunos controles al pequeño.
Alejandro se levantó de la silla.
—Bien.
Tomó su saco.
—Vamos juntos. Yo también tengo que ir.
Valeria dudó un momento.
Pero finalmente asintió.
—Está bien.
Fernando observaba la escena con una pequeña sonrisa.
Mientras tanto…
Camila parecía que iba a explotar.
Minutos después.
La enorme limusina negra salió de la mansión Mendoza.
Dentro, el ambiente era extraño.
El pequeño estaba sentado mirando por la ventana con fascinación.
—¡Mira mamá! ¡Autos!
Valeria sonrió suavemente.
Pero luego miró a Alejandro.
Respiró hondo.
—Señor Mendoza.
Él levantó la mirada.
—¿Sí?
Valeria habló con calma.
—Creo que deberíamos mantener cierta distancia.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Valeria lo miró con serenidad.
—Porque usted está comprometido.
Alejandro no respondió de inmediato.
Valeria continuó.
—No quiero causar problemas entre usted y su prometida.
El silencio se instaló en el auto.
—Además… —añadió ella— yo conozco mis límites.
Alejandro la observaba atentamente.
—No me interesa pasar tiempo con un hombre comprometido.
La frase fue firme.
Elegante.
Digna.
—Soy una mujer que se respeta.
El chófer incluso levantó un poco las cejas al escuchar eso.
Alejandro se quedó mirándola unos segundos.
Luego… una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Eso es interesante.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Alejandro se acomodó en su asiento.
—Que después de tres años…
—sigues siendo exactamente igual.
Valeria sintió un pequeño golpe en el corazón.
Pero no respondió.
Miró por la ventana.
Mientras tanto…
En la mansión Mendoza.
Camila observaba la limusina alejarse desde la ventana.
Sus uñas se clavaban en su palma.
—Esa mujer…
Su voz temblaba de rabia.
—La voy a destruir.
Doña Úrsula la miró con frialdad.
Pero incluso ella sabía algo.
La llegada de Valeria…
Acababa de iniciar una guerra en la mansión.