Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAP 14 De hadas buchonas, el Jarabe Tapatío y una señal con demasiadas barras
El camino hacia las Colinas de Cristal seguía siendo tan amigable como una declaración anual de impuestos. Llevábamos horas caminando entre una vegetación que parecía diseñada por un jardinero daltónico y con muy mala leche. Árboles con cortezas que parecían respirar, flores que te escupían si te acercabas demasiado y una humedad que hacía que mi ropa se me pegara en lugares donde la ropa no debería pegarse.
—Caminas como un Zorgo con artritis, flan —comentó Ringo desde mi hombro, masticando una raíz que olía a calcetín sucio—. En serio, escucho tus rodillas rechinar más que la puerta de una cripta vieja. ¿Seguro que eres el héroe de la profecía y no el conserje que mandaron por error?
—Cállate, Ringo —resoplé, apartando una rama llena de espinas moradas con la funda de Amaterasu—. No soy un Zorgo, sea lo que sea esa madre. Soy un chilango aclimatándose. En mi tierra caminamos sobre asfalto, no sobre lodo que intenta comerte las botas.
Briana iba unos pasos adelante, moviéndose con esa elegancia irritante de los elfos. Ni una gota de sudor, ni una mancha en su ropa. Se detuvo de golpe y levantó una mano, sus orejas puntiagudas moviéndose como antenas parabólicas buscando señal.
—Silencio —susurró ella, tensando su arco—. Percibo una alteración en el Maná. Es... caótico. Brillante. Y huele a fermentado.
—¿Huele a tepache? —pregunté, olfateando el aire. Efectivamente, había un aroma dulce y picante, como de frutas pasadas macerándose bajo el sol.
Antes de que pudiera decir "salud", algo pequeño y veloz pasó zumbando frente a mi nariz, dejando una estela de chispas doradas. Luego, se escuchó un golpe seco contra el tronco de un árbol cercano. ¡PUM!
—¡Ay, mis alas! —chilló una vocecita conocida—. ¡Quién puso ese árbol ahí! ¡Juro que se movió!
Me acerqué con la linterna del celular (en modo bajo para no cegar a nadie). Tirada entre las raíces, con las alas de libélula dobladas y una botella de néctar vacía abrazada contra el pecho, estaba Trixie. La misma hada borracha que me había insultado en mis primeros días de entrenamiento.
—¿Trixie? —pregunté, iluminándola.
Ella entrecerró los ojos, tratando de enfocarme.
—¿Grandulón? ¿Eres tú? —eructó una burbuja rosa—. ¡Hic! ¡Por las tetas de la Madre Tierra! ¡Pensé que te habían comido los gusanos gigantes! ¡Mira nada más! Traes una espada brillante y... ¿eso es un mono o una rata gigante con problemas de calvicie?
—Soy tu peor pesadilla, mosquito con resaca —gruñó Ringo, mostrándole los colmillos—. Y soy un Tití de la Niebla, ten más respeto o te uso de mondadientes.
—¡El equipo Flanecitos al rescate! —Trixie intentó levantarse, pero se tambaleó y tuvo que volar erráticamente para mantenerse a mi altura—. Tienen que venir. Mi aldea... es un desmadre. Bueno, siempre es un desmadre, pero hoy es un desmadre triste.
Briana bajó el arco, pero no guardó la flecha.
—Las hadas del Bosque de los Susurros Cromáticos no suelen pedir ayuda a extraños, Trixie. Son muy territoriales.
—Sí, bueno, la Reina Lirina está desesperada. Y cuando la Reina se desespera, empieza a llover ácido. Y a nadie le gusta que se le queme el peinado. ¡Síganme!
Nos guiamos por Trixie, que volaba haciendo eses, hasta que atravesamos una barrera de enredaderas que brillaban con luz propia.
Lo que vi al otro lado me dejó con la boca abierta. No era un bosque normal. Era como si alguien hubiera metido un arcoíris en una licuadora y lo hubiera derramado sobre el paisaje.
Las casas no estaban en el suelo, sino colgando de hongos gigantescos que flotaban a unos metros de la tierra, sostenidos por lianas de luz. Pero lo más impresionante eran las criaturas que pastaban abajo.
Yo esperaba unicornios. Ya saben, caballos blancos, cuerno en la frente, muy de calendario de niña de primaria.
Pero esto era otra cosa.
—¿Qué chingados son esos? —señalé a una bestia que bebía de un arroyo plateado.
Tenía el cuerpo de un caballo, pero estaba cubierto de escamas iridiscentes en lugar de pelo. Tenía seis patas delgadas como las de un insecto y, en lugar de un cuerno, tenía una estructura de cristal fractal que flotaba a unos centímetros de su frente, girando lentamente.
—Son Céfiros de Prisma —explicó Briana con admiración—. No son equinos. Son espíritus de viento solidificados. Si intentas montarlos sin su permiso, te desintegran en una brisa de verano.
—Y aquellos de allá —señaló Ringo a unas criaturas voladoras que parecían cruza de venado con águila, pero con ojos de araña— son Saltaneblinas. Saben a pollo, pero son difíciles de atrapar.
Caminamos hacia el centro de la aldea, esquivando hadas de todos los tamaños y colores que nos miraban con curiosidad. Algunas eran del tamaño de un dedo, otras del tamaño de un gato. Pero el caos era evidente. Había hadas discutiendo, cargando frascos de polvo brillante que se les caían, y una especie de orquesta tratando de afinar instrumentos hechos de vidrio que sonaban como gatos peleando.
Llegamos a una estructura central que parecía una flor de loto gigante hecha de cristal líquido. Y ahí estaba ella.
La Reina Lirina.
No era pequeña. Era del tamaño de un humano promedio, quizás un poco más alta que Briana. Tenía la piel de un tono lavanda suave que parecía tener brillantina incrustada. Su cabello era una cascada de colores cambiantes: azul, rosa, verde, según le daba la luz. Y sus alas... sus alas eran enormes, majestuosas, como las de una mariposa monarca pero hechas de vitrales góticos.
Llevaba un vestido hecho de pétalos vivos que apenas cubría lo necesario, resaltando unas curvas que harían que cualquier modelo de Instagram se retirara por depresión.
—Bienvenidos, viajeros —dijo Lirina. Su voz no era chillona como la de Trixie; era profunda, melódica, como un violonchelo tocado en una cueva—. Trixie me dijo que traía a un "gigante torpe pero con buen corazón".
—Oye, lo de torpe está de más —protesté, haciendo una pequeña reverencia torpe—. Soy Alejandro. Él es Ringo, mi asesor de imagen y violencia, y ella es Briana, la sanadora más capaz del oeste.
Lirina bajó flotando hasta quedar frente a mí. Sus ojos eran completamente negros, pero llenos de estrellas, como el espacio profundo. Se acercó tanto que tuve que contener la respiración. Olía a vainilla y a electricidad estática.
—Tienes una energía extraña, Alejandro —dijo, tocando mi pecho con un dedo largo y frío. Justo encima del tatuaje del león—. No eres de aquí. Tu ritmo es... sincopado.
—Vengo de la CDMX, majestad. Allá el ritmo es cumbia rebajada y claxonazos —sonreí, tratando de no ponerme nervioso.
De reojo, vi a Briana. Estaba cruzada de brazos, con una expresión tan fría que podría haber congelado el infierno. Sus ojos violetas estaban clavados en el dedo de la reina sobre mi pecho.
—Venimos de paso, Majestad —dijo Briana, marcando cada sílaba—. Vamos a las Colinas de Cristal. No tenemos tiempo para cortesías excesivas.
Lirina miró a Briana y soltó una risita que sonó a campanillas de viento.
—Tranquila, Caminante de Plata. No me voy a comer a tu humano... todavía. Pero necesito ayuda. Mi pueblo está estancado. La Gran Cosecha de Polvo Estelar es mañana y mis súbditos son... bueno...
—¿Pendejos? —sugirió Ringo.
—Dispersos —corrigió la Reina con una sonrisa—. No logran coordinar los envíos. Y nuestra música... el Arpa de los Vientos se rompió y no logramos afinarla. Sin música, los Céfiros no producen polvo.
Me rasqué la nuca.
—Logística y música. Suena a mi antiguo trabajo de organizar la fiesta de fin de año de la oficina. Creo que puedo echarles una mano.
El problema de las hadas era, básicamente, que volaban en círculos. Intentaban llevar los frascos del punto A al punto B, pero se distraían con cualquier brillo.
Saqué mi celular.
—Muy bien, chicas, atención —dije, levantando el teléfono.
Las hadas se quedaron pasmadas viendo la pantalla iluminada.
—Este es el "Espejo del Orden" —mentí descaradamente—. Voy a usar una técnica ancestral de mi pueblo llamada "Waze y Cronómetro".
Usé la aplicación de notas para dibujar un esquema rápido del flujo de trabajo.
—Trixie, tú y tu escuadrón de borrachas van a la línea uno. Solo recogen y pasan. No vuelen, caminen si es necesario. Ustedes, las de azul, reciben y empacan. Y voy a poner el cronómetro. Tienen que hacerlo al ritmo del "bip".
Puse el metrónomo de una app de música que tenía. Bip. Bip. Bip.
Al principio fue un caos, pero el sonido constante las hipnotizó. Empezaron a moverse al ritmo. En veinte minutos, habían procesado más polvo que en toda la semana.
—¡Es brujería de tiempo! —exclamó una hada gorda, secándose el sudor de brillantina.
—Es eficiencia, mija. Se llama Taylorismo, pero no le digan a nadie —guiñé un ojo.
Luego fuimos al Arpa. Era un instrumento enorme de cuerdas de luz. El problema es que sonaba desafinada porque las hadas no tenían una referencia de tono constante.
—A ver, permítanme —dije.
Abrí mi aplicación de afinador de guitarra (que descargué en 2018 cuando juré que aprendería a tocar y nunca lo hice).
—Toquen la cuerda roja.
Piiing...
La app marcó rojo.
—Más tensa. Ahí... un poco más... ¡Ahí! Verde.
En una hora, el arpa sonaba como los ángeles. Los Céfiros de Prisma empezaron a brillar y a soltar un polvo dorado que cubrió la aldea.
Lirina estaba extasiada. Flotó hacia mí y, sin previo aviso, me rodeó el cuello con sus brazos y me dio un beso en la mejilla que dejó una marca de purpurina azul.
—¡Eres un mago del orden, Alejandro! —exclamó—. ¡Has salvado la Cosecha!
Sentí una mirada quemándome la nuca. Volteé y vi a Briana rompiendo una ramita seca con una sola mano, sin dejar de mirarnos.
—Solo usó su espejo, no es para tanto —dijo la elfa en voz baja, pero lo suficientemente alto para que Ringo se riera.
—Uy, flan, te va a tocar dormir en la casa del perro hoy —susurró el mono.
—Para celebrar —anunció la Reina—, ¡quiero ver cómo celebran en tu mundo! Muéstranos una danza de poder, Alejandro. Una danza que invoque la alegría y la virilidad de tu tribu.
Todos se quedaron callados mirándome.
—¿Una danza de virilidad? —pregunté, nervioso.
—¡Sí! —gritaron las hadas—. ¡Baila, gigante! ¡Baila!
Miré a Ringo. El mono me hizo una señal de "vas". Miré a Briana, que tenía una ceja levantada como diciendo "¿A ver? Impresióname".
—Pues... cámara. Ustedes lo pidieron.
Busqué en mi biblioteca. No tenía muchas opciones "tradicionales", pero por alguna razón (probablemente una fiesta del 15 de septiembre), tenía descargado el Jarabe Tapatío.
—Esta es la danza del cortejo del gallo y la gallina —anuncié solemnemente—. Requiere coordinación, elegancia y... bueno, un sombrero, pero usaremos la imaginación.
Puse el volumen al máximo. Las trompetas del mariachi sonaron estridentes en el bosque mágico.
Tan-tan-tan-tan-taran-tan-tan...
Empecé a zapatear. Mis botas de cuero golpeaban el suelo de cristal.
—¡Ajúa! —grité, entrando en personaje.
Las hadas estaban fascinadas.
—¡Miren cómo golpea la tierra! ¡Está llamando a los gusanos de la guerra! —gritó Trixie.
Pero lo mejor fue Ringo. Al escuchar la música, el instinto fiestero del mono se activó. Saltó al centro, agarró dos vainas secas que sonaban como maracas y se unió a mí.
Mientras yo hacía el zapateado básico (y bastante torpe), Ringo daba vueltas alrededor de mí, moviendo la cola y agitando las maracas con un ritmo perfecto.
—¡Venga, Ringo! ¡Vuelta! —le grité.
El mono dio una pirueta en el aire, cayó de pie y siguió el ritmo.
Hicimos el paso final, donde se supone que la mujer levanta la pierna sobre la cabeza del hombre, pero como Ringo medía medio metro, simplemente saltó sobre mi cabeza y se quedó ahí posando como estatua.
¡TAN-TAN!
La música terminó. Hubo un silencio de tres segundos.
Y luego, la locura.
Las hadas aplaudían, los Céfiros relinchaban (o lo que sea que hagan los caballos con pico) y la Reina Lirina lloraba de la risa y la emoción.
—¡Magnífico! —gritó la Reina—. ¡Qué pasión! ¡Qué violencia contenida!
Briana, que había estado tratando de mantener su fachada de "elfa seria y superior", no aguantó más. Soltó una carcajada que intentó tapar con la mano, pero sus ojos violetas brillaban divertidos.
—Eres un ridículo, Alejandro —dijo, pero su tono era cariñoso—. Bailas como un pato mareado, pero... tienes estilo.
La fiesta duró horas. Hubo néctar, hubo frutas exóticas y Ringo se convirtió en la celebridad local enseñándole a las hadas a bailar "La Macarena".
Pero cuando la noche se hizo profunda y la bioluminiscencia del bosque bajó de intensidad, Lirina me llamó aparte.
—Tu corazón está dividido, Alejandro —dijo ella, ya sin el tono de coqueteo, sino con una sabiduría antigua—. Veo los hilos que te atan a la elfa de plata. Son fuertes. Pero hay otros hilos... más lejanos. Hilos que duelen.
—Mi familia —dije, bajando la mirada.
Lirina sacó un pequeño frasco de cristal tallado. Dentro había un polvo que no era dorado, sino de un blanco estático, como nieve de televisión.
—Este es Polvo de Ecos. Amplifica las señales del alma. Si lo esparces sobre tu espejo negro... quizás puedas cruzar el velo por unos minutos. Pero solo unos minutos. El universo no soporta las paradojas por mucho tiempo.
Tomé el frasco con manos temblorosas.
—Gracias, Majestad. De verdad.
—Vete. Antes de que me arrepienta y te convierta en mi mascota personal —me guiñó un ojo—. Y dile a tu elfa que ganó esta ronda. Pero que no se confíe.
Me alejé hacia un claro apartado, lejos del ruido de la fiesta. Briana me vio salir y, sin decir nada, me siguió a una distancia prudente, quedándose recargada en un árbol, vigilando.
Ringo estaba demasiado ocupado siendo abanicado por tres hadas como para notar mi ausencia.
Me senté sobre una raíz gigante. Saqué el celular. Esparcí el polvo sobre la pantalla. El cristal absorbió el polvo como si fuera agua.
La señal, que siempre estaba muerta o con una rayita fantasma, de repente se llenó a tope. 5G, LTE, Wi-Fi... todo se iluminó en azul.
El corazón me latía en la garganta. Abrí WhatsApp. Videollamada.
Llamando a: Casa...
Un tono. Dos tonos.
Sentí que iba a vomitar de los nervios. ¿Y si no contestan? ¿Y si el tiempo allá pasó diferente y ya son viejos?
La pantalla parpadeó y se conectó.
La imagen era un poco borrosa, pixelada, pero ahí estaban.
La sala de mi casa. El sillón con la funda de flores que mi mamá no quería tirar. Y en primer plano, la cara de mi papá, demasiado cerca de la cámara, enfocando solo su nariz y su bigote.
—¿Bueno? ¿Sí se ve? Vieja, creo que es el estafador del banco otra vez —dijo mi papá.
—¡Papá! —mi voz se quebró al instante—. ¡No soy el del banco, soy yo! ¡Alejandro!
Mi papá alejó el teléfono. Su rostro, cansado y con los lentes chuecos, se iluminó de una forma que iluminó mi alma entera.
—¡Alejandro! ¡Hijo! ¡Vieja, corre, es el muchacho!
Mi mamá apareció en cuadro, empujando a mi papá. Traía su delantal de cocina puesto. Se veía preocupada, con ojeras, pero al verme, rompió en llanto.
—¡Hijo de mi vida! ¡Alejandro! ¿Dónde estás? ¡Te ves... te ves distinto! ¿Qué son esas marcas en los brazos? ¿Estás comiendo bien? ¡Te veo muy flaco!
—Estoy bien, ma. Estoy bien —me limpié las lágrimas con el dorso de la mano—. Estoy... estoy trabajando en un lugar muy lejos. No hay mucha señal. Pero estoy bien. Como todos los días.
—¿Y ese fondo? —preguntó mi papá, entrecerrando los ojos—. Parece que estás en una película de Avatar, mijo. ¿Qué son esas luces?
—Es... es una fiesta temática, pa. Ya sabes, cosas de la chamba creativa —mentí, riendo entre sollozos—. Pa, te extraño un chingo. Ma, te prometo que voy a regresar. Guárdame ese pozole en el congelador, ¿sí?
—Aquí va a estar, mi niño —dijo mi mamá, tocando la pantalla como si pudiera tocarme la cara—. No te tardes. La casa se siente muy vacía sin tu desorden.
—Oye, mijo —dijo mi papá, tratando de hacerse el fuerte, aunque le temblaba la voz—. ¿Ya conseguiste novia por allá? Digo, para saber si tengo que ampliar la mesa.
Me reí. De reojo, vi a Briana en las sombras. Ella estaba mirando, escuchando mi idioma extraño, con una expresión de tristeza y comprensión absoluta.
—Hay... hay alguien, pa. Es... es complicada. Tiene el carácter de la tía Chonita pero pega más duro. Creo que les caería bien.
—¡Ándale! —celebró mi papá—. Bueno, cuídate mucho. Se está cortando la imagen.
La pantalla empezó a llenarse de estática. El polvo de hadas se estaba agotando.
—¡Los quiero! ¡Los quiero un chingo! —grité.
—¡Te queremos, hijo! ¡Que Dios te ben...!
La pantalla se fue a negro.
Me quedé mirando mi reflejo en el cristal oscuro. El silencio del bosque regresó, pero ya no me sentía vacío. Me sentía lleno. Dolía, sí, dolía como el infierno, pero era un dolor que me recordaba quién era.
Sentí una mano en mi hombro.
Briana se sentó a mi lado. No dijo nada. Simplemente recargó su cabeza en mi hombro y entrelazó sus dedos con los míos.
—Tienen voces cálidas —dijo ella en voz baja—. Tu madre suena como alguien que da abrazos fuertes.
—Los da —susurré—. Te rompen las costillas, pero te reinician la vida.
—Algún día —dijo Briana, mirando las estrellas—. Algún día probaré ese "pozole". Y conoceré a la mujer que te enseñó a ser tan... tú.
—Algún día —prometí.
Ringo apareció de entre los arbustos, con una corona de flores chueca en la cabeza y media botella de néctar en la mano. Nos vio ahí, abrazados y llorosos.
Por primera vez, el mono no dijo nada sarcástico. Se acercó, se subió a mi otro hombro y me dio palmadas torpes en la cabeza.
—Ya, ya, flan. No moquees. Mañana tenemos que conquistar una colina. Y necesito que cargues mi equipaje.
Me reí, rodeado de mi extraña, disfuncional y mágica nueva familia.
—Cámara, Ringo. Cámara.
Guardé el celular. El camino seguía, y aunque extrañaba mi casa, sabía que estaba exactamente donde tenía que estar.