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Hasta Que El Tiempo Se Rompa

Hasta Que El Tiempo Se Rompa

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Vampiro
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dania B

dioses, vampiros y amor

NovelToon tiene autorización de Dania B para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 1 (continuación): el precio de la ayuda

El trayecto hasta la casa fue un ejercicio de resistencia. Shion no era una chica grande, pero se movía con una fuerza que no encajaba con su apariencia. Alfred, a pesar de estar perdiendo el conocimiento, se esforzaba por no desplomarse del todo. Su orgullo pesaba más que su cuerpo.

—Cuidado con la chaqueta —balbuceó Alfred entre dientes, su acento denotaba una educación costosa—. Es seda italiana... y no creo que la sangre de callejón salga con un simple lavado.

Shion ni siquiera lo miró.

—Preocúpate por tu piel antes que por tu ropa.

Cuando pateó la puerta de su casa para abrirla, el estruendo hizo que Mizuki y Minori saltaran de sus asientos.

—¡¿Pero qué...?! —Mizuki se quedó con la palabra en la boca al ver a su hermana cargando a un desconocido que parecía haber salido de una zona de guerra.

—Shion, ¿qué has hecho? —Minori se acercó rápido, sus ojos escaneando la situación con pragmatismo—. Está herido. Muy herido.

—Lo encontré en el callejón de al lado —explicó Shion, depositando a Alfred en el sofá viejo. El sofá crujió, quejándose del peso extra.

Alfred soltó un quejido, pero al ver a Mizuki y Minori, intentó recuperar una postura digna. Se limpió un hilo de sangre de la comisura de la boca y forzó una sonrisa que, a pesar de la palidez, conservaba un magnetismo peligroso.

—Lamento la intrusión... —hizo una pausa para tomar aire, su mirada saltando de un hermano al otro con una desconfianza afilada—. Mi nombre es Alfred. Es un placer... o lo sería en otras circunstancias. Gracias por su hospitalidad.

Mizuki se rascó la nuca, confundido por la elegancia del chico.

—Eh... de nada. Soy Mizuki. Ella es Minori.

—Traeré el botiquín —dijo Minori, moviéndose hacia la cocina.

Shion se arrodilló junto al sofá y comenzó a desabrochar la camisa de Alfred para ver la herida. En ese momento, la mano de él se disparó y le sujetó la muñeca con una fuerza sorprendente para alguien que se estaba desangrando.

—¿Qué quieres? —preguntó Alfred. Sus ojos verdes ya no eran carismáticos; eran sospechosos, escudriñando el rostro de Shion como si buscara una trampa.

—Curarte —respondió ella, tratando de soltarse.

—Nadie ayuda gratis —escupió él, bajando la voz para que los otros dos no oyeran—. ¿Quién te envía? ¿Los Namikaze? ¿Es por el apellido de mi familia? Si crees que vas a obtener una recompensa por "rescatarme", estás perdiendo el tiempo. Mi padre no paga rescates por descuidos.

Shion lo miró fijamente. Sus ojos grises, profundos y tranquilos, no mostraron ni rastro de codicia ni de ofensa. En su mente, una imagen borrosa volvió a cruzar como un relámpago: un campo de batalla, ella sosteniendo a alguien bajo una lluvia de flechas negras... el mismo sentimiento de deber. Sacudió la cabeza para alejar el sueño.

—No sé de qué apellido hablas, ni me importa tu dinero —dijo Shion con una frialdad que desarmó a Alfred—. En este barrio, si ves a alguien muriendo, o lo ayudas o le robas los zapatos. Y tus zapatos me quedan grandes. Así que quédate quieto.

Alfred la soltó, confundido. Estaba acostumbrado a que el mundo fuera una transacción: favores por influencias, sonrisas por secretos. Ver a esta chica, que vivía en una casa que cabía en el vestíbulo de su mansión, ayudándolo simplemente porque estaba ahí, le resultaba más aterrador que los asesinos que lo habían emboscado.

Minori regresó con vendas y antiséptico.

—Mizuki, ve a la cocina y prepara algo caliente. Necesita azúcar —ordenó Minori.

Mientras las hermanas trabajaban en silencio sobre su costado, Alfred se permitió cerrar los ojos un momento. Le dolía todo, pero por primera vez en años, no sentía que lo miraran como a un "activo" o un "heredero".

—Sabes... —murmuró Alfred, tratando de recuperar su tono alegre para ocultar su miedo—, tengo un hermano, Yaquimura. Él es el que sabe de medicina. Si me viera aquí, me daría una lección de moral en tres idiomas diferentes antes de vendarme.

Shion se detuvo un segundo al escucharlo mencionar a su hermano. Había algo en la forma en que Alfred hablaba, una mezcla de amor y envidia, de soledad y orgullo.

—Tienes suerte de tener a alguien que te dé lecciones —dijo ella, sin levantar la vista.

—A veces es más una maldición que una suerte —respondió él, observando el techo desconchado de la sala—. ¿Por qué lo haces, Shion? ¿Por qué arriesgarte a traer a un extraño con sangre en las manos a tu casa?

Shion terminó de ajustar la venda. Se levantó y lo miró desde arriba, con esa sombra de misterio que ni ella misma entendía.

—Porque no eres el primer soldado perdido que encuentro —respondió ella.

Alfred frunció el ceño.

—¿Soldado? No soy un soldado.

—Lo eres —sentenció Shion, dándose la vuelta—. Solo que aún no sabes para quién estás peleando.

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